Abr 30 2013
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Política

El socialismo francés recriminó a Merkel su intransigencia egoísta

Progresistas europeos y economistas de renombre acusan a la canciller alemana de llevar una responsabilidad aplastante en la situación de crisis. La derecha alemana en el poder y la derecha francesa acusan a Hollande de “germanofobia”.

El modelo de una amistad donde uno de los integrantes, en este caso Alemania, domina como un amo los contenidos de la relación ha encendido un conflicto de fuertes acentos entre la derecha francoalemana y el Partido Socialista francés. Hace unos días, en un documento de 21 páginas emitido por la dirección del Partido Socialista, el PS interpelaba al presidente François Hollande para que, abiertamente, enfrentara a la canciller alemana Angela Merkel y a la misma derecha alemana a fin de cambiar la aplanadora de austeridad que impera en Europa bajo la batuta de Berlín.

El texto contenía términos poco usuales dentro de la relación estratégica entre los dos países. El PS francés recriminó a Merkel su “intransigencia egoísta” y estimó que el “proyecto europeo está herido” debido a la “alianza de circunstancia” entre Merkel y el primer ministro británico, David Cameron. De inmediato, la dividida derecha francesa hizo causa común contra el Ejecutivo socialista y salió en defensa de la canciller alemana, a la cual, sin embargo, tanto conservadores, socialistas europeos y economistas de renombre acusan de tener una responsabilidad aplastante en la situación de recesión, crisis de la deuda y políticas de rigor por las que atraviesa Europa.

Al concierto de la mediocre derecha francesa –pocas veces ha sido tan pobre en ideas y líderes– se le sumó la respuesta del propio campo de Merkel, quien impugnó abiertamente a Francia y abrió con ello un frente antagónico que rompió el sano consenso de las relaciones. Hasta ahora, el presidente socialista François Hollande se había limitado a evocar la “tensión amistosa” que existía entre París y Berlín. El Partido Socialista rompió el consenso público que imperaba en el seno de la socialdemocracia europea y los lobos liberales no tardaron en aullar sus letanías. El Ejecutivo alemán suavizó la controversia y habló del excelente “trabajo mutuo” de Merkel y Hollande. El portavoz de Merkel, Steffen Seibert, dijo que sólo importaba el trabajo “de los gobiernos, no el de los partidos”. La formación de la canciller, CDU, en cambio, fue mucho más lejos.

El diputado Andreas Schockenhof habló de “expresiones improcedentes” y dijo que “el de izquierda no puede desviar la atención del hecho de que Francia necesita reformas estructurales profundas”. Schockenhof señaló que el texto del PS francés no hacía más que “mostrar la desesperanza en la cual se encuentran los socialistas franceses. Incluso un año después de su llegada al poder (el próximo seis de mayo) no encuentran ninguna respuesta convincente a los problemas financieros y económicos de su país”. La derecha francesa le agregó su manto de hipocresía a la polémica. En un comunicado conjunto firmado por los dos hermanos enemigos de la derechista UMP, su actual presidente provisorio Jean-François Copé y su contrincante, el ex primer ministro François Fillon, ambos denuncian la “responsabilidad personal” de Hollande en la degradación “constante de la relación francoalemana”.

A su vez, estos dos líderes políticos que hipotecaron su credibilidad durante la batalla indecente que protagonizaron por el control de la UMP denunciaron el “clima germanófobo que gana al PS y a su aliado de la extrema izquierda”, en este caso Jean-Luc Mélenchon. La derecha francesa se ha vuelto una calamidad. No tiene ideas, ni proyectos y sólo existe por la xenofobia, el conservadurismo rancio y la pesca constante de los errores de sus adversarios.

En realidad, los socialistas no hicieron más que llenar con palabras audibles los espacios en los cuales todo el mundo se expresa de la misma manera pero en silencio. El consenso hace que cualquier crítica abierta al liberalismo alemán se convierta en un insulto o en una falta histórica cuando, de hecho, desde hace dos años no hay líder político que no haga la misma reflexión, aunque con otras palabras. Pero el aparato bancario alemán es intocable. La Europa del sur viene clamando a gritos otra política.

El recién nombrado presidente del Consejo Italiano, Enrico Letta , fue el último en exponer un vibrante alegato contra las políticas de austeridad impuestas por Alemania y la Comisión Europea. Letta dijo que “con sólo sanear las cuentas Italia se muere. Al cabo de una década sin crecimiento, las políticas de estímulo no pueden esperar más. Ya no hay más tiempo”. Sin embargo, el control de los déficit, el ahorro público a costa de matar al Estado de bienestar del Viejo Continente se imponen a cualquier estímulo público de la economía. La posición del PS deja al descubierto la existencia de una ya encarnada guerra de modelos. Como lo expresó muy bien el jefe de la diplomacia alemana, Guido Westerwelle, “el debate actual sobre el porvenir de Europa no es un conflicto entre Francia y Alemania, sino una discusión necesaria entre escuelas políticas diferentes sobre el camino adecuado para salir de la crisis”.

De hecho, Alemania empuja a Francia a ahondar las llamadas “reformas estructurales”, es decir, la reforma del sistema de pensiones, la del mercado de trabajo y la supresión de puestos de trabajo en el servicio público. En una situación de recesión grave y desempleo record, esas medidas serían una sentencia de muerte para el socialismo francés, que en 2014 enfrenta dos elecciones: las europeas y las municipales. Nunca hubo en Francia tantos desempleados como hoy y jamás hasta ahora, luego de apenas un año de mandato, un presidente había llegado a niveles tan bajos de popularidad como Hollande.

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