Mar 11 2008
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Cultura

Fuego en alta mar. – CHILE PIERDE UN OBSEQUIO NAZI

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

La Lautaro se había incendiado en alta mar el 28 de febrero, ocho días antes de naufragar, en una catástrofe que provocó la muerte de veinte tripulantes por quemaduras y asfixia, y dejó un medio centenar de heridos. Las víctimas fueron principalmente jóvenes guardiamarinas y grumetes, más algunos oficiales, suboficiales y marineros de la dotación permanente.

Tras el impacto emocional que sacudió al país, se habló de sabotaje a bordo (alemán o… norteamericano). O de un accidente por chispas de un soplete que inflamaron el cargamento de salitre. Las verdaderas causas del siniestro permanecen hasta hoy en el misterio, pero las teorías de un complot internacional en el trasfondo aún no se han desvanecido.

Factores externos

El entorno político internacional que rodeó la destrucción de la Lautaro era complejo. Wáshington había estado presionando a Chile y a todos los Estados latinoamericanos, para que rompieran relaciones y hasta entraran en guerra con los países del Eje –Alemania, Italia y Japón–, desde el ataque aeronaval de los nipones a Pearl Harbor (“Tora”… “Tora”… “Tora”…), en diciembre de 1941. Se argumentó entonces que las acciones bélicas podrían extenderse en cualquier momento hasta el continente americano, y que debía haber una respuesta conjunta “desde Alaska a la Patagonia”.

Pero Chile se obstinó, antes y durante los años siguientes a Pearl Harbor, en permanecer fuera del conflicto como neutral, pese a la paralela expansión de la guerra en Europa, que afectaba desde 1939 a países tradicionalmente amigos, aunque lejanos, como Inglaterra y Francia. Los EEUU, en cambio, indemnes en su territorio continental, se sentían con las manos libres para lograr por cualquier medio el alineamiento de los vecinos latinoamericanos a su bando.
Incluso sus adversarios insinuaban, ya entonces, que Wáshington podría llegar a “fabricar pretextos” para anular a los indecisos, como ocurriría efectivamente décadas después –y en mayor escala–, en Vietnam (incidente en el golfo de Tonkin) e Iraq (falso armamentismo nuclear).

Alemania, por su parte, estaba molesta por el destino “adjunto” que se le había dado a la Lautaro (transporte de salitre para los aliados). El nitrato era considerado cargamento bélico, porque se utilizaba como materia prima para explosivos. Los donantes germanos del buque-escuela habían pedido, como única condición, que no se usara el navío “contra los intereses de Alemania”.

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Joya de los mares

Inocentes de esta trama, los tripulantes del buque-escuela de la Armada de Chile navegaban “sin novedades” hacia su oscuro destino en el curso del día 8 de marzo de 1945.

La fragata Lautaro era un velero de cuatro palos y cien velas, que desplazaba siete mil toneladas, y estaba dotada de motores adicionales de 1.200 HP. Podía alcanzar velocidades de hasta 12 nudos, en condiciones de navegación favorables. Había sido echada a la mar como un velero mercante alemán. Su nombre original fue Priwall, y en 1936 ganó la carrera de barcos cargados de trigo desde Australia a Europa, en competencia con las principales líneas inglesas.

Cuando la nave comercial fue obsequiada a Chile por el Gobierno de Alemania, en 1941, a los representantes de Hitler los movía algo más que la generosidad. El Priwall corría el peligro de ser confiscado, al igual que diversos barcos germanos que quedaron anclados en países neutrales al estallar la Segunda Guerra Mundial, sin poder salir de puerto, en este caso Valparaíso. (Algunos fueron dinamitados y hundidos por los propios alemanes, en otros lugares del mundo, antes de que fueran confiscados por las autoridades locales).

En cuanto quedó a cargo de la Armada de Chile, el Priwall fue bautizado como Lautaro, y se lo envió a ser reacondicionado totalmente en los arsenales de Alameda, San Francisco, California, como buque-escuela para guardiamarinas y grumetes. En EEUU se le instalaron los motores, y se adaptó parte de sus instalaciones para la función docente.

Durante la estadía en San Francisco, toda la tripulación (“de capitán a paje”) acudió a donar sangre a hospitales militares norteamericanos, como acto oficial, a continuación del ataque japonés contra Pearl Harbor. Esto fue considerado “un gesto hostil” por los círculos pro alemanes en Chile.

El incendio

Tres años y dos meses más tarde, cuando llevaba un nuevo cargamento de salitre en sacos hacia Manzanillo, México, o más allá… (léase EEUU), la Lautaro estalló en llamas el 28 de febrero de 1945, a la altura de El Callao, en aguas peruanas. El fuego se propagó velozmente, con gran violencia. Los jefes, oficiales y tripulantes acudieron a sus puestos de zafarrancho para salvar el buque, pero fue inútil. “Los incendios de salitre se autoalimentan con el nitrógeno que contiene este material y sólo pueden ser apagados con “agua madre”, de la que se carecía a bordo” –indicó el comunicado oficial.

“Asfixiados por el humo y quemados por el fuego, ofrendaron sus vidas por defender a su buque-escuela veinte miembros de la Marina de Chile” –se lee en la relación que hizo la Armada sobre el suceso–. No había posibilidad de apagar el fuego hasta que se consumiera el salitre, y “dados los elevados daños sufridos en la estructura de la nave y el peligro de que aumentaran las muertes entre la tripulación, se ordenó abandonar el buque en los únicos tres botes salvados del incendio y transmitir el S.O.S. pidiendo auxilio, rompiendo el silencio telegráfico impuesto en tiempos de la Segunda Guerra Mundial”.

La Armada del Perú envió en auxilio de la Lautaro a su transporte Ucayali, cuyos tripulantes se esforzaron por salvar el averiado buque-escuela chileno, remolcando el casco carbonizado hasta El Callao. Pero los daños causados por el fuego en la estructura debilitaron las planchas de un costado, formándose vías de agua que finalmente sepultaron al gigantesco velero en el fondo del mar, el 8 de marzo de 1945.

Los funerales de las víctimas se efectuaron nueve días después, frente al monumento a Prat, en la Plaza Sotomayor de Valparaíso, con asistencia del Presidente de la República, Juan Antonio Ríos. Su gobierno había sido presionado constantemente por los EEUU y los partidos de izquierda de Chile para que adoptara una posición más enérgica contra los países “enemigos” del Eje, que entonces ya eran ocho: Alemania, Italia, Japón, más Hungría, Croacia, Bulgaria, Eslovaquia y Rumania, llamados “Estados títeres”.

¿Una conspiración?

Como causas del incendio y hundimiento de la ‘Lautaro’ se han señalado tres posibles:

1. Accidente. Por chispas que saltaron desde un soplete sobre los sacos de salitre, mientras se soldaba un conducto de aire situado en la cámara de oficiales. No se indica la fuente directa de esta versión, citada por historiadores ligados a la Armada de Chile.

2. Sabotaje alemán. La hipótesis favorita de los medios pro norteamericanos. Los nazis estarían indignados porque Chile no se abstuvo de utilizar el ex ‘Priwall’ “contra los intereses del Tercer Reich” luego de la donación. Agentes pro alemanes podrían haber depositado entre el cargamento de nitrato, antes de zarpar de Iquique, uno de los famosos “puros” del almirante Von Rintelen. Eran pequeñas bombas que también tenían a veces la forma de estilográficas.
Los “puros” o “lapiceras” de los saboteadores germanos contenían dos ácidos que, separados por un disco de cobre, lo corroían lentamente, y se encendían días después “como la llama de un soplete”, cuando entraban en contacto entre sí, provocando devastadores incendios.

3. Sabotaje estadounidense disfrazado. Es decir, acción encubierta para ayudar a “decidir” a Chile y otros países latinoamericanos a optar acciones más concretas contra las potencias enemigas de Washington y los supuestos espías e infiltrados, del Eje, “que se movían libremente por la región” y podían atentar contra posesiones norteamericanas e inglesas en Sudamérica, como minas de cobre o instalaciones petroleras.

¿Una calumnia?

Al respecto, cancillerías de países vecinos que rivalizaban con Chile en los años 40, se encargaron de difundir una supuesta conversación secreta habida en Wáshington entre el ministro del Interior de Chile, Raúl Morales Beltramí, y el secretario de Estado norteamericano, Sumner Wells, donde el chileno le habría señalado que “a su gobierno le gustaría tener un pretexto específico para la ruptura”…

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…“Éste podría consistir en la presentación de evidencia específica de que el espionaje del Eje en Chile podría llegar hasta el hundimiento de barcos nacionales, como había ocurrido antes con los de otras naciones aliadas en aguas del Caribe…”. (Se cita como fuente un supuesto telegrama del Departamento de Estado, que el autor de esta crónica considera dudoso: “Telegram, US Undersecretary of State to Embassy in Santiago, October 29, 1942”, porque esa fecha es anterior a la visita del ministro chileno, realizada en diciembre de aquel año).

El hecho es que con el “impulso” final del hundimiento del buque-escuela Lautaro, que la mayoría de la opinión publica atribuyó a sabotaje del Eje, Chile llegó incluso hasta a declararle la guerra al Japón, mediante decreto-ley firmado por el Presidente y todos los ministros, y con la autorización expresa de la Cámara de Diputados, sólo ciento veinte días antes de que se arrojaran las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, el 6 y 9 de agosto de 1945.

Imágenes

Apertura. Buque-Escuela Lautaro donado por la Alemania nazi, luciendo la bandera de Chile en el puerto de Iquique, 1945.

Foto número 2. El barco mercante alemán Priwall, el velero más grande del mundo, se hace a la mar en Hamburgo, a mediados de 1920, al ser lanzado a las aguas desde los astilleros Blohm und Voss. Se transformaría en 1941 en el buque-escuela Lautaro de la Armada de Chile.

Foto número 3. Homenaje en el 60º aniversario del incendio y hundimiento de la fragata Lautaro en el puerto de Valparaíso; se arroja ofrenda floral a las aguas del mar, por sobrevivientes de la catástrofe, entre ellos, el contralmirante (r) Eduardo Allen Hahn, de anteojos en la foto.

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* Periodista.
camilotaufic@yahoo.es.

Esta crónica pertenece a una recopilación antológica –en preparación para ser publicada este año de 2008– de artículos y otros textos periodísticos de Camilo Taufic.

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