Oct 11 2018
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Política

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El techo del bolsonarismo y las perspectivas de Haddad/ La hora del pueblo/ ¿Es el fin de la política?/

Techo del bolsonarismo y perspectivas de Haddad

Jeferson Miola

La segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Brasil será disputada voto a voto, día a día, hasta el mismo 28 de octubre, en una pugna donde Jair Bolsonaro arranca con la relevante ventaja de casi 18 millones de votos sobre Fernando Haddad. Esta ventaja no es estática: no hay automatismo en la escogencia de inmensas parcelas del electorado y por ende, la elección está abierta y es realista la posibilidad de que la democracia derrote al fascismo, de que Haddad venza a Bolsonaro:

  1. Las encuestas mostraban que a una semana del pleito, aproximadamente de 15% a 18% de los electores (de 17 a 21 millones de ciudadanos), aún no tenía definido su voto, estaban indecisos.
  2. Una parcela significativa de esos electores decidió su voto en el último instante, cuando se dirigía a las urnas, Ese elector se define menos por afinidad ideológica e identidad programática, es voluble e influenciable, y adoptó el voto útil en Bolsonaro.
  3. El “efecto manada” del voto útil derritió las principales candidaturas antipetistas (Marina Silva y Geraldo Alckmin), ayudó al crecimiento de Bolsonaro y generó resultados sorprendentes en todo el país, como la elección inesperada de ciertos gobernadores, diputados y senadores.
  4. También beneficiado fuertemente por el voto útil, con el 46,03% conquistado, Bolsonaro alcanzó su máximo potencial electoral; llegó al techo del bolsonarismo. El ultraderechista siempre supo que su posibilidad de ser electo disminuiría bastante en una segunda vuelta eventual, y por eso hizo fuerza máxima por el voto útil: decepcionado canceló la fiesta de celebración que tenía armada.
  5. La votación de las candidaturas no-antipetistas  (Haddad, Ciro Gomes, Ghillerme Boulos, Vera Lucía, Goulart) totalizaron 45.389.431 votos, equivalentes al 42,36% de los votos válidos. Se hubieran alcanzado el potencial del 55,13% estimado en la última encuesta con presencia de Lula como candidato (del 20 de agosto), el campo de las candidaturas no-antipetistas habría obtenido 13,7 millones de votos o más.
  6. Ciro resistió al voto útil porque su electorado tiene perfil antibolsonarista. Las encuestas muestran que cerca de 70% de los 13,3 millones de sus electores ahora votarán por Haddad.
  7. Aquellos electores atraídos por el efecto manada (voto útil, más influenciable) quedaron frustrados y desanimados con el fracaso de Bolsonaro de ganar en la primera vuelta. En la segunda, estando sujetos a procesos más racionales y lógicos de escogencia, podrían cambiar su voto.
  8. El antipetismo no es homogéneo. Amplios segmentos del antipetismo rechaza las barbaridades de Bolsonaro y las prácticas truculentas y odiosas del bolsonarismo, un  segmento que puede ser convencido a anular el voto, a abstenerse o, inclusive, a votar por Haddad, pero #NeleNão (no por él).
  9. Los electores ideológicamente identificados con Bolsonaro se sitúan en torno al 25% del electorado (27 millones), cifra bastante inferior a los 49 millones que obtuvo siendo el voto útil.
  10. En la segunda vuelta, Bolsonaro no podrá continuar huyendo de los debates. La confrontación de las visiones del mundo, de las posturas personales y de las propuestas concretas que cada candidato defiende para  Brasil, es un diferencial que favorece enormemente a Haddad.
  11. El esclarecimiento de la sociedad sobre los riesgos de las propuestas de Bolsonaro para la economía y para la soberanía del país, para la democracia y para el pueblo brasileño, es factor pedagógico de comparación entre los dos proyectos y las dos visiones de país en disputa, que favorece el proceso cognitivo de escogencia en favor de Haddad.
  12. La militancia progresista y demócrata, unida en un frente amplio y democrático contra el fascismo, es otro elemento diferencial a favor de Haddad – militancia vivaz, intensamente dedicada al diálogo en las calles. En las visitas casa por casa, en las volanteadas en las terminales de ómnibus, trenes y metros (subtes), en las escuelas, universidades, lugares de trabajo…
  13. La victoria de Haddad es, por todo esto, una posibilidad real. La derrota de la amenaza fascista, por otro lado, es un imperativo ético para la restauración de la  democracia, del diálogo, de la paz, del respeto, del amor, de la igualdad, de la diversidad y de la tolerancia en Brasil.

La hora del pueblo

ReproduçãoJoaquim Palhares-Carta Maior|

El domingo 7 de octubre Brasil vivió el primer turno de elecciones presidenciales más extraños en la historia del país. No bastaba con el hecho de que el principal candidato del pueblo estuviera preso y censurado, con prohibición del gobierno golpista para ganar democráticamente las elecciones, un candidato fascista, xenófobo, misógino ganó el primer asalto de la pugna, para que los brasileños se encuentren en las puertas del retorno del oscurantismo,

El  retroceso comenzó a ser estructurado en julio de 2013, cuando la derecha, con la Red Globo a la cabeza, se apropió la la pauta reivindicadora de aquel momento, señala el director de Carta Maior, Desde entonces Brasil no tuvo sosiego. En marzo siguiente se inició la Operación Lava Jato, Aecio Neves –el derrotado candidato de la derecha- no reconoció la victoria de Dilma Rousseff, provocando además de la crisis económica que aún soporta el país, la derrota del PSDSB en estas elecciones, que podría llevar al partido a su extinción.

En 2015, la oligopólica Red Globo, el Parlamento golpista y el aparato judicial, pasando por encima de 54 millones de votantes, hicieron todo lo posible para impedir que Dilma gobernara, abriendo las tranqueras del odio. No fueron los hechos, sino la construcción de un imaginario colectivo anti partido de los Trabajadores y un odio a la izquierda que llevó al juicio político de Dilma y el posterior golpe.

Y en 2017, el mundo asistió a la condena sin prueba alguna de Lula y, este año electoral, su prisión política. Ni siquiera la decisión liminar del Comité de Derechos Humanos de la ONU o las innumerables manifestaciones de centenares de juristas nacionales e internacionales, intelectuales, movimientos sociales y líderes  de todos los continentes pudieron contener el deseo enceguecido de eliminar a Lula, el PT y la izquierda de la dirección de los rumbos de Brasil.

Los dos grandes victoriosos de la primera vuelta electoral son Lula y Bolsonaro. A pesar de todas las restricciones a su libertad –con prohibición de escribir, de hablar y de conceder entrevistas, de recibir personas de sus relaciones, de ser candidato a la presidencia, Lula logró hacer viable la candidatura de Fernando Haddad, el exalcalde de Sao Paulo, prácticamente desconocido por la gran población brasileña.

Haddad, además, cumplió: alcanzó el 29% de los votos en un ambiente de extremo rechazo al PT y sus aliados. Ejemplo de eso fueron las derrotas del senador Roberto Requião; de Eduardo Suplicy; de Lindberg Farias; y de la propia Dilma Rousseff.

Aún derrotado en la segunda vuelta, Jair Bolsonaro, saldrá como vencedor. En la cresta del odio fue favorcido por la implosión del PSDB y por candidaturas que precisaban negar al gobierno de Michel Temer para sobrevivir, dado el apoyo de éste a Geraldo Alckmin.

Es innegable que Bolsonaro conquistó una inmensa base social. Su discurso de odio y violencia fue capturando las insatisfacciones de jóvenes a las “viudas de la dictadura”, desde las periferias hasta las élites, bajo el aplauso de los vendedores de armas. El 7 de octubre los brasileños, se puede interpretar, votaron por el retorno de la dictadura. Responsable de la construcción de la polarización social en el país, Globo (y también la pentecostal Red Record) diseminó el antipetismo, reaplicando su vieja receta de anticomunismo básico.

Pero el hechizo puede darse vuelta contra el hechicero, inaugurando un tiempo de disputa por los recursos públicos de propaganda y mercadeo del nuevo gobierno que se instalará el primero de enero poróximo. Hasta ahora, la diferencia entre Globo y Record era de miles de millones. Todo indica que esta brecha se irá reduciendo drásticamente si Bolsonaro es electo.

La izquierda pasa a enfrentar una oposición muy diferente de aquella que enfrentó hasta ahora con los tucanes del PMDB. Es una nueva realidad, la de la disputa con la extrema derecha, asumidamente antidemocrática, con un proyecto fascista de poder, profundamente violenta y contraria  a los valores laicos del Estado y de los derechos humanos.

Una extrema derecha ni un poco nacionalista, cuyo capitán Messias saluda a la bandera estadounidense y tiene a Trump como ídolo. Paulo Guedes, un ultraliberal de la escuela de Chicago (anunciado como eventual ministro de Economía), entregará el país al mercado en tenebrosas transacciones. Este es el núcleo duro de la extrema derecha brasileña. Paulo Guedes é o principal conselheiro econômico do candidato à presidência Jair Bolsonaro, que está usando um discurso anticorrupção (DANIEL RAMALHO/AGENCE FRANÇA-PRESSE/GETTY IMAGES)

El odio no crea empleo, no aumenta la renta, no resuelve los graves problemas sociales de Brasil, de la salud, la educación y mucho menos de la seguridad pública. Armar a la población sólo atiende al lucro de Taurus, la fabricante de armas: no al inmenso problema de la desigualdad social del Brasil. Además, el alimento del odio es la desigualdad. Es sobre ella que necesitamos hablar desde ahora.

Venciendo o no (los progresistas) necesitamos prepararnos parfa enfrentar esta nueva fuerza, a partir de la alianza con partidos, entidades de la sociedad civil y personas progresistas que puedan defender la democracia en un nuevo desafío. Es el momento de la unión y de no más división, fundamental tanto para la sustentación del futuro gobierno de Haddad como para el fortalecimiento de la resistencia contra el fascismo y el odio.

En 2019, la cuestión mediática será crucial. Independientemente de quien gane la elección, las redes Globo y Record estarán en franca disputa y las redes sociales permanecerán dominadas por el odio hacia la izquierda, propagado por ambas concesionarias públicas, y por la milicia virtual  del mesías, que cuenta con hartos recursos de empresarios brasileños y extranjeros, como estamos viendo a lo largo de esta campaña.

*Director del portal cartamaior.com.br

Bolsonaro y sus 49 millones de votos ¿Es el fin de la política?

 Paul Walder|

El candidato ultraderechista a la presidencia de Brasil, que obtuvo casi 50 millones de votos en la primera vuelta, lejos de constituir una sorpresa es parte de un proceso de oscuridad que envuelve el planeta. Sin la necesidad de golpes de Estado, las posiciones más retrógradas logran por la vía electoral hacerse de los gobiernos. No puede ser sorpresivo un vuelco a esta nueva escena política si desde hace pocos años Donald Trump fue elegido en Estados Unidos con propuestas, aun cuando algo más embozadas que las de Jair Bolsonaro, sí similares.

El brasileño llega aún más lejos. Asume gran parte de las políticas de Trump, es racista, clasista, machista, misógino, homofóbico, y suma, a diferencia del proteccionismo del AmericaFirst, las doctrinas económicas neoliberales. Con un economista de la Escuela de Chicago y con experiencia en la dictadura chilena, propone una mezcla llena de contradicciones. En una mano el desenfadado autoritarismo, la nostalgia de las dictaduras y un recetario extremadamente conservador; en la otra, el neoliberalismo, la privatización y la eventual venta de los activos brasileños y una economía entregada a los mercados para fruición del FMI y Wall Street. Una fusión contradictoria aun cuando cercana. El Chile de Pinochet, represivo, fundamentalista y mercantil, es su experiencia inspiradora.

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Bolsonaro no ha tenido reparos en declarar su admiración por el dictador chileno.

Las propuestas de Bolsonaro, que encandilan a millones en Brasil, y también a los mercados y al capital global, ha liberado en Sudamérica un proceso que tiene muy mal pronóstico. La conversión en políticas públicas de las expresiones más extremas de una sociedad, desde los fanatismos religiosos al racismo sin filtros, desde las intolerancias sin límites al desprecio por las minorías y los más débiles, es el deslizamiento, sin freno ni reflexión, hacia la barbarie. Es el quiebre de algunos consensos logrados por el sistema político mundial tras un siglo que dejó millones de muertos. El discurso de Bolsonaro, menos filtrado que Trump, pero efecto de su inspiración, derriba no solo las políticas de inclusión y tolerancia, sino también la misma declaración de los derechos humanos.

Por qué decenas de millones votan por el odio y la intolerancia. Por miedo, por frustración, por desesperación. Por aislamiento y exclusión. Por el fracaso de las democracias representativas y su incapacidad de dar respuesta a las demandas y por la extendida corrupción. Por la crisis de los partidos y la fragmentación social. Por la crisis económica, la pobreza, la desorientación. Por la propaganda de los medios hegemónicos vinculados a las elites y al gran capital.

Los fascismos emergen en estas circunstancias. Lo hicieron con anterioridad en una escena con rasgos similares. Está la crisis económica, la debilidad del sistema político, la falta de expectativas y dirección social, y están los responsables: los otros, que pueden ser desde los gobernantes socialdemócratas, el PT, las minorías, quienes promueven los cambios sociales, o los inmigrantes.

Orban

Es Bolsonaro, Trump, Viktor Orbán, Matteo Salvini y otros que emergen al primer lugar de la política. Todos han llegado, o están a punto de llegar, a través de un sistema que atisba su fin. Si desde aquí es posible estimular el odio y las desigualdades como valor social y civilizatorio, es también posible continuar hacia la total destrucción de los sistemas políticos como mecanismos de representación no sólo de los derechos ciudadanos sino humanos. Si este proceso sigue en su avance, y hay señales para afirmarlo, será efecto del estrepitoso fracaso de los actuales modelos representativos que han facilitado la corrupción y la extrema desigualdad.  Nunca en la historia de la humanidad se había creado tanta riqueza y tan rápido, y nunca había sido distribuida de forma más desigual.

Una muy reciente entrevista a la pensadora de origen húngaro Agnes Heller sobre el gobierno de Viktor Orbán nos alerta acerca de este trance mundial:estamos padeciendo un proceso de “refeudalización” que gana ventaja en Europa, en la mayor parte de Asia y Africa y en muchas zonas de Latinoamérica. La refeudalización es el surgimiento de uno o varios “tiranos” que determinan la política de un país, quienes son elegidos en unos comicios generales que han perdido su sentido democrático. Es el surgimiento de elites, de nuevas oligarquías que vinculan el poder político y el económico y se lo traspasan entre ellos.

Es muy probable que Bolsonaro, que superó en las elecciones del pasado domingo las predicciones más optimistas, resulte ganador el próximo 28 de octubre en la segunda vuelta presidencial. Un triunfo de los discursos más extremos en el país gravitacional de Sudamérica sin duda que afectará a todos sus satélites en cuanto a políticas y programas. Hoy en día, sin la capacidad de volver atrás a las fracasadas socialdemocracias, viviremos en la completa incertidumbre.

*Periodista y escritor chileno, director de Politika.cl. Asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (estrategia.la)

 

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