May 8 2008
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Opinión

EL HORNO NO ESTÁ PARA BOLLOS

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Si se miran las cosas de manera descarnada, pareciera que Fukuyama tuvo razón al decir que la Historia había terminado con el derribo del Muro de Berlín. El capitalismo se imponía y la lucha ideológica no tenía más terreno para desarrollarse. En otras palabras, no había contrincantes. Es una mirada que algunos pueden considerar exagerada y, muchos otros, patética. Pero la realidad, como la naturaleza o la evolución, no siempre es bondadosa, ni siquiera positiva. Y muchos menos moralmente aceptable o generosa, humanamente hablando.

Los signos que traen los tiempos son más bien inquietantes. A nivel global, una sola potencia impone su poderío armado. La excusa puede ser la democracia, la amenaza de armas de destrucción masiva o el terrorismo. Y la respuesta suele ser desde un bombardeo a territorios lejanos, como Somalia, o la invasión. Ya ni siquiera se requiere el velo que acompaña a la acción encubierta.

Los Estados nacionales también se benefician de los adelantos científicos. La represión no tiene que ser masiva. Comienza mucho antes de que los subversivos logren organizarse. Cuando las cosas se desbordan, la capacidad represiva ahoga cualquier intentona. Eso es en el plano de las reivindicaciones que pudieran desembocar en enfrentamientos.

En el campo de la convivencia del capital y el trabajo, la brecha que se ha abierto parece insuperable. Las visiones políticas más progresistas finalmente parecen haber aceptado la del ex canciller alemán Ludwig Erhard. El dirigente demócratacristiano sostenía que era un error trágico desconocer que “el progreso económico y la prosperidad fundada en mejor rendimiento son incompatibles con un sistema de seguridad colectiva”.

Eso deja automática fuera al Estado como un ente responsable de velar por la calidad de vida de los más humildes. Encargado de equiparar las oportunidades y hacer así una sociedad más justa. Esta visión, que habría sido tildada de ultra conservadora hace no más de una década, hoy parecieran compartirla una amplia gama de ideologías. Hasta los más progresistas sostienen que rechazan la economía de mercado, pero en los hechos aceptan la sociedad de mercado. Una contradicción que sólo rebela la ausencia de alternativas reales.

Si uno vuelve la mirada hacia fenómenos políticos como los que acontecen en Venezuela, Nicaragua o Bolivia, incluso Cuba, la realidad es que la modernización de las estructuras pasa por aceptar la economía de mercado. Al menos las condiciones que ésta impone a nivel global. Es una realidad que también involucra a China, con toda la potencia económica que esa nación representa.

En Chile hay indicios recientes. Y son más perceptibles que la acción gubernamental cotidiana. La última elección de las autoridades del Partido Socialista dio como vencedor al senador Camilo Escalona, que iba a la reelección. Se impuso por un amplio margen sobre la hija del ex presidente Salvador Allende, la diputada Isabel Allende. Se suponía que ella, con su movimiento Las Grandes Alamedas, representaba el progresismo real. O, si se prefiere, la sensibilidad de izquierda. Ya el nombre de su movimiento, pretendía recordar a su padre, que anunciara que más temprano que tarde se abrirán las alamedas por donde pase el hombre libre.

Fue parte del ˙ltimo discurso del mandatario antes de morir, el 11 de septiembre de 1973.

Pese al potente llamado a la coherencia, Isabel Allende fue derrotada. Una demostración, tal vez, de que la política actual no tolera la vacuidad de reflexiones extemporáneas. Las alamedas hoy ya no existen, lo que se imponen son las autopistas. Y, de igual manera, el Partido Socialista parece reconocer más la lealtad a la presidenta Michelle Bachelet que a discursos altisonantes que no tienen propuestas realistas. Porque, a decir verdad, hasta ahora no se conoce ninguna propuesta que sea ajena a la economía social de mercado que define Erhart.

Y quienes pretenden desconocer ese detalle, se encuentran con que la voluntad popular, incluso de un Partido como el Socialista, les niega su apoyo.

Lo ocurrido el Primero de Mayo parece decirnos que hay malestar creciente. Pero hasta ahora son pocos los que se muestran dispuestos, al menos aquí –y por el momento–, a sumarse a proyectos inexistentes. Mientras éstos no se estructuren, seguiremos viendo cómo los primero de mayo los trabajadores hacen ver su disconformidad. Y al día siguiente ya todos lo han olvidado. Incluidos los dirigentes de partidos que dicen representarlos.

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* Periodista.
wtapiav@vtr.net.

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