Sep 13 2019
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Opini贸nPol铆tica

Entre la guerra y las elecciones

Combinar el tiempo largo con la mirada desde abajo, parece un buen modo de acercarse a los procesos populares. Por el contrario, una mirada anclada en las coyunturas (o tiempo de eventos) es apenas 芦polvo禄, como dec铆a Fernand Braudel. La mirada desde arriba, en tanto, recae en lo institucional, en ese tipo de an谩lisis que practican las clases dominantes, directamente o por medio de sus testaferros ideol贸gicos.

Han pasado ya casi tres d茅cadas desde la firma de los Acuerdos de Paz en El Salvador, concretados en 1992. Un tiempo suficiente como para trazar balances. Aunque la situaci贸n de la izquierda y de los movimientos es dram谩tica, no se ha escuchado a las dirigencias remitir la debacle en curso (el FMLN perdi贸 un mill贸n de votos en las recientes elecciones, pasando de 50 a 14 por ciento de los sufragios), al proceso de paz.Resultado de imagen para el salvador acuerdo de paz

Sin embargo, eso es lo que piensan buena parte de las bases campesinas y populares salvadore帽as. El intercambio con campesinos del poblado San Francisco Echeverr铆a, en el departamento de Caba帽as, me abri贸 los ojos a otras dimensiones de los procesos de paz. Se trata de un pueblo de poco m谩s de mil habitantes, repoblado en la fase inicial de las negociaciones de paz, por familias de militantes de las Fuerzas Populares de Liberaci贸n.

Lo m谩s impactante es c贸mo la firma de los Acuerdos de Paz abri贸 el grifo del individualismo, seg煤n reconocen los propios ex combatientes. Reciben una compensaci贸n mensual de 50 d贸lares y en esa regi贸n se han beneficiado con cinco manzanas (m谩s de tres hect谩reas) y algunos con una vivienda.

Lo primero que sorprende es la mercantilizaci贸n del compromiso de vida que asumieron al ingresar a la guerrilla. Ciertamente la compensaci贸n mensual es rid铆cula y se podr铆a incluso valorar como positivo que en varias regiones desaparecieran los hacendados y sus tierras fueran divididas. Sin embargo, hacerlo de ese modo, no puede interpretarse sino como una rendici贸n.

La segunda cuesti贸n es que las izquierdas hemos pasado de la lucha armada a la lucha electoral y a la inserci贸n en las instituciones, como si fueran las 煤nicas opciones posibles. En ambos casos se registra una obsesi贸n por la toma del palacio de gobierno. Seguimos el camino trillado de una historia de dos siglos, desde la toma de la Bastilla en Par铆s al asalto del Palacio de Invierno en San Petersburgo, pasando por la ocupaci贸n del Hotel de Ville durante la Comuna de Par铆s.

Esta fijaci贸n por ocupar o asaltar el centro f铆sico y simb贸lico del poder de arriba, ha sido tan potente como para esculpir nuestros sue帽os y deseos con un cincel que reproduce las jerarqu铆as capitalistas y patriarcales. De ese modo, nuestra cultura pol铆tica no ha conseguido desgajarse de la cultura hegem贸nica y cuando conseguimos hacernos con el poder, nos limitamos a reproducir lo existente, o apenas administrarlo.

En El Salvador esto se expresa en las opciones de varios destacados dirigentes del FMLN, algunos de los cuales se hicieron empresarios exitosos, uno colabora con los servicios de inteligencia y otros se limitan a insertarse en los escalones m谩s altos del poder para beneficio personal. Se puede decir que esto no es patrimonio exclusivo de la izquierda salvadore帽a, lo que es tristemente cierto.

La tercera cuesti贸n que pude apreciar es la fuerte separaci贸n entre dirigentes y bases. La militancia campesina les reprocha el abandono, que ahora ya no acuden a las zonas rurales ni est谩n en contacto permanente con ellos. Creo que esta separaci贸n empez贸 mucho antes del proceso de paz, cuando los cuadros militares actuaban como vanguardia que dirig铆a a las bases, o 芦masas禄, como nos referimos en la izquierda a la gente com煤n, unificando y anulando las diferencias.

Sin una nueva cultura pol铆tica, tejida con las mejores hebras de las culturas originarias, negras y populares, no hay cambios posibles. Eso supone, como escribi贸 el maestro Immanuel Wallerstein en su 煤ltima nota en La Jornada (5 de agosto), 芦luchar consigo mismos禄 para transformar y no reproducir. Esa 芦lucha禄 transcurre por otros carriles de la que codicia la ocupaci贸n del Estado.

Por eso damos tanta importancia a los pueblos que se organizan en torno a caracoles, palenques y comunidades, poderes de abajo que no reproducen la l贸gica de los poderes de arriba. Funcionan con base en la rotaci贸n y a los siete principios zapatistas, sin la menor pretensi贸n hegem贸nica. La hegemon铆a est谩 calcada de la dominaci贸n y es apenas una forma suave de nombrarla.

Las organizaciones de abajo, en esta nueva cultura pol铆tica, no son escalones para llegar arriba, sino algo completamente diferente. Este mundo puede expandirse o contraerse, pero es mediante la propagaci贸n y la multiplicaci贸n como puede llegar a desplazar al capitalismo. No son medios para alcanzar fines.

La nueva cultura pol铆tica no nace ni en las academias ni en las bibliotecas, sino en torno a los trabajos colectivos, capaces de crear los bienes materiales y simb贸licos para poder arrinconar el capitalismo.

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