May 14 2016
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Despacito por las piedras

“HACIA DONDE SE INCLINE BRASIL SE INCLINARÁ LATINOAMÉRICA”

El título  de hoy lo puso Henry Kissinger. Esto nos da una idea de la importancia de lo ocurrido en Brasil esta semana. No es un mero cambio de gobierno, tampoco un simple “golpe de estado”.

Para aquellos que tienen la suerte de tener una edad para la cual ciertos nombres, frases y acontecimientos son “cosa e´viejos que ya fueron”, digamos que Henrry Kissinger -quien dentro de unos días cumplirá 93 años- es un judío alemán que huyendo con su familia del nazismo recaló en los Estados Unidos. Allí, no solo se hizo ciudadano de ese país, sino que fue –durante los últimos 50 años- la persona más influyente en su política exterior. Hace más de 40 años, siendo Secretario de Estado (Canciller) de los Estados Unidos, halagaba a los brasileños (enamorados de ser “o mais grandes do mundo”) diciendo la frase que le puso título a estas reflexiones. Para esa misma época definía a Brasil -ese maravilloso país-continente- como “satélite privilegiado”, obviamente de la política  norteamericana.

Décadas después de aquellas frases históricas los acontecimientos de esta semana obligan a volver sobre ellas. Explica poco y nada quedarnos en la anécdota si este cambio, que muy posiblemente quede ratificado con la destitución de Dilma Rousseff dentro de 6 meses, cumplió o no con todas las formalidades institucionales. Tampoco da cuenta de lo más importante de la realidad decir que estamos ante un nuevo modelo de “golpe de estado”.

Si afinamos la puntería podríamos llegar a afirmar que ambas hipótesis contienen aspectos válidos y con ello tampoco estaríamos penetrando en el fondo de la cuestión y dando una explicación que nos sirva para sacar enseñanzas con vista al futuro. (Porque el “futuro volverá” y para saber las responsabilidades de ese momento es bueno conocer qué –y ¿porqué?- pasó lo que pasó ahora)

El modernizador y nacionalista popular Getúlio Vargas gobernó 4 veces Brasil, entre 1930 y 1954, fecha en la que se suicidó. Le siguieron algunos convulsos años, hasta que en 1964 un golpe militar, expulsó del gobierno a Joao Goulart,  un continuador de Vargas, quien muriera -presumiblemente envenenado- en el marco del “Plan Cóndor” en 1976.

El “golpe” de 1964 inauguró un largo período (1964/2003) de gobiernos desarrollistas conservadores, durante los que Brasil creció y se industrializó, en medio de una gigantesca exclusión y desigualdad social.

En ese período avanzó un vigoroso movimiento obrero y la Central de Trabajadores –la CUT-, que se constituyó en el eje del Partido de los Trabajadores (PT). Su fundador y principal dirigente, el obrero metalúrgico Luis Inácio “Lula” da Silva, anudó una alianza con otros sectores, particularmente campesinos y grupos vinculados a las Comunidades Eclesiales de Base, lo que lo llevó a la presidencia el 1° de enero de 2003.

El PT gobernó durante 13 años. Entre sus principales logros se puede destacar que sacó de la pobreza a más de 20 millones de brasileños. Sin embargo, esa política -hija de un progresismo desarrollista y  asistencialista- dejó incólumes las bases económicas del sistema empresarial que siguió dominando el horizonte del poder brasileño, arraigado en la poderosa Federación de Industriales de San Pablo (FIESP), con la que el poder político, en manos del PT, negociaba. Un ejemplo de ello lo tenemos con el economista Henrique Meirelles, ahora designado Ministro de Hacienda, al frente de la economía brasileña. Este hombre proveniente del sector financiero y amigo de la FIESP, fue presidente mundial del Bank Of Boston y Lula lo tuvo 8 años como Presidente del Banco Central de Brasil.

Ahora Brasil entra en un nuevo ciclo que probablemente no sea tan corto, como los sectores más humildes esperan. Pero esto que ha pasado en Brasil, que no es muy diferente a lo que viene ocurriendo con otros gobiernos progresistas, sirve como una advertencia a los que se reconocen como parte de movimientos populares. Se trata de la necesidad de producir cambios profundos, antes que un débil accionar y las conveniencias estratégicas de la política norteamericana en la región, termine por devorarlos.

Brasil es la muestra más evidente de qué modo las debilidades de los gobiernos progresistas de los últimos años han abierto las puertas para una restauración de políticas conservadoras y la renovada presencia de los intereses estadounidenses en la región.

Juan Guahán

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