Ene 14 2005
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Economía

El papa y el mundo

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Suaves alegría y conmoción

Excelencias, Se√Īoras y Se√Īores:
La alegr√≠a impregnada de suave conmoci√≥n, propia de este tiempo en el que la Iglesia revive el misterio del nacimiento del Emmanuel y el de su humilde familia de Nazaret, se percibe hoy tambi√©n en este encuentro con Ustedes, Se√Īoras y Se√Īores Embajadores e ilustres miembros del Cuerpo Diplom√°tico ante la Santa Sede, que reunidos aqu√≠ hacen visible, en cierto modo, la gran familia de las Naciones.

Este encuentro, alegre y esperado, ha iniciado con las amables expresiones de felicitación, de participación y estima por mi solicitud universal, dirigidas por su digno Decano, el Profesor Giovanni Galassi, Embajador de San Marino. Le estoy muy agradecido y correspondo a las mismas deseando serenidad y alegría para todos Ustedes y sus queridas familias, augurando paz y bienestar para sus Países.

Al darles mi particular y cordial bienvenida, deseo un buen trabajo a los 34 Embajadores y a sus distinguidas consortes que, desde enero del a√Īo pasado hasta hoy, han iniciado su misi√≥n ante la Sede de Pedro.

La cat√°strofe

En verdad, estos sentimientos de alegr√≠a han sido ofuscados por la enorme cat√°strofe natural que el 26 de diciembre pasado ha afectado a diversos Pa√≠ses del sureste asi√°tico, alcanzando incluso algunas costas de √Āfrica oriental.

Esta cat√°strofe ha marcado con un gran dolor el a√Īo que ha terminado: un a√Īo probado tambi√©n por otras calamidades naturales, como son otros huracanes devastadores en el Oc√©ano √ćndico y en el mar de las Antillas, as√≠ como la plaga de langostas que ha desolado vastas regiones de √Āfrica del Norte.

Otras tragedias han llenado tambi√©n de luto el 2004, como son las b√°rbaras acciones de terrorismo que han ensangrentado Iraq y otros Estados del mundo, el cruel atentado de Madrid, la masacre terrorista de Beslan, las violencias inhumanas sobre la poblaci√≥n de Darfur, las atrocidades perpetradas en la regi√≥n de los grandes lagos en √Āfrica.

Nuestro corazón se siente turbado y angustiado por todo ello, y ciertamente no conseguiríamos liberarnos de las tristes dudas sobre el destino del hombre si, precisamente de la cuna de Belén, no nos llegara una mensaje, a la vez humano y divino, de vida y de esperanza más fuerte. En Cristo, que nace como hermano de todo hombre y se pone a nuestro lado, es Dios mismo quien nos invita a no dejarnos desanimar nunca, sino a superar las dificultades, por muy grandes que sean, reforzando y haciendo prevalecer los vínculos comunes de humanidad por encima de cualquier otra consideración.

El panorama de la humanidad

De hecho, su presencia, Se√Īoras y Se√Īores Embajadores, que aqu√≠ representan a casi todos los pueblos de la tierra, abre ante nuestros ojos, como con una sola mirada, el gran panorama de la humanidad con los graves problemas comunes que la atormentan, pero tambi√©n con las grandes y siempre vivas esperanzas que la animan.

La Iglesia cat√≥lica, universal por naturaleza, est√° siempre implicada directamente y participa en las grandes causas por la cuales el hombre actual sufre y espera. Ella no se siente extranjera entre ning√ļn pueblo, porque donde se encuentre un cristiano, miembro suyo, est√° presente todo el cuerpo de la Iglesia.

M√°s a√ļn, dondequiera que se encuentre un hombre, all√≠ se establece para nosotros un v√≠nculo de fraternidad. Con su presencia activa en el destino del hombre en cada lugar de la tierra, la Santa Sede sabe que tiene en Ustedes, Se√Īoras y Se√Īores Embajadores, unos interlocutores altamente cualificados, porque es propio de la misi√≥n de los diplom√°ticos superar los confines y hacer converger a los pueblos y a sus gobiernos en una voluntad de activa concordia, con el cuidadoso respeto de las propias competencias, pero tambi√©n en la b√ļsqueda de un m√°s alto bien com√ļn.

Los campos de la moral y la sociedad

En el mensaje que este a√Īo he dirigido para la Jornada Mundial de la Paz he propuesto a la atenci√≥n de los fieles cat√≥licos y de todos los hombres de buena voluntad la invitaci√≥n de ap√≥stol Pablo: ¬ęNo te dejes vencer por el mal; antes bien, vence al mal con el bien¬Ľ: vince in bono malum (Romanos 12, 21).

En la base de esta invitación hay una verdad profunda: en el campo moral y social, el mal asume el rostro del egoísmo y del odio que tienen un carácter negativo; sólo el amor, que tiene la fuerza positiva de un don generoso y desinteresado hasta el propio sacrificio, puede vencer al mal. Esto es lo que se expresa precisamente en el misterio del nacimiento de Cristo: para salvar a la criatura humana del egoísmo del pecado y de la muerte, que es su fruto, Dios mismo, por medio de Cristo, plenitud de vida, entra con amor en la historia del hombre y lo eleva a la dimensión de una vida más grande.

Este mismo mensaje -vence al mal con el bien- quisiera dirigirlo ahora a ustedes, Se√Īoras y Se√Īores Embajadores, y por su medio a los queridos pueblos que Ustedes representan, as√≠ como a sus Gobiernos: este mensaje es especialmente v√°lido tambi√©n para las relaciones internacionales, y puede orientar a todos para responder a los grandes desaf√≠os de la humanidad actual. Quisiera indicar aqu√≠ algunos de entre los m√°s importantes.

El primer desafío es el desafío de la vida. La vida es el primer don que Dios nos ha hecho y la primera riqueza de la que puede gozar el hombre. La Iglesia anuncia el Evangelio de la vida. Y el Estado tiene precisamente como tarea primordial la tutela y la promoción de la vida humana.

En estos √ļltimos a√Īos el desaf√≠o de la vida se est√° haciendo cada vez m√°s amplio y crucial. Se ha ido centrando particularmente en el inicio de la vida humana, cuando el hombre es m√°s d√©bil y debe ser protegido mejor. Concepciones opuestas se enfrentan sobre temas como el aborto, la procreaci√≥n asistida, el uso de c√©lulas madres embrionarias humanas con finalidades cient√≠ficas, la clonaci√≥n.

Apoyada en la raz√≥n y la ciencia, es clara la posici√≥n de la Iglesia: el embri√≥n humano es un sujeto id√©ntico al ni√Īo que va a nacer y al que ha nacido a partir de ese embri√≥n. Por tanto, nada que viole su integridad y dignidad es √©ticamente admisible. Adem√°s, una investigaci√≥n cient√≠fica que reduzca el embri√≥n a objeto de laboratorio no es digna del hombre.

Se ha de alentar y promover la investigación científica en el campo genético, pero, como cualquier otra actividad humana, nunca puede considerarse exenta de los imperativos morales; por otra parte, puede desarrollarse en el campo de las células madres adultas con prometedoras perspectivas de éxito.

Al mismo tiempo, el desafío de la vida tiene lugar en lo que es propiamente el santuario de la vida: la familia. Actualmente, ésta se ve a menudo amenazada por factores sociales y culturales que, ejerciendo presión sobre ella, hacen más difícil su estabilidad; pero en algunos países la familia está amenazada también por una legislación que atenta, a veces incluso directamente, a su estructura natural, la cual es y sólo puede ser la de la unión entre un hombre y una mujer, fundada en el matrimonio.

La familia es la fuente fecunda de la vida, el presupuesto primordial e irreemplazable de la felicidad individual de los esposos, de la formación de los hijos y del bienestar social, así como de la misma prosperidad material de la nación; no puede, pues, admitirse que la familia se vea amenazada por leyes dictadas por una visión restrictiva y antinatural. Que prevalezca una concepción justa, alta y pura del amor humano, que encuentra en la familia su expresión verdaderamente fundamental y ejemplar. Vince in bono malum.

El segundo desaf√≠o es el del pan. La Tierra, hecha maravillosamente fecunda por su Creador, tiene recursos abundantes y variados para alimentar a todos sus habitantes, presentes y futuros. A pesar de esto, los datos publicados sobre el hambre en el mundo son dram√°ticos: centenares de millones de seres humanos sufren gravemente desnutrici√≥n y, cada a√Īo, millones de ni√Īos mueren de hambre o por sus consecuencias.

En realidad, ya desde hace tiempo se ha dado la se√Īal de alarma, y las grandes organizaciones internacionales se han prefijado objetivos apremiantes, al menos para frenar la emergencia. Se han propuesto acciones concretas, como las presentadas en la reuni√≥n de Nueva York sobre el hambre y la pobreza, del 20 de septiembre de 2004, en la que he querido estar representado por el cardenal Angelo Sodano, secretario de Estado, precisamente para demostrar el gran inter√©s de la Iglesia ante tan dram√°tica situaci√≥n.

Muchas asociaciones no gubernamentales se han comprometido tambi√©n a prestar ayuda. Pero todo esto no es suficiente. Para responder a esta necesidad, que aumenta en magnitud y urgencia, se requiere una vasta movilizaci√≥n moral de la opini√≥n p√ļblica y, m√°s a√ļn, de los hombres responsables de la pol√≠tica, sobre todo en aquellos Pa√≠ses que han alcanzado un nivel de vida satisfactorio y pr√≥spero.

A este respecto, quisiera recordar un gran principio de la ense√Īanza social de la Iglesia, que subray√© tambi√©n en el Mensaje para la Jornada mundial de la Paz de este a√Īo, y que est√° desarrollado adem√°s en el Compendio de la Doctrina social de la Iglesia: el principio del destino universal de los bienes de la tierra.

Es un principio que no justifica ciertas formas colectivistas de pol√≠tica econ√≥mica, sino que debe motivar un compromiso radical para la justicia y un esfuerzo de solidaridad m√°s atento y determinado. √Čste es el bien que podr√° vencer el mal del hambre y de la pobreza injusta. Vince in bono malum.

La guerra y la paz

Est√° adem√°s el desaf√≠o de la paz. La paz, bien supremo, que condiciona la consecuci√≥n de otros muchos bienes esenciales, es el sue√Īo de todas las generaciones. Pero, ¬°cu√°ntas guerras y conflictos armados entre Estados, entre etnias, entre pueblos y grupos que viven en un mismo territorio estatal, que de un extremo al otro del globo causan innumerables v√≠ctimas inocentes y son origen de otros muchos males!

Nuestro pensamiento se dirige espont√°neamente hacia diversos pa√≠ses de Oriente Medio, de √Āfrica, de Asia y de Am√©rica Latina, en los que el recurso a las armas y a la violencia, produce no s√≥lo da√Īos materiales incalculables, sino que fomenta el odio y acrecienta las causas de discordia, haciendo cada vez m√°s dif√≠cil la b√ļsqueda y el logro de soluciones capaces de conciliar los intereses leg√≠timos de todas las partes implicadas.

A estos tr√°gicos males se a√Īade el fen√≥meno cruel e inhumano del terrorismo, flagelo que ha alcanzado una dimensi√≥n planetaria desconocida por las generaciones anteriores.

Contra estos males, ¬Ņc√≥mo afrontar el gran desaf√≠o de la paz? Ustedes, se√Īoras y se√Īores embajadores, como diplom√°ticos, son por su profesi√≥n, y seguramente tambi√©n por vocaci√≥n personal, hombres y mujeres de paz. Ustedes saben de cu√°les y de cu√°ntos medios dispone la sociedad internacional para garantizar la paz o para instaurarla.

Como mis venerados predecesores, yo mismo he intervenido p√ļblicamente en numerosas ocasiones -en particular mediante el Mensaje anual para la Jornada mundial de la paz-, pero tambi√©n a trav√©s de la diplomacia de la Santa Sede. Continuar√© interviniendo para indicar las v√≠as de la paz y para invitar a recorrerlas con valent√≠a y paciencia.

A la prepotencia se debe oponer la razón, al enfrentamiento de la fuerza el enfrentamiento del diálogo, a las armas apuntadas la mano tendida: al mal el bien.

Numerosos son las ersonas que trabajan con valent√≠a y perseverancia en este sentido, y no faltan signos alentadores que demuestran c√≥mo puede afrontarse el gran desaf√≠o de la paz. As√≠ en √Āfrica, donde, a pesar de las graves reincidencias de discordias que parec√≠an superadas, crece la com√ļn voluntad de trabajar para la soluci√≥n y la prevenci√≥n de conflictos mediante una cooperaci√≥n m√°s intensa entre las grandes organizaciones internacionales y las instancias continentales, como la Uni√≥n Africana.

Recordemos, por ejemplo, en noviembre del a√Īo pasado, la reuni√≥n del Consejo de seguridad de las Naciones Unidas, en Nairobi, sobre la emergencia humanitaria en Darfur y sobre la situaci√≥n en Somalia, as√≠ como la Conferencia internacional sobre la regi√≥n de los grandes lagos. As√≠ en Oriente Medio, en esa tierra tan querida y sagrada para los creyentes en el Dios de Abraham, donde parece atenuarse el cruel enfrentamiento de las armas y abrirse una salida pol√≠tica hacia el di√°logo y la negociaci√≥n.

Y como ejemplo, ciertamente privilegiado, de una paz posible, bien puede mostrarse Europa: naciones que un tiempo eran cruelmente enemigas y enfrentadas en guerras mortales se encuentran hoy juntas en la Uni√≥n Europea, la que en el curso del a√Īo pasado se ha propuesto consolidarse ulteriormente con el Tratado constitucional de Roma, mientras permanece abierta a acoger otros Estados, dispuestos a aceptar las exigencias que conllevan su adhesi√≥n.

Pero para construir una paz verdadera y duradera en nuestro planeta ensangrentado, es necesaria una fuerza que no retroceda ante ninguna dificultad. Es una fuerza que el hombre por s√≠ solo no consigue alcanzar ni conservar: es un don de Dios. Cristo vino precisamente para ofrecerla al hombre, como los √°ngeles cantaron ante la cuna de Bel√©n: ¬ęPaz a los hombres que ama el Se√Īor¬Ľ (Lucas 2,14). Dios ama al hombre y quiere para √©l la paz. Nosotros estamos invitados a ser instrumentos activos de la misma, venciendo al mal con el bien. Vince in bono malum.

El desafío de la libertad

Quisiera referirme a√ļn a otro desaf√≠o: el desaf√≠o de la libertad. Ustedes saben, se√Īoras y se√Īores embajadores, cu√°nto estimo este tema, precisamente por la historia del pueblo del que provengo; pero dicho tema es ciertamente estimado tambi√©n por todos ustedes, que por su servicio diplom√°tico son justamente celosos de la libertad del pueblo que representan y sol√≠citos en defenderla. Pero la libertad es ante todo un derecho del individuo.

¬ęTodos los seres humanos nacen -como dice justamente la Declaraci√≥n Universal de los Derechos del Hombre, concretamente en el art√≠culo primero- libres e iguales en dignidad y derecho¬Ľ.Y el art√≠culo trercero declara: ¬ęTodo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona¬Ľ. Ciertamente, la libertad de los Estados es tambi√©n sagrada porque deben ser libres y, precisamente, para poder llevar a cabo de manera adecuada su deber primordial de proteger, adem√°s de la vida, la libertad de sus ciudadanos en todas sus justas manifestaciones.

La libertad es un gran bien, porque, sin ella, el hombre no puede realizarse de manera consecuente con su naturaleza. La libertad es luz: permite elegir responsablemente sus propias metas y la v√≠a para alcanzarlas. En el n√ļcleo m√°s √≠ntimo de la libertad humana est√° el derecho a la libertad religiosa, porque se refiere a la relaci√≥n m√°s esencial del hombre: su relaci√≥n con Dios. Incluso la libertad religiosa est√° garantizada expresamente en la mencionada declaraci√≥n. Ella fue objeto -como todos Ustedes bien saben- de una solemne declaraci√≥n del Concilio ecum√©nico Vaticano II, la cual inicia con las significativas palabras Dignitatis humanae.

La libertad de religión sigue siendo en numerosos Estados un derecho no reconocido de manera suficiente o de modo adecuado. Pero el anhelo de la libertad de religión no se puede erradicar: será siempre vivo y apremiante mientras el hombre esté vivo. Por esto dirijo hoy también este llamamiento expresado ya tantas veces por la Iglesia: Que en todas partes se proteja la libertad religiosa con una eficaz tutela jurídica y se respeten los deberes y derechos supremos del hombre a desarrollar libremente en la sociedad la vida religiosa.

No hay que temer que la justa libertad religiosa sea un límite para las otras libertades o perjudique la convivencia civil. Al contrario, con la libertad religiosa se desarrolla y florece también cualquier otra libertad, porque la libertad es un bien indivisible y prerrogativa de la misma persona humana y de su dignidad.

No hay que temer que la libertad religiosa, una vez reconocida para la Iglesia cat√≥lica, interfiera en el campo de la libertad pol√≠tica y de las competencias propias del Estado. La Iglesia sabe distinguir bien, como es su deber, lo que es del C√©sar y lo que es de Dios; ella coopera en el bien com√ļn de la sociedad, porque rechaza la mentira y educa para la verdad; condena el odio y el desprecio e invita a la fraternidad; promueve siempre por doquier -como es f√°cil reconocer por la Historia-las obras de caridad, las ciencias y las artes.

La Iglesia quiere solamente libertad para poder ofrecer un servicio v√°lido de colaboraci√≥n con cada instancia p√ļblica y privada, preocupada por el bien del hombre. La verdadera libertad es siempre para vencer el mal con el bien. Vince in bono malum.

Se√Īoras y se√Īores embajadores, en el a√Īo que acaba de empezar estoy seguro de que ustedes, en el cumplimiento de su alto mandato, seguir√°n estando al lado de la Santa Sede en su esfuerzo diario por responder, seg√ļn sus responsabilidades espec√≠ficas, a los mencionados desaf√≠os que abarcan a toda la humanidad.

Jesucristo, cuyo nacimiento hemos celebrado hace unos d√≠as, fue anunciado por el Profeta como Maravilla de Consejero… Pr√≠ncipe de la Paz (Isa√≠as 9,5). Que la luz de su Palabra, su esp√≠ritu de justicia y de fraternidad, y el don tan necesario y tan deseado de su paz, que √©l ofrece a todos, puedan resplandecer en la vida de cada uno de ustedes, de sus familias y de todos sus seres queridos, de sus nobles pa√≠ses y de toda la humanidad.

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Envío de Nicolò Aldrobrandini, desde Roma.

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