Nov 19 2007
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Opinión

Formación del Estado moderno. – CONSERVADORES, LIBERALES, LA IGLESIA Y JUÁREZ

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Habíamos dicho que Carlos III expulsó a los jesuitas de España. Las medidas correspondientes en México fueron llevadas a efecto por el virrey De la Croix quien en 1767 hace publicar un bando mediante el cual ordena la disposición, misma que culmina con la siguiente sentencia:

“De una vez por lo venidero deben saber los súbditos del Gran Monarca que ocupa el trono de España que nacieron para callar y obedecer y no para discurrir y opinar en los altos asuntos de gobierno”.

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En 1968, doscientos un años después, el entonces presidente de México –Gustavo Díaz Ordaz– parece esgrimir el mismo argumento y aplasta, a sangre y fuego, un movimiento estudiantil al que tacha de conjura comunista.

Los jesuitas han sido una orden religiosa que se ha preocupado por difundir la enseñanza de las ciencias. Sus discípulos constituían el sector culturalmente más avanzado de la Nueva España; de esa generación surgió el pensamiento liberal. Eran criollos de la clase media que no participaban de los beneficios y privilegios de sus congéneres aristócratas. Pues bien, de ahí surgió la intelectualidad merced a la que se forjó el sector más radical de la insurgencia independentista.

Sin embargo esa forma de pensamiento tuvo que esperar cerca de 100 años para estar en posición de transformar el país aliándose –como dijimos al final del capítulo anterior– con los poderes fácticos instalados en las provincias del sur (Oaxaca, Guerrero y Chiapas), donde y hasta la fecha privan condiciones de miseria. Así, los depositarios del pensamiento insurgente de Hidalgo, Morelos y Guerrero se aliaron al criollaje ilustrado, a los jacobinos, y hallaron en el caudillo Juan Álvarez al dirigente del movimiento que se propuso derrocar la bufonesca tiranía de Santa Anna, su corrupto gobierno y, además, retirar el poder político y económico al clero.

Para los insurrectos resultaba aberrante que el país se debatiera en la debacle económica mientras que la Iglesia detentaba una gran riqueza. Considere el lector lo siguiente: a la consumación de la Independencia, los ingresos del gobierno ascendían a nueve millones de pesos, mientras que los gastos fueron de 13 millones; además, recibió como “herencia” una deuda pública de 76 millones. La producción minera y la agrícola se vino abajo como consecuencia de la guerra y la huída de los españoles, sus poseedores.

Se comprenderá, entonces, que esta nueva revolución, (llamada, por el sitio donde se pronunció, “de Ayutla”) enraizada en la insurgencia y en el criollaje ilustrado educado por los jesuitas, se lanzaba contra el mestizaje corrupto avalado por Santa Anna, el criollaje terrateniente y el clero, no por cuestiones ideológicas o de fe, sino porque iba de por medio la viabilidad del país; recordemos que Estados Unidos ya se había apropiado de más de la mitad del territorio mexicano. En este último tramo del santannismo, el tiranuelo les había vendido otra pequeña parte de la nación (La Mesilla) por 15 millones de pesos.

Ante el expansionismo estadounidense la situación era tal, que el mismo Lucas Alamán, el intelectual conservador afecto al generalote, había sentenciado “Perdidos somos si la Europa no viene en nuestro auxilio” (lo que unos años después ocurrió; aunque no precisamente “en nuestro auxilio”, como posteriormente relataremos).

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Se cuenta que Benito Juárez, quien había sido ya gobernador de Oaxaca –cargo desde el cual decretó la prohibición a la entrada de Santa Anna a ese estado, “afrenta” que el dictador jamás perdonó– se presentó ante un asistente de Juan Álvarez para ofrecer sus servicios.

–¿Qué sabe hacer? –preguntó el entrevistador; a lo que el Benemérito contestó:

–Sé leer y escribir.

Hasta días después el dirigente de la insurrección se enteró de que el nuevo escribiente a sus servicios era nada menos que el ilustre abogado liberal oaxaqueño.

El 1° de marzo de 1854 se produjo el levantamiento avalado por el Plan de Ayutla. Al coronel Ignacio Comonfort (liberal moderado) se encargó la jefatura militar del movimiento rebelde. Santa Anna sale a combatirlo pero es derrotado, por lo que abandona nuevamente del país; esta vez para no volver sino, hasta 1874, para pasar sus últimos días: viejo, enfermo, abandonado por sus otrora aliados y casi en la miseria.

Aún desterrado, en 1867, Santa Anna pretendió regresar a México para derrocar al gobierno juarista. Declaró:

«Ese pedazo negro de pitón me la ha de pagar, cuando era gobernador Juárez en Oaxaca me impidió la entrada, un indio renegrido que no vale nada. Se atrevió a decirle a Santa Anna quien ha gobernado 11 veces a México: `No puede usted entrar a Oaxaca, Sr. Santa Anna, yo pondré mi ejército para lanzarlo fuera´.

«Pedazo renegrido de indio pútrido… pero llegaré a Veracruz y será mi turno (…) desde allí promulgaré una rebelión nacional que arrojará de la presidencia otra vez a Juárez. Lo mandaré otra vez a las ‘goteras’, o ¿por qué no?, ¡lo fusilaré! Es cuestión de tiempo indio renegrido. Me la debes de hace mucho, pedazo de patán disfrazado, que se viste con pero que no es más que un peón de hacienda. Indio pútrido, aguardo la hora de mi venganza».

Pero la venganza del general cojo nunca llegó. Para peor humillación, fue ese “pedazo renegrido de indio pútrido” quien le permitió regresar al país, tan solo para que muriera dos años después.

¿Cuál es el legado de Santa Anna?

La institucionalización de un sistema de derrame de privilegios. Como hombre fuerte, presidente o no, se convierte en un Gran Tlatoani a la cabeza de una inmensa pirámide en la que designa a un incondicional reyezuelo que rige la vida política y económica en cada estamento, un cacique todopoderoso que reparte beneficios para afianzar su propio poder y contribuir al engrandecimiento de su mentor (el del estamento superior).

Un régimen en el que se “democratiza” la corrupción. Una forma de cohesión social: “Dejar hacer, dejar pasar” –en el peor de los sentidos– para preservar el “orden”: un sistema en que el emperadorcete y cada principito mantengan el poder en sus respectivos estamentos de la pirámide sin que haya inconformidades.

Tal característica, que en México se instaura por doble vía (el caciquismo precolombino y el señorío feudal implantado por la Colonia), se desarrolla con el santanismo y se convierte en una infausta tradición que –como más tarde veremos– termina por arraigarse en el periodo post revolucionario, después del primer tercio del siglo pasado, a partir de la pacificación e industrialización del país; al arribo del capitalismo como modo de producción dominante.

Así que la insurrección de Ayutla se constituyó en gobierno con cinco “puros”: Melchor Ocampo, Ponciano Arriaga, Guillermo Prieto, Benito Juárez y Miguel Lerdo de Tejada y, como único “moderado”, Ignacio Comonfort. Cabe señalar que los llamados “puros” eran la equivalencia de aquellos “jacobinos” franceses: la izquierda radical. Pero también es importante señalar que, mientras que en Europa los liberales ilustrados permitieron el ascenso de la burguesía, en México, al no existir ésta, unieron sus destinos a la masa largamente lacerada: el mestizaje que no participó del reparto santanista y los indígenas.

El viejo general insurgente, y ex gobernador del Estado de Guerrero, Juan Álvarez es designado presidente interino, cargo que ejerce de 1855 a 1856, año en el que renuncia para dejar el mando en manos de Comonfort. Entre esos años, se emiten una ley que limita los privilegios del clero y del ejército, además de que declaraba a todos los mexicanos iguales ante la Ley (Ley Juárez), otra que regulaba el cobro de los derechos parroquiales (la Ley José Ma. Iglesias), y la de amortización de las propiedades civiles y eclesiásticas que no estuvieran produciendo riqueza (Ley Lerdo). También se convocó a la redacción de una nueva Constitución, la que fue promulgada en 1857.

El Partido Conservador –en el cual descolló el intelectual Lucas Alamán, quien había muerto el año anterior a la insurrección, añorando el regreso de la monarquía– y el clero apoyaron al general Félix Zuloaga, quien al final del año se levantó en armas pidiendo la abrogación de la nueva constitución que acotaba los privilegios económicos de la Iglesia.

Comonfort, presidente electo, se adhirió al insurrecto y apresó al Presidente de la Suprema Corte de Justicia –Juárez– prometiendo hacer algunas enmiendas a la Carta Magna. Pero las exigencias de los insurrectos iban más allá de simples modificaciones: exigían la derogación, a lo que el presidente se negó; liberó a Juárez, pero la situación se tornó tan crítica que se hizo insostenible su permanencia en la presidencia.

El país se volvía a enfrentar: unos estados se pronunciaban partidarios de la Constitución y otros de las exigencias de los conservadores y el clero. Comonfort deja México, por lo que Benito Juárez, en su calidad de Presidente de la Suprema Corte de Justicia, por mandatoi constitucional debe asumir la Presidencia. Por otro lado, una junta de notables declara presidente a Zuloaga.

México cuenta con dos gobiernos: uno conservador y de facto, instalado en la capital de la República, y otro liberal, constitucional e itinerante.

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La Constitución de 1857 instituye el Registro Civil, declara libres las actividades educativas, industriales y comerciales; actividades, sobre todo las dos primeras, que eran controladas exclusivamente por la Iglesia. De manera que ésta vuelve a convertirse en instigadora de asonadas para preservar su poderío, por lo cual toma partido por los conservadores. En esa virtud, Juárez –en 1859 y desde Veracruz– decreta la nacionalización de los bienes de la Iglesia, el cierre de conventos, la celebración civil de los matrimonios, la secularización de los cementerios y la supresión de las fiestas religiosas.

Ese mismo año, los Estados Unidos reconocen el gobierno de Juárez y le otorgan su aval y recursos para enfrentar al conservadurismo; lo que se produce en 1861, con la entrada de Juárez a la capital mexicana.

Los conservadores, derrotados, instauran un régimen de guerrillas del terror y asesinan a los prohombres del liberalismo; así caen Melchor Ocampo, Santos Degollado y Valle.

Ya en el poder y ratificado presidente constitucional por el Congreso, Juárez, ante la situación catastrófica del erario público como consecuencia de la guerra, decreta la suspensión de pagos. Y las amenazas del exterior no se hacen esperar: las potencias europeas se inconforman.

A tono con la situación, en los oídos de los conservadores resuenan las palabras de quien fue uno de sus ideólogos –el ya fallecido Lucas Alamán– que recomendaban acudir a la Europa para la salvación. Y comienzan a planear traer a un príncipe europeo –católico, desde luego– para gobernar a “la nación más devota del orbe” y liberarla de esa plaga apóstata y herética ilustrada encabezada por ese “pedazo renegrido de indio pútrido…”.

Los conservadores no se conforman con que Fernando VII no haya gobernado México, ni que el Imperio de Iturbide se hubiera derrumbado fugazmente. Siguen viviendo de añoranzas. Por eso el pueblo los bautizó con el nombre de “cangrejos”: caminan para atrás.

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* Escritor, periodista, cantautor, músico y creador de íconos a partir de la fotografía.

El capítulo anterior de este ensayo, mayor información sobre el autor y enlaces a los textos que lo anteceden, se encuentran aquí.

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