Nov 17 2004
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Cultura

El idioma vivo

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Frente a un postrer manuscrito de Miguel de Cervantes, entre alfombras y cortinón de tafetán, sopla el aire frío de un humidificador. Don Víctor García de la Concha lo enciende “para la neura”. El director de la RAE, además de inmensamente culto, es un hombre moderno, afable, mundano y simpático, que no parece sufrir complejos ni miedo alguno (curado de críticas; él mismo es crítico, literario).

Tampoco sufre alergias ni afecciones respiratorias: lo del aire húmedo le “funciona para la neura” (sic). Se autodefine “muy profesor” (doctor en Filología; catedrático emérito; asturiano de Villaviciosa, 1934), y cierto es que le cuesta limitarse a responder: alecciona, hace historia, se levanta impetuoso y demuestra sobre las actas, consulta las fuentes, pone ejemplos prácticos.

 La lengua, en su despacho, De la Concha frente a Cervantes, es un animal vivísimo. Su rostro tiene un gesto torcido en la boca, sonriente siempre, el rostro algo pillo, y una vena roja le atraviesa la punta de la nariz.

Dicen que con usted la Real Academia ha pasado a ser la “academia real”, ¿a qué se debe semejante elogio?
La frase es de un académico mexicano, Gonzalo Celorio, gran escritor, muy ingenioso. Pero no es justo decir que el mérito sea mío, y esto no es falsa modestia: mío también, pero es fruto de un largo proceso en la RAE y una toma de conciencia de las academias hispanas, las 22, de que nuestra misión es trabajar al servicio de la unidad de la lengua.

Cierto es que desde 2002 son ya más de i2.000 las modificaciones introducidas al último diccionario de la RAE. ¿Nunca se ha trabajado tanto y tan rápido?

Sí, es evidente. Obedece a varios factores: uno, la organización del trabajo en comisiones simultáneas; dos, la agilización de las academias americanas y, tres, hombre, las tecnologías: es que en un momento, dando a una tecla, sabemos todo sobre la palabra que discutimos.

¿Se proponen trabajar a la velocidad de las telecomunicaciones, la publicidad y otros soportes que permiten la vertiginosa intoxicación de la lengua?

Yo no creo que el soporte intoxique: intoxica el usuario que utiliza tal o cual palabra; la tecnología en sí es neutra. Lo que sí produce es la mundialización y la comunicación instantánea, y esto, para el español, supone la neutralización; es decir, la fluidez constante permite una interpenetración de las distintas formas de hablar el idioma. Ya no hay un español de España y otro de América, no: el idioma es único, en donde sea, con sus variedades; y es como un mosaico.
En la primera reunión de la comisión interacadémica para elaborar el Panhispánico, nos quedamos sorprendidos del grado de unidad del idioma. La globalización ha nivelado las diferencias, y eso es irrefrenable.

Insistiendo en el soporte, tengo entendido que usted no considera un problema el reduccionismo que se practica a través de Internet o los mensajes de móvil, ¿acaso esto no puede crear costumbre?

R. No. Vamos a ver, usted ha tomado apuntes como yo: todos abreviamos, constantemente. En cambio, cuando uno escribe una carta, la hace de forma diferente. Virginia Woolf decía que saber para quién se escribe es saber cómo hay que escribir. Quien utiliza esos soportes lo que hace es aprovechar el número de matrices de la manera más rentable, y, honradamente, no creo que eso influya: es una convención, también mis agendas están llenas de abreviaturas.

¿Utiliza el móvil para enviar sms?

No, no soy demasiado amigo de ello.

Otro asunto es la publicidad, ¿no? ¿Quién puede poner coto a la ruptura de significados de sus mensajes?

Eso es difícil, porque esa es la esencia de la publicidad: la captación de la atención, del modo que sea; es la ley de la selva. La publicidad es como el lenguaje literario y, en qué consiste, pues en la anomalía. Los recursos con los que juegan a veces son materialmente los mismos: homofonías, rimas… “beberá usted más Puleva cuanta más Puleva beba” (ríe).

Otra cosa es que introduzcan por ejemplo faltas de ortografía para reclamar la atención, porque eso sí puede causar confusión.

Y los medios de comunicación, ¿qué culpa tienen por ejemplo en la introducción de extranjerismos?

Qué culpa y qué mérito. Se ha puesto de moda culpar a los medios, pero nosotros, antes de ir a San Millán, hemos tenido una reunión con los representantes de los grupos de comunicación de Hispanoamérica y España, y nuestra conclusión es que hay una gran preocupación por el buen uso de la lengua. El riesgo está en la improvisación de los medios audiovisuales. El Diccionario panhispánico de dudas trata de ser una ayuda para los libros de estilo.

¿Y su responsabilidad sobre los extranjerismos?

Conviene también acotar. Ésta es una preocupación que aparece ya en el siglo XVI. En la obra de Juan de Valdés se tipifican el purista y el aperturista, y el intermedio, que mantiene que el español es una lengua mestiza derivada del latín que incorpora miles de préstamos, primero arabismos y luego germanismos, italianismos y galicismos. Bien, pues ahora son básicamente anglicismos. Juan de Valdés aboga por tomar préstamos, y le preguntan: ¿por necesidad o por gusto?, y él dice, por ambas cosas. El purista, naturalmente, lo condena.

¿Y usted?

R. Yo soy realista: hacerse el héroe frente a la marabunta es inútil. En primer lugar está la libertad de expresión, y luego, lo que las academias proponen: distinguimos entre extranjerismos innecesarios y necesarios.

Los primeros son los que tienen un equivalente español palabra a palabra, porque si hay que hacer un circunloquio no es tan innecesario: por ejemplo, leasing, que significa arrendamiento con opción a compra, o arrendamiento financiero, claro, pero frente al golpe de la palabra única… puede ser un extranjerismo necesario. O sin ir más lejos, aquel juego que trajeron unos rubios ingleses con el nombre de foot-ball; bien, pues llega el jueguecito, gusta y la academia intenta el calco: balompié. Pero el nombre no tiene éxito, y qué hace el pueblo soberano, que es quien crea la lengua: pues lo castellaniza, lo adapta a la fonética y la grafía del español, fútbol, que en el norte será “fúbol” y ya está, o “fubol”, que decía Cela.

¿Y las invenciones, qué hace la Academia frente a las invenciones?, ¿de dónde viene guay, por ejemplo?

Huy, se nos echaron encima cuando lo introdujimos. Pues fíjese que ha tenido una evolución curiosa: empieza en el léxico infantil/adolescente y pasa al léxico general, entonces se pierde en el juvenil, y después retoña. Lo que dice Horacio: retoñarán viejas palabras que desaparecieron y desaparecerán palabras que hoy nos parecen imprescindibles. Y eso, lo hace el pueblo.

¿De dónde viene la voz?

No sabría ahora decirle qué etimología tiene. Vamos a ver (se remite al mismísimo DRAE, 22 edición), para esto está el diccionario [“pasa páginas”, “eeeeeh”, “mmmm”…]. Guay: de la voz natural de lamentarse, ay.

¿Una interjección?

De suyo. Empieza en el lenguaje infantil y se extiende.

¿La Academia acepta invenciones?

En realidad todo nace de importaciones, evoluciones, calcos… Pero sí, hay términos compuestos que sí se inventan, por ejemplo. Nosotros, para el Panhispánico, hemos inventado un “palabro” que es bolaspa.

Ahí quería llegar, ¿de bola más aspa?

Claro, el aspa es la prohibición, y para remarcarlo lo metemos en un círculo. ¿Y esto cómo lo llamamos? Pues bolaspa. Y empezamos a usarlo de una manera convencional, como herramienta de trabajo, y ahí está: es un signo.

Un signo que implica censura, en el diccionario, ¿una reacción a las críticas por excesivo aperturismo que recibió la última edición del DRAE?

Un poco sí. Vamos a ver, en aquel momento nos sentimos injustamente acusados. Nos movemos entre dos frentes: que la Academia va con mucho retraso y que se pasa.
Decía un amigo mío que la tarea del escritor es sacarle la lengua a los críticos. Pues hay gente que se ocupa de sacarle la lengua a la Academia, porque viste y sale gratis, porque por tradición secular no contesta nunca, lo que no quiere decir que no estemos atentísimos a lo que se dice. A juzgar por aquellas críticas parecería que habíamos metido miles de anglicismos. ¿Sabe usted cuántos había?, pues 130 de los cuales 40 eran términos más que utilizados. Por supuesto, estaban escritos en cursiva, no son españolas pero queríamos facilitar su significado a los hablantes españoles. En seguida nos dimos cuenta que debíamos haberlo introducido como un apéndice.
De la academia se reclaman normas, es nuestra misión. Somos como la ortografía, que no es una ciencia sino una convención. Ahora hemos revisado la planta de construcción del diccionario con un criterio claro: para que una palabra quede en el diccionario normativo debe tener una antigüedad de uso de por lo menos seis años, una amplitud de uso, documentación oral pero también escrita, si se utiliza sólo en un área se señala y, sobre todo, hay que marcarla, si es un vulgarismo, un cultismo, un término jurídico… porque de ahí viene la confusión de quien lo maneja. Yo te llamo gilipollas y no puedes decirme que te estoy insultando porque lo pone el DRAE; sí, pero pondrá una marca, vamos a comprobarlo -vuelve a levantarse- y, en gilipollas, efectivamente, dice: adjetivo vulgar. Hay toda una gradación, y ahí hemos hecho un esfuerzo importante.

¿Con esa vocación nace el Panhispánico, unidad conjugando la diversidad?

Sí, queremos que sea un diccionario de vanguardia, de choque, que vaya por delante censurando y haciendo propuestas, que resultarán o no, pero el principio es noble. Por ejemplo, decimos campin, una palabra tan introducida en el léxico que sería una cursilería decir lugar de acampada; pero sí podemos quitarle el sufijo “ing”, que no es español. De igual manera que se hizo con mitin a partir de meeting o cruasán de croissant.

Y en cuanto a los géneros, ¿tenemos que aprenderlos de memoria o siguen una lógica fácilmente entendible?

No, no; hay unas normas de formación de género. Pero en su pregunta está implícita esta verdadera avalancha de la preocupación de señoras y señores, ministros y ministras, y tal, que tiene origen en las be-ne-mé-ri-tas (subrayado) campañas del feminismo para poner a la mujer en su sitio.

Ocurre que a veces pues se pasan un poco, quiero decir en las cuestiones lingüísticas: el buscar la feminización a ultranza cuando hay términos que son comunes… A ver, juez, viene de una palabra latina, hay una tradición, y resulta que es el juez y la juez. Se metió en el diccionario jueza, en su momento, mal metido: es el fiscal y la fiscal.

O sea, ¿hay que salvar a los neutros: el dependiente, la dependiente?

La lengua no es pura matemática. El Instituto de la Mujer nos pidió hace años un dictamen sobre la feminización de los títulos, rector, rectora, director, directora… O médico, médica, bien, no hay inconveniente, y sabe lo que ocurrió, que una buena parte de las mujeres que ejercen la medicina prefiere llamarse la médico, y el pueblo, listo, en la duda, dice la doctora. O sea, los hablantes dan un corte de mangas a quienes andan discutiendo y se van por la tangente.

Don Víctor, dice de sí mismo que es “un pobre profesor de Salamanca”, ¿no peca de humildad?

Bueno, es un topos humilitatis -tópico de humildad, figura retórica-. Ahora, lo que sí subrayo es que soy muy profesor. He hecho toda la carrera profesoral desde adjunto de instituto hasta catedrático emérito, que lo soy desde este año. Y me gusta mucho dar clases, y lo sigo haciendo, aunque sólo sea en cursos de doctorado.

¿Sus hijas han seguido el camino de sus padres? -Su esposa es también profesora de Literatura en la universidad-.

No, una es abogada y la otra, fiscal.

Serán letradas muy bien habladas, al menos.

Sí, eso sí es verdad, pero no porque nosotros seamos dos latiniparlos, sino porque nos hemos esforzado en que sean muy lectoras desde niñas. No les hacíamos leer a Calderón, dios me libre, sino Celia y Cuchifritín, Los Cinco y por ahí.

Dedicó sus estudios fundamentalmente a la literatura mística y picaresca, y a la poesía, ¿ésta es hoy más útil que nunca, porque purifica, frente a la clonación?

Sí, la poesía es por definición la potenciación de la escritura literaria en su máximo grado. Todos los escritores son marginados de la república -en sentido platónico-, el que esté muy mezclado, mal; pero desde luego los más marginados son los poetas: ácratas espirituales. El poeta es el que trabaja en la puridad del lenguaje. Como decía Juan Ramón Jiménez: “no sé con qué decirlo porque aún no está hecha mi palabra”. El poeta es el creador por excelencia. La poesía es un contraste permanente con la vulgaridad.

Han conseguido que por fin la gente contemple la RAE como algo cercano, ¿por qué se empeñan entonces en mantener preceptos como las preces latinas al iniciar las sesiones?

Aaaaaah, mire usted, es que la auctoritas de esta casa deriva del buen hacer y de una continuidad al margen de todo poder. Como decía Pedro Laín, la Academia es una casa noble, donde Torcuato Luca de Tena se sienta al lado de Buero Vallejo y conversan amigablemente. Y ahí están las preces latinas, y el respeto. El otro día lo dijo Ayala, la Academia se ha modernizado mucho, pero es reaccionaria: la gente no se quita la palabra, se respeta… (ríe).

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Publicado en el diario español El Mundo. (www.elmundo.es/magazine/2004/268/1100113792.html

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