Dic 6 2013
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Despacito por las piedras

El legado de Nelson Mandela

鈥淓l legado de Nelson Mandela est谩 completamente en nuestra manos鈥, dice la 煤ltima p谩gina de una historieta sudafricana que narra la vida y obra de uno de los pol铆ticos claves del siglo XX, protagonista de una f茅rrea lucha contra la discriminaci贸n racial y para el establecimiento de la democracia en su pa铆s.

En los a帽os recientes, Madiba, (como se le llamaba con afecto, en referencia al m谩ximo cargo de la tribu thembu a la que pertenece), se consolid贸 como s铆mbolo mundial de tolerancia, solidaridad y altruismo, pero tambi茅n como protagonista de un culto lleno de contrastes, tanto en Sud谩frica como en el mundo.

Por ejemplo, en julio del a帽o pasado, en v铆speras de su cumplea帽os 94, investigadores de un yacimiento de f贸siles en la costa oeste sudafricana dieron a conocer el nombre oficial de un p谩jaro carpintero prehist贸rico: Australopicus nelsonmandelai.

A帽os antes, el Instituto de F铆sica de la Universidad de Leeds, en Gran Breta帽a, nombr贸 a una part铆cula nuclear: 芦part铆cula de Mandela禄, y seg煤n detalla un recuento de la cadena CNN, la lista es larga de acuerdo con registros del Centro de Memoria Nelson Mandela: la orqu铆dea Paravanda Nelson Mandela obtuvo ese nombre luego de que el expresidente visit贸 el jard铆n bot谩nico en Singapur en 1997, mientras que el juego de computadoraEscape from Robin Islandmuestra a Mandela como el h茅roe que llega a una isla para liberar a su hija; y en Argentina, mientras el activista permanec铆a en prisi贸n por una sentencia de cadena perpetua por sabotaje, un caballo de carreras recibi贸 el nombre Mandela, en 1971.

Tambi茅n existen ya aplicaciones para tabletas electr贸nicas dedicadas a difundir la historia de Madiba.

Esa devoci贸n adquiri贸 mayor pol茅mica en su propio pa铆s, como lo rese帽贸La Jornadaen 2008: en la capital Johannesburgo, en barrios emblem谩ticos como Soweto (donde se gest贸 la lucha contra elapartheid), los habitantes, la mayor铆a de raza negra, consideran a Mandela, sin m谩s, un 鈥渟uperh茅roe鈥, y lo llaman 鈥渘uestro padre鈥, 鈥渓ibertador鈥, 鈥渦n gran hombre鈥, hasta 鈥渕es铆as鈥.

Los turistas lo creen cuando observan la alegr铆a de j贸venes madres de familia, con sus peque帽os en su espalda, envueltos en rebozos, salir de paseo en grupo, bromistas, o a los adolescentes felices corretear en los parques luego de sus jornadas escolares. Muchos son descendientes de esclavos o, en el mejor de los casos, de la servidumbre de un r茅gimen que Mandela ayud贸 a derrumbar. Las im谩genes de las familias negras sudafricanas de hoy contrastan con los testimonios que se presentan en el ya emblem谩tico Museo del Apartheid.

Pero tal adoraci贸n hacia el l铆der reci茅n fallecido se difumina en los barrios donde residen a煤n algunas personas mayores, blancas casi siempre, cuyas familias perdieron sus privilegios con la llegada al poder, en 1994, del primer presidente negro.

Entre la veneraci贸n y el inc贸modo moh铆n de resignaci贸n existe una enorme franja de poblaci贸n en Sud谩frica para quien Mandela es eterno tema de moda. Los dimes y diretes en torno a su vida personal estuvieron a la orden del d铆a durante a帽os, ubic谩ndolo m谩s que como luchador social, como unsocialit茅con miles defansdeseosos por conocer detalles 铆ntimos: que si se cas贸 con la viuda del presidente de Mozambique, que si se conocieron mientras ella estaba casada y 茅l era mandatario, que si a todos los empresarios del mundo les ped铆a donativos, que si s贸lo sus hijos o nietos y los de sus colaboradores van a buenas escuelas del extranjero, que si ya no ten铆a voluntad por su avanzada edad, que si lo controlan sus asistentes, que si s贸lo serv铆a de adorno para el presidente en turno.

La realidad es que el rostro de Mandela, siempre sonriente, se ve por todos lados del pa铆s: en portadas de revistas y peri贸dicos, en espectaculares y comerciales que transmiten las cadenas televisoras locales, sobre todo cada vez que se acerca la fecha de su cumplea帽os, el 18 de julio.

En las tiendas de los centros comerciales hay gorras, llaveros, camisetas, tarjetas postales, un sinf铆n de art铆culos con su imagen. Para las personas de gustos m谩s intelectuales, en las librer铆as hay decenas de ediciones en torno al l铆der sudafricano (biograf铆as, testimonios de quienes han convivido con 茅l, 谩lbumes fotogr谩ficos) y casi todos los ni帽os conocen la historieta de ocho cap铆tulos en la que se narran las haza帽as de la vida del Premio N贸bel de la Paz 1993.

Tambi茅n se ofrecen a los turistas r茅plicas de las coloridas camisas que Mandela populariz贸 en sus apariciones p煤blicas, las cuales pertenecen a una marca nacional que se llama, precisamente, 鈥淩opa Presidencial鈥, a precios muy elevados. No cualquiera puede vestir como 茅l.

A algunas personas les irrita esa mercadotecnia, sobre todo, les parece una exageraci贸n que los reflectores giren casi exclusivamente en torno a 茅l cuando se habla del nacimiento de la Rep煤blica sudafricana.

鈥溌緿贸nde est谩n los otros luchadores? El Congreso Nacional Africano (partido pol铆tico del que emergi贸 el gobierno negro) no lo hizo un solo hombre鈥, reprochaba el vendedor de artesan铆as Ingo Moller, en voz baja pues pues para algunos de sus compa帽eros de venta cualquier cr铆tica a Mandela es tab煤.

Los claroscuros en torno al culto 鈥渕andeliano鈥 se perciben con mayor intensidad precisamente alrededor de la isla de Robben, en la costa sudafricana, en Ciudad del Cabo, donde se encuentra el inmueble que funcion贸 como c谩rcel de m谩xima seguridad hasta mediados de los a帽os 80.

Ah铆 estuvo recluido el l铆der sudafricano durante casi dos d茅cadas, en una peque帽a celda, ahora muy pulcra, a la que inclusive acudi贸 el presidente Obama hace unas semanas para tomarse una foto, meditabundo, mirando tras las rejas.

En Robben Island las casas que durante la 茅poca del apartheid sirvieron como residencia de los custodios, ahora se rentan a quien tenga ganas de pasar la noche en ese recinto donde tantas personas fueron torturadas y asesinadas por el simple hecho de no tener la piel blanca.

Los gu铆as de turistas de agencias externas se quejan de que la isla se encuentra en manos de una suerte de mafia de personas negras que no permite, por ejemplo, que se traduzcan a otros idiomas las explicaciones en ingl茅s que ofrecen j贸venes negros, algunos de los cuales afirman, para impresionar a los visitantes: 鈥測o estuve preso aqu铆鈥. Pero cuando uno hace cuentas se percata de que esos chicos no pertenecen a la generaci贸n que padeci贸 el encierro.

鈥淟a isla de Robben deber铆a ser un santuario, pues se trata del lugar donde se origin贸 la levadura de los cambios pol铆ticos de este pa铆s; es el punto de llegada obligado para quienes visitan Ciudad del Cabo siguiendo la ruta de la lucha contra el apartheid, y eso no sucede debido a esas personas que confunden a los turistas, pero se apropiaron de la isla con la anuencia del propio Mandela鈥, se帽ala Pamela, una gu铆a argentina.

En diversos puntos de Ciudad del Cabo, no falta quien tambi茅n venda presuntas piedras de la isla a quienes ya no les dio tiempo de ir al recorrido por la prisi贸n de Robben. Muchos las adquieren, no vaya a ser que s铆 sea un pedazo de la cantera que pic贸 el mism铆simo Madiba, el hombre ante el que hicieron antesala millonarios, jefes de Estado, estrellas de Hollywood y rockstars para sumarse a un culto que se perfila de largo aliento.

M贸nica Mateos-Vega, La Jornada

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