Dic 29 2006
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Cultura

¡Estos anarquistas! – MENSAJE PARA AQUELLOS QUE (AÚN) DESEAN ENAMORARSE

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

¿Qué balance podeis hacer de la situación actual?

La agitación, en aquellos lugares en los que gravita, no puede limitarse a contemplar sino que debe abalanzarse. Debe actuar con dolo y conciencia. Debe afirmar su “maldad” y su pacto con el diablo. Pero primero no se debe tan sólo trabajar, tal y como acontece en el actual medio anarquista, como resistentes y protestar sólo por los efectos del dominio, sino reconstruir nuestra causa. Ahora que el elemento obrero, aún cuando cada cierto tiempo la clase obrera se exprese en la acción y a pesar de que millones de obreros cohabítan y traman en silencio, es ya otra cosa difícil de explicar.

Lo sencillo es explicar nuestro fracaso, menos para la ortodoxia que sigue apegada al catecismo, los dogmas de fe. Si el anarquismo no necesitó de ningún congreso –como el comunista en 1956– para conocer de su fracaso, tampoco necesita su mísero auto de fe. Si ahora precisa de algo es el detenerse en la urgente y necesaria labor de negar a los negadores, aunque sea a sí mismo, no su validez sino su estrategia, para dirigirse hacia “el gozo que da fuerzas al deseo” (Baudelaire).

Sin excitación, más allá de la efímera adrenalina, todo se marchita. La historia ha sido su enemiga porque lo ha fosilizado bajo el pretexto de heróicos pasados pero sin presentes que sean contagiosos.

Entremos en el complicado asunto de un sujeto revolucionario ¿Creeis que existe? En su caso ¿Cuál es?

Si la clase obrera se halla en algún punto entre la masa y la chusma, el lumpen y el ejército de los descontentos, entonces habrá que afinar la diatriba. Pero a este punto la historia no ha funcionado, evidentemente, en solitario. Ese periodo de destrucción del viejo proletariado, a grandes rasgos, alcanzó su cénit con la empresa de la reconstrucción de Europa tras la Segunda Guerra Mundial, mediante el acceso por parte del obrero a un ocio democratizado.

El obrero se integró sin esfuerzos en una sociedad que anheló hacer negocio con su miseria. Publicidad, consumo y entretenimiento masivos fueron la prolongacion de la fábrica, al menos en sus aspectos de control y disciplina. Esta fábrica fuera de su medio no sólo impregnó las normas de convivencia y de policía, sino que dejó bien claro el mapa de la sociedad que vendría, aquellos cuyos autores no existen sino en o por medio del consumo.

La industria del ocio fue la salida que el capitalismo en crisis tomó ante el movimiento obrero organizado. Rotas las conexiones con la fábrica, sustituída la prensa obrera por fetiches, el televisor (que todo el mundo tiene) y la contemplación autómata de los reality shows (que todo el mundo puede seguir) democratizan la vida en las unidades familiares. Ahora los grupos de jóvenes, tanto del suburbio como del centro, pueden integrarse en un mismo sueño. Viven (vivimos) en el salón de los espejos donde las distancias y los tamaños no son nunca lo que parecen.

¿Existe entonces una periferia en la que poder movernos? Si la hay pasa por la ruptura de las distancias que hasta ahora habían definido los márgenes de la historia, pues ahora la individualidad está reservada para los locos y los enamorados, para aquellos que aman el lado salvaje de la vida, demostrando su individualidad, sus ansias de vivir y de amar y, por lo tanto, empezando a crear creyendo en su triunfo.

Hace tiempo leí un texto vuestro en donde señalabais que “la mentira debe estar organizada para que sea efectiva”…

La frase no es, ni mucho menos, nuestra, pero es cierto que lo dijimos. La mentira organizada se ha instalado, al menos no definitivamente, sobre el papel impreso. Si la historia, tal y como sabemos, es la historia del vencedor ¿Cómo esa idea no va a transmitirse en las enciclopedias? ¿Cuál va a ser el tratamiento que el futuro otorgará a las razones que subyacen en una guerra como la de Iraq?

Este futuro es ya hoy. Y su resultado puede ya comprobarse cuando la constatada inexistencia de las armas de destrucción masiva (se tuvo que recurrir al medio de la burguesía, a la ciencia y a la corroboración por un equipo de expertos) ha sido sustituida por el supuesto peligro potencial para la región y el mundo entero del dictador iraqui. De nuevo, si no se es gendarme del mundo al menos se es sacerdote, escribano o protector moral. Información, historia y verdad podrían ser el lema de una vida controlada de forma separada pero bajo un mismo fin.

La burguesía, a pesar de sus crisis, ha mostrado una capacidad de adaptación y supervivencia formidables. Sería importante abandonar la ya excesiva y manida idea según la cual “resistir es vencer” porque, en cierta medida es cierto pero, igualmente, admite la posibilidad de que cada día que transcurre se está más lejos de la aspiración por un mundo radicalmente distinto.

Si nuestros esfuerzos se concentran en la ayuda, el apoyo mutuo, la cooperación defensiva y la solidaridad ante la costosa represión, perdemos entonces la perspectiva y el discurso que ya se siente en otro lugar más allá, por encima de la historia, ausente. Igual que un ejército de bárbaros (aunque admitiendo su inferioridad numérica) pero que, ante la sorpresa de su adversario, anuncia su próxima y segura victoria. Hay una autoridad moral que debe ser urgentemente invocada.

No os parece que esto que propugnais debe traducirse en algo más “sólido”….

fotoDepende. Esa proyección de ciertos aspectos, los más debiles sin duda (represión/inhibición de determinados comportamientos, organización obrera, la cuestión del eventual uso del dinero), son una tarea inútil si se trata de simple filosofía pero, no obstante, a buen seguro que plantearán o visibilizarán problemas de autoconciencia, autoestima y fortaleza del movimiento revolucionario.

Hoy, esa aspiración debe explicarse para que sea entendida, porque sin saber ofrecer respuestas difícilmente podremos afrontar las preguntas. Y ese anhelado (y tan escaso) contagio, como si fuera una enorme y potente corriente eléctrica debe saber expresarse por sí misma y poseer autoridad. Es preciso, por lo tanto, que se transmita una idea clara, no sólo de aquello que detesta, sino de lo que desea. Es más: debe afirmar que se puede conseguir. Esta apuesta no indica, en absoluto, un abandono del espontaneísmo.

Cuestiones acerca de la forma en que se organizarán los obreros no pueden quedar en un vacío ideológico, aunque deberán ser los propios trabajadores los que en medio de un mundo que avanza hacia otro, tendrán que otorgarse sus propios órganos de auto-representación.

A este respecto, varias cuestiones: nada más dañino que la idea del partido obrero y nada más vacío que el profundo desprecio estaliniano hacia la capacidad del oprimido por buscar salidas. Esta postura se sitúa más cerca de Rosa Luxemburgo que de la ortodoxia marxista. Es más, la rechaza, al menos tal y cómo se ha manifestado, porque no podemos imponer la historia que vendrá, pero si empujarla hacia ese vértice y precipitarla hacia su interior. A veces, no se accionan los mecanismos adecuados, no se pregunta porque no se tienen las respuestas o, peor aún, se saben ya aquellas respuestas que no agradan. La revolución siempre está en una contínua construcción y transformación. En cierto modo, se refuta a sí misma para mejorar.

Incluso Marx tuvo esa claridad cuando afirmó que “el comunismo es la forma necesaria y el principio enérgico del próximo futuro, pero el comunismo com tal no es la finalidad del desarrollo humano, la forma de la sociedad humana” (Manuscritos de Economía y Filosofía), es decir, serán los hombres los que busquen, indaguen y, en último termino, superen la ideología hacia otra cosa. La ideología no es un fin. Pero la autonomía no es una ciencia ni los revolucionarios sus científicos. En cambio, es casi siempre autodidacta y resuelve mientras hace. Pensar en ello es adelantarse a algo que asumimos que puede acontecer. Para nosotros todo es posible.

¿En qué consiste vuestra actividad?

La Felguera es un colectivo-grupo de afinidad cuya base reside en la subversión política contemporánea. En especial, nos interesan los fenómenos políticos extremos, disidentes, malditos. Tenemos una editorial y una conocida revista. Además, solemos interactuar con el ambiente radical ofreciendo nuestra visión sobre distintos temas de forma regular. Los comunicados y textos son distribuidos por la red y colgados en nuestra web, cuando no entregados en mano.

Hemos organizado todo tipo de actos (jornadas, charlas, conciertos, etc) durante estos diez años de existencia. Algunas de nuestras acciones han tenido una notable repercusión y, en algunos casos, han creado debate en el ambiente radical. Siempre hemos estado produciendo. Nuestra estrategia y estilo es distinto a la mayoría de colectivos con los que tenemos contacto. Se podría decir que somos un colectivo hiperpolitizado con una potente mirada hacia el campo de la cultura y el arte, pero atacándolos mediante su negación.

Estas ideas las hemos plasmado en distintos panfletos (como, por ejemplo, en Ravachol vuelve o el comunicado Anexo: instrucciones (ambos colgados en nuestra web: www.nodo50.org/lafelguera).

Tambien hemos puesto el dedo en la llaga acerca de una crítica hacia el anarquismo hoy (Negar a los negadores). Estamos en contínua construcción porque, como decimos, somos un grupo de afinidad con sedes en distintas ciudades del Estado (en concreto Tenerife, Madrid y Barcelona).

¿Cuál ha sido la reacción del medio libertario a vuestro discurso?

En términos generales ha sido muy buena, porque en ciertas ocasiones (pocas, aún) hemos logrado hacer penetrar la duda y eso es importante. Nosotros atacamos la ortodoxia y la ideología. Ambos limitan el campo de visión. En algunas ocasiones hemos sido tildados de diversas cosas: neosituacionistas, neoanarquistas, neomarxistas, nihilistas, provocadores… en cierta medida es todo cierto, pero es también una gran mentira.

La gente necesita adecuar algo a un concepto ya definido. Necesita ir detrás y nunca delante. Hace un par de años la CNT de Tenerife nos excluyó de una feria del libro anarquista porque entendía que no éramos anarquistas y, por supuesto, lo justificó con el pretexto de “situacionismo”.

Lo cierto es que el cenetismo ortodoxo, aquel que jamás se sintió cómodo con organizaciones nacidos en su seno o en su periferia (desde Mujeres Libres al MIL o desde Defensa Interior al Grupo Primero de Mayo), aún debe aprender el inmenso valor de ciertos movimientos subterraneos (aún ocultos para ellos, parece) que realizaron una despiadada crítica a la burocracia,las formas en que debía manifestarse el movimiento obrero (consejos obreros, etc), el liderazgo, el poder, la sociedad de consumo, el espectáculo. Nos referimos, obviamente, a gente como Benjamin, Adorno, Lefebvre, Debord o Horkheimer. Es curioso, también ellos fueron rechazados por los comunistas.

¿Cómo sentís que está cambiando la vida en las ciudades?

En numerosos aspectos en los que hay un enorme empobrecimiento de la vida. Un ejemplo que define característicamente a esta sociedad en la que masa y soledad dejan de ser términos antagónicos para convertirse en complementarios es el desplazamiento en el metro. La condena a vivir en pequeños habitáculos en donde se atestan nuestras cosas y recuerdos se extiende a la casi totalidad de los momentos en que desarrollamos nuestra vida social. Obligados a pelear por nuestra intimidad, los vagones de metro son el habitat sobre el cual pensamos nuestra vida.

El parque y el paseo han sido sustituídos por el traqueteo del angosto metro. Ese lugar, al que tan sólo acude la clase política cuando tras ellos marcha la prensa, es el fortuito punto de encuentro en el que nos vemos los unos a los otros, y nos odiamos también. Pero el odio hacia los demás es el de uno mismo o, mejor aún, el profundo odio a esa sociedad que nos impone esta violencia. Vagones de metro en los que se intensifica la propaganda por medio de un sinfín de carteles –algunos casi inadvertidos- que no son más que disciplina visual. Ante el riesgo de caer entre vagón y andén se impone, entonces, la falta de aire y la asfixia.

Esas son las prioridades reales, no sólo bajo el suelo, sino a un nivel general. Se dice fomentar la cultura pero con tan poco atractivo y bajo un pseudoproducto fraccionado y separado que a lo único que invita es a su aborrecimiento. Sin lugar a dudas, si hay un sentimiento constante en la vida dentro de los trenes, bajo el suelo, es la falta de excitación, sobre todo cuando el trayecto se realiza en la soledad de uno mismo que, en realidad es falsa, porque es la forzada convivencia con los demás.

¿Cómo es el lugar que ocupa un proyecto como La Felguera en la misma historia? ¿Está la historia al servicio del poder?

Obviamente. La historia, como sucesión de hechos y experiencias siempre alienadas (si el escenario no se combate y si los actores no se transforman), bajo la incansable aspiración de una utopia nunca consumada, se cortocircuita ante la noción benjaminiana del “tiempo ahora” que no deja de ser otra cosa que “la imagen que relanpaguea y retumba en un instante de peligro”.

Siguiendo a Benjamin, el enemigo ante el que nos hallamos es la propia historia que, a modo de narradora de una reinterpretación oficialista del tiempo consumido y consumado, se nos presenta como inabarcable e incansable. Jamás duerme.

¿Cómo se expresa la violencia en la sociedad actual?

De muchas formas, pero a aveces lo más importante es lo que no se muestra.

No hay mayor violencia que el sentirse ausente, justo en medio de un mundo extraño. Las emociones se disparan convertidas en un sucedáneo de grito, forzadas a ser algo forzado. Ignoramos ya cómo fue aquello que un día se percibió que existía (porque perteneció a esa historia que se mostró en algún momento del tiempo), aunque se trate de las tan cercanas protestas contra la guerra que hicieron salir a tantos vecinos armados con sus cacerolas.

Este “continumm histórico” desarma al viejo movimiento revolucionario cuyas gestas –aunque sean construidas sobre fantásticas derrotas- y su discurso se integran en una suerte de normalidad democrática y los nuevos modos de contestación son su nuevo rostro. Son, por supuesto, el suplente perfecto ante la falta de aniquiladores y negadores.

Los antiglobalizadores son, en última instancia, el nuevo partido comunista del futuro que, repetimos, es ya hoy. Ajenos al desastre, los días se consumen bajo un imparable reloj ante el que es imposible disociarse. Todo se consume (dinero, tiempo, trabajo…) en el imperio de los dígitos, capaces de ser una vara de medir el esfuerzo vital y su equivalencia, su valor de cambio.

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lafelguera@nodo50.org

Ditribuido a través de Urtica (urtica@listas.nodo50.org).

Addenda
El manifiesto de La Felguera

1.La Felguera es un colectivo o grupo de afinidad que desarrolla determinadas acciones dirigidas a transformar la realidad. Defendemos una estética y un estilo de vida que rompa con las condiciones de lo existente.

2.Vivimos en una sociedad alienadora de ideas y proyectos. Un mundo necesitado de espejos que reflejen su verdadera imagen, y de artistas que desgarren en mil pedazos sus sustentos ideológicos.

3.Pretendemos combinar una intelectualidad crítica a lo que hasta ahora no había sido criticado -incluyendo nuestra propia crítica- a partir de lo cotidiano. Mantenemos una forma diferente de pensar y actuar fruto de todas las luchas históricas, con sus sujetos históricos, que constituyen la alternativa de lo real a partir de ciertas ideas, actitudes y modos de existencia revolucionaria y antagónicas.

4. Nuestras ideas las materializamos en textos y músicas que editamos, que ahondan en el arte como elemento esencial para el cambio cultural, y desbancar el concepto de arte tradicional sujeto a las leyes del espectáculo.

5. No esperamos crear verdades absolutas. Somos conscientes de nuestras propias limitaciones y contradicciones. Por tanto, no aspiramos más que a sembrar una inquietud que anime a cada individuo a crear conciencia crítica.

6. Actuamos de forma autónoma, pero en contacto abierto con individualidades y colectivos cuyos objetivos y propósitos se dirijan a esa deliciosa utopía por la que todos luchamos.

7. Creemos en el potencial que cada individuo alberga dentro de sí, y que de forma voluntaria o involuntaria infravalora. Un potencial infinito con el que tomar y manejar las riendas de su propia vida.

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