Sep 21 2015
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Opinión

Fronteras y globalización

En el número de mayo-junio de 1983 del Harvard Business Review, Th. Levitt concibe la posibilidad de que las grandes corporaciones puedan operar a escala global en un artículo elocuente, titulado “The Globalization of Markets”.  El concepto mismo de Globalización nace como un imperativo económico. Sin embargo, a poco andar, de la mano de la expansión de los medios de comunicación y el desarrollo de las tecnologías digitales, el fenómeno de la Globalización ha adquirido tintes culturales y, ciertamente, políticos.

 

Lo que fue concebido como el libre flujo de capitales y mercancías en todo el mundo, se ha transformado, hoy por hoy, en una realidad cultural y política muy compleja. En la actualidad asistimos a la paradoja de que mientras se aplaude la “libertad de comercio”, reclamando la abolición de las fronteras nacionales, se reclaman “muros” para evitar el libre flujo de seres humanos diezmados por la pobreza y la guerra. Así, en Europa o Estados Unidos, surgen líderes xenófobos de tinte racista y nacionalista que rememoran las horas más oscuras de la humanidad.

 

Una primera lección de la Globalización es que resulta una ingenuidad pretender erigir sociedades democráticas desarrolladas en un mundo sumido en la miseria. No es casual, por ejemplo, que la frontera entre los Estados Unidos y Canadá sea más un paseo turístico que un foco de conflictos. En cambio, la frontera con México es un límite problemático y complejo. Lo mismo se puede decir del Mediterráneo que separa a una Europa rica de un continente africano sumido en la pobreza y la violencia. Parece una obviedad, pero debemos insistir en ello, la Globalización y la pobreza generan –de manera ineluctable— migraciones humanas en gran escala.

 

Una segunda lección es que la Globalización de los mercados estatuye un espacio mundial donde se confrontan fuerza e intereses. En pocas palabras, la Globalización ha generado un espacio político global cuyo sello es la violencia explícita o implícita. Para decirlo sin ambages, la Globalización y la guerra resultan ser indisociables. La violencia implícita se expresa como frustración y falta de oportunidades que obliga a las nuevas generaciones  a buscar otros horizontes en las zonas más ricas del planeta. La violencia explícita se expresa como guerras cruentas que provocan muerte, miedo y una emigración de millones de personas.

 

Una tercera lección es que la noción de “frontera”, permeable a los capitales y mercancías e impermeable a los desplazamientos humanos, se diluye cada día más del imaginario histórico social del siglo XXI. Si bien persisten movimientos regresivos que anhelan restituir fronteras, lo cierto es que la gran mayoría de la humanidad ha sido colonizada por un imaginario que aparece como deseable, cuando no por el simple anhelo de sobrevivir. Cuando las familias africanas lo arriesgan todo –incluso la vida de sus hijos— por llegar a las costas europeas, cabría preguntarse por qué. Cuando un campesino centroamericano arriesga su vida para llegar a los Estados Unidos, corresponde preguntarse qué lo anima a tal empresa.

 

Quienes emigran de su país lo hacen por razones muy poderosas, huyen de la violencia y la guerra, huyen de la pobreza y la miseria, huyen de estados fallidos, gobiernos corruptos y tiránicos. La modernidad ya nos acostumbró a “administrar” los problemas sociales como cuestiones demográficas, económicas y políticas. Sea con el rostro amable de las democracias progresistas o con el rostro horrendo de Auschwitz, pareciera que la “administración” de las tragedias humanas deja fuera, justamente, el aspecto humano de lo humano.

Una cuarta lección. Pareciera que, tal y como lo escribió Joseph Conrad en su novela “El corazón de las tinieblas”, el pretendido barniz de civilización occidental desaparece a medida que se impone la barbarie. Los grandes valores proclamados por las burguesías europeas –Libertad, Igualdad, Fraternidad– han sido remplazados por alambrados de púas en las fronteras, por una política policíaca ante el advenimiento de miles de inmigrantes. El verdadero fracaso del llamado “mundo occidental” radica, precisamente, en su abdicación de aquello que proclamó como logro para la humanidad. El verdadero fracaso de occidente reside en su impotencia para comprender lo humano de lo humano en el rostro desesperado de un inmigrante.

 

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