Oct 27 2020
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Ambiente

En la Amazonia tampoco podemos respirar. La Amazonia grita. ¿Nos escuchan?

«No deja de ser irónico que en «el pulmón del Planeta» estemos usando máscaras para lidiar con el humo mientras buscamos controlarlo o buscando tubos de oxígeno para que nuestra gente sobreviva al cruel Covid-19. Porque tenemos que decirlo: en la Amazonia, tampoco podemos respirar. La Amazonia grita, ¿ustedes están escuchando?»
(Carta de la COICA Amazónica a la Asamblea de la ONU)

27 de octubre de 2020 – Hablaba Jair Bolsonaro, presidente de Brasil, por una pantalla ante la Asamblea de Naciones Unidas. Y Sônia Bone de Souza Silva Santos, de los guajajara de ese país, más conocida como Sonia Guajajara, no pudo evitar soltar su indignación: «¡Está acusándonos a los indígenas de quemar la Amazonia!». Ocurría durante un encuentro ‘virtual’ de prensa internacional celebrado este martes, día 22, en el que los representantes de los pueblos amazónicos pusieron sobre la mesa el abandono total que sienten por parte de los Estados, mientras son asediados por la pandemia de la Covid-19, los fuegos, la sequía y la violencia: «muerte y sangre de nuestra gente».

El evento, organizado por la COICA (Coordinadora de las Organizaciones Indígenas de la Cuenca Amazónica), que reúne a 511 pueblos indígenas en nueve países, quería lanzar al mundo un grito de auxilio ante la dramática situación que están viviendo, azuzar conciencias y movilizar a esa comunidad internacional que habla tanto y hace tan poco, según sus palabras, para que el mayor bosque tropical del planeta siga estando ahí. «Están en Nueva York hablando de nuestro futuro pero nuestra voz no llega. Habla quien destruye nuestra casa y como mucho hablarán de otro compromiso entre líderes que no se cumplirá. Pero no habrá recuperación tras esta crisis sin respeto a la naturaleza.
La pandemia es un ejemplo de que el planeta está enfermo y necesita sanar. Y para ello hay que frenar la destrucción, acabar con los acuerdos comerciales que acaban con nuestros bosques, como el de la UE con Mercosur, poner fin a que los bancos del mundo financien la destrucción de la Amazonia». Así de contundente se expresaba José Gregorio Díaz Mirabal, coordinador de la COICA.
Por mucho que se diga, nunca es suficiente: en esa cuenca está un tercio de los bosques tropicales de la Tierra; es el lugar más biodiverso del mundo conocido, reserva de 73.000 millones de toneladas de CO2 y habitado por unos 30 millones de indígenas. Sólo en el pasado mes de julio, el INPE (Instituto de Investigaciones Aeroespaciales de Brasil) detectó 29.307 incendios en su área brasileña, que se suma a lo perdido sólo en 2019, equivalente a la Comunidad de Madrid, que se suma a las llamas que han arrasado hasta ahora (también este año) el 15% del Pantanal (el humedal más rico de la Tierra), que se suma a los gigantescos fuegos que este mes se ha declarado en Bolivia y en Paraguay, que se suma a los derrames de petróleo en Ecuador (abril- 2020), que se suma a los asesinatos… Hasta que llega el grito. ¿Hay alguien ahí?, preguntan.
Al otro lado, adivino que la convocatoria ha tenido poco eco. Apenas les llegan mis preguntas y alguna desde Bolivia. El foco está en Nueva York… En Bolsonaro. Y ¿Qué decía en esos momentos el presidente de Brasil? Pues que «la Amazonia es rica y por eso hay «una campaña internacional interesada» para desprestigiarle,  que la selva no arde porque es húmeda (contra toda evidencia), que «los indígenas ancestrales queman el bosque para cultivar tierras en busca de medios de vida»
Y, contradiciéndose él mismo, aunque sin mención alguna a las grandes agroindustrias ganaderas, ni a madereros, ni a minerías que asolan la selva,  destacaba que hoy Brasil «es el mayor exportador mundial de alimentos». ¿A costa de qué tierras?, habría que preguntarle.
A los líderes que tengo delante a la misma hora, que les acusen de destruir su casa, les parece el colmo de la desfachatez: «Bolsonaro miente al decir que somos responsables de provocar los incendios. Debemos denunciar esta catástrofe política que destruye el medio ambiente y nuestro futuro. El mundo entero es testigo de este crimen, demasiado grande para ocultarlo. En lugar de atacar a las personas que trabajan para proteger el medio ambiente, las autoridades brasileñas deben garantizar los derechos de los pueblos indígenas, cumplir sus juramentos constitucionales y presentar a la nación un plan para enfrentar estos incendios que afligen al país», denunciaba Sonia Guajajara. «Las mentiras de Bolsonaro en la ONU solo agregan aún más combustible al desastre humanitario que se desarrolla en la Amazonia, en lugar de extender una invitación necesaria a la comunidad internacional en busca de asistencia urgente. Es una oportunidad perdida», reconocía Oscar Soria, el argentino que dirige las campañas de Avaaz.org y que apoya esta lucha desde la organización.
Todo ello ocurre en medio de una pandemia que, según datos recopilados por la COICA, ha causado ya 1.800 muertes e infectado a 58.000 personas de 239 pueblos de la cuenca amazónica, son casi el 50% de los 511 existentes. Y, así, mientras Bolsonaro explicaba en la ONU que había invertido mucho en llevar ayuda en alimentación y sanitaria a los indígenas, para éstos esas declaraciones forman parte de una realidad paralela porque sólo han visto a las ONG abrir centros de atención que estaban abandonados (hasta 260 han contabilizado), si bien no han podido llegar a los muchos puntos rojos, álgidos de Covid-19, que se ven en el gráfico que mostraban en pantalla, en lugares como Bolivia porque ni siquiera se permite el paso a quien va a ofrecer esa ayuda.
«Hay que evitar llegar a un  punto de no retorno en la Amazonia, lo que tendrá enormes implicaciones para el clima global y la seguridad alimentaria», señala la COICA en una carta dirigida a los líderes mundiales reunidos en la 75º Asamblea de la ONU, titulada «En la Amazonia tampoco podemos respirar». Y no es metáfora. Cientos de científicos de todo el mundo, de diversas disciplinas, están firmando una declaración (https://www.haw-hamburg.de/en/university/newsroom/news-details/news/news/show/fire-in-paradise-declaration-of-world-scientists/ ) en la que manifiestan su preocupación por la destrucción de esta inmensa selva y exigen que Bolsonaro tome medidas urgentes, que revierta el recorte del Instituto Nacional de Protección Ambiental (IBAMA).
Pero, además, para Sonia, evitarla pasa por reconocer que son los amazónicos quienes mejor protegen su tierra, no los incendiarios. Un análisis presentado en este encuentro refleja, precisamente, que en Amazonia, dependiendo de cada país, entre un 10% a un 93% de los territorios indígenas, comunidades locales y afrodescendientes siguen sin ser reconocidos como propiedad de estos pueblos por los estados nacionales, lo que representa unas 90 millones de hectáreas. El mismo estudio indica, además, que son áreas clave en biodiversidad y en buen estado de conservación.
Mientras les dejen… porque la presión contra ellos aumenta, incluso más en tiempos de Covid-19. Y estalla la violencia. Hace poco días supimos por Survival que había sido asesinado por indígenas no contactados Rieli Franciscato, coordinador del equipo de FUNAI que precisamente protegía sus tierras en Rondonia. Pero cómo lo iban a saber quienes le ‘flecharon’, desesperados al ver cómo los ganaderos cercan e invaden su reserva. Era un hombre blanco. Un enemigo. «Seguramente lo confundieron con uno de los muchos invasores que amenazan su supervivencia. Están en una situación límite», denuncia Sarah Shenker, de la ONG. En los últimos meses, también han sido asesinados guardianes indígenas de la floresta y muchos los líderes comunitarios que se oponen a quienes cuando miran los árboles no ven hojas, sino billetes.
¿Y qué espera de la comunidad internacional para reaccionar? ¿Quién contestó a Bolsonaro en la ONU? ¿Quién exige a Paraguay, o Bolivia o Venezuela o Colombia o Ecuador sus responsabilidades como garantes de un patrimonio natural global? ¿Acaso no podemos hacer nada desde nuestro mundo, tan lejano y ajeno? Podemos. Los líderes de la COICA, ahora unidos en este gran grupo al que conocí en la COP25, lo saben y nos lo quieren recordar:  «Les pedimos que dejen los discursos vacíos, que se comprometan a mantener al menos el 80% de la Amazonia que queda de pie, que se reconozcan nuestros territorios para que podamos salvaguardar al menos la mitad en la próxima década», nos leía José Gregorio de la carta dirigida a la Asamblea de la ONU. «También, que tengan en cuenta nuestros conocimientos ancestrales para la conservación», añadía Guajajara.
Pero podemos hacer aún más, acciones concretas, que recapitulaba Oscar Soria: «Que no se firmen acuerdos comerciales, como el de la Unión Europea con Mercosur, porque promueven la destrucción amazónica; que no guarden silencio ante las tropelías de algunos gobiernos con los indígenas; que sus gobiernos hagan donaciones para ayudar en la recuperación económica en este momento de pandemia (Francia ya donado dos millones de dólares. ¿Y los demás?), qué vigilen a los bancos internacionales que financian esa destrucción». Son medidas concretas. Una emergencia. ¿Hay alguien escuchando?
«Llevamos 15.000 años en la Amazonia. Una vida ligada a la naturaleza. Acompáñennos a seguir viviendo»
(José Gregorio Díaz Mirabal, del pueblo Wakuenai Kurripaco)
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