Oct 6 2006
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Cultura

Entrevista con Jesús Sepúlveda: – ”LA POESÍA CREA EL SER DE LA HUMANIDAD”

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

–¿Qué formación recibió usted y cómo se insertó en las letras poéticas?

–Mi formación se bifurca en dos sentidos: la tertulia y el aula. Pasé gran parte de mi adolescencia y juventud vagando por los bares literarios de Santiago de Chile, Concepción, Valparaíso, Buenos Aires. Allí conocí a mis contertulios y a mis pares, de quienes aprendí todo cuanto pude. Antes, en la infancia, tuve la fortuna de escuchar las conversaciones de mis mayores, de quienes aprendí a verbalizar. Estudié en el Liceo Manuel de Salas que me dio una sólida formación intelectual.

“También asistí a dos talleres literarios: uno dirigido por Carmen Berenguer (abajo der.) y el otro por Jaime Valdivieso, ambos fueron fundamentales en mi formación literaria. Por ahí conocí a algunos autores de renombre, que compartieron conmigo sus agudezas y picardías. Luego estudié castellano en la Universidad Metropolitana (ex Instituto Pedagógico) y seguí estudios de posgrado en la Universidad de Oregón, donde me doctoré hace un par de años.

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“Es, sin embargo, mi experiencia –que reciclo, acumulo y derrocho– la que le ha dado verdadera forma a mi pensamiento poético. Escribir, leer y meditar son verbos que crean una burbuja flotante en un ambiente de conciencia determinado. Su magia es un misterio”.

–¿Cuáles son los grandes poetas u autores que le inspira(ro)n?

–Cada poeta que recuerdo, cada libro, cada frase, cada verso brillante, ha dejado su impronta en mi pulso, quedándose en mí indefinidamente –a veces de manera raquítica, otras de modo indeleble–. Mis primeros poemas estuvieron marcados por Parra, Ginsberg y Cardenal, y por la nueva poesía chilena de la época. Recuerdo que leía los libros que mi hermano, estudiante universitario en aquella época, traía a casa.

“Así leí a Teillier, a Dalton y a Gonzalo Arango, y vi fotocopiada La nueva novela de Juan Luis Martínez. Luego vinieron a copar mis lecturas las flores de Nezahualcóyotl y la vanguardia aérea de Huidobro, además de Massis y De Rokha. Y así el abanico se fue desplegando: pasé del sonsonete de Walking Around a Bertolt Brecht y de Lorca a Villon y a Esenin. A estas alturas todos me inspiran, los antiguos y los nuevos.

“Para mí la poesía es “como un manicomio de voces”, donde todos hablan y se ejerce la verdadera disidencia. Hay, por cierto, voces de largo aliento (Blake, Rimbaud, Whitman, Cendrars, Mayakovski, Pound, etcétera) y luminarias tremendas (Nerval, Baudelaire, Rilke, Trakl, Artaud, Plath, Pizarnik (abajo izq.–) que me parten como piedra a la intemperie. La lista es interminable.

“En Hotel Marconi se pasean como por una pasarela, los beats, Bukowski, Carver, Kavafis, la neovanguardia, Celan, Lowell, Auden, Cummings, Masters, Pavese, además del cine y la novela. En Correo negro están Lihn, Vallejo, Eliot, Mallarmé, Apollinaire, la poesía goliarda, Pacheco, Sabines, Saenz, Cisneros, Juarroz, Panero, el Tao, Williams y otros. Es, sin dudas, un guirigay, un libro en el que –como dice el poeta cubano Víctor Rodríguez Núñez– hay muchas voces entremezcladas de modo invisible.

En Escrivania lidio con los tañedores de la cuerda melopéyica que tensan el idioma: Góngora, Darío, Girondo, Paz, Lezama, Perlongher, además de Walter Benjamin, Omar Khayam, Paul Bowles, Dylan Thomas, los surrealistas, Cocteau, Michaux, etcétera. Michael Ondaatje y Amiri Baraka me han inspirado desde su trinchera lingüística, lo mismo, la poesía coreana sijoista, o Robert Creeley, el japonés Nanao Sakaki y la californiana La Loca, a quienes sólo he leído en inglés.

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“La inspiración, de todos modos, no acaba ahí: me alumbran también prosistas, ensayistas, dramaturgos, músicos, filósofos, cineastas, rebeldes, brujos y libertarios”.

–¿Tiene contactos con autores famosos y reconocidos ? ¿Ya ha conocido a Raúl Zurita y qué opina usted de su trabajo y de su recorrido, y él del trabajo de usted?

–He tenido cruces esporádicos con algunos autores de renombre. Creo, sin embargo, que la fama es traicionera, cuando no antojadiza, producida y falsa. Han habido muchos famosos que el tiempo cubre de hojas secas, y otros silenciosos que la memoria celebra: Kafka, por ejemplo. Hay, sin embargo, autores de obra sólida que he frecuentado. Nicanor Parra es uno de ellos. Cuando hacía clases en el colegio Jesualdo, donde además de enseñar poesía realizaba un taller literario, llamaba a don Nica en los recreos, que me invitaba de inmediato a que fuera a su casa en La Reina a pasar la tarde y conversar un rato. Extraño esas conversaciones.

“Con José Emilio Pacheco tuve una cercanía fugaz. Después de que él escribiera un generoso poema como posible prólogo al manuscrito de Hotel Marconi (“Una inscripción para Jesús Sepúlveda en la pared del Hotel Marconi”), terminamos desencontrados.

“También conocí a Jorge Teillier. En más de una oportunidad anduvimos errando –junto al poeta Alvaro Ruiz– de bar en bar en busca de refugio. Con Juan Luis Martínez tuve bellos encuentros, aunque breves, profundos y significativos. Con el poeta norteamericano Paul Dresman (abajo izq. con Jorje Alejandro Lagos) he cultivado una gran amistad. Paul, además de haber traducido Hotel Marconi al inglés, fue el coeditor del periódico bilingüe Helicóptero, que publicamos entre los años 1996 y 2001. “Y tengo un fuerte lazo de amistad con el filósofo John Zerzan y la escritora Chellis Glendinning, que espero perdure por mucho tiempo.

“A Zurita (abajo der.) lo leí cuando estaba en el colegio. Sus libros Purgatorio y Anteparaíso me impactaron enormemente. Creo que la poesía de Zurita removió la casa en ruinas para salir y mirarla con distancia. Su carrera meteórica le mereció una cierta nombradía que vino a llenar el enorme vacío dejado por Neruda. Sin Zurita no se habría abierto la pieza oscura para dibujar la salida hacia el imaginario antidictatorial. Y eso se lo agradecemos todos.

“Lo conocí cuando aún cursaba enseñanza media. Una tarde cualquiera lo vi caminando en la calle y salté del bus corriendo a saludarlo. Yo vestía entonces uniforme escolar y tenía el pelo largo y hablaba de bombas y poesía. Le debo haber caído en gracia porque fue muy amable conmigo. Compartimos unas tazas de café y luego cada uno siguió su rumbo.

“Cuando publiqué Lugar de origen, a los 19 años de edad, Zurita, Jaime Lizama y Carmen Berenguer hicieron la presentación del libro –y de los libros de Guillermo Valenzuela y Víctor Hugo Díaz– en el Goethe Institut de Santiago. Álvaro Leiva también leyó esa noche. A la misma hora y en otro reducto, Sergio Parra presentaba su libro La manoseada. Era el año 1987 y así emergía nuestra generación. Después Zurita se fue a Italia como agregado cultural, y yo permanecí en Santiago, escribiendo y dirigiendo la revista Piel de leopardo. Cuando regresó de Italia yo me fui de Chile y nunca más volví a tener contacto con él”.

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–¿Cuáles son los temas que le inspiran a usted y qué le emociona en particular?

–Como lo sostiene Francisco Véjar, creo ser un poeta de la experiencia. En tal sentido, todo lo que me ocurre y vivencio deviene en mi fuente literaria. Los temas son variados. Y van desde la pulsión erótica hasta la filosofía. En Lugar de origen hablo del barrio Franklin –o Matadero, que es donde crecí– y de la marginalidad. Hotel Marconi es la ciudad, la esquizofrenia, la intoxicación, el noroeste, el desarraigo. Correo negro es la poesía y la experiencia cotidiana, además de la errancia. Escrivania es un libro de viaje en la era de la globalización.

“Entremedio, se mezcla todo: el hogar, el miedo, la lengua, la realidad aparte, la sicodelia. Tengo, además, dos libros inéditos que giran en torno a la memoria, mis dos hijos –Índigo y Alejandra, que vive en Chile– y la magia. Estar vivo me maravilla: viaje a través del cuerpo como puente hacia otros mundos. Tal como la marginalidad se transforma en contracultura y el barrio se proyecta a otros continentes, la experiencia es balde y agua, pozo y brocal”.

–¿Qué concepción tiene usted de la poesía? Para usted, ¿qué meta debe alcanzar este arte y qué puede cambiar?

–Se me ocurre que la poesía, si algo hace, es crear la ilusión de humanidad, que vive y continúa a través de la memoria. Como dice Jorje Lagos Nilsson: “un mundo sin poesía es la nada”. Y tiene toda la razón. Pero la poesía también libera. Para mí, la poesía ha sido un acto de liberación. En tal sentido, creo que la práctica de un poeta es peculiarizar su ser para abrir senderos que otros puedan cruzar. He ahí la única liberación posible. La manifestación de esa práctica son los poemas mismos, que se vuelven más genuinos en la medida que se viva con mayor intensidad. Pulir la gema que nos hace brillar, no es sólo limpiar un verso, sino potenciar la resonancia del ser.

“En brujería se habla de “resonancia mórfica” para referirse a ese inconsciente colectivo al que todas las células humanas están sujetas. Cuando se escribe empuñando el ser de cada cual, las palabras cobran vida y resuenan más allá de la contingencia. La poesía crea el ser de la humanidad”.

–¿Se considera usted comprometido y en qué sentido?

Cortázar decía que, más que comprometido, él se sentía casado cuando le hacían esta pregunta. Yo también me siento casado, aunque al mismo tiempo me sienta separado. En la década del 80 participé en las protestas contra la dictadura chilena. En Estados Unidos he sido partícipe activo de la anarquía verde. Estuve en Seattle para la batalla librada contra la Organización Mundial de Comercio y anduve en la calle durante las manifestaciones contra la invasión a Iraq. Mi práctica vital ha sido la rebeldía.

“Sueño con ser libre y salvaje. Ésa es mi utopía. Para mí, vivir intensamente es comprometerse con la realidad, aunque sepamos que ésta cambia como por arte de birlibirloque. En tal sentido, también estoy separado de ella, porque sé que los términos que impone la socialización son formas ilusorias de percepción sensorial que aspiran a estandarizar la vida. Sin embargo, todo lo que huela a revuelta y liberación me seduce: Chiapas, el estallido argentino, los bloqueos de ruta en Bolivia, las revueltas del sur de Francia. Hay algo encantador y catártico en la insumisión. Mi compromiso va por esa vía.

El año pasado estuve en el Primer Foro Anarquista realizado en Chile después de varias décadas de silenciamiento. Allí encontré interlocutores y lectores afines con quienes conversar. Pero también he ido combinando este vitalismo con una labor intelectual.

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“En el año 2002, Ediciones del Leopardo publicó en Buenos Aires mi ensayo ecolibertario El jardín de las peculiaridades. Curiosamente, este libro ha dado vueltas por circuitos totalmente inesperados. El año pasado fue editado en inglés por la editorial californiana Feral House. Circula en internet y está pirateado en España. También lo están traduciendo al francés y al finlandés. Hace poco los editores de la revista australiana Pataphysics me contactaron para entrevistarme y publicar un segmento en su próximo número. La revista Green Anarchy lo ha ido publicando parcialmente en cada número desde el año 2001. En Chile la revista Mala clase publicó un segmento. Junto a esta presencia ácrata, también he escrito artículos de corte político y un largo poema contra el imperio titulado Pax Americana, que fue leído en algunos actos de oposición a la invasión a Iraq”.

–¿Qué le llevó a EE.UU (motivos personales, profesionales, políticos…)? ¿A qué países ha viajado o quiere viajar y qué influencias recibió usted a lo largo de sus desplazamientos al extranjero?

–Viajé a Estados Unidos para realizar un doctorado en filosofía con mención en Lenguas Románicas. Mientras estudiaba conocí a mi compañera, Janine, la Alondra, y ése fue motivo suficiente para permanecer viviendo en Oregón. He viajado, sin embargo, a varios países, haciendo lecturas o mochileando. En 1998 leí poesía en la Universidad de Sevilla y en 1999 presenté Hotel Marconi en Querétaro, México. También he hecho lecturas en Argentina, Estados Unidos, Bolivia, Brasil y, por supuesto, Chile.

“He vivido dos temporadas en México y una temporada en Holanda. Anduve en camello en el Sahara marroquí y en elefante en la sabana de Sri Lanka. Subí a caballo al cerro ceremonial huichol El Quemado y crucé el río Usumacinta de Chiapas a Guatemala. Recorrí en bicicleta la isla danesa ÆrØ y fumé petanguá en la selva atlántica de Curitiba. También me fui de mojitos en La Habana y viajé de París a Millau luego de que liberaran a José Bové. En fin, he estado en más de veinte países, pero mi sed de ver el mundo nunca se acaba. “El desplazamiento agudiza la conciencia”, escribí por ahí. Y no me cabe duda que viajar abre los ojos y aligera la carga.

“Siempre he querido ser volátil como los gitanos de Lorca o el marinero de Neruda, o trotamundo como los cazadores-recolectores que poblaron Chile. Viajar no es sólo un acto de videncia, sino también de ventriloquia. En mi caso, como hispanoparlante, he tenido a veces que adoptar el inglés –o el francés chapurreado que hablo, o el portuñol ladino– como lingua franca. Sólo creo haber tenido problemas para darme a entender en la República Checa y una vez en una tienda de fotografías en Bangkok”.

–¿Está de acuerdo con la afirmación de Zurita : «Hacemos poesía porque no hemos sido felices»?

–Creo que la felicidad o la infelicidad son condiciones temporales, no categorías definitivas. Aristóteles impuso la idea de que el animal humano estaba condenado a ser feliz. Ésta es la teleología que ha dirigido la causa del progreso en Occidente. Aunque hace años estuve muy deprimido, al punto de quedarme sentado en las cunetas lloriqueando, no creo que uno escriba por infelicidad, ni por carencia ni exceso. Recuerdo que en ese período de gran depresión y alcoholismo, un médico siquiatra me recetó pastillas antidepresivas. Claro que me ayudaron para evitar el suicidio, pero me indujeron a un estado de abulia y marasmo.

“En esa misma época, un periódico popular de Santiago nos entrevistó a Gonzalo Muñoz y a mí a propósito de nuestros libros. Creo haber dicho algo así como que uno escribe para ensoñar las aventuras que se nos ha negado vivir. Ahora no estoy tan seguro de ello. Uno escribe, porque en el acto verbalizador la conciencia se expande y la mente imagina. Para colgarse de una farola, hay que escuchar la pavorosa mirada del muro. Ese acto de profunda creación condujo a Nerval al suicidio. Para deshacer la mesocracia también se requiere de un acto de creación conducido por la mente que imagina.

“El poder –y el riesgo– que tienen los poetas es la facilidad de videncia. La diferencia entre ese poder y el del brujo, dice Carlos Castañeda, es que este último puede mover su punto de encaje a gusto a fin de volar hacia la libertad total. Para mí, tener ese poder y despilfarrarlo en el nicho de la infelicidad, es un gesto romántico y modernista. Es temerle a la liberación. Cada palabra que se pronuncie, resuena. Y dicha palabra se concretiza en el tiempo, que no es lo mismo que la linealidad con que se domestica al mundo. La autocompasión impide la libertad.

–¿Cuántas obras ha publicado usted? ¿Sólo se trata de poesía o no?

foto–He publicado cinco libros de poesía, entre los que destaco Hotel Marconi (Santiago de Chile, 1998), Correo negro (Buenos Aires, 2001) y Escrivania (México, 2003); además de un libro de ensayo, El jardín de las peculiaridades (Buenos Aires, 2002), reeditado recientemente en inglés (The Garden of Peculiarities, Los Angeles, California, 2005).

–¿A qué se dedica además de la escritura?

–Además de escribir, ejerzo la docencia universitaria y traduzco. También soy aprendiz de jardinero y permacultor principiante.

– ¿Tiene proyectos de publicaciones, de conferencias?

–En este instante termino de corregir Sincronía animal, que espero publicar pronto. Además, Cuarto Propio va a reeditar este año Hotel Marconi** en una edición bilingüe para ser distribuida en EE.UU. Preparo también una compilación de poemas selectos traducidos al portugués y una antología de ensayos anticivilizatorios –en colaboración con Amado Láscar– que Lagos Nilsson publicará en Santiago de Chile: Rebeldes y terrestres.

“En abril tenemos pensado realizar con Paul Dresman una lectura bilingüe a dúo en la librería Tsunami de Eugene para celebrar los diez desde nuestro primer encuentro. Y en mayo iré a Vancouver, Canadá, para participar en el 4to. Festival de Poesía Hispánica que se realizará en la Universidad de British Columbia”.

–¿Qué piensa usted de su reconocimiento o aceptación en su país o en el extranjero? ¿Se considera famoso? ¿Ya ha recibido premios o becas por su trabajo poético?

–Creo que la fama es una condición ficticia elaborada por la ideología. Ser famoso es aparecer en ciertos medios de comunicación, reproducir los modelos dominantes de perpetuación del orden existente y ser partícipe del espectáculo. Sin embargo, hay otra fama: la que va de boca en boca a través del tiempo y que murmura silenciosamente con voz numinosa. Ésa es la fama de los clásicos. Por supuesto, hay diversos circuitos de circulación.

“Creo que mis libros son desdeñados por la oficialidad, pero leídos en ambientes contraculturales. El único reconocimiento oficial que he recibido en Chile ocurrió el año pasado al obtener la beca del Fondo del Libro y la Lectura por mi libro Sincronía animal. Bueno, años antes, en 1989, también fui becado por la Fundación Neruda.

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“Quizás el premio más significativo haya sido el otorgado a Correo negro por la revista contracultural argentina Perro negro. Si bien este premio no significó gratificación monetaria alguna, fue un aliciente a la poesía, puesto que participaron en el concurso poetas de la talla de Álvaro Leiva (izq.) y Luis Chaves. Fue, de hecho, por este último que me enteré del premio, al recibir un correo de felicitación que me envió mientras viajaba por España. A veces, el mejor reconocimiento es el que brindan otros poetas”.

–¿Qué actitud ha manifestado la crítica hacia sus obras?

–En general, mis libros han caído al descampado crítico. Es, sin embargo, en la academia y en el mundo literario, donde he visto notas y reseñas más generosas.

La española Jacqueline Cruz reseñó Hotel Marconi en la revista Atenea. Álvaro Leiva también ha escrito sobre mi trabajo, tanto en su tesis doctoral como en artículos académicos. Benito Escobar Vila escribió sobre la imagen de la ciudad en Lugar de origen para su tesis en literatura y estética de la Universidad Católica.

“Hace poco, Rodrigo Naranjo** me envió un excelente comentario sobre Hotel Marconi. Lagos Nilsson se ha referido a mis textos en varias notas aparecidas en internet. El poeta argentino Horacio Fiebelkorn ideó el término “realismo onírico” para referirse a Escrivania y a otros libros afines. Paul Dresman definió Hotel Marconi como “una temporada en el infierno” y lo compara al momento de escritura de Trilce. En el mundo angloparlante, mi ensayo El jardín de las peculiaridades [The Garden of Peculiarities] ha tenido una fuerte repercusión, generando críticas positivas de John Zerzan, Chellis Glendinning, Ward Churchill y Derrick Jensen”.

…Hablemos en particular de Hotel Marconi: ¿qué le incitó a escribir dicho poemario y qué temas le parecen más significativos en éste?

–Ésta es la pregunta más difícil. ¿Por qué uno escribe un libro de poemas? Puedo especular, pero en realidad no sé. La escritura misma es la respuesta.

“Tal vez porque escribiendo ese libro miraba desde afuera, aunque todo fuese raro y terrible. Tal vez porque escribiendo ese libro siempre asumí que la locura hallada allí pertenecía al personaje y no a mí. Tal vez porque esa locura fue inoculada por la violencia y la gris depresión de un largo país con uniforme. Tal vez porque la locura fue desatada por la cocaína y el trago, y ésa no era exactamente la alegría que esperábamos. Tal vez porque nunca me curé de la depresión. Tal vez porque el Cholo es la encarnación del fascismo y Marlowe la caricatura de una ciudad. Tal vez porque nací en Marconi, la calle sin salida a la que algunos taxistas rehúsaban entrar. Tal vez porque también hay un Hotel Marconi en la Estación Central de Santiago y otro en San Francisco, donde Ginsberg se alojó la primera noche que pisó la costa oeste norteamericana. No sé.

La editorial Cuarto Propio dice en su catálogo que Hotel Marconi “expresa la experiencia de un hablante marginal, cuyo escenario es el encierro, la ciudad, Chile, el mundo de la literatura, el cuarto de un hotel de segunda clase”. Tal vez es un manicomio deformado por el espejo de la autodestrucción, el suicidio, la intoxicación. Tal vez es un tránsito, una transición hacia otros cuartos de realidad”.

–¿Qué simboliza para usted el lugar Hotel Marconi? ¿Ha querido usted proponer en esta obra un recorrido, un viaje y qué representa éste? ¿Constituye este hotel una etapa, una pausa en dicho recorrido?

–Para estar en tránsito, hay que pasar por distintos lugares, devenir en pasajero. Curiosamente, Hotel Marconi es un libro que no pude terminar en Chile. Debí salir del país para poder finalizarlo, convertirme definitivamente en un viajero. Es también mi transición personal de lo urbano a la naturaleza, que comienza a atisbar en Correo negro y Escrivania para aflorar con plenitud en Sincronía animal. Para Rodrigo Naranjo es como si la casa de Martínez -que se desmorona con el bombardeo de la Moneda– se hubiese transformado en un hotel. Y yo concuerdo plenamente con él. Hotel Marconi es “un lugar de paso, un traslado, un tránsito, un interregno donde se cruzan distintas direcciones y salidas”. Es un libro de transición.

–¿Cuál es su objetivo al insertar en un espacio restringido (un cuarto de hotel) una multiplicidad de voces poéticas y una cultura amplia (cine, música, paratextualidad…)? ¿Qué papel juega el bilingüismo en su poemario (y en sus demás obras)?

–La sonajera que producen los estados-nacionales, con su bochinche y serpentinas, aturde al ser, que termina sintiéndose a gusto en el corral impuesto. Cuando escribí Hotel Marconi yo no estaba consciente de ello, pero bien recuerdo la sensación de corral, de “pieza oscura”, de espacio restringido que sentía en mi cuerpo.

El poeta Álvaro Ruiz le llama a esa sensación “el retén”. Es como un pasillo oscuro donde te escupen y golpean, y te dan un lumazo de costado. Las referencias culturales son las obsesiones que me habitaban entonces y que, paradójicamente, pueden amurallar o liberar. Aunque Hotel Marconi ya no es el ghetto de Lugar de origen, sino la ciudad, todavía es una zona controlada, un campo de concentración.

Son, precisamente, en las interzonas donde se halla la libertad, intensa y salvaje. Allí es adonde marcha el sujeto, que es la zona de la escritura.

“Y esa escritura es polívoca, multilingüe, transnacional.

Obviamente, a estas alturas, el bilingüismo es parte de mí: soy un sujeto bicultural. En aquel entonces era una transición, la intromisión del inglés en la lengua materna y la liberación del “horroroso” lenguaje, que encapsula, simetriza y petrifica. Pero por otro lado, siempre me han interesado los idiomas. He estudiado alemán varias veces sin éxito. Chapurreo el francés, recreo el portuñol, castellanizo el inglés, chilenizo el español. Malentiendo el latín. Y lamento, profundamente, no hablar mapudungun ni árabe”.

–¿Cómo considera este poemario en su recorrido poético?

–Además de ser, en muchos sentidos, un libro de transición, es un libro que captura una atmósfera que se presiente y que ya no se puede asir. Sin embargo, está ahí. Creo que Hotel Marconi me acompañará por mucho tiempo. Creo también que, de algún modo, yo sigo sentado en la cama del cuarto, revisando mis poemas con un cigarrillo oscuro entre mis labios. La poesía crea imágenes eternas.

–¿Cuáles son las peculiaridades del discurso poético de Hotel Marconi?

–Junto a la configuración multívoca, que retrata la subjetividad múltiple de los personajes del manicomio, hay un trazo fugaz que elimina lo retórico y construye la imagen exangüe y blanquecina de un paisaje agotado –como solitario en peladero–. Es además una dicción adictiva, que engancha y encierra.

–El Yo que habla en los textos ¿quién es? ¿un viajero, un turista, un marginal, un abandonado…? ¿Por dónde se desplaza el hablante, qué lugares, qué territorios…?

–Si supieras por dónde se desplazó ese habitante, me preguntarías otras cosas; por ejemplo: ¿cómo se actualiza la interzona de William Burroughs en el contexto chileno? La interzona es una franja intersticial en la que, a decir de Hakim Bey, brotan zonas temporalmente autónomas. Hotel Marconi es una interzona, y cada poema es un raconto de situaciones límites con fechas y apellidos. Es también una recreación del precipicio. Su escenario son “los territorios de la sombra”, el “lugar de origen” de un mundo incierto. Es, en rigor, un paisaje mental, pero también un espacio concreto: la antesala de un viaje, una fuga, una larga y profunda aventura.

“Sociológicamente, se puede decir que el hablante es un desadaptado que vive en la marginalidad y, sicológicamente, que es un extraño en el mundo. Pero bien es sabido que ni la sicología ni la sociología son capaces de explicar un poema. Cuando pienso en esa época, veo una pitilla a punto de cortarse, un espejo solitario y un hilo invisible del que pende toda la realidad”.

–¿Aparece usted en alguna antología?

Hace poco me contactó Alexis Figueroa para que lo autorizase a publicar una selección de mis poemas en una antología que proyecta junto a José María Memet y que publicará Chilepoesía. Creo haber sido incluido además en unas doce antologías, entre las que destaco: Ciudad poética post (diez poetas jóvenes chilenos), editada en 1992 por Luis Ernesto Cárcamo y Oscar Galindo, Antología de la poesía joven chilena, preparada por Francisco Véjar y publicada por la Editorial Universitaria en 1999 y reeditada en 2003. También figuro en las ediciones españolas La poesía hispánica de los Estados Unidos y Luz roja: poesía chilena, ambas publicadas en Sevilla en 2001 y 2005, respectivamente. En 2002, Yanko González Cangas me incluyó en la antología Carne fresca: poesía chilena reciente publicada en México. En el volumen 23 de la revista The Americas Review fui antologado en la compilación de escritores latinos del noroeste de los Estados Unidos, y hace poco aparecieron unos poemas míos traducidos al inglés en la antología neoyorquina Igniting a Revolution.

–¿Le gustaría participar en festivales poéticos o recitales? ¿Ya lo ha hecho?

–Cada vez soy más reacio a los festivales poéticos y más proclive a las lecturas retrospectivas.
La primera vez que salí de Chile fue en 1989. Viajé a Argentina para participar en un Festival Latinoamericano de Poesía. Alexis Figueroa, Guillermo Valenzuela, Víctor Hugo Díaz y yo viajamos en un bus desde Santiago hasta la estación Retiro en Buenos Aires. Allí conocí a Jorje Lagos Nilsson y entablé amistad con los jóvenes poetas argentinos, especialmente con Daniel Durand.

“En esa misma época, solía ir a Concepción y a Tomé, quedándome, indistintamente, en las casas de los poetas Alexis Figueroa y Tomás Harris, para participar en lecturas maratónicas que terminaban en desastres o borracheras. Por cierto, lo pasábamos muy bien. Y tal vez los festivales sean buenos para eso: conocer gente y entablar nuevas amistades. Prefiero, sin embargo, los recitales. Son más íntimos, más reales.

“Hace cuatro años leí en Monterrey junto al poeta mexicano Guillermo Meléndez. Nuestro anfitrión fue Alvaro Ruiz. En ese mismo año, Luisa Alarcón me presentó en la Universidad Autónoma de Querétaro. Un año después hice una lectura retrospectiva en el barrio Bellavista de Santiago.

El año pasado leí en La Paz, en una bella sesión organizada por el poeta y crítico boliviano Leonardo García-Pabón. En Curitiba hice una lectura bilingüe en la Feira do Poeta, frente a una numerosa audiencia que atenta escuchó mis poemas y la ceremonia previa de presentación del chamán mapuche Manche Maquehue.

“En Buenos Aires leí junto al costarricense Luis Chaves y al argentino Horacio Fiebelkorn, en una sesión privada y familiar, donde también compartimos con el poeta Juan Desiderio.

“En todos esos recitales tuve la sensación de conectarme con una sensibilidad real, entregando trozos de mí, genuina y abiertamente, sin mediación. Esa interconexión me es mucho más gratificante que la lectura sorda y egomaníaca, predominante a veces en los festivales de poesía”.

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–¿Qué consejos les daría a los jóvenes poetas principiantes?

–Recuerdo un cuento de Bukowski en que un periodista le hacía esta misma pregunta a un viejo escritor conservado en alcohol y malos recuerdos. Él le decía que lo único que podría recomendarle a los jóvenes escritores era que tiraran (follaran), bebieran y escribieran. Yo no seré tan crudo. Comparto, eso sí, lo de escribir –y leer- con constancia y pasión. De otro modo, no se puede. Por supuesto, hay que amar con todo: ojos, brazos, labios. Involucrar el cuerpo, el espíritu y la mente. De otro modo, tampoco se puede.

“También me parece necesario alterarse, en el sentido de volverse otro. Y con esto me refiero a la “capacidad negativa” de la que hablaba John Keats: estar y no estar al mismo tiempo, como un mago que mira tras el visillo. Quizás el mejor consejo sea no seguir ningún consejo, ni darlos tampoco, porque la ubicuidad es multidimensional”.

–¿Nota usted una influencia aún vigente de los grandes modelos Nicanor Parra, Neruda, Mistral, Huidobro en la poesía chilena actual ? ¿Se considera usted un continuador de esta poesía o quiere romper definitivamente con ella?

–Creo que mi generación estuvo mediatizada en su emergencia por Lihn y Teillier, que fueron las poéticas gravitantes alrededor de las cuales revoloteamos durante un tiempo. Sin lugar a dudas todos leímos el pentagrama clásico: Huidobro, Mistral, Neruda, De Rokha (arriba der.) y Parra. Tal vez el discurso parriano sea el que mayor vigencia tenga hoy en día, como en su momento el influjo de Neruda fue atosigador.

“Yo soy un híbrido: mezclo y proceso todo. En tal sentido, no preservo ni destruyo. Vago solo. Creo que me he ido abriendo camino entre los matorrales con un machete de mango hecho a mi medida. Eso es todo. Vale”.

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* De la Universidad de Provenza (Aix-Marseille 1).
Nacido en 1974 en Gap (Altos Alpes, Francia), Benoît Santini estudia en la ciudad de Aix-en-Provence e inicia la carrera de Fililogía Hispánica en 1992 en la Universidad de Provenza. Aprueba su Maestría y su DEA (Diploma de Estudios Profundizados) cuyo tema es la poesía de Raúl Zurita, bajo la dirección de Adriana Castillo de Berchenko, en los años 1996 y 1997. Tras su servicio militar en la Escuela Militar de París Benoît emprende su Doctorado. Terminando su tesis, da clases en un liceo de la región parisina y en la Universidad de Saint-Quentin-en-Yvelines. Prepara actualmente estudios y ponencias sobre Óscar Hahn, Gabriela Mistral y el panamericanismo.

**El texto de Rodrigo Naranjo a que se refiere Sepúlveda puede leerse en Piel de Leopardo aquí.

Addenda
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La edición bilingüe –castellano/inglés– de Hotel Marconi se publicó en agosto/setiembre de 2006 en Santiago de Chile. La portada es del artista plástico chileno Ivo Vergara (der.), residente en México.

La versión francesa de El jardín de las peculiaridades (Le jardin des singularités), fue traducida por Dimitri Fragata; probablemente se publique una edición francocanadiense en diciembre de este año.

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