Ago 30 2014
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Opinión

El triunfo cultural del neoliberalismo

El neoliberalismo echa ra√≠ces. Durante los a√Īos 70 del siglo pasado, las tendencias del capitalismo dieron un vuelco de 180 grados. Los principios que reg√≠an las relaciones entre las clases sociales, los mecanismos de consenso, las maneras de enfrentar los conflictos y crisis, entre capital y trabajo, se fueron al traste. De la noche a la ma√Īana la propuesta keynesiana de posguerra, que un√≠a democracia, desarrollo e integraci√≥n social, fue cuestionada. La movilidad social ascendente se transform√≥ en un nuevo proceso de pauperizaci√≥n.

Las desigualdades, otrora combatidas como lacras del subdesarrollo, fueron reivindicadas, en los países de capitalismo central, como motor de la competitividad. La diferencia era de interpretación. Una nueva teoría de la justicia, fundada en la competencia y anclada en la igualdad de oportunidades para fracasar o triunfar, sirvió de pretexto para declarar la supremacía del liberalismo político y reivindicar una reforma del Estado de bienestar capaz de asentar un orden social despolitizado, descentralizado y desregulado.

Los principios de la desigualdad natural se consideraron aliciente para el advenimiento de una sociedad ordenada, equitativa y justa, asentada en la econom√≠a de mercado. En ella los emprendedores ser√≠an recompensados con el triunfo, y los timoratos, acostumbrados a vivir de las ayudas de pap√° Estado, penalizados con el fracaso y la marginaci√≥n. La econom√≠a de mercado pondr√≠a a cada quien en su sitio, sin otro baremo que las habilidades, imaginaci√≥n y capacidades de cada quien para forjarse un futuro. El t√≥pico: Ense√Īarles a pescar y no darles el pescado, se extendi√≥ como la peste. Los colegios cambiaron las asignaturas de √©tica y filosof√≠a por econom√≠a aplicada a las finanzas. Estudiantes de 15 a√Īos deb√≠an saber operar en valores burs√°tiles, simular inversiones, buscar dinero semilla y ser competitivos.

La integración social, considerada uno de los éxitos del Estado de bienestar para frenar el comunismo en Europa occidental, se aparcó y con ello el manido argumento para desactivar las luchas sociales, repetido por ideólogos y propagandistas académicos, negando la pauperización creciente del proletariado y los sectores medios. Los trabajadores no tenían cadenas ni estaban alienados, ni enajenados. Por el contrario, sus miembros estaban contentos al recibir una parte proporcional de los beneficios de la sociedad industrial. Disfrutaban de un trabajo y un salario justos, que les brindaba acceso a crédito, vivienda, educación superior, ascenso social y, sobre todo, consumir. No querían más. La lucha de clases era un mito atizado por partidos de izquierda que no aceptaban su derrota política a manos de un capitalismo con rostro humano.

Los primeros cambios doctrinarios introducidos por el neoliberalismo afectaron de manera diferente a los sectores medios y el proletario industrial de posguerra. Sin embargo, ambos verían esfumarse sus expectativas. A los sectores medios, educados en la meritocracia, la ideología del progreso y el consumo, les aguó la fiesta. Las políticas de austeridad les afectaron los bolsillos y restringieron el consumo. Y a los trabajadores industriales les atacó de lleno.

Del trabajo estable y duradero se pasó al mercado laboral flexible y de mala calidad. Con ello los valores culturales del capitalismo debían transformar la mentalidad del trabajador. Se impuso el contrato a tiempo parcial, la estabilidad laboral se evaporó. La economía del bienestar, en economía del malestar. La cultura del capitalismo, su lenguaje, sus formas de explotación, dominio y hegemonía requería un cambio. A decir de Richard Sennett, la necesidad de amoldarse a las necesidades de un trabajo inestable, sin residencia fija, intercambiable en puesto, responsabilidades y disponibilidad absoluta de tiempo, dio lugar al carácter flexible. En otros términos, una personalidad gelatinosa, de principios mutables, dispuesta a todo y amoral.
telefonia movil1
Una visi√≥n apocal√≠ptica se adue√Ī√≥ del discurso pol√≠tico de los hacedores del capital. Se acab√≥ lo que se daba. El popular caf√© para todos fue sustituido por un ajustarse el cintur√≥n. Se acus√≥ al Estado de ineficiente y corrupto, as√≠ como de despilfarrar recursos y ser un lastre para la competitividad. Nuevos valores entraron en liza. Lentamente cambiaron los referentes, los imaginarios y las palabras. El capitalismo se reinvent√≥. Todo se fue modificando para dar cabida a un ser despolitizado, social-conformista. Un perfecto idiota social. Las viejas estructuras abrieron paso a un orden social cuyas reformas exacerbaron los valores individualistas, el yo por encima del nosotros y el otro, considerado un obst√°culo, un competidor al cual destruir. Ello en plena guerra fr√≠a.

La crisis de los países del Este aceleró el proceso en marcha. La revolución tecnológica apuntaló los cambios al entrar de lleno en los hogares, como anteriormente la radio y el televisor. Los videojuegos, el uso de ordenadores personales, Internet, provocaron un vuelco en las relaciones sociales. Para los más optimistas, era el nacimiento de la sociedad de la información. Las redes, los nodos, los chats y la realidad virtual sustituyen las charlas entre amigos. Se puede estar en mil sitios al mismo tiempo y en ninguno.

Las tecnociencias han facilitado el control y el dominio de la población bajo fórmulas que provocan autismo social. Es normal ver a jóvenes y no tan jóvenes inmersos en el mundo de WhatsApp, Twitter y Facebook en lugares y circunstancias como restaurantes, aulas de clase, cines, autobuses, metro. No se hablan. Están absortos en sus aparatos electrónicos y una comunicación virtual. Hasta la democracia se torna en democracia 2.0, digital, confundiendo un proyecto político fundado en el diálogo, la mediación y la negociación cara a cara, con un mensaje de texto. El éxito cultural del neoliberalismo ha consistido en hacer de los proyectos sociales democráticos, emancipadores y socialistas, una opción individual de mercado dependiente de la telefonía móvil.

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