Jul 23 2013
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Sociedad

El Papa llegó a Brasil con aura de superstar

Bendito embotellamiento. El papa argentino Jorge Mario Bergoglio inició su primera gira internacional tras ser coronado el 13 de marzo, protagonizando un atascamiento de tránsito en la principal avenida de Río de Janeiro cuando el vehículo que lo transportaba quedó atrapado entre los fieles, que lo vivaban con fervor, y un colectivo.

Bergoglio alteró motu proprio la agenda elaborada en mayo por el Vaticano y por la Arquidiócesis de Río, para incluir un recorrido por el centro carioca, poco después de arribar a la Base Aérea del Galeao, cerca de las 17 (igual huso horario que la Argentina) de ayer, y así poder tomar contacto directo con la gente antes de asistir a la recepción oficial en el Palacio de Guanabara, donde lo aguardaba la presidenta Dilma Rousseff.

Indiferente al tumulto a su alrededor, el jefe de Estado vaticano no dejó de menear la mano derecha como un popstar, saludando al público con la ventanilla baja, y hasta besó a un bebé alcanzado por una chica delgada, ágil, que burló el cordón de seguridad cuando el vehículo gris quedó literalmente parado a unas tres cuadras del Sambódromo. En ese momento se observaron gestos desesperados en los encorbatados agentes de seguridad, impotentes para frenar a los fieles. Fue una situación inusitada, objetivamente muy arriesgada. El ex arzobispo porteño sorprendió incluso a quienes estaban advertidos de su estilo poco ajustado a protocolos, al verlo exponerse más de lo pensado al riesgo de un eventual ataque.

Luego del incidente ocurrido a bordo de un Fiat gris, el visitante pasó a un papamóvil sin blindaje, otra temeridad que lleva su sello, para seguir saludando a la multitud en el centro carioca, y protegido por un cordón de voluntarios que participarán a partir de hoy en la Jornada Mundial de la Juventud. Tan político como místico, el jefe de Estado vaticano vino a Latinoamérica con una misión: reencender la alicaída mística católica entre los jóvenes del continente que representa la reserva demográfica del catolicismo.

En su primer discurso dijo que vino a Brasil en nombre de Jesús “para alimentar la llama de amor fraterno que arde en todo corazón, y deseo que llegue a todos y a cada uno mi saludo. La paz de Cristo esté con ustedes… la juventud es la ventana por la cual entra el mundo”.

“He aprendido que, para tener acceso al pueblo brasileño, hay que entrar por el portal de su inmenso corazón; permítanme, pues, que llame suavemente a esa puerta… permiso para entrar y pasar esta semana”.

Bergoglio está obligado a frenar la sangría hacia las iglesias evangelistas en el continente y particularmente en Brasil, el país católico más poblado del mundo, donde los neopentecostales son el 19 por ciento según una encuesta de Datafolha, publicada ayer. Y mientras el grueso de los católicos pasa muy poco por la iglesia y no tiene muy en cuenta la palabra de los curas, los evangelistas van a menudo, obedecen a los pastores y pagan “religiosamente” el diezmo.

Con todo, Brasil aún es la mayor potencia católica del mundo, y el Cristo Redentor (al que podría visitar en alguna de sus escapadas del protocolo) sigue abriendo sus brazos desde alto del morro Corcovado, que se ve desde el aeropuerto donde aterrizó ayer Bergoglio. Pero las estadísticas indican que la estatua encoge. En la década de 1930, cuando el Cristo fue erigido, el 98 por ciento de los brasileños era católico; en la década del ’90, el catolicismo retrocedió al 75 por ciento; y en 2007 bajó al 64 por ciento. Desde entonces, el éxodo hacia el rebaño pentecostal no paró, y en junio de este año la cifra bajó al 57 por ciento, también según la consultora Datafolha.

Para este Papa gestual, el recorrido realizado ayer, de las calles del populoso centro carioca al señorial Palacio de Guanabara, sede de la gobernación, pareció seguir el guión de un mensaje: antes de ir al encuentro con las autoridades, prefirió darse un baño de pueblo.

Francisco desembarcó ayer 6 años después que su predecesor Joseph br papa y dilmaRatzinger, cuyo discurso germánico contra el aborto dejó perplejo a su anfitrión, el entonces presidente Luiz Inácio Lula da Silva, quien apenas pudo disimular la contrariedad ante tanta insolencia diplomática.

Ayer no hubo en el texto –leído en un portugués decoroso por Francisco– ningún tema de los que causan fricciones entre el Vaticano y Brasilia.

“No tengo oro ni plata, pero traigo lo más precioso que me han dado: Jesucristo”, dijo el jesuita que eligió llamarse Francisco poco después de concluido el cónclave papal de marzo, cuando siguió el consejo del cardenal franciscano brasileño Claudio Hummes, un viejo amigo de Lula da Silva y moderado simpatizante de la Teología de la Liberación.

“Nuestra generación se mostrará a la altura de la promesa que hay en cada joven cuando sepa ofrecerle espacio, tutelar las condiciones materiales y espirituales para su pleno desarrollo.”

Dilma escuchó con atención al visitante y lo saludó con besos en la mejilla. Rousseff no es católica de misa dominical, y años atrás declaró algo que sigue pensando: la mujer que aborta no puede ser castigada por la ley. De todos modos, esto no es óbice para que se haya establecido una evidente afinidad entre la primera presidenta brasileña y el primer papa argentino. Su intervención eludió misticismos para concentrarse en lo político y social; mientras, a unos doscientos metros del Palacio de Guanabara, los jóvenes protestaban, como lo hacen casi semanalmente desde junio, inicio de la revuelta que causó una crisis severa en el gobierno. Dilma dijo, mirando al líder católico: “Luchamos contra un enemigo común, la desigualdad social… Es una honra redoblada tener al primer papa latinoamericano”.

“Un hombre que viene del pueblo latinoamericano, de nuestra vecina Argentina, agrega más condiciones para crear una alianza (entre el gobierno brasileño y la Iglesia Católica) de combate a la pobreza y de diseminación de buenas experiencias”, agregó la jefa del tercer gobierno consecutivo del Partido de los Trabajadores.

Poco después de que el Papa y Dilma dejaron el Palacio de Guanabara, la policía cargó violentamente contra los jóvenes que realizaban una protesta contra el gobernador Sergio Cabral, principal blanco de las movilizaciones que sacuden a Río desde junio (ver aparte).

El accionar brutal de la Policía Militarizada de Río y de San Pablo fue motivo de repudio generalizado en las primeras movilizaciones de junio pasado, y esa indignación contribuyó a que las manifestaciones crecieran hasta encender la furia en decenas de ciudades.

Ayer, los indignados cariocas incendiaron un monigote representando al gobernador Cabral, al que acusan de corrupción y de apadrinar a la policía que estableció un estado paralelo en las favelas, donde hay indicios firmes de que actúa coordinadamente con los escuadrones de la muerte.

El Papa no vio ni oyó nada ayer, pero posiblemente podrá escuchar denuncias de violaciones de derechos humanos, si quiere, cuando hable con los vecinos que lo recibirán esta semana en una capilla de la favela Manguinhos, una zona que llegó a ser tan violenta que se ganó el apodo de “Franja de Gaza”.

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