Jun 22 2013
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OpiniónPolítica

El precio del progreso

Con la elecci√≥n de Dilma Rousseff como presidenta, Brasil quiso acelerar el paso para convertirse en una potencia global. Muchas de las iniciativas en ese sentido ven√≠an de antes, pero tuvieron un nuevo impulso: la conferencia de la ONU sobre medioambiente, R√≠o+20 (2012), el campeonato mundial de f√ļtbol en 2014, los Juegos Ol√≠mpicos en 2016, la lucha por un puesto permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

A ello hay que sumar el papel activo en el creciente protagonismo de las ‚Äúeconom√≠as emergentes‚ÄĚ (Brics: Brasil, Rusia, India, China y Sud√°frica), la nominaci√≥n de Jos√© Graziano da Silva para director general de la ONU para la Alimentaci√≥n y la Agricultura (FAO), en 2012, y la de Roberto Azevedo para director general de la Organizaci√≥n Mundial de Comercio, en 2013, una pol√≠tica agresiva de explotaci√≥n de los recursos naturales, tanto en Brasil como en Africa, especialmente en Mozambique, el impulso de la gran agroindustria, sobre todo para la producci√≥n de soja, agrocombustibles y ganado.

Beneficiado por una buena imagen p√ļblica internacional, ganada por el presidente Lula da Silva y sus pol√≠ticas de inclusi√≥n social, este Brasil desarrollista se impuso al mundo como una potencia de nuevo tipo, ben√©vola e inclusiva. Por eso, no pod√≠a ser mayor la sorpresa internacional ante las manifestaciones que en los √ļltimos d√≠as llevaron a las calles a cientos de miles de personas en las principales ciudades del pa√≠s. Mientras que frente a las recientes manifestaciones en Turqu√≠a fue inmediata la lectura sobre las ‚Äúdos Turqu√≠as‚ÄĚ, en el caso de Brasil fue m√°s dif√≠cil reconocer la existencia de esas dos caras. Pero est√° a la vista de todos. La dificultad para reconocerla reside en la propia naturaleza del ‚Äúotro Brasil‚ÄĚ, un Brasil escurridizo a los an√°lisis simplistas. Ese Brasil est√° compuesto por tres narrativas y temporalidades.

La primera es la narrativa de la exclusi√≥n social (es uno de los pa√≠ses m√°s desiguales del mundo), las oligarqu√≠as terratenientes, el caciquismo violento, las elites pol√≠ticas restringidas y racistas, una narrativa que se remonta a la √©poca colonial y que se ha reproducido en formas siempre cambiantes hasta hoy. La segunda narrativa es la reivindicaci√≥n de la democracia participativa, que se remonta a los √ļltimos 25 a√Īos y tuvo sus puntos m√°s altos en el proceso constituyente que condujo a la Constituci√≥n de 1988, los presupuestos participativos en las pol√≠ticas urbanas de cientos de municipios, la destituci√≥n del presidente Collor de Mello en 1992, la creaci√≥n de los consejos de ciudadanos en las principales √°reas de las pol√≠ticas p√ļblicas, especialmente en salud y educaci√≥n, en los diferentes niveles de acci√≥n estatal (municipal, estadual y federal). La tercera narrativa tiene apenas diez a√Īos de edad y se relaciona con las vastas pol√≠ticas de inclusi√≥n social adoptadas por el presidente Lula desde 2003 y que llevaron a una significativa reducci√≥n de la pobreza, la creaci√≥n de una clase media con profunda inclinaci√≥n consumista, el reconocimiento de la discriminaci√≥n racial contra la poblaci√≥n afrodescendiente e ind√≠gena, y las pol√≠ticas de acci√≥n afirmativa y de ampliaci√≥n del reconocimiento de los territorios de los quilombos (asentamientos afrobrasile√Īos) y de los ind√≠genas.

Desde que asumi√≥ Rousseff se ha producido una desaceleraci√≥n o incluso un estancamiento de las dos √ļltimas narrativas. Y como en pol√≠tica no hay vac√≠o, el espacio que ellas fueron dejando comenz√≥ a ser aprovechado por la primera y m√°s antigua narrativa, que gan√≥ vigor bajo el nuevo ropaje del desarrollo capitalista a toda costa y las nuevas (y viejas) formas de corrupci√≥n. Las formas de democracia participativa fueron cooptadas, neutralizadas en el dominio de las grandes obras de infraestructura y megaproyectos, y dejaron de motivar a las generaciones m√°s j√≥venes, hu√©rfanas de una vida familiar y comunitaria integradora, deslumbradas por el nuevo consumismo u obsesionadas por su deseo. Las pol√≠ticas de inclusi√≥n social se agotaron y dejaron de corresponderse con las expectativas de quienes se sent√≠an merecedores de m√°s y mejores condiciones. La calidad de la vida urbana empeor√≥ en nombre de los eventos de prestigio internacional que absorbieron las inversiones que deb√≠an mejorar el transporte, la educaci√≥n y los servicios p√ļblicos en general. El racismo mostr√≥ su persistencia en el tejido social y en las fuerzas policiales. Aumentaron los asesinatos de l√≠deres ind√≠genas y campesinos, demonizados por el poder pol√≠tico como ‚Äúobst√°culos al desarrollo‚ÄĚ, s√≥lo porque luchan por sus tierras y sus modos de vivir contra los agronegocios y los megaproyectos mineros e hidroel√©ctricos (como la represa de Belo Monte, destinada a proporcionar energ√≠a barata a la industria extractiva).

La presidenta Dilma fue el term√≥metro de este cambio insidioso. Asumi√≥ una actitud de abierta hostilidad hacia los movimientos sociales y los pueblos ind√≠genas, un cambio dr√°stico en comparaci√≥n con su antecesor. Luch√≥ contra la corrupci√≥n, pero dej√≥ para los socios pol√≠ticos m√°s conservadores la agenda que consider√≥ menos importante. As√≠ fue como la Comisi√≥n de Derechos Humanos de la C√°mara de Diputados, hist√≥ricamente comprometida con los derechos de las minor√≠as, fue entregada a un pastor evang√©lico homof√≥bico que promueve un proyecto legislativo conocido como ‚Äúla cura gay‚ÄĚ.

Las manifestaciones revelan que, lejos de haber sido el país el que ha br dilma 26despertado del adormecimiento, fue la presidenta quien despertó. Con los ojos puestos en la experiencia internacional y también en las elecciones presidenciales de 2014, la presidenta Dilma advirtió que las respuestas represivas sólo agudizan los conflictos y aíslan a los gobiernos. En el mismo sentido, los gobernantes de nueve ciudades capitales ya decidieron bajar el precio del transporte. Es sólo un comienzo. Para ser consistente, es necesario que las dos narrativas (la democracia participativa y la inclusión social intercultural) retomen el dinamismo que alguna vez tuvieron. Si así fuera, Brasil le estará demostrando al mundo que sólo vale la pena pagar el precio del progreso profundizando la democracia, redistribuyendo la riqueza generada y reconociendo las diferencias culturales y políticas de aquellos para los que el progreso sin dignidad es retroceso.

* Director del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coimbra.

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    1 Coment√°rio

    Comentarios

    1. Kevin LC
      11 agosto 2013 4:56

      EXCELENTE AN√ĀLISIS BOAVENTURA!!!