Ago 13 2007
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Economía

El FBI en la guerra y en la paz. – SIEMPRE ES MÁS DE LO MISMO

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Cuando leí la noticia de que el FBI “estaba siguiendo consejos de la CIA para reclutar a miles de informantes encubiertos en Estados Unidos como parte de un amplio esfuerzo por incrementar su capacidad de información” (ABCNews.com, 25 de julio), tuve una experiencia de “déjà vu”.

De niño yo escuchaba el programa radial “El FBI en la Paz y en la Guerra”, en el que los agentes operaban bajo estrictos códigos de decencia y el Buró siempre atrapaba a su hombre. En la década de 1960, “El FBI” se pasó a la televisión. Hacia el final de cada episodio, el Inspector Erskine, el heroico Agente del FBI interpretado por Efrem Zimbalist Jr., mostraba fotos de “los criminales más buscados” y pedía al público televidente que se hicieran informantes para ayudar a capturarlos –como el programa Los más buscados de Estados Unidos de hoy–.

Los agentes del FBI y los tipos malos conducían autos Ford nuevos. Coincidentemente, Ford patrocinaba el programa. J. Edgar Hoover, quien dirigió el FBI durante 48 años hasta su muerte en 1972, aprobaba el guión de cada episodio.

Mi padre corroboraba los mensajes reales de ambos programas. “No te metas con el FBI. Son poderosos y odian a los bolcheviques”. (Se refería a su propia infancia en Kiev, cuando la policía secreta zarista perseguía a los rojos. Sus experiencias en “la madre patria” lo llevaron a tratar de asustarme para que yo no participara en actividades que me pudieran colocar en conflicto con cualquier tipo de policía).

Por regla general era acertado en su evaluación. De los años en que yo crecía en el Bronx, recuerdo al auto patrullero que frenaba con un chillido de gomas en nuestro juego de béisbol improvisado. Los policías saltaban del auto, agarraban el palo que servía de bate de béisbol y lo rompían en dos. Esto demostraba ser un disuasivo mayor que las boñigas del caballo del vendedor de frutas y vegetales, las cuales inevitablemente caían sobre la tercera base (una tapa de alcantarilla).

En el octavo grado fui a Manhattan a vender gallardetes y banderas durante un desfile por el Día de Acción de Gracias. Un policía grandullón me arrojó en el furgón policial junto mis mercancías y otros dos aspirantes a vendedores hasta que terminó el desfile. Yo había olvidado –descubrí después– pagar a la policía la consabida coima que los vendedores ambulantes tenían que soltar para que los policías nos concedieran la “licencia” para vender en el desfile.

En 1952, los estudiantes de la escuela secundaria de Stuyvesant nos manifestamos en apoyo a los maestros en huelga. Cuando llegamos al Ayuntamiento los cosacos se lanzaron a la carga. Los policías a caballo golpearon a los estudiantes con sus bastones. Uno de los policías agarró la cámara del fotógrafo del periódico de la escuela y lanzó la Leica bajo las patas de su caballo, que la pisoteó.

En 1954 escribí una carta al director del Daily Cardinal, el periódico estudiantil de la Universidad de Wisconsin. Yo argumentaba que el grupo juvenil de izquierda tenía derecho a traer oradores comunistas al campus. La carta se publicó y el Buró me abrió un expediente. A partir de ahí, el FBI coleccionó mi correspondencia pública y privada, intervino mi teléfono y tenía soplones que escribían informes acerca de mi actividad.

Una típica intervención telefónica informaba que el “sujeto habló con el padre” y detallaba mis planes de viajar con mi familia desde San Francisco a Santa Mónica. Luego “el sujeto apareció en la casa del padre y a través de la ventana se le vio hablar con el padre. Tema de la conversación: desconocido”.

Qué deprimente fue recibir en 1974 más de 1.000 páginas de mi expediente, después de hacer una solicitud bajo la Ley de Libertad de Información (FOIA). Cientos de páginas tachadas estaban ante mi vista, junto con declaraciones públicas que yo había hecho y artículos que yo había escrito –incluyendo transcripciones de informantes e intervenciones telefónicas–.

La colección CIA

La CIA también coleccionaba expedientes. En 1982, en respuesta a una solicitud amparada en la FOIA, la CIA me envió copias de cartas que yo había enviado a o recibido de amigos en la Unión Soviética y Cuba. A partir de la década de 1950, la CIA espió a miles de ciudadanos norteamericanos. En junio de 1970, el Presidente Nixon reunió a Hoover, el Director de la CIA Richard Helms y otros pesos pesados de la inteligencia para expandir y “coordinar los esfuerzos en contra de los disidentes nacionales”. (Verne Lyon, ex operativo encubierto de la CIA, Covert Action Information Bulletin, Verano de 1990).

El COINTELPRO del FBI (1956-1971) se hizo público gracias a un misterioso grupo que en agosto de 1971 robó los expedientes de la oficina de Medios del FBI en Pensilvania y los dio a la publicidad. Los archivos suministraron un contexto de las intenciones del Buró y de su obsesivo director: desbaratar la oposición dentro de Estados Unidos.

Probados líderes no violentos de los derechos civiles como el reverendo Martin Luther King. Jr., junto con miles de otros, se convirtieron en objetivos de la vigilancia y el acoso del FBI. Es más, COINTELPRO ordenaba a agentes del FBI a que “denunciaran, desorganizaran, desacreditaran o neutralizaran de cualquier forma” las acciones de ciertos líderes clave de los movimientos en contra de la guerra y de los derechos civiles.

En 1971 coproduje junto con Paul Jacobs un segmento de diez minutos para La máquina del gran sueño norteamericano, una revista de la Televisión Pública, en el cual tres ex informantes del FBI decían en cámara que habían seguido órdenes de los agentes especiales que los manejaban para que cometieran crímenes: quemar los dormitorios de la Universidad de Alabama y poner bombas en una oficina de Correos y un puente en Seattle. Los documentos robados verificaron nuestra aseveración de que los informantes del FBI a menudo servían como agentes provocadores.

Invitamos a un vocero del FBI a que refutara tales acusaciones. El Buró se negó. En su lugar, un alto funcionario del FBI visitó al director de Difusión Pública y le dijo que nuestro segmento estaba inspirado por comunistas. El valiente jefe de la televisión pública lo eliminó del programa, el cual se quedó corto esa semana en diez minutos. Otros productores, en solidaridad, se negaron a ofrecer otro segmento para rellenar el espacio. Posteriormente, la estación de televisión pública de Nueva York transmitió el segmento como parte de un panel. (El Buró logró que eliminaran nuestro segmento del otro programa, pero nunca encontró a los que robaron los expedientes incriminadores).

En un caso similar, El Camden 28, activistas católicos penetraron en una junta de reclutamiento en Camden, Nueva Jersey, en agosto de 1971 con el fin de destruir registros del reclutamiento obligatorio. Un reciente filme acerca del caso mostró la ineptitud del Buró para reunir suficiente evidencial –y obtener el apoyo del jurado– para condenar a los acusados, a pesar de que fueron atrapados cometiendo el delito.

Después del colapso de la Unión Soviética, el Buró se dedicó a los medioambientalistas radicales y echó a perder un caso en California contra Judy Bari. El gobierno pagó millones de dólares para compensar a las víctimas de los actos inconstitucionales del FBI.

En 1971 Robert Wall, un agente especial del FBI, renunció. En una entrevista filmada me dijo que a fines de la década de 1960, su supervisor en la Oficina de Terreno de Wáshington, D.C. le ordenó que espiara al Instituto de Estudios para Política –al cual he pertenecido desde hace más de treinta años– y a Stokely Carmichael, del SNCC y las Panteras Negras. “Stokely no había cometido delito alguno, ni teníamos evidencial de que tuviera intención de hacerlo. Pero no podía ni cagar sin que lo vigiláramos”.

El difunto agente especial del FBI Robert Scherrer me dijo lo humillante que le resultó visitar a ancianas abuelas judías a fines de la década de 1960. “Ellas siempre me servían té y galletitas. Yo trataba de no ruborizarme de vergüenza”. Scherrer, quien desempeñó un papel clave en la solución del asesinato Letelier-Moffit en 1976, dijo que “ingresé (al FBI) para ser parte de una organización policíaca profesional, no para espiar a ancianas. Puede que hayan sido marxistas. Qué pecado. También me invitaron al Bar Mityzvah de sus nietos”.

Después de años de escándalos relacionados con la violación de los derechos constitucionales de la gente e importantes casos sin solucionar –¿recuerdan el susto del ántrax?–, ¿ha cambiado el Buró?

En su reciente informa no clasificado al Congreso, el FBI informó de una nueva pandilla nacional de informantes que suministrarán secretos acerca de terroristas. Al igual que COINTELPRO, será una ayuda a los “esfuerzos en inteligencia y contraterrorismo”.

Funcionarios del Buró también proponen expandir la ya enorme colección de información acerca de ciudadanos estadounidenses, manteniendo las viejas transcripciones de grabaciones y haciendo más trabajos “negros” –entradas con fuerza–. Sabemos por noticias publicadas que el FBI no logró integrar la información que poseía acerca de los planes del 11/9. No ha revelado si las existentes escuchas telefónicas han permitido hacer fracasar planes terroristas.

¿Por qué debe creer el Congreso que una mayor intrusión del FBI en la vida de los ciudadanos y más soplones entre el público nos harán más seguros?

Según el programa The Blotter de ABC, un reciente informe no clasificado enviado al Congreso dice que el FBI, amparado por una directiva de 2004 del Presidente Bush, quiere reclutar más de 15.000 informantes en EEUU, lo que implica un rediseño total de sus sistemas de bases de datos a un costo de aproximadamente US$ 22 millones. Aparentemente el FBI quiere maximizar la información suministrada por “más de 15.000” informantes. Parece que muchos de los nuevos y viejos informantes serán ciudadanos y residentes de EEUU, pero el FBI también quiere operar en el exterior.

Como diría Yogi Berra, “Es déjà vu otra vez”. Las “nuevas” iniciativas de Bush, bajo el pretexto de combatir el terrorismo, repiten los Ataques Palmer de 1920 –contra los bolcheviques– y el COINTELPRO de la Guerra Fría. Los antibolcheviques cabalgan de nuevo en la propia era post bolchevique. ¡Oigan, es más fácil vigilar a ciudadanos respetuosos de la ley que tratar de atrapar a criminales endurecidos!

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* Profesor universitario, politólogo y cineasta.
En: Progreso Semanal.

Su última publicación es el libro Un mundo de Bush y de Botox. Su último filme, Aquí no jugamos golf, se encuentra disponible en DVD y puede pedirse a
roundworldproductions@gmail.com.

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