Nov 5 2007
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Opinión

HACIA UN LEVANTAMIENTO POPULAR MUNDIAL

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Hace bastante tiempo, los postmodernistas superaron la posibilidad de transformación del sistema (muchos incluso negaban reconocer la propia existencia del sistema). Hoy día muchos radicales niegan la posibilidad de levantamientos en aquellos países que más lo necesitan, como el Reino Unido y Estados Unidos. Estas dos películas inyectan precisamente
tales dosis de contingencia en las matrices del imaginario de los cinéfilos que ofrecen mucho más para pensar que los abultados tomos provenientes de la industria del movimiento social o incluso de muchos impresos de izquierda.

A pesar de los cotidianos mensajes televisivos con imágenes de acomodación pasiva, las luchas de dimensiones épicas animan, en el presente, millones de vidas.

América Latina está envuelta en lo que fundadamente pueda ser la transformación más
significativa de su panorama político y cultural desde Cristóbal Colón. Desde los Zapatistas a los comuneros de Arequipa (Perú) y la Venezuela de Chavez, las vidas cotidianas de los pueblos presentan mejorías a través de votaciones, protestas y todas las formas del activismo político, incluidas las insurrecciones populares.

Menos conocidas son una serie de alzamientos en Asia Oriental en las dos últimas décadas del siglo Veinte. Su legado abarca la posibilidad de una insurrección popular mundial en
contra del sistema inhumano del neoliberalismo y regímenes de guerra que controlan hoy día la mayor parte de la riqueza acumulada de la humanidad.

El año 1980 da inicio el Levantamiento de Kwangju, una
reacción en cadena de revueltas y levantamientos que
recorrió toda Asia Oriental. La “comunidad hermosa” de
Kwangju, la invención espontánea de su pueblo al crear
un ejercito ciudadano y una Comuna autogobernada,
continúan inspirando y enseñando. Aunque sobrepasado
en 1980, el pueblo de Kwangju se negó a la sumisión,
promovió el triunfante levantamiento de 1987 y ganó la
democracia surcoreana contemporánea.

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Las revoluciones Europeas de 1989 son bien conocidas, pero el
eurocentrismo impide, con frecuencia, la comprensión
de la contraparte Asiática: la oleada de profundos
alzamientos en Asia Oriental desde Filipinas
(1986), Myanmar (1988), Tibet (1989), China (1989),
Nepal (1990), Tailandia (1992) hasta Indonesia (1998),
permiten hoy día entender mejor las formas de acción
popular posibles en el siglo Veintiuno.

La comuna Kwangju

El levantamiento del pueblo de Kwangju en 1980
permitió, por un lado, el destello de las sociedades
libres del futuro y, por otro, un ejemplo realista
para aquellos cuyos sueños de libertad permanecen
insatisfechos tanto por la democracia parlamentaria
como por la dominación dictatorial. Las dimensiones
más importantes del levantamiento de Kwangju son su
afirmación de la dignidad humana y el esbozo de lo que
es una democracia sustantiva.

El significado de Kwangju para la historia de Corea sólo puede ser
comparado con el de la Comuna de París en la historia
de Francia y la batalla de Potemkim en la historia
Rusa. Del mismo modo que en la Comuna de París, el
pueblo de Kwangju se sublevó espontáneamente y se dio
un autogobierno hasta que fueron brutalmente
suprimidos por fuerzas militares autóctonas arengadas
por un poder externo. Y del mismo modo que en la
batalla de Potemkim, el pueblo de Kwangju ha señalado
repetidamente el advenimiento de la revolución en
Corea, en tiempos recientes desde la rebelión de
Tonghak en 1894 y la revuelta de estudiantes en 1929,
hasta el levantamiento de 1980.

Forjado con el sacrificio de miles, el mítico poder
del levantamiento popular de Kwangju se templó en los
duros años posteriores a 1980, cuando la dictadura
intentó ocultar su masacre de más de dos mil personas.
Incluso antes de que la Comuna de Kwangju fuera
despiadadamente destruida, las noticias del
levantamiento fueron tan subversivas que los militares
quemaron un impreciso número de cuerpos, enterraron
otros en tumbas sin señales y destruyeron sus propios
registros. Para impedir que se hablara públicamente
del levantamiento, miles fueron arrestados y cientos
torturados.

En 1985, apareció el primer libro sobre el
levantamiento de Kwangju. Potenciados por los mensajes
contenidos en poemas, pinturas, relatos breves,
xilografías, obras de teatro, novelas, canciones y
otras formas de expresión artística, la verdad sobre
la brutal matanza militar de miles de sus propios
ciudadanos, no pudo ser ocultada.

Tan inmensas como eran la valentía y la bravura del
pueblo de Kwangju, su capacidad de autogobierno es el
sello distintivo de su revuelta. Desde mi visión, es
el factor individual más destacable del levantamiento.
La capacidad de autogobierno que emergió
espontáneamente, primero en el fragor de la batalla,
luego en la administración de la ciudad y al final en
la resistencia al contraataque militar, es rompedora
de esquemas.

En la última parte del siglo veinte altos índices de alfabetización, los medios de masas y
la educación universal (que en Corea incluye el entrenamiento militar para todo hombre) forjaron, en millones de personas, una capacidad de gobernarse a sí mismas de modo mucho más inteligente que las escuetas elites asentadas en posiciones de poder. Tal cual lo
señaló Choi Jungwoon: “En esta comunidad, no había un propietario privado, la vida de los otros era tan importante como la propia, y el tiempo permaneció quieto.

“En esta comunidad, las discriminaciones
desaparecieron, los individuos se fundieron en una
unidad y la alegría y el gozo iban de la mano. La
clave de toda esta comunidad era el amor, en otras
palabras, una respuesta humana a seres nobles.

La lucha en ese momento era una autocreación excitante,
“la naturaleza intuitiva de la dignidad humana no
reposaba en la acción y el resultado de perseguir
intereses individuales y estatus social, sino que se
encontraba en el acto de reconocer un valor mayor que
la vida individual y en dedicarse uno mismo a
obtenerlo”.

Después de que los militares fueron barridos de la
ciudad el 21 de mayo, cientos de luchadores en el
ejército de los ciudadanos patrullaban la ciudad.
Todos compartían el júbilo y el alivio. La ciudad era
libre. Los mercados y almacenes estaban abiertos y el
alimento, el agua y la electricidad estaban
disponibles como de costumbre. No se saquearon bancos
y los delitos “normales”, como el pillaje, la violación
o el robo se dieron de forma muy escasa.

Desde abajo, el pueblo creó fuerzas de choque móviles y consolidó
el Ejército Ciudadano, una Comisión de Asentamiento y
una Comisión de Lucha; se ocuparon de los cadáveres y
de los acongojados familiares, curaron las heridas y
limpiaron la ciudad liberada. En los bancos de sangre
esta escaseaba, pero tan pronto como se tuvo noticia
de este hecho, la gente acudió en masa a donar su
sangre, incluidos las prostitutas y los camareros, que
insistieron públicamente en que se les permitiera
donar. En muchas de las cruzadas, se donaron miles de
dólares para las comisiones de asentamiento.

De modo espontáneo, emergió una nueva división del
trabajo. Durante días, los ciudadanos sirvieron
voluntariamente comida gratuita en el mercado y
mantuvieron una guardia constante ante el esperado
contraataque. Todos contribuían y encontraron su lugar
en la Kwangju liberada.

Las organizaciones preexistentes como la Escuela Nocturna Dulbul, la
Tropa del Teatro de Payasos y la Biblioteca Nok Du
ayudaron a organizar reuniones diarias de decenas de
miles de personas donde la democracia directa ejercía
el control. Las decisiones tomadas por estas asambleas
generales fueron implementadas por grupos más pequeños
(incluido el Ejercito de los Ciudadanos). Aún cuando
las reuniones eran inmensas, convocaban a distintos
grupos de personas: campesinos, obreros, amas de casa,
estudiantes, curas, monjes, ancianos, limpiabotas y
camareros. Ahí lograron expresar sus necesidades más
entrañables.

Con el apoyo y el soporte de Estados Unidos, la nueva
dictadura militar de Chun Doo Hwan, finalmente retomó
el control de la ciudad la mañana del 27 de mayo de
1980 (coincidentemente con el día en que la Comuna de
París fue derrocada en 1871). Aunque reprimido de
forma brutal, el movimiento coreano nunca dejó de
luchar para derrocar la dictadura. En el resto de
Corea, Kwangju se convirtió en la consigna para
recobrar la democracia. En la medida en que las
protestas continuaron intensificándose, el glorioso
triunfo del movimiento Minjung en 1987 se produjo
gracias a la propagación de las protestas populares
que comenzaron el 10 de junio de 1987.

Durante diecinueve días consecutivos, cientos de miles de
personas se reunieron ilegalmente en las calles y
exigieron elecciones presidenciales directas. Cuando
fue asesinado en una protesta de estudiantes cerca de
la Universidad Yonsei, Lee Han-yol, más de un millón
de personas se congregó solemnemente para su funeral.

De igual modo que en las Filipinas el año anterior, la
ocupación masiva del espacio público obligó a los
militares a ceder, en este caso mediante el acuerdo de
convocar a elecciones presidenciales directas. En
julio y agosto, irrumpieron miles de huelgas con
participación de millones de trabajadores lo que
condujo a una década de dilatadas luchas que lograron
sindicatos libres. En un sorpresivo vuelco de los
acontecimientos, los antiguos presidentes Chun Do-hean
y Roh Tae-woo fueron encarcelados en 1994 por su papel
en la masacre de Kwangju.

Levantamientos asiáticos por la democracia

Los dictadores de Asia oriental, muchos de ellos en el
poder durante décadas, parecían inamovibles a
comienzos de la década de los ochentas hasta que una
oleada de revueltas y levantamientos transformaron la
región. Tanto Kim Dae Jung como Benigno Aquino,
líderes populares de un amplio segmento democrático,
estuvieron en el exilio en Newton, Massachussets,
EE.UU., a comienzos de los ochentas. Ahí se
enriquecieron con el intercambio de perspectivas sobre
cómo recuperar la democracia.

Seis años después del levantamiento de Kwangju, en Filipinas derrocaron al
dictador Marcos. Las experiencias del levantamiento de
Kwangju ayudaron a inspirar la acción en Manila.

En febrero de 1986 en las Islas Filipinas, la marcha de
treinta operadores computacionales que contaban los
votos en una elección, dio inicio a cuatro días de
protestas masivas en un levantamiento conducido por la
jerarquía católica y elementos claves de los
militares. En asunto de días, las tropas rebeldes,
apoyadas por cientos de miles de personas que se
negaban a dejar las calles, ganaron la confrontación.
Por su parte, la revolución de poder popular inspiró
la reconstitución del movimiento en Corea del Sur.

En toda Asia surgieron movimientos populares por la
democracia y los derechos humanos: en 1987, en Taiwan,
se logró poner término a treinta y ocho años de ley
marcial, donde evidencias anecdóticas cuentan de
personas cantando canciones del movimiento por la
democracia coreano, en las calles.

En Myanmar estalló en marzo de 1988 un movimiento popular donde
estudiantes y minorías étnicas se tomaron las calles
de Rangoon (parecido a lo que había ocurrido en
Kwangju). A pesar de la terrorífica represión, el
movimiento obligó al presidente Ne Win a dejar el
poder luego de 26 años de gobierno. En agosto, cinco
días de protestas dirigidas por estudiantes forzaron
su resignado reemplazo.

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Una comisión de huelga general
que representaba a los trabajadores, escritores,
monjes y estudiantes coordinó un movimiento, a lo
largo de todo el país, para una democracia
multipartidista. Pero los militares dispararon a miles
de personas más, con una cifra de más de diez mil
personas asesinadas ese año. Con arrestos de otros
miles, incluidos más de cien parlamentarios recién
electos, el gobierno militar de Birmania continuó
utilizando una mano de hierro para permanecer en el
poder.

El año siguiente, activistas estudiantiles en China
impulsaron una amplia demanda pública por la
democracia, sólo para terminar masacrados por docenas
en la Plaza de Tiananmen y perseguidos por años de ahí
en adelante. La revuelta en China fue desde fuera de
las filas del partido.

Aunque incluso desde los partidarios del comunismo, en la medida en que
continuó la reacción en cadena en contra de las
dictaduras militares, un miembro del politburó de
Vietnam, el general Tran Do, pidió públicamente una
democracia multipartidista en Vietnam el año 1989, un
acontecimiento sin precedentes.

El siguiente fue el turno de Nepal. Siete semanas de protestas que
comenzaron en abril de 1990 obligaron al rey a
democratizar el gobierno. (En 2006, después de
que la monarquía había recuperado su control del
poder, otra oleada de levantamientos populares volvió
a ganar la democracia).

El siguiente país en sufrir una explosión fue Tailandia, cuando veinte días de
huelga de hambre de un líder político de oposición
llevó a la calle a cientos de miles de personas en
mayo de 1992. Docenas fueron asesinados cuando los
militares suprimieron las concentraciones callejeras
y, debido a esta brutalidad, se logró la dimisión del
General Suchinda Krapayoon.

En el año 1998, en Indonesia, los estudiantes convocaron una “revolución
de poder popular” y lograron derrocar a Suharto.
Gracias a unas entrevistas de un periodista
estadounidense en las universidades de Indonesia, se
supo que la consigna de poder popular se adoptó del
movimiento filipino, así como lo fue también la
innovación táctica de ocupación del espacio público.

El significado de los levantamientos en Asia Oriental

El levantamiento de Kwangju destella como un ejemplo
brillante de la rápida propagación de las aspiraciones
y acciones revolucionarias. La espontánea reacción en
cadena de los levantamientos y la masiva ocupación del
espacio público, implican la súbita entrada en la
historia de millones de personas comunes que actúan de
modo unificado debido a que creen intuitivamente que
pueden cambiar la dirección de sus sociedades.

En tales momentos, los intereses universales se
generalizan al mismo tiempo que se niegan los valores
dominantes de la sociedad (el patriotismo, la
jerarquía, la dominación, el regionalismo, el lucro,
etc.). Esto ha sido designado como la comunidad
absoluta
y la solidaridad orgánica de los
participantes en la Comuna de Kwangju.

Los humanos tenemos una necesidad instintiva de libertad, algo
anhelado de modo intuitivo, y fue esta necesidad
inconsciente la que fue sublimada en un fenómeno
colectivo durante el levantamiento de Kwangju. La
repentina irrupción de cientos de miles de personas
que ocupaban el espacio público; la propagación de la
revuelta de una ciudad a otra, a lo largo de todo el
país; la identificación intuitiva de unos con otros y
la creencia simultánea en el poder de sus acciones; la
suspensión de los valores normales como el
regionalismo, las prácticas competitivas, el
comportamiento delictual y la ambición desmedida, son
dimensiones de lo que llamo efecto Eros.

Después de la Segunda Guerra Mundial, la repentina e
inesperada competencia por el poder ha sido una de las
tácticas en los pertrechos de los movimientos
populares. Mientras la versión oficial de la historia,
que domina las divulgaciones periodísticas, enfatiza
la conformidad social, entrelíneas el entendimiento
del pueblo constituye una poderosa contracorriente.

Nuestras acciones unificadas en las calles fueron
catalogadas como “segundo superpoder” el 15 de febrero
de 2003. Sin una organización central, treinta
millones de personas se tomaron las calles para
protestar la segunda guerra de Estados Unidos en
contra de Iraq, aun cuando ésta no había empezado
todavía.

¿Logrará el rumor de las revueltas en Asia Oriental
después de Kwangju, junto a las nuevas insurgencias en
Latinoamérica u otros lados, conducir a un
levantamiento sincronizado en contra del
neoliberalismo y la guerra? Nunca visualizado antes de
Kwangju, las posibilidades de una revuelta al estilo
de Kwangju, a escala mundial demuestran ser el legado
más duradero de los acontecimientos de mayo de 1980.

—————————-

* Profesor de ciencias sociales en el Instituto de Tecnología Wentworth, Boston, Estados Unidos, escritor.

Traducción de Alejandra (mujerescreativas@yahoo.com).

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