Jul 10 2008
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Sociedad

Golpeados, con la corrupción en la mesa y el encubrimiento en la cocina

Rivera Westerberg

Los países del Pacífico en América del Sur, caracteriza el periodista especializado en asuntos internacionales Isaac Bigio, son pro Estados Unidos; los de la vertiente atlántica más Venezuela, precisa, buscan una vía independiente para su desenvolvimiento y son críticos de aquel.

 

Curioso o casualidad: Argentina, en el Atlántico, se estremece por el asalto de facciones económicas detrás de cuyo accionar algunos ven la mano de organismos políticos y de espionaje estadounideneses. En el Pacífico, en cambio, como en Perú, son los pueblos los que se alzan –aunque no canten La Internacional–.

Lo cierto es que repta a lo largo y ancho y América –de toda América– un perfectamente descriptible aroma de agotamiento institucional y de corruptela entronizada. Debajo de la letra y exigencias de los tratados de libre comercio cruje el hambre, la cesantía, se riega la desesperanza y se abre paso la rebelión.

En Chile por más que la última encuesta nacional de opinión ponga a la presidente Bachelet en el lado azul del balance, lo cierto es que si la Concertación deja el poder se irá con una inmensa cifra en rojo en su balance final y una pregunta que las autoridades se niegan a formular: ¿llegó al país la corrupción?

La corrupción dentro de los márgenes de la burocracia fiscal es común en la mayor parte de los Estados latinoamericanos, al extremo de que en México suele afirmarse que es el aceite que lubrica los engranajes, más que del gobierno, de la sociedad; Venezuela –bolivariana o no– y la Argentina no le van a la zaga; el tremendo desarrollo y poderío económico del Brasil esconde la mano que sabe mostrarse y esconderse con su parte del negocio. De Colombia mejor ni hablar, algún día se estudiará el primer narcoestado de América.

En rigor, dos o tres países del continente –entre los que no se contaba Estados Unidos– solían considerarse relativamente fuera de las prácticas corruptas: Uruguay, Costa Rica y Chile. Al parecer en los tres las cosas han comenzado a cambiar. De Chile se tiene mayor información.

El reciente desbaratamiento de dos bandas dedicadas al lavado de dinero y venta de estupefacientes al menudeo en urbanizaciones (barrios) populares en la periferia de Santiago puso al desnudo vínculos entre integrantes de los cuerpos policiales y del poder judicial con las organizaciones delictivas, que las autoridades califican de casuales.

Para muchos expertos en el accionar de los cárteles, esta situación suele evidenciarse cuando la penetración –ya por el dinero, ya por el temor– comienza a comprometer las instituciones. Chile tiene una pequeña historia como lugar de refinación y tránsito de la cocaína hacia otros mercados; su presente de país consumidor de pasta base se lo debe agradecer a la dictadura militar-cívica de 1973/90.

Pero la descomposición de la sociedad chilena obedece a otras causas que el narcotráfico y se expresa de manera general en distintos estamentos sociales. Hace unos días, por ejemplo, un grupo de adolescentes coreanos o de ascendencia coreana, tuvo una pelea en un Macdonald’s con otros adolescentes.

La rencilla comenzó por algunos piropos destemplados de los "chilenos" a las muchachas que acompañaban a los "orientales". Tres "chilenos" fueron a parar a un centro de atención de primeros auxilios, ninguno en estado grave. Esa misma noche, como si se hubieran puesto de acuerdo, los tres más importantes noticiarios de televisión reseñaron "la agresión de una pandilla … con rasgos orientales" a un grupo de inocentes jóvenes que "celebraban un cumpleaños". A los pocos días de los hechos trasciende que las familias –"chilenas"·y "orientales"–se ponen de acuerdo por un pago a las primeras para no ir a tribunales, donde tendrían todas las de ganar.

Poco antes de ese suceso, los canales de TV mostraron cómo de un colegio subvencionado sus "sostenedeores" se llevaban en una hermosa 4X4 viandas destinadas a los alumnos. Nunca la ciudadanía supo si se realizó una investigación formal. Y, si se hizo, cual fue el resultado. Probablemente como era un colegio para niños pobres, a nadie le importa mucho qué pasa con ellos.

El 9 de julio –ayer– Colegio Médico afirmó que las autoridades de salubridad fueron reacias a sancionar en forma oportuna a un laboratorio farmacéutico en cuyos medicamentos se encontraron vidrios, cabellos, hongos e insectos. El laboratorio Bestpharma operó y entregó medicinas a lo largo de más de cuatro años después de detectada la inmundicia.

El Cuerpo de Carabineros –policía uniformada urbana, rural, de fronteras y antimotines– ilustra el grado de ezquizofrenia social chilena. Carabineros resulta a la vez la la institución más creíble y confiable por parte de la ciudadanía y también la que con más saña y "científicamente" los castiga a la hora de reprimir actos y protestas callejeras. Carabineros no lo hace motu proprio, sino por mandato de autoridades civiles.

El último caso equipara la institucionalidad chilena a la peor de las caricaturas que antaño se referían a las "repúblicas bananeras". Un policía montado, perfectamente fotografiado él y su cabalgadura, golpeó bestialmente a un reportero gráfico, ocasionándole pérdida de visión en un ojo. Como ocurriera en un caso mucho más grave en 1973 –el camarógrafo sueco-argentino Leonardo Henrichsen, que filmó a su asesino– también Víctor Salas logró fotografiar al energúmeno; no fue el único. Todas esas fotos las tuvieron los investigadores de carabineros.

Pero no. No se pudo individualizar al policía: lo sentimos mucho, chicos, pórtense bien.

La inflación avanza, la economía se estanca. Probablemente la Concertación será barrida en dos años: buena noticia. Pero podría instaurarse un fascismo "udinense": mala noticia. O no: los chilenos quizá vuelvan a aprender a luchar tras los años de emasculación concertacionista…

 

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