Feb 2 2011
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Sociedad

Guerras y guerras

Tom Coelho.*

“Combatirse a sí mismo es la más dura de las guerras,
vencerse a sí mismo es la más bella de las victorias.”
(Friedrich Von Logau).
Desde pequeño me acostumbré a la guerra.

Creo que por influencia de mis padres —y un hombre llamado Freud que dice que las cosas siempre empiezan así— comencé a considerar la guerra un acto normal, casi esencial.

Primero fue una guerra para salir del confort del vientre de mi madre, donde yo tenía alimento y seguridad, en un día que lo llamaron de parto y que después se le dio el nombre de cumpleaños, quizá sólo para eludirme. En este día, lloré y pataleé mucho más. Pero no había remedio. Me sacaron de allí, haciéndome ver una luz intensa que casi me cegó. ¡Y todavía me dieron una palmada en las nalgas sin ningún motivo!

Los años pasaron después me mostraron que raramente vale la pena llorar y patalear…

Después vino una guerra particular bastante interesante que consistía en quedarse parado y aprender a caminar. Mi padre batallaba para comprar pañales y leche en polvo, mientras mi madre también entablaba otra guerra que se extendería durante años: hacer que yo comiera lo que ella colocaba en mi plato, cosas como hígado y arvejas, en lugar de chocolate y gelatina.

Allá por los cuatro años de edad me fue presentado un verdadero arsenal de guerra. Era un comienzo de año y todo el mundo saltaba y cantaba mucho en una fiesta llamada Carnaval. Recibí una especie de tubo de plástico que lo llenaba de agua y después mojaba a todos los que se atrevían a pasar delante de mí. Recibí también unas armas hechas de papel —parece que se llamaban confites y serpentinas.

¡Éstas eran guerras bien animadas!

Ah, recuerdo también los bombardeos aéreos con papas fritas tiradas del decimoctavo piso de un edificio donde estuve hospedado durante un viaje de vacaciones.

Años después, vinieron las guerras que guardo con más cariño en la memoria. La guerra de los almohadones que empezaba en el living y terminaba como guerra de almohadas en la habitación. Fue una época de desarrollo de tácticas de guerrilla. Yo me atrincheraba detrás del sillón y esparcía zapatos y chinelas como si fuese un campo minado por la sala y los pasillos.

Cambiar la tele, los videojuegos y los juegos con los amigos por las tareas escolares era una verdadera guerra. Lo mismo para arreglar el cuarto, bañarse e ir a dormir temprano.

Luego llegó una serie de otras guerras. Guerra para ser aceptado por el equipo de básquetbol del club, incluso siendo bajito. Guerra para sacar buenas notas y destacarse en la escuela. Guerra para entender las transformaciones que las hormonas provocaban en el cuerpo. Guerra para tener coraje e invitar a aquella muchacha para salir. Guerra para tomar la iniciativa del primer beso.

Después de un par de años, las guerras siguientes fueron tomando una connotación más seria.

Guerra para entrar en la universidad. Guerra para obtener el diploma. Guerra para conseguir un empleo y estando en él, aprender a aceptar la jerarquía – a veces, casi militar -, las órdenes impuestas de arriba para abajo, los rumores de los pasillos, las conspiraciones en el hall del café, las trampas en el elevador. Guerras corporativas producidas por coroneles sin patente, entabladas por soldados muchas veces lanzados al campo sin entrenamiento ni provisiones. Guerra contra la competencia, sin interés en la diplomacia. Guerra contra la falta de eficiencia, sin previsión de armisticio. Guerra por el consumidor, por su preferencia y fidelidad.

Y en medio de todo eso, guerra para encontrar un alma gemela. Guerra para convencerla a casarse y después, a separarse. Guerra por la tutela de los hijos. Guerra para montar una empresa, pagar sueldos, pagar impuestos —y de repente, tener que cerrar la empresa.

Guerra contra el aumento de la gasolina. Guerra contra los intereses de las cuentas sobregiradas.

Leyendo los diarios observo el desenvolvimiento de otros tipos de guerra. Guerra por la demarcación geográfica, guerra por el petróleo, guerra por la autoridad. Y tal vez la peor de todas, la guerra en nombre de Dios, a la que llamaron de guerra santa, sólo con la finalidad de incorporar en cuerpo y alma a millones de inocentes, jóvenes o maduros, pero que en realidad atiende los mismos preceptos de tierra, dinero y poder de todas las guerras convencionales.

Hoy, ya adulto, me doy cuenta de cómo nuestras guerras van perdiendo significado real en la medida en que nuestras piernas crecen.

Las guerras migran del placer a la ignorancia, de la pureza a la intolerancia. Billones de dólares, euros y libras son gastados para matar más gente, cuando podrían aminorar el dolor y el sufrimiento, el hambre y la miseria de otros millones distribuidos por el mundo. Billones de reales son invertidos en productos que no son deseados, en tecnologías que no son usadas, en entrenamientos que no proporcionan aprendizaje, en confraternizaciones que no generan integración. Todo porque las naciones tratan a las otras como países, aislándose en torno de sus intereses.

Todo porque las empresas tratan a sus colaboradores como movibles, fertilizando el terreno para una guerra civil al no definir sus valores, misión e ideales en forma compartida.

Miramos al lado y vemos la guerra para saber quién pasará primero el semáforo en rojo, la guerra para determinar quien vencerá la licitación, la guerra contra el narcotráfico, la guerra por la supervivencia. Es entonces cuando vemos que Darwin se equivocó, que la selección no es natural porque la naturaleza quiere, sino porque el hombre así lo desea.

Y entonces, me coloqué delante de mi mayor guerra personal. La de entender porqué las cosas son así. La de comprender cómo me dejé convocar por este ejército de insanos. La de imaginar en cuál punto del espacio y en qué momento en el tiempo me separé del niño que vivía y amaba la guerra, como ella debería ser.

* Educador, conferencista, escritor.
www.tomcoelho.com.br
www.setevidas.com.br.

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