Ago 24 2007
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Opinión

Ellas… los travestis: – ENTRE LA CRUELDAD Y LA AGONÍA

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Son “divas” televisivas que oscilan entre lo camp y lo kitch, (Sontag S. 1961, 361) elevan ratings, causan curiosidad y algo más en los neuróticos, son mercancía fetiche de consumo de todas las clases sociales. Hipertélicas, van más allá de su fin y como dice Sarduy: “las mujeres en el Carrousell de París las imitan” (Sarduy S. 1982a, 91). Ellas son “las travestis” (exigen el articulo femenino), cuerpos públicos que el Estado moderno no sabe administrar.

En el ensayo “La simulación” del escritor franco–cubano leemos: “el travesti no imita a la mujer…, para él no hay mujer, sabe que ella es una apariencia, sabe que su reino y la fuerza de su fetiche encubren un defecto… El travesti no copia, simula, pues no hay norma que invite y magnetice la transformación, que decida la metáfora. Es más bien la inexistencia del ser mimado lo que constituye el espacio, la región o el soporte de esa simulación, de esa impostura concertada: aparecer que regula una pulsación goyesca: entre la risa y la muerte” (Sarduy S.,1982b, 1267).

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El cuerpo en el medioevo era el cuerpo del pecado regulado por el panóptico de la pastoral cristiana. A partir del siglo XVII, con el concilio de Trento y la Santa Inquisición, la Iglesia engendra un contrasentido: lo que se prohibía en los mandamientos retornaba sintomáticamente en el arte, la literatura y en toda otra creación estética. (Traynor T. 2003, 104).

La época barroca supone la ruptura del hombre con la naturaleza como ordenadora, suspensión de las certezas, emergencia del sujeto cartesiano. Con la duda tambalean dios y el hombre. Y por otra parte, desequilibrio en las producciones plásticas (Caravaggio, Miguel Ángel, Velázquez); transgresiones del espacio, alteraciones de la perspectiva, anamorfosis, trompe-l´oeil. El círculo galileano central y perfecto es reemplazado por la elipse kepleriana: desestabilización del sistema; ya no hay un centro sino dos, mientras uno fulgura por condensar en sí toda la luz, el otro queda elidido, en la penumbra.

La metáfora gongoriana es un ejemplo paradigmático de esta desestabilización discursiva de la que es subsidiaria la episteme de la época barroca.

La voluptuosidad toma cuerpo hasta en las representaciones religiosas. Al respecto leemos en Aun: “El barroco es la regulación del alma por la escopia corporal… Por lo pronto hablo de cuanto se ve en todas las iglesias de Europa, cuanto se cuelga en las paredes, se desmorona, deleita, delira. Lo que hace rato llamé obscenidad pero exaltada” (Lacan J. 1972-73, 140).

Llegada la burguesía, el cuerpo debe ser parte de los engranajes de la producción. El cuerpo útil al capitalismo debe desestimar sus pasiones. El estado inventa técnicas de control como la salud pública, la natalidad, la alfabetización, etc. pero también puede administrar la muerte con técnicas de exterminio, guerras entre etnias, virus de laboratorio que por fallas de la tekne podrían liquidar a media humanidad. Y del sexo ¿qué?

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La ciencia tradicional siempre trató de compaginar lo diverso. Hubo un feroz deseo de lo uno, pero en los tiempos posmodernos o “era neobarroca”, el objeto de la ciencia se ha visto fragmentado. Los astros se pulverizan, las galaxias desaparecen, dejando “agujeros negros”, la física descubre nueva partículas, y al mismo tiempo el psicoanálisis matematiza al sujeto con letras que no están para ser leídas. La letra pequeña a, nos indicará que nada restituye la unidad del sujeto.

Deslegitimizados los grandes relatos, el padre como ideal es reemplazado por la tecnociencia que transforma los cuerpos en sujetos cyborg “híbrido de máquina y organismo, criatura de realidad y de ficción” (Haraway D. 1991, 253). Hijos de una Matrix, prefabricados como Terminator, implican la negación del binarismo esencialista aristotélico. Son, en cambio, yuxtaposiciones de partes heteróclitas provenientes de categorías disímiles.
Testimonia una travesti analizada y politizada: “no creemos en la lógica binaria de los sexos planteada por el freudismo; cada uno tiene derecho a ser lo que se le canta el culo”.

A la pregunta del psicoanálisis: ¿qué quiere una mujer?, tal vez se podría agregar la pregunta por lo que quiere un travesti, aunque aun se conozcan pocos testimonios, o ninguno, de la experiencia clínica.

Constructo neobarroco, híbrido, cyborg, pastiche, el travesti muestra superposición de texturas, no sólo de afeites y agregados, no sólo de marcas en el cuerpo, no sólo de intersexualidad, sino también de interdiscursividad. En su accionar pueden leerse dos posiciones. En un primer nivel de lectura, un discurso compatible con cierto masoquismo femenino sobre la falta de modelos identificatorios, dificultades en la inserción laboral y social que los “obliga” a prostituirse, “víctimas del maltrato” de una sociedad machista cuyo paradigma son los guardianes de la ley, quienes a su vez son “cómplices violentos” del ejercicio de la prostitución. Tanto la vestimenta femenina, paródica y grotesca, como las intervenciones médicas que transforman sus cuerpos dolorosamente, sacrificialmente, serían los recursos que constituyen el artilugio imaginario para sostener el discurso de la queja.

En otra lectura, que implica la acción perversa del encuentro con el cliente, el travesti asume una moral sadeana. Roger Caillois en su libro Intenciones nos dice: “La máscara abre la puerta a la audacia libertina, permite palabras y gestos prohibidos, introduce una excitación equívoca de alto voltaje brutal que degradados y secularizados recuerdan, transpuestos en la inocencia y la turbulencia, en el vértigo y la angustia…, cubrirse la cara con un rostro falso los invita a creerse otro, un antepasado, un demonio, un dios.” (Caillois R. 1970, 31).

Quiero decir al puntuar estas dos posiciones, que se hace necesario para entender algo más de la estructura moebiana del travestismo, releer el texto freudiano Pegan a un niño. La fórmula de pegan a un niño oculta el goce masoquista reprimido, la escena en que el sujeto ha erogeneizado el castigo del padre, lo que se articula en esta fantasía es el ser flagelado por el agente de la castración en otras palabras como dirá O. Masotta, ser flagelado por el pene del padre, con lo cual se une al masoquismo, el voyerismo y la homosexualidad.

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Pero en este sentido no hablamos del travesti, sino mas bien de su cliente quien queda voyeurizado ante el objeto que adivina debajo del ropaje, que no por ser omnipresente logra obturar desmentir su ausencia estructural. Vienen “a buscar el bulto”, confirma un testimonio, con lo cual el personaje travesti condensa por un lado la identificación paródica con la madre fálica y por otro, la asunción de la figura obscena y feroz que encontramos en la cara oculta del padre.

Pero entonces, la apatía con que ejercita su acto, y la reiteración del mismo (disciplina repetitiva con la que se trasviste, codifica, y normatiza el encuentro sexual), habla más de su posición sadeana, que de su posición de victima.

“La crueldad no es más que una negación de sí, llevada tan lejos que se transmuta en una explosión destructiva” (Karothy R. 1996, 84). Coagulación del travesti en el lugar de objeto que en la fórmula lacaniana sobre la perversión divide al sujeto y realiza su deser. Fórmula que leemos en Kant con Sade: (a <> $).

Sarduy, que compara el travesti en su acción mimética con el insecto que también se trasviste, dice en su ensayo ya citado: “El animal travesti no busca una apariencia amable para atraer ni una apariencia desagradable para disuadir al otro sino una incorporación de la fijeza para desaparecer. Desaparece como sujeto por elegir el lugar de objeto.

La fijeza forma parte del mimetismo ofensivo. El despliegue intimidante de ojos, el hinchamiento fanfarrón, la proliferación de escamas o de agujas que transforman al animal temeroso en una máscara o en el doble de otro animal más digno de temor, todo ese simulacro, según se manifiesta, se fija. Tanto como el otro registro del mimetismo: la falsificación de la enfermedad: hojas roídas, leprosas, excrementos, simulación pasiva de la muerte. Y es que la fijeza resume todas las amenazas, contiene en potencia toda agresión posible. Ningún movimiento, ninguna maniobra repulsiva o intimidante logra disuadir mejor” (Sarduy S. 1982a, 88).

En Escritos sobre un cuerpo, otro de sus ensayos, Sarduy describe nuevamente este fenómeno de la fijeza en relación con la posición sadeana: “Es explicable que la historia del sadismo, esa fascinación del movimiento que la ideología de un noble provenzal del siglo XVIII convirtió en un hecho cultural e inscribió en el espacio de lo imaginario, esté atravesada, lacerada por el fantasma de la fijeza. Fijar, impedir el movimiento. De allí su retórica de la atadura, del nudo, de lo que priva al Otro, y así por ley de contraste restituye al sádico su total arbitrio, lo devuelve al estado inicial de posible absoluto, lo libera, lo desata”.

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En ese ciclo de florecimiento y disolución, de nacer y morir, de acción flagelante y goce pasivo, juegan en la torsión de una banda, tanto la mariposa de Indonesia en su frenesí mimético que la llevará a la muerte, como el personaje sadeano que no por ser más activo con respecto a su víctima es menos pasivo con respecto al goce del Otro a quien se somete apáticamente, a quien se ata. Es en este viraje moebiano que quisimos ubicar el “fenómeno” travesti.

Leyes, legisladores, concejales, edictos, códigos de convivencia, zonas rojas, zonas liberadas, debates imposibles en que los administradores del Estado se sienten “atados” y por qué no, fascinados, casi en el lugar de cliente-víctima, puesto que por poner en acto la moral kantiana, desconocen que las reglas de este ejercicio las impone Sade, el eterno Marqués.

Bibliografía

Caillois Roger (1970): Intenciones, Editorial Sur, Bs. As., l980.
Haraway Donna (1991): Ciencia, Cyborg y Mujeres, la reinvención de la naturaleza, 1995.
Karothy Rolando (1996): “Lectura de Kant con Sade”, cuaderno EFBA, 1998.
Lacan Jaques (1972-73: El seminario. Libro 20. Aun, Paidós, Bs. As., 1975.
Sarduy Severo (1982a): Ensayos generales sobre el barroco, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 1997
Sarduy Severo (1982b): Obras completas, Editorial Sudamericana, Madrid, 1999.
Sontag Susan (1961): Contra la interpretación, Alfaguara, Bs. As., 1996.
Traynor Teresa (2003): “Barroco”, en Conjetural, Revista Psicoanalítica, Nº 39, Nuevo Hacer, Bs. As., 2003.

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** Psicóloga/Psicoanalista
rony_art@telecentro.com.ar

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En el periódico argentino de Psicoanálisis www.psi-elotro.com.ar

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