Ene 9 2017
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Cultura

¿Emergencia en el chileno Consejo Nacional de la Cultura y las Artes?

Hace algunas semanas, nos enteramos de una anécdota curiosa por los medios de comunicación: durante la gira de la Orquesta de Cámara de Chile por la Región de Los Ríos, la Directora del Consejo de la Cultura y las Artes de esa región se sentó en primera fila en una de las presentaciones. Esto no llamaría la atención, de no ser porque estuvo cuchicheando con la señora de al lado, comentando contenidos del celular, durante toda la interpretación del concierto para violín Op. 61 de Beethoven.

Sin duda, cualquier persona que haya asistido alguna vez a un concierto calificaría la conducta de esta autoridad gubernamental como irrespetuosa, ya que es inevitable que, además de estorbar al público, distraiga a los músicos (por algo se solicita apagar los celulares al comienzo del concierto). En especial si, como en este caso, la primera fila se encuentra a menos de dos metros del solista, ya que el concierto se realizó en la catedral de la ciudad de Valdivia (precisamente por disposición de dicha Directora).

El solista, violinista chileno de la Orquesta Filarmónica de Berlín, expresó a los medios de comunicación su malestar ante la actitud de esta autoridad del ámbito de la cultura y las artes, quien posteriormente explicó su conducta a través de la prensa, diciendo que atendía una emergencia propia de su cargo.

A primera vista parece extraño, incluso insólito, pensar en la posibilidad de una emergencia de índole cultural; aunque tal vez sí la haya, ya que la crisis de coherencia que enfrentamos en el país y el planeta no excluye a ningún organismo del Estado de Chile, y eso es, ciertamente, una emergencia muy preocupante. Sin embargo, aunque estoy segura de que reviste suma urgencia, dudo que pueda resolverse desde la primera fila en un concierto, a través de un celular.

Tampoco pueden resolverse de un día para otro algunos hechos tan desconcertantes como ése, que ocurren, coincidentemente, en la misma institución donde se desempeña aquella señora de la primera fila: el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes.

Me refiero al Fondo del Libro, específicamente en las líneas de Creación y de Apoyo a Ediciones, que es lo que conozco.

Para asignar fondos en dicho concurso se exige cumplir diversos requisitos de calidad y pertinencia, acordes con los objetivos del programa, que –naturalmente y con toda coherencia– son los mismos para la modalidad de Creación y para la de Apoyo a Ediciones de Libro Único, aunque esta última agrega otros requisitos de postulación, como el compromiso de alguna editorial.

En el primer caso, se evalúa una muestra de la obra; en el segundo, la obra terminada, de acuerdo con ciertos criterios establecidos (quizá con claridad insuficiente, a juzgar por la paradoja que describiré a continuación).

Mi proyecto Piel de culebra, un conjunto de relatos clasificados en el género referencial, fue categorizado como “bueno” y se le asignó recursos para finalizar su creación durante el año 2016: se consideró “relevante” en el aspecto de pertinencia sociocultural y “bueno” en cuanto a su calidad literaria.

En su evaluación se describió como “prosa fluida que logra mostrar un mundo socioeconómico y sus roles de género, con uso de ironía y sarcasmo, con tono autobiográfico y afirmación de género”. Pensé –aún lo pienso– que la secuencia lógica y coherente sería, tras concluir la obra, publicarla, de modo que postulé al fondo del Libro 2017 –con los mismos objetivos expuestos la primera vez, ya que era una continuación del mismo proyecto–, con el respaldo de la Editorial Cuarto Propio, que agradezco y valoro profundamente.

No obstante, en esta ocasión se determinó que mi Piel de culebra, pese a ser “coherente con la línea del concurso” en un 100%, no amerita apoyo de ese fondo para ser publicada en 2017, ya que “carece de calidad literaria necesaria” y es “débil en su contenido”, lo que la clasifica como “no elegible”; es decir, ni siquiera le alcanza para concursar.

No pretendo discutir aquí la calidad literaria de mi escritura. No es eso a lo que quiero apuntar ahora, ya que es lo menos importante en este contexto. Tampoco hablo “de puro picá” porque mi obra no fuera seleccionada. Por el contrario, agradezco que sí lo haya sido el año anterior.

Francamente, lo que quiero expresar es mi genuino –y nada descabellado, creo– desconcierto ante el hecho de que la misma calidad literaria que fuera calificada con 90 puntos hace un año se califique con 50 al año siguiente. Es inevitable, por cierto, que haya ciertas diferencias en la evaluación. Cualquiera que se ocupe en literatura (o arte en general) sabe que el valor de una obra depende, entre otros factores, del receptor y su contexto. Sin embargo, me resulta difícil de creer que el estilo de un escritor y su fuerza temática puedan sufrir un cambio tan significativo y drástico de un año a otro, especialmente si se trata de la misma obra.

Esto me lleva a sugerir la presencia de, al menos, problemas de unificación de criterios, de claridad en los parámetros de evaluación, o ambos. Por ejemplo, quién sabe si pueda influir el hecho de que la nómina de evaluadores para la línea de Creación incluya principalmente a escritores y profesionales especializados en estudios literarios; y en cambio, entre quienes evalúan para Apoyo a Ediciones, haya un porcentaje mínimo de estos especialistas. (Esto, según los antecedentes de transparencia que aparecen en el sitio web correspondiente).

Para mí siempre ha sido fundamental la coherencia, en todos los ámbitos: en la vida, en la conducta, en la postura política, etc. Además, pienso que la escritura y la lectura tienen una relación esencial con la vida entera; por tanto, una relación muy estrecha con la postura política y la conducta.

Por otra parte, mi formación profesional, así como mi experiencia docente y académica, están relacionadas con el área de las lenguas, el discurso y la literatura. Es por eso que durante mi ejercicio docente no sólo intenté actuar con la mayor coherencia posible –por ejemplo, en lo relativo a recibir y proporcionar retroalimentación–, sino que además fui muy rigurosa en cuanto a este aspecto esencial de la redacción.

Es fundamental aprender a usar con precisión y claridad la puntuación, la sintaxis y las sutilezas del discurso, por una razón bien simple: si no hay coherencia en la escritura, el texto no se entiende. Y todos sabemos que si el texto no se entiende no hay comunicación, que es, precisamente, el objetivo del lenguaje y las lenguas.

O sea, podríamos decir que más vale poner atención a la coherencia discursiva y conductual, so riesgo de caer en la peor y más absurda de las paradojas, tanto en la redacción como en la postura política, la conducta individual y social, y la vida en general.

En otras palabras, la incoherencia nos hará caer en el más absurdo de los absurdos: el sinsentido. Tal vez sea por eso que pueda llegar a obsesionarme el uso coherente –o incoherente– de un ilativo.

Hago esta aclaración, porque en la evaluación de la calidad de mis textos para el Fondo 2016, a lo de “prosa fluida etc., etc.,” se agregaba, “Aun así se ve más que transcurso cronológico con menos proyección.”

Pongo énfasis en el aun así, ya que no me quedó claro este enunciado, especialmente su sentido concesivo, y pensé en algún error de digitación. Creo que la retroalimentación es necesaria en toda evaluación y, por cierto, es indispensable entenderla para que ésta tenga sentido (me excuso por las afirmaciones de Perogrullo y las redundancias: lo hago en pro de la claridad). Por esta razón, solicité aclaración en todas las numerosas instancias donde me derivaron los conductos regulares: oficina de informaciones del Consejo Nacional del Libro y la Lectura, Presidencia de ese Consejo, y Directora del Consejo Regional, quien derivó mi solicitud a la funcionaria encargada de responder ese tipo de consultas, que aun así no me respondió.

Ahora bien, lo que me resulta incomprensible en la evaluación del Fondo del Libro 2017 se relaciona también con la coherencia. Pero en esta ocasión no tiene que ver con el uso de ilativos, sino con el criterio de evaluación llamado, precisamente, “coherencia”, según el cual el mismo proyecto cuya calidad literaria es tan deficiente que no merece más de 50 puntos (por ejemplo, el mío), obtiene 100 puntos por ser “coherente con la línea del concurso”.

Yo llamaría a esto algo así como “paradoja evaluativa”, la que, sumada a la otra paradoja –aquélla de la caída brusca de la calidad literaria, semejante a un mercado bajo efecto Brexit–, puede llevarnos a una especie de crisis de coherencia, lo que, sin duda, conduciría a una emergencia cultural, tan urgente como la que debió atender desde su celular, en medio de un concierto, la Directora de Cultura de la Región de Los Ríos.

En otras palabras: primero, me parece insólito que alguien cuya experiencia en el área de las artes y la cultura la hace apta para dirigir una institución dedicada, precisamente, al fomento de programas propios de las artes y la cultura, se permita una actitud tan impropia de una persona idónea para el desempeño de ese cargo por su experiencia en el área de las artes y la cultura (¡qué redundancia! ¿Se entiende? Es que a veces las paradojas son difíciles de entender y difíciles de explicar).

Segundo, me asombra que profesionales especialistas en literatura se permitan usar con ambigüedad (o lo dejen pasar sin revisión, que es como lo mismo) un ilativo propio de la lengua cuyo uso están evaluando.

Tercero, me sorprende que otros profesionales de la misma área (se supone) estimen que una obra pueda variar tan significativamente en su calidad literaria de un año a otro, o desde su etapa de casi terminada a la de totalmente concluida, lo que, insisto, hace sospechar algún problema de unificación de criterios.

Cuarto, dada la enorme carencia de recursos para desarrollar la cultura y las artes en nuestro país (entre otros ámbitos que necesitan desarrollo), me parece sumamente grave que el organismo estatal encargado del Fomento al Libro y la Lectura malgaste sus exiguos fondos en fomentar la creación de obras literarias que no ameriten publicación.

Lo más grave es que dudo que el caso que he expuesto sea el único, como tampoco es la actitud irrespetuosa de aquella “autoridad cultural” valdiviana la única falta de respeto de parte de una institución gubernamental hacia la ciudadanía. Eso es lo más grave, porque mantiene el olorcito a burla constante, ése que conocemos tan bien. Eso es lo que me tiene, en efecto, lo reconozco, “picá”. Eso es lo que lamento profundamente y merece toda mi crítica. Es lo que me deja con un enorme signo de interrogación, algo así como un “plop” de Condorito, y me lleva a escribir este texto.

En cuanto a la incoherencia evaluativa, el “lado amable” (para seguir citando a personajes de comedia) es que todo resulta tan absurdo, que no alcanza a influir en mi autoestima literaria.

Sin embargo (aun así), es una lástima que sea inútil agregar a mi “plop” el clásico “exijo una explicación”.

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