Jun 23 2011
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Ciencia y TecnologíaSociedad

Estados Unidos, salud: política de cáncer y cáncer en el cuerpo político

Max J. Castro.*

Contraer cáncer es algo terrible, a pesar del hecho de que constantemente aparecen nuevos fármacos y procedimientos, los que mejoran las posibilidades de supervivencia de muchos pacientes, incrementan la expectativa de vida de otros y aumentan la calidad de vida de los de menos fortuna. En algunas áreas, el futuro del tratamiento del cáncer ha llegado, pero no para todos. Como reportó The Miami Herald en su edición del 14 de junio, la quimioterapia, una de las formas más comunes de tratamiento conjuntamente con la cirugía y la radioterapia, y que tradicionalmente se ha administrado por vía intravenosa en ambiente hospitalario, ahora viene en forma de píldora que se puede tomar en casa.

Suena bien, pero hay un gran problema, porque cuando el paciente de cáncer va a comprar la receta que le dio el médico, recibe el segundo peor susto de su vida. Sucede cuando el farmacéutico les dice cuando le cuesta la dosis de un mes de la nueva píldora de quimioterapia. The Herald presentó el caso de Rita Moore, de 65 años, quien tiene cáncer renal.

Si el temido diagnóstico de la gran C no fuera suficiente, cuando Moore fue a la farmacia le suministraron una segunda dosis de malas noticias, El farmacéutico le dijo que un mes del producto recetado por el médico le costaría $2 400 dólares, un pago compartido más allá de la parte pagada por Medicare, lo que significa que los $2 400 tendrían que salir de su propio bolsillo. Al igual que la abrumadora mayoría de ancianos norteamericanos, el bolsillo de Moore no es tan profundo, a pesar del hecho de que ella sigue trabajando aún después de haber alcanzado la edad de jubilación.

Moore dijo al periódico que lloró cuando oyó el precio del medicamento. “¿Qué se puede hacer si no se puede pagar la única cosa que puede darle a uno algo de calidad de vida? Me sentí desolada. No supe qué hacer”.

Deben estar llorando en todo Estados Unidos, porque la amarga experiencia de Moore no es única. Según AARP, una organización defensora de los ancianos, durante los últimos cinco años el precio de las medicinas más recetadas a personas de la tercera edad aumentó 41,5 por ciento, tres veces el costo de la vida. Solo en 2009, la AARP reporta que el costo de los 217 medicamentos más utilizados por norteamericanos de la tercera edad aumentaron 8,3 por ciento. Durante el mismo año, el índice de precios del consumidor subió en solo 3,4 por ciento.

Por lo tanto, es trágico, aunque no sorprende a nadie que, como publicó un estudio de Journal of Oncology Practice y citado por el Herald, 16 por ciento de los pacientes no compraron una receta inicial para píldoras contra el cáncer. Como es usual en nuestro sistema de salud, todo el mundo sufre, pero los que tienen menos dinero sufren más.

¿Quién es el culpable de esta situación desmesurada?

Como descubrió el reportero del Herald, los grandes actores en este drama —compañías farmacéuticos, suministradores de seguros de salud, incluso funcionarios de Medicare— niegan su responsabilidad y señalan a las otras partes.

Una cosa es cierta: las compañías farmacéuticas ponen precios obscenos y cosechan enormes ganancias con los nuevos medicamentos de los cuales tienen el monopolio. Estas compañías son propietarias de las patentes, lo cual hace ilegal que otros fabricantes produzcan genéricos más baratos. Pharma, el grupo de cabildeo para la industria farmacéutica, posee también una buena proporción de congresistas norteamericanos. Sus inmensas donaciones a las campañas políticas han impedido tan siquiera intentos tímidos por limitar los gastos de los pacientes en medicamentos, incluso la importación de fármacos de Canadá o de otros países, o utilizando la enorme influencia del gobierno federal para negociar con las compañías farmacéuticas precios menores a los productos comprados por medio de Medicare.

Esta es, después de todo, la misma industria que a pesar del número de muertes parecido al Holocausto que el SIDA ha provocado en África y otras regiones pobres del mundo en la década de 1990 y más allá, continuó vendiendo a precios exorbitantes sus medicamentos patentados para el SIDA. Utilizó las armas gemelas del sistema judicial y al gobierno de EE.UU. (durante la administración Clinton, presidente entonces y ahora filántropo) para luchar con uñas y dientes, por medios legales y políticos, para evitar que otros país fabricaran versiones más baratas de los productos que salvaban vidas.

Esta fiera protección de la “propiedad intelectual” –incluso en medio de una epidemia que en alcance y mortalidad rivalizaba con las catástrofes de la peste bubónica en la Edad Media y la pandemia de la influenza de 1918— por parte de las compañías farmacéuticas amparadas por el poderío de Estados Unidos costó la vida a millones de personas, principalmente africanas. Uno debe preguntarse si las compañías farmacéuticas, los líderes políticos y los tribunales hubieran asumido una actitud diferente si la mayoría de las víctimas hubieran sido norteamericanas o europeas.

Si las industrias pudieran ser procesadas por crímenes contra la humanidad, seguramente la industria farmacéutica global estaría sentada en el banquillo de los acusados en La Haya, junto con las tabacaleras y los fabricantes de armas para responder por su total desprecio por la vida humana en su búsqueda de beneficios máximos. Pero mientras el Tribunal Supremo de Justicia de EE.UU. ha declarado que las corporaciones son personas cuando se trata de hacer donaciones de campaña, las industrias que son las mayores suministradoras de muerte en el planeta nunca tienen que enfrentarse a la justicia.

Ahora que las compañías farmacéuticas están cobrando precios astronómicos a los norteamericanos por los nuevos medicamentos contra el cáncer, estamos pagando las consecuencias, aunque en menor escala. Ahora, con una población que envejece cada vez más y el desarrollo de nuevos medicamentos y tratamientos, estamos cosechando las recompensas de nuestro sistema de medicina mercenaria, un sistema en el que las compañías farmacéuticas, los suministradores de seguro, los hospitales privados y algunos médicos ganan enormes sumas de dinero a expensas del bienestar de los pacientes y el bolsillo de los contribuyentes.

Desafortunadamente, la suavizada ley de salud firmada por Obama y ahora en su temprana etapa de implementación, aunque es un pequeño paso en la dirección adecuada, no es de ninguna manera la reforma verdaderamente transformadora de un sistema de cuidados de salud basado en la ganancia, un sistema que cuesta a la nación como el doble per cápita de lo que gastan otras naciones ricas que dan cobertura universal y obtienen tan buenos o mejores resultados de salud, por medio de indicadores tales como mortalidad infantil y expectativa de vida, que nuestro no-sistema de parches.

La difícil situación actual de ancianos enfermos de cáncer en EE.UU., así como los que sufrieron de SIDA en África en décadas anteriores y hasta hoy, ilustra lo que en la terminología de los del Tea Party y de los demagogos y fanáticos del Partido Republicano “está mal hoy en Washington”. Sin embargo no es lo que los falsos populistas derechistas y el Partido Republicano en manos de las corporaciones y las legiones de falsos miembros del Partido Demócrata argumentan: el gran gobierno, las elites fuera de la realidad y los burócratas que ganan demasiado.

Lo que realmente está mal en Washington –y el país— es lo que Ken Phillips (ex brillante maquiavélico estratega del Partido republicano, el cual inventó la tristemente célebre “estrategia sureña” que al utilizar la carta de la raza convirtió el apoyo de los demócratas a los derechos civiles para los negros en la década de 1960 en un sólido apoyo a los republicanos en los antiguos estados confederativos durante más de una generación, y que más recientemente se convirtió en crítico del sistema político de EE.UU.) reflejó en el título de doble sentido de su libro: Capital arrogante.

La confluencia del colosal poder corporativo y un sistema político eminentemente corrupto, que funciona con dinero de las donaciones de campaña, arroja el resultado de que, como un ex presidente declaró, “el negocio de Estados Unidos (y especialmente el de la clase política) son los negocios”.

Mientras esto siga siendo así, la difícil situación de los norteamericanos aquejados de cáncer y los que padecen el SIDA en el Tercer Mundo que no pueden pagar sus medicamentos continuará y se repetirá en distintas circunstancias con diferentes enfermedades.

Hasta dónde el problema es sistémico y no exclusivo de un partido político o líder se ilustra con los actuales y patéticos esfuerzos de la administración Obama para congraciarse con el sector corporativo a fin de no quedar fuera de las jugosas donaciones de campaña en las elecciones de 2012.

Después de salvar el pellejo de los apostadores de Wall Street disfrazados de sobrios banqueros y dinosaurios de la industria automovilística en maridaje con monstruosidades tragadoras de gasolina al entregarles billones de dólares de los contribuyentes, el presidente se encuentra que disgusta a los hombres de negocios y ha sido obligado a postrarse ante los titanes corporativo a fin de salvar su propio pellejo político. El proceso de seducción no va bien.

Para cortejar a la extrañamente distanciada “comunidad de negocios”, recientemente Obama envió a un alto asesor suyo a una reunión de líderes de los negocios. La recepción que recibió el representante del presidente –y el mensaje que los mandamases corporativo querían enviar al jefe ejecutivo de la nación— ue un perfecto ejemplo del dominio continuado del capital arrogante. El asesor que llevaba la rama de olivo de parte del presidente a los ejecutivos fue abrumado con una fuerte y ardiente crítica. Quedó casi sin palabras y tuvo suerte de escapar sin que lo alquitranaran y lo llenaran de plumas.

Fue la forma que la clase de los negociantes tiene de dejar que el negro advenedizo ex organizador comunitario y actualmente ocupante de la Casa Blanca sepa quién sigue siendo el amo.

* Periodista.
En http://progreso-semanal.com

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