Oct 9 2004
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Sociedad

Entre Brigitte, la sanguinaria, y la soldado England

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

foto“¡Honor a las mujeres! Entrelazan y entretejen rosas celestiales en nuestra vida terrestre”.

Federico Schiller (1759-1805).

El primer pensamiento que cruzó mi mente cuando vi las fotos de las torturas en Abu Ghraib y de Lynndie England con una traílla para perro atada al cuello de un prisionero iraquí desnudo fue: “Brigitte, la sanguinaria” (o Krwawa Brygida, como la llamaban los reclusos polacos), que era Hildegard Lächert, una celadora austríaca del campo de concentración Maidanek, uno de esos recintos de la muerte tristemente célebres que la SS alemana estableció entre 1941 y 1944.

Maidanek estaba dividido en dos; una sección para varones -prisioneros de guerra soviéticos, judíos y otros hombres de 28 naciones con 54 nacionalidades- y el Campo de mujeres, donde mujeres y niños eran custodiados, “seleccionados” y asesinados por otras mujeres.

De los 500.000 seres humanos encarcelados en Maidanek, 250.000 fueron finalmente asesinados o seleccionados para las cámaras de gas -en menos de 3 años-; entre ellos 100.000 mujeres. De mayo a septiembre de 1943, durante las así llamadas acciones infantiles, los niños fueron separados de sus madres. Fueron asesinados, el destino de las madres fue el trabajo forzado.

En los casos en que no pudieron separar a la madre del niño, la madre fue gaseada junto con su hijo. Varias -sádicas- mujeres de la SS ejercieron su cometido en el “campo de mujeres”. Dos de las peores fueron Hilde Lächert (Brigitte, la sanguinaria) y Hermine Braunsteiner-Ryan, que terminó por ser atrapada en Nueva York por Simon Wiesenthal en los años 60.

En 1975 -treinta y cinco años después de la guerra- estas dos mujeres, junto con varios otros celadores de Maidanek fueron juzgados en el denominado Juicio Maidanek en Dusseldorf (1975-1981). El juicio más prolongado en la historia legal alemana.

Brigitte, la sanguinaria

fotoEl hecho más inquietante sobre Hildegard Lächert es que ni siquiera era nazi sino simplemente sádica. La joven austriaca no estaba en el NSDAP -partido nazi- cuando se unió al equipo de la SS en el campo de mujeres de Maidanek a los 22 años.
Janina Latowitcz, testigo en el Juicio Maidanek dijo: “Era como una bestia, sedienta de sangre”. Cuando llegó a ser celadora en Maidanek, Lächert tenía dos hijos pequeños. A pesar de ello trató a los niños en el campo con un odio especial.

Lächert era el “azote sádico del campo” como la definió un testigo. Sus antiguas víctimas la describen como una muchacha “muy hermosa”. Henryka Ostrowska: “… cuando hablaba con los hombres de la SS o sus colegas, era muy divertida y encantadora. Pero cuando hablaba con nosotros y nos golpeaba, (su) cara era horrible. No era la cara de una mujer”. Su apodo “Brigitte la sanguinaria” resultó de su hábito de azotar a las mujeres hasta la carne viva.

La yegua que patea

La segunda mujer procesada por su conducta sádica en Maidanek fue Hermine Braunsteiner-Ryan. Allí solía llevar botas con tacos de acero con las que golpeaba a las reclusas. Hermine Braunsteiner nació en 1919 en una familia acomodada en Viena. En su juventud soñó con ser enfermera. A principios de los años 40 trabajó en la fábrica de aviones Heinkel en Berlín. Dejó ese trabajo para ser guardiana en un campo de concentración -por la mejor paga-.

Fue entrenada en el campo de concentración Ravensbruck cerca de Berlín. Allí llegó a ser bien conocida porque pateaba a las ancianas hasta matarlas. En octubre de 1942, esta muchacha rubia, de ojos azules, de 23 años, fue trasferida a Maidanek en las afueras de Lublin, en Polonia ocupada por Alemania. Allí ascendió a asistente de guardiana bajo Elsa Erich junto con otras cinco mujeres. Participó en “selecciones” de mujeres y niños para las cámaras de gas y golpeó con su látigo hasta matarlas a varias mujeres. Incluso mató mujeres a patadas.

En marzo de 1944, ordenaron que Hermine volviera a Ravensbruck donde ascendió a supervisora de guardianas en el subcampo Genthin de Ravensbruck. En mayo de 1945, Hermine escapó del campo antes de la llegada del Ejército Rojo.

Fue sentenciada por un tribunal austríaco por asesinato, infanticidio y homicidio en Ravensbruck, pero fue liberada en 1949. Un soldado estadounidense, Russel Ryan, la llevó como su “Kriegsbraut” (novia de la guerra) primero a Canadá y luego a EE.UU.
Se establecieron en Queens (Nueva York). En 1963 recibió la ciudadanía estadounidense.

Hermine Ryan hubiera vivido feliz si no fuera porque Wiesenthal descubrió su verdadera identidad de la que informó al Departamento de Inmigración y Naturalización de EE.UU.

En 1971, el Departamento comenzó a despojar a Mrs. Ryan de su ciudadanía porque era una extranjera de “calidad dudosa”. En 1981, fue sentenciada en el Proceso Maidanek de Dusseldorf a dos cadenas perpetuas en prisión, pero fue liberada en 1990, por “mala salud”. Murió en 1999.

foto¿Por qué el recuerdo de tan terribles atrocidades?

No para insinuar que Abu Ghraib sea Maidanek, o que la ocupación de Irak por EE.UU. sea de alguna manera comparable con lo que los nazis hicieron en Polonia. Y de ninguna manera quiero sugerir que lo que Lynndie England o algún otro soldado de EE.UU. hicieron en Abu Ghraib, o en cualquier otro sitio en Irak o Afganistán -por horribles que esos crímenes hayan sido- pueda ser comparado con el genocidio industrializado en el que Lächert y Braunsteiner participaron durante los años 40.

Pero la historia de Lächert y de Braunsteiner puede servir para ilustrar que es simplemente ridículo -una mezcla de ingenuidad y de chovinismo masculino- pensar que las mujeres -‘damas’- no son capaces de tortura o abuso, que las mujeres son dulces palomas y que tiene que haber sido la culpa de otros -hombres- que Lynndie (o Hildegard o Hermine) pudiesen estar implicadas en crímenes tan horribles. No señor, podemos ser tan crueles y despiadadas como cualquier hombre.

En realidad muchos colegas varones de Lächert en Maidanek se horrorizaron por su excesiva crueldad. Pero, por algún motivo psicológico, los hombres tienden a encontrar excusas para los crímenes cometidos por mujeres: Tal vez, la perpetradora femenina estaba mentalmente enferma (mujeres y demencia); en todo caso tiene que haber sido ingenua, seducida, presionada por su co-acusados varones.

Es un enfoque contraproducente. Las mujeres sádicas no necesitan necesariamente cómplices para ser “chicas del terror”. Lo que sí necesitan con seguridad son estructuras y jefes que permitan, alienten e incluso recompensen tales torturas y abusos.

Los criminales de guerra necesitan tiempos de guerra para ejercer -en seguridad- su sadismo, igual como los fascistas necesitan un régimen fascista para poder someter y matar a gente de otra raza, nacionalidad o ideología. Después de la guerra Lächert y Braunsteiner actuaron ambas como dueñas de casa ordinarias, bien ajustadas y respetadas en sus comunidades. Braunsteiner-Ryan tuvo una vida feliz de familia de clase media en Queens, Nueva York.

¿Pensó alguna vez en los pequeños niños judíos que había “agarrado del pelo y lanzado… sobre camiones que iban a las cámaras de gas” cuando entregaba golosinas del Halloween -noche de brujas, víspera del primero de noviembre- a los niños judíos de su vecindario?

La línea de defensa de Braunsteiner en el proceso de Maidanek fue que no había sido otra cosa que “una pequeña rueda en la maquinaria”, una muchacha sin experiencia y que “… toda la impresión y toda la atmósfera del campo me fueron muy duras, quiero decir, como mujer”. Suena como Mrs. England.

Lächert, Braunsteiner y los demás guardias de Maidanek pueden ciertamente no haber sido más que pequeñas ruedas -pero parte de una maquinaria letal que mató a millones de personas inocentes-. Lo hicieron por puro sadismo, para permitirse la contemplación de personas inocentes, indefensas, que sufrían y sangraban; lo hicieron por dinero y por una modesta carrera.

No le costó más que cuatro años a Braunsteiner, de 23 años, para llegar a vigilante supervisora en Genthin. En 1945 fue condecorada con la ‘Kriegsverdienstkreuz Zweiter Klasse’ (Cruz de Segunda Clase por Servicios en la Guerra). Los tiempos de guerra y el fascismo sacan a relucir lo peor en los seres humanos y por cierto hacen que la peor calaña llegue a los puestos más elevados. Pero los tiempos terribles y los regímenes terribles también sacan a relucir lo mejor en algunos seres humanos: el valor, el heroísmo, la empatía.

La Orquesta Roja

El grupo de resistencia berlinés al que la Gestapo llamó La Orquesta Roja (Die rote Kapelle) fue una de las mayores, mejor organizadas y efectivas organizaciones de resistencia dentro de las fronteras de Alemania nazi.

A fines de 1942 el grupo cayó en las redes de la Gestapo. De sus más de 100 miembros casi la mitad eran mujeres: mujeres mayores, mujeres jóvenes, muchachas de sólo 16 años. 49 de sus integrantes fueron condenados a muerte y ejecutados de forma muy cruel en la prisión Plötzensee: los hombres colgados, las mujeres decapitadas a fines de 1942 y comienzos de 1943.

Dos de las mujeres estaban embarazadas al ser arrestadas: Hilde Coppi y Liane Berkowitz, de 19 años. No fueron ejecutadas hasta seis semanas después de dar a luz. El niño de Berkowitz murió. Pero el hijo de Hilde Coppi, llamado Hans por su padre ejecutado, sobrevivió.

Otros 50 miembros del grupo fueron sentenciados a penas de prisión o campos de concentración. Los nombres de estos valerosos hombres y mujeres que combatieron el fascismo desde el principio no fueron honrados en Alemania Occidental de posguerra. Los sobrevivientes fueron víctimas de la Guerra Fría -perseguidos por el CIC (predecesor de la CIA) como “espías soviéticos”, debido a que el movimiento de resistencia estaba constituido sobre todo por gente de izquierda.

fotoSe tardó decenios para que sus nombres terminaran por ser reconocidos y que la Orquesta Roja dejara de ser considerada una “red de espías soviéticos”. Estos son los nombres de las mujeres ejecutadas del grupo: Libertas Schulze-Boysen, Cato Bontjes van Beek, Maria Terwiel, Liane Berkowitz, Elisabeth Schumacher, Eva-Maria Buch, Hilde Coppi y Mildred Harnack. Nacida en Wisconsin, Mildred, -esposa de Arvid Harnack, una de los dirigentes del grupo- fue la primera y única estadounidense ejecutada por alta traición por el régimen nazi. (A través de Mildred, el grupo había entrado en contacto con Donald Heath, Primer Secretario de la Embajada estadounidense en Berlín).

Y no olvidemos a los cientos de miles de mujeres que combatieron al fascismo en unidades de partisanos en toda Europa y en la Unión Soviética -“Flintenweiber” (mujerzuelas con escopetas) como los nazis llamaban irrespetuosamente a estas valientes muchachas y mujeres-.

A diferencia de la soldada England, ellas defendieron su patria en su propio suelo. Y tenemos, por ejemplo, a Eva Klemperer (Schlemmer), una alemana cuya fuerza y coraje lograron lo impensable: salvar a su esposo judío, Victor, de la deportación. Victor Klemperer, profesor universitario (autor de ‘The Language of the Third Reich’, ‘I Shall Bear Witness: 1933-1941’), fue uno de los pocos judíos que sobrevivieron al interior de las fronteras de Alemania nazi.

9.436 iraquíes han muerto desde la invasión de Irak (hasta agosto), probablemente 40.000 han sido heridos -sobre todo civiles, incluyendo a muchas mujeres y niños-, además de los mil soldados muertos de las Fuerzas de la Coalición. Las guerras modernas parecen cobrar sus víctimas desproporcionadamente entre los no-combatientes.

En la mayoría de los países pocas mujeres sirven en los ejércitos o milicias. No porque seamos criaturas delicadas, ángeles de misericordia, sino simplemente porque la mayor densidad de nuestros cerebros, en comparación con los hombres -según los últimos descubrimientos científicos- nos permite elegir algo mejor.

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* Publicado en agosto de 2004 en www.zmag.org
Traducción de Germán Leyens.

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