Feb 27 2012
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PolíticaSociedad

Estados Unidos, choque entre civilizaciones

Debajo de las calles un trombón y una trompeta de dos afroestadunidenses se divierten persiguiendo notas de una rola estilo Nueva Orleáns. Del otro extremo de una larga estación del metro, un chino ofrece invitaciones a unas notas muy diferentes del otro lado del mundo con un instrumento tipo violín, pero de una sola cuerda.

Un trío poblano acaba de bajar de un vagón donde ofreció una canción de amores derrotados, y un banjo y pandero en otra estación de las catacumbas de Nueva York resucita rolas de raíces escocesas e irlandesas que se conocieron en los montes Apalaches, zona minera y de extrema pobreza. Los que escuchan sonríen, a veces hasta se mueven al compás; son árabes, africanos, latinoamericanos, asiáticos que representan multitud de civilizaciones e historias. Pero uno sube a la superficie después de este viaje subterráneo lírico y de cantos entre una cultura y otra sólo para encontrarse con sangre y tambores de guerra.

En la superficie, uno vive en un pa√≠s que lleva m√°s de una d√©cada en estado de guerra. Un pa√≠s donde todos los d√≠as unos pol√≠ticos deciden si bombardear o no los or√≠genes de esta m√ļsica. Donde todos los d√≠as la conversaci√≥n entre pol√≠ticos, ¬ęexpertos¬Ľ y estrategas geopol√≠ticos, educados en las mejores universidades, contemplan el pr√≥ximo ataque y tratan de medir qu√© grado de brutalidad debe tener. No se detienen mucho en considerar cu√°ntos m√ļsicos morir√°n, cu√°ntos maestros y estudiantes, cu√°ntos poetas, cu√°ntos astr√≥nomos, cu√°ntos bailarines, cu√°ntas madres, hijos, hermanos, novios m√°s ser√°n las pr√≥ximas v√≠ctimas an√≥nimas de la actividad m√°s absurda y obscena del poder. Vivir esta cotidianidad es una sensaci√≥n muy particular, dif√≠cil de describir, casi inaguantable de sentir. Vivir en un pa√≠s que lleva a cabo matanzas de otros pueblos mientras todos observan las escenas macabras por televisi√≥n, o ahora Internet, como si fuera un show m√°s.

Claro que todos afirman que ¬ęla guerra es el infierno¬Ľ y que hay que evitarla a cualquier costo. Desde el presidente a cualquier ciudadano. Pero impera la versi√≥n oficial (aunque hay que reconocer que se expresa amplia disidencia por todas partes) de que, ante tanto ¬ęmal¬Ľ en el mundo, este pa√≠s, m√°s que cualquier otro, tiene la ¬ęresponsabilidad¬Ľ de velar por el ¬ębien¬Ľ, por la ¬ęlibertad¬Ľ y los ¬ęderechos y valores humanos fundamentales¬Ľ. La propaganda tan exquisitamente desarrollada en este pa√≠s sigue funcionando.

No es nada nuevo. Estados Unidos proclam√≥ que √©ste era el ‚Äúsiglo americano‚ÄĚ desde hace d√©cadas, junto con toda la ret√≥rica casi desde el origen del pa√≠s de que √©ste era ahora el ¬ępueblo elegido¬Ľ. As√≠ se exalt√≥ durante los inicios de la Segunda Guerra Mundial, y fue despu√©s de ella cuando este pa√≠s surgi√≥ como la potencia suprema del planeta. Como record√≥ recientemente el historiador Andrew Bacevich, de la Universidad de Boston, en un ensayo en Chronicle of Higher Education, fue Henry Luce, editor de Life, quien en 1941 defini√≥ eso del ‚Äúsiglo americano‚ÄĚ como un tiempo en el que Estados Unidos ¬ęcompartir√≠a¬Ľ tanto su Constituci√≥n como sus productos con el mundo. Adem√°s, tendr√≠a una misi√≥n casi religiosa: ¬ęahora tenemos que ser el buen samaritano del mundo entero¬Ľ, y que eso implicaba responder a un deber ‚Äúcomo la naci√≥n mas poderosa y vital del mundo‚Ķ para ejercer sobre el mundo el impacto pleno de nuestra influencia para los prop√≥sitos que veamos convenientes y por los medios que consideremos convenientes‚ÄĚ.

Esa ret√≥rica contin√ļa casi textual hoy d√≠a. Mitt Romney, el favorito de los precandidatos presidenciales republicanos, recientemente pronunci√≥ un discurso en el que afirm√≥ que ‚Äúeste siglo tiene que ser un siglo americano, en el cual Am√©rica tiene la econom√≠a m√°s fuerte y el poder militar m√°s fuerte del mundo‚ÄĚ.

El presidente Barack Obama afirm√≥ que Estados Unidos es ¬ęla √ļnica naci√≥n indispensable en los asuntos mundiales, y mientras sea presidente, mi intenci√≥n es mantenerla as√≠¬Ľ. En su informe a la naci√≥n a finales de enero agreg√≥: ‚ÄúAm√©rica est√° de regreso. Cualquiera que les diga otra cosa, cualquiera que les diga que est√° en declive o que nuestra influencia ha disminuido, no sabe de lo que est√° hablando‚ÄĚ.

Pero claro que todos saben que Estados Unidos pierde su supremacía mundial en todos los rubros, menos uno.

Bill Ayers, veterano activista contra las guerras, desde los 60 hasta ahora, coment√≥ a La Jornada hace poco: ¬ęvivimos en una potencia imperial en declive econ√≥mico, pol√≠tico y cultural, pero que sigue siendo la potencia militar suprema del mundo; eso es sumamente peligroso para todos¬Ľ.

Esta insistencia casi hist√©rica en ser ¬ęla potencia militar sin igual¬Ľ se promueve de mil maneras todos los d√≠as en este pa√≠s. Casi todo acto deportivo incluye un rito de homenaje a los militares. En la televisi√≥n se promueve el estreno de una nueva pel√≠cula de Hollywood, Acto de valor, que se distingue porque todo el elenco es integrante de la fuerza de operaciones especiales SEALs (la que asesin√≥ a Osama Bin Laden). Los juegos de video m√°s promovidos son los de guerra. El anuncio publicitario m√°s reciente de la marina en televisi√≥n afirma que ese servicio militar es ¬ęa global force for good¬Ľ, frase que tiene dos sentidos: ¬ęuna fuerza global para el bien¬Ľ y ¬ęuna fuerza global para siempre¬Ľ.

La c√ļpula pol√≠tica y varios sectores de este pa√≠s parecen no hartarse de sangre.

Mientras tanto, la m√ļsica se escucha en las catacumbas de Nueva York y en otras partes por todo este pa√≠s. La convivencia entre versos, ritmos y armon√≠as rescata milagrosamente la vida abajo mientras se debate la muerte arriba. Ojal√° un d√≠a toda esa m√ļsica salga a la superficie y alcance tal volumen que calle los tambores de guerra. Tal vez entonces se podr√° empezar a limpiar tantas manchas rojas que empapan la historia de este siglo que dicen que es americano, pero que es de todos nosotros.

*Corresponsal de La Jornada de México en EEUU

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