Nov 16 2017
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Cultura

Fernando Pérez presenta Últimos días en La Habana, radiografía de la sobrevivencia cotidiana

Fernando Pérez, uno de los padres del nuevo cine cubano, presenta en diversas salas y pantallas europeas Últimos días en La Habana, su obra más reciente. La misma clausurará el 3 de diciembre próximo en el Ginebra el Festival Filmar en América Latina, el evento cinematográfico latinoamericano más importante de Suiza.

El hilo rojo del guión exalta un canto a la amistad incondicional. Miguel sueña con viajar a los Estados Unidos. Diego, con quien comparte su vivienda, transita postrado la fase final de sus días condenado por el SIDA. Dos seres que se despiden, de distinta manera de su ciudad amada, dejando atrás no solo dos vidas paralelas, sino los sueños postergados de la adultez en la sobrevivencia. El escenario, el centro de La Habana con toda la fuerza vivencial casi de un film documental.

-¿Qué significa Últimos días en La Habana en su larga vida profesional a los 73 años y luego de haber producido tanto cine?

-Una forma y un medio de preguntarme como siempre lo hago, ¿por qué hago cine? Y de responder con gran convicción que no es para ganar dinero ni por cálculo alguno. El cine para mí es una pasión y una necesidad. La necesidad de comunicarme con los otros. Es a través de las imágenes que puedo expresar sentimientos y emociones y estar más cerca de los espectadores. Mucho mejor que con simple palabras…

-Su película es sobre todo un homenaje a la amistad entre dos seres humanos. Pero en un contexto de una realidad, la cubana de hoy, a la que observa con una mirada muy crítica…
– Todo mi cine, tanto el histórico, como el contemporáneo, está muy ligado a la realidad de mi país y de mi ciudad, La Habana. Últimos días está muy relacionada con parte de la realidad actual. No quiero hacer generalizaciones y decir que exprese toda la realidad de la Cuba actual. Pero sí, una parte que considero bastante representativa porque es la más popular.

– ¿Una prolongación, complementariedad, de Suite Habana?
– Aquel, de 2003, fue un documental largometraje que recogía la vida cotidiana de personajes reales. Es, en cierta manera, el mismo contexto que Últimos días en La Habana. Sin embargo, y aunque en estos casi 15 años ciertas condiciones siguen siendo las mismas, otras han cambiado. Y sentía la necesidad de volver a este contexto para completar lo que entonces traté de transmitir.

– ¿Qué tipo de cambios?
-Siento que hoy se trata más de condiciones de sobrevivencia. En Suite Habana los valores eran muchos más claros. Aquí están más difusos. Porque la sobrevivencia obliga a emprender una feroz lucha cotidiana. Son personajes que no piensan mucho ni en el futuro ni en el pasado, sino en el día concreto. Debido a lo que están viviendo, esos valores – tantos los éticos, los morales etc.- se relativizan. Me acerqué a esta realidad tratando que el espectador no juzgue a esos personajes, porque sencillamente están sobreviviendo y son producto de una realidad que todo relativiza. Son seres que tienen valores de humanidad muy fuertes. Y esto es esencial para mí. Por encima de todo el ser humano busca la comunicación, la amistad y la solidaridad.

-Mirada que no esconde un fuerte componente crítico. ¿Buscó hacer una película “comprometida”?
-No fue mi objetivo principal. Me sorprendió, al presentarla, que muchos espectadores, incluso cubanos, la entiendan como contestataria. No pretendí eso. Para mí no se trata no de una película contestaria sino *constatadora*. Es decir, constata una realidad social muy complicada, que hay que transformar y que ella misma genera esos conflictos. Y mi intención, insisto, es constatar esto. Pienso que es uno de los roles que puede desempeñar el cine. Mostrar hechos para que dinamicen las ideas en el contradictorio tema que uno aborda. Tratando de centrarnos en los personajes, en el conflicto individual de cada uno de ellos, dentro de un contexto social muy problemático. Y es claro que no se trata de una mirada complaciente sobre la realidad. Muchas de las escenas son documentales. Por ejemplo, el suministro del agua en muchas zonas de La Habana. El director de fotografía quería una escenificación especial. Mi idea fue organizar un camión tipo pipa como pasa en la realidad. Y explicamos a los vecinos que filmaríamos la distribución.

– Sin perder un casi constante sentido del humor…
-Forma parte esencial de nuestra idiosincrasia y de enfrentar la vida. Nada se dramatiza. El título original que quería ponerle era Chupa pirulí, como el título de esa canción muy reveladora de la realidad cubana: ligera, que juega con todo incluyendo con el doble sentido. Me preguntaban entonces si se trataba de una comedia. Y respondía que no, que era un drama alegre. Finalmente cambié el nombre a partir del consejo de un coproductor español, ya que en el exterior ese título podía ser incomprensible.

-¿Cómo fue acogida la película en sus presentaciones en Cuba entre el público y las autoridades?
– Públicamente no hubo ninguna manifestación de ninguna institución del Estado. A alguna gente le gustó mucho, a otra, menos. Pienso que no se puede descartar que a ciertos niveles no sea una película que agrade mucho.

-Se trasluce en el film su honestidad profesional.
– Pienso que es el sentido de la creación artística. Todo arte debe partir de la sinceridad. Porque si se hacen compromisos con otros discursos, como el político global, que es sumamente válido, se pierde el sentido de lo artístico a partir de lo individual. Y eso refleja Últimos días en La Habana. Cada personaje como individuo, con sus propios conflictos existenciales, dentro de un contexto muy problemático. Pero donde aparecen valores importantes. Me acerco a ellos sin juzgarles. Y eso es lo que espero del público también, que no enjuicie a Miguel, Diego, Fefa y los demás personajes…

-Imposible cerrar este diálogo sin preguntarle sobre su percepción de la realidad cubana actual…
– Es muy compleja. Quisiera que en Cuba cambiaran muchas cosas, se flexibilizaran ciertas medidas que hacen, a veces, de nosotros, una sociedad un tanto conservadora. Siento que el espíritu revolucionario de los años 60 se institucionalizó demasiado. Nos falta, tal vez, esa audacia que tuvimos en esa época, para poder seguir cambiando y cambiar ahora. Y entender que el mundo de hoy es distinto al del triunfo de la revolución. Debemos priorizar en los jóvenes, darles más participación, más espacio, y siento que en Cuba hay condiciones para hacerlo. Todo esto sin subestimar la realidad internacional también muy compleja. Hace algunos años, con Obama, pensamos que se abrían algunas puertas y ahora con Trump todo volvió al escenario de la guerra fría.

-: ¿Hasta cuándo piensa seguir produciendo cine?
-: Quisiera vivir 3 mil años para seguir filmando. ¡Es mi vida, mi pasión!

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