May 6 2006
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Opinión

Gripe aviar. – ENTRE LA PANDEMIA, LA PATRAÑA Y LA PAPARRUCHA

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Ahora que ya estamos en la primavera de 2006 y que parece que la cosa no ha acabado de concretarse, puede ser interesante hacer un balance y preguntarse, como mínimo dos cosas: ¿qué beneficio han sacado los poderes médicos, farmacéuticos, corporativos y estatales con toda la campaña de miedo realizada? y ¿qué beneficios sacaran en el momento en que se produzca esta (u otra) plaga?

Esperamos el invierno de 2006-2007, puede que entonces nos flagelen, no con el miedo abstracto, sinó con el real. Puede que sea una paranoia, pero los autodenominados responsables de nuestra salud toman, cada vez más, el aspecto de ser la mayor amenaza.
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La amenaza concreta es una mutación de la gripe aviar, mutación que aun no se ha producido, que haria un clareo de entre 5 y 150 millones de habitantes de la población de nuestro atestado mundo, en la peor expectativa un 2.5% del total. Seguramente el 2,5% más pobre, más desfavorecido, peor alimentado, con peor saneamiento y con peores ocupaciones.

Se trata del virus H5N1, un virus de las aves que ha pasado a algunos mamíferos, entre ellos al hombre; si este virus sufre una mutación que haga posible la infección rápida humano/humano –seguramente del H5 pasará a H1, H2 o H3– se producirá, según los expertos (por ejemplo la OMS), la tan comentada pandemia.

No es ninguna novedad. Hubo varias epidemias de gripe a lo largo del siglo pasado y lo que llevamos de éste, de hecho decenas de ellas; pero hay tres casos especialmente intensos: la gripe española de 1918 (40 o 50 millones de muertos según estimaciones moderadas), la gripe asiática de 1957-58 (unos 2 millones de víctimas mortales), la gripe de Hong Kong de 1968-69 (un millón de decesos).

foto¿Que distingue pues la amenaza de los hipotéticos 5-150 millones de muertos de ahora –amplio abanico de posibilidades funestas– de las plagas de años anteriores? ¿O de los millones muertos cada año por otras enfermedades: por el cáncer (2 millones), malaria (más de un millón) o la misma gripe común humana (casi un millón)?

Nos han estado engañando
(nos estamos dejando engañar).

Nos aseguraron la victoria de la medicina sobre las enfermedades infecciosas, se proclamó a bombo y platillo la extinción de la viruela y se anunciaba la inminente extinción de otras muchas: de la tuberculosis, de la malaria… Nos estaban mintiendo y queríamos ser engañados, y ahora, después de descubrir que no somos inmunes, estamos desconcertados y asustados. Los esforzados caballeros de la salud resultaron ser charlatanes, embaucadores y estafadores.

Hoy día, hay que estar muy ciego o tener poca vergüenza para afirmar que las “enfermedades infecciosas” están en vías de desaparición. La tecnomedicina y los grandes grupos farmacéuticos han creado nuevos monstruos resistentes, tanto a los antibióticos como a los antivirales. Enfermedades que iban siendo raras en los años setentas reaparecen crecidas y alcanzan niveles superiores incluso a los de mediados del siglo pasado… Y surgen nuevas “amenazas”.

Además hay una ecología de las epidemias escasamente conocida. Seguramente, se desplazan las unas a las otras y la “extinción” de una hace surgir a otra. No se conocen los mecanismos que hacen que aparezca una epidemia. Por ejemplo, la peste negra apareció con fuerza en Europa en el siglo XIV –un cuarto de la población europea liquidada– y fue rebrotando periódicamente hasta la epidemia de 1720 en Francia.

Si no se descubrió la causa hasta 1894 y un tratamiento efectivo no lo hubo hasta bien entrado el siglo XX, ¿Qué hizo desparecer la peste negra en Europa hasta hoy en día? Por descontado la tecnomedicina no. El caso contrario, el de la tuberculosis, después del anuncio de su definitiva derrota a manos de los antibióticos industriales; en los últimos años estamos viéndola en expansión continua hasta llegar, en algunas situaciones, a los niveles del siglo XIX.

Nos siguen prometiendo la salud universal e incluso la victoria sobre el envejecimiento y la muerte, la coreografía actual ya no la componen los antibióticos y los antivirales, ahora son las terapias génicas y celulares, las células madre y las nanotecnologías; en pocas palabras: más tecnificación y más dominio… Y menos salud, menos felicidad, menos libertad.

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Hay mucho dinero a ganar con la gripe aviar
(y sin haberlo deseado me ha salido un pareado).

La pandemia, incluso considerándola solamente como amenaza hipotética, ha generado substanciosos beneficios. Los gobiernos de los países ricos invierten miles de millones en la compra de antivirales: por ejemplo 353 millones de euros ha gastado el Estado francés, aunque el gordo se lo han llevado los proveedores de EEUU donde el gasto asciende a la friolera de 5.900 millones de euros. Evidentemente Roche y otras farmaindustrias se estarán frotando las manos. ¡y todo por una enfermedad que en 10 años ha causado la muerte de menos de 100 persones no está nada mal.

Pero no sólo es una buena oportunidad para las corporaciones farmacéuticas, sino también para el sector de la investigación, que ve aumentar las inversiones y subvenciones, especialmente en el sector zoosanitario y de investigación de las enfermedades infecciosas, que últimamente con el mito del antibiótico habían perdido caché frente a las enfermedades “genéticas”. EEUU ya ha firmado un contrato de 100 millones de dólares con la sociedad Sanofi-Pasteur para la producción de una vacuna prepandémica.

También los fabricantes de alimentos baratos alternativos al pollo –por ejemplo Pescanova que se ha revalorizado en bolsa gracias a la amenaza–, y de rebote el sector ganadero-industrial da la puntilla a la “avicultura ecológica” al obligar a confinar a las aves. Incluso, más moderadamente, los vendedores de terapias y remedios naturales y/o milagrosos también se benefician, por ejemplo: la venta de anís estrellado se ha disparado –todo el anís estrellado que no ha comprado Roche, claro–.

Todo este baile de millones hace sospechar si, realmente, no será todo una comedia para asustarnos, atontarnos y sacar unos buenos beneficios. Poco importa qué corporación o que persona acumula los dividendos, el hecho es que a la gripe aviar se han dedicado esfuerzos y recursos que, forzosamente, han de sacarse de algun lado.

Las epidemias, un resultado más de la domesticación
(el chaman, el sacerdote, el doctor… causas de los malestares que dicen curar).

Un agente infeccioso es un parásito, y los parásitos eficaces no matan rápidamente a sus huéspedes (huésped es el organismo en que vive el parásito). No son por tanto agentes de epidemias letales sino plaga o relación no letal con el organismo afectado, dependiendo sobretodo de las condiciones ambientales.

Si un agente infeccioso virulento ataca una población natural, de baja densidad, elimina rápidamente a los huéspedes más accesibles y los mata antes de poder extenderse, esto conduce a la desaparición del agente infeccioso virulento –y de sus huéspedes)–.

Para que un agente virulento pueda extenderse son necesarias unas condiciones determinadas, sobretodo –aunque no únicamente– una densidad muy alta de posibles organismos a los que infectar, que no se suele dar en las poblaciones silvestres. Pero también otras condiciones ligadas a la alimentación, al contacto con substancias o situaciones depresoras de la inmunidad natural, homogeneidad genética de la población…

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Hay que hacer notar que las poblaciones de animales domesticados tienden a una homogeneidad genética que les hace vulnerables a factores externos. Por ejemplo: el 95% del ganado vacuno del “mundo civilizado” es de la misma “raza”, y, en el caso de Europa y los EEUU, procede del semen de poco más de un centenar de
machos; en resumen, una consanguinidad igual o mayor que la de los Borbones –dinastía reinante en España–, pero aplicada a una población de millones de animales, no a unas pocas decenas como es el caso de la familia real española.

Así, los arqueólogos han encontrado los rastros de las primeras plagas precisamente en los primeros hacinamientos humanos. La aparición de las
grandes agrupaciones implica la aparición de la desnutrición crónica y de infecciones letales, cosa que en los grupos pre-urbanos era muy limitado, por ser ecológicamente inviables.

Pero hay otro factor que liga la epidemia a la civilización. Gran parte de las epidemias letales, las pestes, la tuberculosis, el tifus, en fin, son en realidad zoonosis –enfermedades de otros animales– que han pasado al ser humano; estas enfermedades han aparecido necesariamente como resultado de la domesticación; de un contacto no natural entre hombres y animales y de las condiciones de vida que impone la domesticación –hacinamiento, falta de higiene, alimentación pobre–. No estamos hablando de hechos prehistóricos, la actual gripe aviar es un ejemplo, pero hay más: el SIDA, la enfermedad de las vacas locas, el virus de Nilo Oriental.

En las atestadas naves de la avicultura industrial, con los animales hacinados, atiborrados de antibióticos, antivirales, medicamentos diversos, aditivos alimentarios, y sometidas a un estrés insoportable, se encuentra el caldo de cultivo en el que las enfermedades infecciosas de las aves pueden mutar a más virulentas. El uso masivo de bloqueadores antivirales en las granjas avícolas asiáticas ya ha engendrado resistencia del virus H5N1 a estos medicamentos.

Las granjas avícolas de China constituyen un escenario ideal para la aparición de un bicharraco como el H5N1; el capitalismo burocrático chino, despiadado con los animales de corral humanos, sigue, de un modo natural, la misma tónica con sus trabajadores no-humanos: las aves.

Las granjas chinas tienen una densidad (productividad) altísima, mucho más alta que los escalofriantes 600cm2 por ave ponedora de la legislación bienestarista europea (¡una hoja de papel A4 tiene 624cm2!), China es además la principal productora de carne de ave del mundo, el 15% de la carne de pollo y el 78% de la de anátidas y entre ellas del 93% de la de oca. Lo raro seria que una epidemia aviar tuviese un origen que no fuese éste.

Laos, país rodeado de los focos de gripe aviar de China, Vietnam y Tailandia sólo ha presentado unos pocos casos. En Laos más del 90% de las aves de corral no están internadas en instalaciones industriales, son explotadas en corrales tradicionales de baja densidad y al aire libre. Pues bien, los pocos casos que se han dado han sido precisamente en estas pocas instalaciones modernas y progresistas. Parece ser pués, que hay un ligamen entre explotación industrial y gripe aviar.

Otro punto turbio es que los virus de la gripe aviar se concentran especialmente en las heces de los animales infectados. Las heces de ave son usadas –en Asia y en todo el mundo– como “aditivos” en la alimentación animal, especialmente de rumiantes.
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El miedo a lo salvaje

Aunque está claro que el caldo de cultivo de la gripe aviar son las instalaciones tecnoindustriales, el lobby de la industria ganadera ha sabido desviar la culpa hacia los animales salvajes y sus no reglamentados movimientos.

Entre los civilizados hay un miedo atávico a lo salvaje, a lo no predecible, a lo no dominado. Lo salvaje es una amenaza para la civilización; el hecho de que haya una existencia al margen de nuestro nocivo y alienado modo de vida, es motivo suficiente para desencadenar odios genocidas, expresión, quizás, de la insana envidia de quien no es capaz de desear o imaginar otra vida para él.

Para los bienpensantes civilizados, salvajes eran los incendiarios franceses del otoño pasado, salvajes los comportamientos incívicos que tanto preocupan a los ayuntamientos del Estado español, salvajes las características que otorgan los eclesiásticos a las mujeres, o los medios de comunicación a los integristas islámicos.

Salvaje es lo imprevisible, lo diferente, lo inclasificable.

La aparición de focos de esta amenaza aviar no ha seguido el camino natural de migración de las aves salvajes, de Norte a Sur, más bien ha seguido la dirección de las líneas de transporte terrestre y aéreo, hacia el Oeste (Turquía, Rusia, Europa) o al Este (Canadá), incluso el único foco relevante en África, en Nigeria, está alejado de hipotéticas migraciones Este-Oeste, en la costa Atlántica y además afectando a explotaciones industriales.

Pero bastan unas decenas de aves muertas en las marismas de la Europa Central y los Balcanes, para desatar una campaña de inculpación generalizada. ¡Toda la culpa es de los patos, de los gorriones, de la golondrina del alero! Y, sin embargo, la gripe H5N1 es propia de las anátidas salvajes, pero ellas portan una variedad poco virulenta, raramente mortal y son más resistentes a las variedades virulentas. La “pandemia” ni se gesta ni se extiende a través de las poblaciones salvajes de aves, lo hace a través de las explotaciones industriales.

El consumidor que quería ser inmortal

Los consumidores, según se comportan, son por autodefinición inmortales. ¿Qué sentido tiene comprar productos que hipotecan la vida por años si no hubiese la esperanza de gozarlos indefinidamente? ¿Para que compraría un jubilado un coche de gama media (o alta), cambio automático, repris inigualable, toda la seguridad del mundo, lunas ahumadas y acabados metalizados si no pensase que lo ha de usarlo hasta la amortización?

¿Para qué se puedan desear juguetes, cremas, “complementos” diversos del “menaje” del hogar, electrodomésticos especializados …si no se pensase que se será eternamente niño, eternamente joven, eternamente “maduro” (“maduro” interesante) si no se piensa que mientras se consume se es inmortal?

No sólo nos prometieron –y nos creímos– la “salud” permanente, también nos prometieron la eterna juventud (y si echamos un vistazo alrededor veremos como muchos quieren creérselo). pero, a pesar de que la salud y la juventud eternas ya eran una oferta desmesurada, no se quedaron ahí, parece que ahora nos van a ofrecer la inmortalidad –al menos para algunos–; de momento todo son mentiras y, aunque fuesen en un 95% ciertas, seguirían siendo la mayor farsa de la civilización.

¿Que sentido tiene la salud en un mundo donde significa sumisión? ¿Qué sentido tiene juventud cuando significa sólo un marca de consumo? ¿Qué sentido tendría la inmortalidad en un mundo de vaciedad, de tristeza y de dominación?

Mercancías aterrorizantes, consumidores aterrorizados

Así que nos están vendiendo miedo y nosotros lo compramos alegremente y pagamos por él, no solo el precio del tinglado tecnosanitario, sino también un montón de precios más.

La limitación de movimientos de aves industrializadas se extenderá al resto de los animales –nosotros incluidos– a la primera alarma de contagio mamífero/mamífero. Nuevas fronteras “sanitarias” se superpondrán a todas las otras otras fronteras (estatales, de la UE, arancelarias, monetaria); recordemos la frontera sanitaria que se opuso a la libre circulación de caballos en España durante las Olimpiadas de 1992 para prevenir la peste equina.

La obligatoriedad de declaración de la enfermedad –dato “imprescindible” para la epidemiología científica– nos llevara, como ya se ha visto con otras enfermedades, a la delación y a la segregación. La inclusión en un colectivo de riesgo conlleva la automática discriminación y al alejamiento y confinación del “apestado”. Ahora mismo en muchas fronteras se aplican medidas “especiales” a las personas procedentes de países de riesgo.

Las reservas de antivirales y otros medicamentos relacionados, son considerados reserva estratégica y están a menudo controlados por el ejército, los planes de emergencia contemplan la intervención de los militares en la gestión de esta, tanto en la protección de los puntos de fabricación de antivirales y vacunas, como la distribución, en el aislamiento de enfermos y la recogida de cadáveres –de todo tipo de animales–. En España el Ministerio de Defensa custodia 130 kilogramos de “oseltamivir fosfato”, sustancia activa del Tamiflu, que serviría para preparar 132.000 tratamientos del medicamento aplicable; los militares, en sus instalaciones, elaboraran a partir de la sustancia activa las dosis a consumir en el momento en que se considere necesario.

El terror a la pandemia cosquillea nuestras apacibles y domesticadas neuronas, y nos retorna a sensaciones de peligro olvidadas y substituidas por el aburrimiento, el tedio y el pensamiento dominado; este terror es por tanto una mercancía estimulante, una modesta subida de adrenalina, un miedo que, por invisible y ominosamente global, difícilmente puede generar réplicas o reacciones fuera del corralito que tenemos marcado.

Es pues un terror que, mientras no se concrete en miles de muertos, resulta beneficioso para el sistema. Y si realmente se produjese la pandemia, los cadáveres podrán ser reciclados y obtener pingues beneficios de ellos.

Además nuestros “bondadosos” y “competentes” pastores –o, mejor, ganaderos– están dispuestos a sanar a sus aterrorizadas reses con antivirales y vacunas, como mínimo a sus reses del mundo desarrollado. De modo que además este terror es rentable porque induce a confiar en el sistema (aunque esta confianza sea un autoengaño) o, en el caso de las reses pastoreadas fuera del corral del mundo desarrollado, a soñar con un pastor o un corral como el de europeos y norteamericanos.

Alguien esta invirtiendo mucho dinero en aterrorizarnos, y tiene éxito; suponemos pues que alguien esta comprándonos como tiernos corderillos aterrorizados, como mercancía aterrorizada. Como tal mercancía terroristizada, somos un producto muy deseado por el mercado, no ya como aterrorizados consumidores –hito ya logrado hace mucho tiempo– sino como aterrorizados reproductores de un mundo jerárquico, religioso, domesticado, dominado, que superará en mucho a la actual situación de miseria, nocividad y malestar.

Hay un espacio fuera del terror del mercado, fuera de las fantasías del sistema tecnomédico, un espacio donde ser libres y salvajes, donde el dolor y la satisfacción sólo sean cosa nuestra, un espacio que cada uno ha de conquistar, conservar o añorar, un espacio que puede ser en el ahora real o imaginario, pero un espacio que sin duda será muy disputado y del que no podremos disfrutar fácilmente. Es decir: un mundo libre y salvaje.

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* En http://listas.nodo50.org/cgi bin/mailman/listinfo/urtica.

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