Sep 1 2017
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Política

El legado de Salvador Allende

Derrocado el 11 de septiembre de 1973 mediante un cruento golpe militar que ni su gobierno ni los partidos populares estaban en condiciones de enfrentar, Salvador Allende entr√≥ en la historia, sin embargo, con el talante de un l√≠der victorioso. Su legado pol√≠tico y moral entrega ense√Īanzas valiosas para los revolucionarios de hoy. En primer lugar, su consecuencia pol√≠tica y su coraje personal, que le hicieron empu√Īar un fusil para resistir en La Moneda junto a un pu√Īado de valientes.

En sus propias palabras: pagaba con su vida la lealtad del pueblo. Su inmolaci√≥n fue un acto consciente de rebeld√≠a para no humillarse ante la traici√≥n y felon√≠a de los generales y almirantes. En otras circunstancias seguramente habr√≠a encabezado la resistencia de un pueblo armado y de unidades militares constitucionalistas. Lo √ļnico que no pas√≥ por la mente de Allende en el palacio en llamas fue rendirse y negociar las condiciones de un exilio honorable. Sus √ļltimos mensajes por radio y su decisi√≥n final, lo cubrieron de gloria y a la vez sepultaron en el oprobio a los golpistas cuya ruindad moral confirmaron sus cr√≠menes y el enriquecimiento il√≠cito de los terribles a√Īos que siguieron.

No solo fue su valor y consecuencia. Salvador Allende dej√≥ tambi√©n numerosas otras ense√Īanzas. Por ejemplo su incansable perseverancia para forjar la unidad de los sectores populares entendida como factor esencial de un proceso revolucionario. Tambi√©n durante muchos a√Īos Allende plante√≥ la nacionalizaci√≥n del cobre como un tema vinculado al ejercicio efectivo de la soberan√≠a nacional. Esa reivindicaci√≥n estaba lejos del debate pol√≠tico cotidiano cuando Allende la levant√≥ como bandera de lucha. Durante largo tiempo la suya fue una voz en el desierto.

Allende rehus√≥ ocultar sus ideas o mimetizarse en el centro pol√≠tico que permite todo tipo de transacciones. Los revolucionarios de hoy deben estudiar su trayectoria pol√≠tica y las coaliciones pol√≠tico-sociales que encabez√≥ hasta llegar a La Moneda con la Unidad Popular. Su victoria en 1970 fue estrecha y tuvo que someterse al veredicto del Congreso Pleno. La Democracia Cristiana lo apoy√≥ a cambio de un Estatuto de Garant√≠as Democr√°ticas que el presidente Allende respet√≥ escrupulosamente. Sin embargo, ese Estatuto se convirti√≥ en un cepo que impidi√≥ el libre desarrollo de las capacidades revolucionarias del pueblo. Esas limitaciones motivaron las contradicciones que surgieron entre los partidos de la Unidad Popular. Oblig√≥ a utilizar los ‚Äúresquicios legales‚ÄĚ para impulsar diversas iniciativas. A la vez tom√≥ fuerza una corriente independiente y cr√≠tica desde la Izquierda que impuls√≥ el poder popular de los pobres del campo y la ciudad bajo la consigna ‚Äúavanzar sin transar‚ÄĚ.

Allende hab√≠a declarado sin ambages que el objetivo de su gobierno era un socialismo adecuado a las caracter√≠sticas socio-pol√≠ticas y culturales del pa√≠s. La ‚Äúv√≠a chilena hacia el socialismo‚ÄĚ fue explicitada en su primer mensaje al Congreso Pleno el 21 de mayo de 1971. La nacionalizaci√≥n de la gran miner√≠a del cobre y la Reforma Agraria, la estatizaci√≥n de la banca y la intervenci√≥n de diversas industrias, confirmaron que se hab√≠a iniciado un proceso revolucionario in√©dito que atrajo la atenci√≥n del mundo y despert√≥ una ola de simpat√≠a en Am√©rica Latina. En efecto, era el primer intento en la historia de construir el socialismo por una v√≠a pac√≠fica y con absoluto respeto a una Constituci√≥n burguesa.

No obstante, la conspiraci√≥n golpista se hab√≠a iniciado incluso antes que Allende asumiera el mando. La oligarqu√≠a pidi√≥ la intervenci√≥n norteamericana y el presidente Richard Nixon orden√≥ a la CIA y al Pent√°gono ‚Äúhacer chillar‚ÄĚ la econom√≠a y crear las condiciones para el derrocamiento de Allende. La fuga de capitales, el bloqueo del cr√©dito internacional, el mercado negro, la especulaci√≥n, la escasez y la inflaci√≥n se dispararon. Los camioneros paralizaron durante dos meses el transporte de alimentos y dem√°s art√≠culos de primera necesidad. Los mineros de El Teniente se declararon en huelga y marcharon a Santiago. Embarques de cobre fueron embargados en Hamburgo y otros puertos. Las mujeres de la burgues√≠a salieron a las calles a tocar cacerolas. Los medios de desinformaci√≥n internacionales y nacionales -que gozaban de absoluta libertad, incluso para insultar y calumniar al mandatario- desataron la guerra sicol√≥gica. Acusaban a Allende de pretender instaurar la ‚Äúdictadura del proletariado‚ÄĚ y convertir a Chile en una segunda Cuba. Comenzaron los sabotajes a la electricidad y las comunicaciones por bandas terroristas de extrema derecha asesoradas por oficiales de las FF.AA.

En octubre de 1972, por iniciativa democratacristiana, el Congreso aprobó la Ley de Control de Armas. Su propósito era eliminar toda capacidad del pueblo para enfrentar el golpe de Estado que estaba en marcha. Allende y sus ministros socialistas José Tohá (Defensa) y Jaime Suárez (Interior), se vieron obligados a promulgar una ley que facultaba a las FF.AA. para efectuar allanamientos y detener militantes de Izquierda acusados de poseer o fabricar armas caseras y explosivos. La oposición -derecha y Democracia Cristiana- controlaba el Congreso Nacional. En julio de 1972 formaron la Code (Confederación de la Democracia) con la intención confesa de derrocar al presidente mediante un golpe parlamentario. Para eso necesitaban alcanzar los dos tercios de la Cámara de Diputados en las elecciones de marzo de 1973. No lo lograron, porque la Unidad Popular sacó fuerzas de flaquezas y consiguió el 43,4% de los votos. El fracaso del golpe por vía parlamentaria despejó el camino al golpe militar.

(Hasta aquí a los lectores debe parecerles que estamos relatando lo que sucede en Venezuela. En efecto, ese plan desestabilizador es casi idéntico al que Washington implementó en Chile. La diferencia más notable consiste en que en Venezuela existe la alianza pueblo-fuerzas armadas, legado político del presidente Hugo Chávez que el imperio no ha conseguido romper).

Repasar nuestra historia, y en particular la experiencia de la Unidad Popular, es indispensable en cualquier futuro proyecto de cambios democr√°ticos con justicia social. Allende supo fijar un norte al proceso de acumulaci√≥n de fuerzas sociales y pol√≠ticas. La nacionalizaci√≥n del cobre fue el eje movilizador del programa ante el cual hasta la derecha tuvo que ceder en el Congreso. La contrarrevoluci√≥n deshizo √©sa y otras conquistas que es necesario retomar para asegurar un proceso revolucionario. La nacionalizaci√≥n del cobre (y del litio) fortalecer√≠a la soberan√≠a nacional y entregar√≠a enormes recursos al Estado. Hay numerosas otras reivindicaciones capaces de convocar fuerzas sociales. Por ejemplo el fin de las AFP y el derecho a salud y educaci√≥n de calidad; el reconocimiento de la autonom√≠a del pueblo mapuche; el freno al da√Īo al medioambiente de las empresas forestales, el√©ctricas, mineras y frut√≠colas; limitar las ganancias desorbitadas de bancos e Isapres; estatizar el transporte p√ļblico‚Ķ

Ninguno de esos objetivos es posible sin acometer un proceso ideol√≥gico que permita liberar las conciencias sometidas a la dictadura cultural e ideol√≥gica del neoliberalismo. La batalla de las ideas est√° en primer lugar porque es all√≠ donde la Izquierda sufri√≥ su peor derrota. El camino para superar este sistema inhumano y depredador pasa por una Asamblea Constituyente que proponga al pueblo la Constituci√≥n Pol√≠tica que permita -por fin- contar con la institucionalidad de una rep√ļblica democr√°tica y participativa. La convocatoria a la Constituyente abrir√≠a el espacio para conquistar a las fuerzas armadas y contar con su participaci√≥n en un programa democratizador y patri√≥tico.

Avanzando en esta dirección, con la Asamblea Constituyente como llave maestra del cambio, se recogería lo fundamental de la lección que nos dejó el presidente heroico.

*Editorial de¬†‚ÄúPunto Final‚ÄĚ, edici√≥n N¬ļ 883, 1¬ļ de septiembre 2017.

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