Oct 7 2012
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OpiniónPolítica

Epicentro sísmico de Siria: reverberaciones en Turquía, Líbano y Jordania

El reloj del juicio final, que maneja el Boletín de Científicos Estadunidenses, fue colocado este año a cinco minutos de la medianoche, pero es muy probable que debido a la delicada coyuntura en Medio Oriente –donde prácticamente todos sus países padecen las convulsiones de la crisis sísmica siria a diferentes gradientes– tenga que ser adelantado ominosamente cercano a su lindero fatídico.

Hay que tomar muy en serio las advertencias de Bob Gates, ex mandamás del Pentágono, en el Foro Norfolk, donde comentó que un ataque unilateral de Israel contra las instalaciones nucleares de Irán tendría consecuencias “catastróficas” para los “intereses vitales de Estados Unidos (EU) en la región” (ICH, 5/10/12).

Gates advirtió que “Israel no cuenta con un cheque en blanco” para su aventura militar contra Irán. Tampoco pasó por alto la grave situación de EU, que se encuentra al borde de una “insolvencia financiera” debido a la parálisis producida por inextricable querella de sus dos partidos polarizados que “se encuentran más preocupados por ganar las elecciones que en salvar el país”, a mi juicio, señal inequívoca de la decadencia.

El panorama medio oriental es desolador y la inocultable guerra civil en Siria se ha gangrenado para involucrar ahora directamente, después de su fase furtiva, a los actores fronterizos y/o cercanos, quienes participan activamente del lado de las partes confrontadas, dependiendo del caso específico: Turquía, Jordania, Qatar y Arabia Saudita, del lado de los alzados, con bendición de EU/OTAN; Irán y el Hezbolá chiíta libanés, del lado del régimen del atribulado Bashar Assad, quien aún goza del apoyo de Rusia y China cuando la oposición se encuentra atomizada sectariamente.

Las lealtades regionales se han balcanizado, de acuerdo con las sectas y etnias de cada país específico, como Irak y Líbano: sus sunitas con los rebeldes sirios y sus chiítas con sus correligionarios alawitas de Assad.

Medio Oriente sufre los prolegómenos de una guerra teológica que no se atreve a pronunciar su nombre entre sunitas (práctica y respectivamente 80 por ciento de los mundos árabe e islámico) y chiítas (práctica y respectivamente 15 por ciento de los mundos árabe e islámico), con 5 por ciento de otras denominaciones teológicas.

En Irán, la situación económica y financiera se ha deteriorado dramáticamente y ha llevado a una fronda de comerciantes y trabajadores. Las draconianas sanciones de la ONU, encabezadas por EU, han causado un “casi colapso” del rial (¡50 por ciento!) y al desplome de sus exportaciones de crudo por 50 mil millones de dólares, lo cual tiene efectos restrictivos en la ayuda de la teocracia persa a Assad.

La gangrenización de Siria envuelve ya a Líbano: con fuertes tensiones entre sus múltiples sectas fracturadas y antigravitatoriamente aún cohesionadas, primordialmente, entre sus sunitas (afines a Arabia Saudita/Qatar) y su chiísmo (Hezbolá/Partido Amal), íntimo de Irán.

Todas las fronteras de Siria –salvo las alturas del Golán ocupadas por Israel– se encuentran incendiadas en diferentes grados y hoy su foco mayor radica en la trasfrontera de Turquía (único país islámico miembro de la OTAN) –desde el derrumbe de un avión otomano en el espacio aéreo sirio pasando por el resurgimiento de las intenciones independentistas kurdas hasta el intercambio de ataques con el ejército sirio que cobró cinco vidas turcas– puede desencadenar una guerra regional de varios actores que puede jalar a la OTAN.

En Jordania, otra frontera de Siria, el rey Abdalá II disolvió el parlamento y citó a nuevas elecciones (Petra, 4/10/12). El polémico portal Stratfor (4/10/12), con fuertes vínculos con Israel (desde George Friedman hasta Robert Kaplan) apuesta a la inestabilidad de Jordania y al surgimiento de los “envalentonados (sic)” Hermanos Musulmanes, quienes exhibieron su musculatura en las manifestaciones del 5 de octubre.

Los Hermanos Musulmanes “planean boicotear las próximas elecciones parlamentarias”, lo cual, a juicio de Stratfor, “explota la debilidad de la monarquía jordana”, al unísono de una “endeble economía”.

Stratfor reduce en forma maniquea, cual su costumbre, las facciones de Jordania a “dos principales grupos étnicos (sic), los jordano-palestinos y la tribu de la parte oriental del río Jordán”, cuando su distintivo no es “étnico” (los dos grupos son “árabes”), sino la expresión de sus subnacionalismos.

Stratfor se contradice cuando cataloga a las “tribus de la parte oriental del Jordán” (40 por ciento de la población) como “ciudadanos de origen palestino (¡supersic!), además de una variedad de otras tribus beduinas”. Atribuye en forma muy frívola el deterioro de la relación entre los beduinos y el rey a su matrimonio con la reina Rania (de origen palestino), lo cual concedió enormes privilegios tanto en el gobierno como en el sector privado al grupo de “palestinos-jordanos”. Esto es una reverenda aberración, ya que el ascenso de los “palestinos-jordanos” se debe a su óptimo nivel educativo (uno de los mayores en el mundo árabe, en similitud a los libaneses).

A juicio de Stratfor, los Hermanos Musulmanes abrevan su membresía de “ambos grupos étnicos (sic) dominantes”.

Los Hermanos Musulmanes obtuvieron gran poder durante las elecciones parlamentarias de 1989, lo cual contrarrestó la monarquía con mayores candados restrictivos para su ulterior expansión, a lo que se rebelaron los afectados mediante su continuo boicot del sufragio inequitativo. Las protestas masivas, que exigen ineludibles reformas, es susceptible de instaurar una monarquía constitucional con régimen parlamentario, en imitación de Marruecos, donde el primer ministro sea elegido por el parlamento en lugar de ser designado discrecionalmente por el rey.

La pésimamente apodada primavera árabe –que entró en su fase invernal– ha tenido como resultado el ascenso irresistible de los Hermanos Musulmanes, quienes no iniciaron ni la Revolución del Jazmín en Túnez ni la Revolución de las Pirámides en Egipto, pero que astutamente se subieron al tren revolucionario como sus inesperados triunfadores, lo cual se debe, en gran medida, a su clandestina organización transgeneracional –de corte teo-socio-político (muy parecido al Hezbolá chiíta libanés)– desde 1928 en Egipto, donde ya gobierna uno de los suyos, el presidente Mohamed Morsi.

La ola imponente de los Hermanos Musulmanes cunde en los cuatro rincones del mundo árabe: desde el norte de África pasando por Siria hasta las seis petromonarquías del golfo y toca las puertas del reino jordano, donde el grupo palestino Hamas (que gobierna Gaza) puede resultar beneficiado por sus dobles nexos tanto con sus connacionales “palestino-jordanos” como con sus correligionarios Hermanos Musulmanes.

El epicentro sísmico de Siria se reverbera ya a Jordania desde los bastiones sirios de los Hermanos Musulmanes en Hama y Homs.

Curioso: el rey jordano Abdalá II “dejó pasar” el gran flujo de armas desde su reino para nutrir la rebelión de los Hermanos Musulmanes en Siria (los eternos enemigos del régimen de los Assad desde 1971) y no es nada improbable que, conforme afiancen su control en varias regiones de Siria, provoquen un efecto bumerán que desestabilice a la monarquía y a todas sus fronteras incandescentes.

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