Abr 1 2008
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Política

HASTÍO (A LA CHILENA)

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Sobre lo que está pasando en el país y con sus habitantes hay muchas explicaciones. Algunos apocalípticos hablan de una corrupción galopante. Otros autoflagelantes le echan la culpa a la cultura poquitera y subdesarrollada que nos caracteriza. Aún hay desconfiados y boquisueltos que culpan a los nuevos líderes, que prometieron cambios y terminaron beneficiándose a sí mismos. Están también los talibanes que achacan todos los males a los contrincantes, ya sea que estén en la oposición o en el Gobierno.

Y si se sigue buscando, no faltará el ortodoxo que hable de la burguesía local que nunca ha sabido compartir la riqueza y que en estos años ha aumentado su fortuna de manera asombrosa. Una gama atosigante de males que, por supuesto, nos empuja a la depresión. Y es así como andamos malhumorados, cabizbajos, con poco tiempo para compartir y menos deseos de mirar hacia un futuro más allá de las narices que, en el mejor de los casos, se encuentran sumidas en el consumismo.

¿Dónde está la explicación?

Seguramente no es una sola y muchas de las que circulan tendrán algo de validez. Sin embargo, es evidente que en Chile existe falta de líderes. Y los que logran levantar cabeza, son fagocitados de inmediato por una voraz mediocridad que se siente amenazada.

En estos días, el ex presidente Ricardo Lagos sacó sus lienzos y se lanzó al precalentamiento electoral. Lo hizo en su estilo, anunciando que estaba más allá de las mediciones normales entre pares de la Concertación. Él es así. Pero también forma parte de este ambiente nuestro, en que cada cual trata de lucir más méritos de los que tiene. ¿Soberbia o timidez? Poco importa, lo real es que estas actitudes hacen daño. Como si haber sido Presidente de la República lo colocara en un estatus privilegiado. Es un jefe de Estado emérito y nada más.

Y un mandatario tiene aciertos y errores. Lagos sólo mira sus aciertos, pero se niega a reconocer errores. Y éstos no son menores. Hasta le pesan en su trabajo de Comisionado de las Naciones Unidas para el Cambio Climático. Está convencido que todo se resuelve con crecimiento económico. Y crecer de manera sostenida y permanente, es imposible. Imposible no sólo para los países, sino imposible que lo soporte el planeta. Pero él pareciera haber transformado sus directrices en preceptos de fe. Ni siquiera se plantea que la Humanidad debiera pensar en otros paradigmas que la alejaran del consumismo y del gasto energético creciente.

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Que Lagos es un líder, no cabe duda. Pero se equivocó en su gobierno. Su receta es el desarrollo económico indefinido. Y pareciera que la respuesta no está allí, sino en el desarrollo humano. En una conferencia, Pedro Engel, hablando de Chile, dijo: “El general Pinochet mató el cuerpo de Chile. Lagos le mató el alma”.

Es posible que la frase resulte un poco dura. Pero refleja el pensamiento de que nuestros líderes, que los tenemos, a menudo maltratan, por acción u omisión, el alma de los chilenos. Y eso lo vemos en las grandes propuestas y en las pequeñas acciones.

Los chilenos nos ufanamos –cual más cual menos– de que nuestras instituciones funcionan. Pero nada decimos de que estas instituciones consideran chilenos de primera, de segunda y hasta de tercera clase. Empresas del Estado se vanaglorian eufemísticamente de haberse modernizado. La verdad es que han achicado sus plantas dejando sin llenar cargos, pero han integrado personal a contrata que no tiene el mismo tratamiento del personal estable, aunque hacen similar trabajo. Y eso ocurre en ministerios, en universidades, en Codelco.

Nadie puede decir que no lo sabe. Como tampoco se puede negar que la Justicia en Chile mira la billetera. No es ciega. Y otro tanto ocurre con la salud. Para qué hablar de la educación.

Sin duda el problema no es la seguridad ciudadana, la corrupción o la falta de liderazgo. Aún falta que nos miremos seria y profundamente a nosotros mismos. Ni siquiera hemos sido capaces de enfrentar el pasado reciente sin dobleces. Esperar que ya hubiéramos sepultado el resentimiento sería iluso. Los desgarros del alma no se curan tan fácilmente como las heridas del cuerpo. Pero, al menos, tendríamos que tratar nuestra realidad con altura y pensando que el país que construimos es de todos.

Ver que nuestros líderes siguen pensando que las soluciones se encuentran fuera del ser humano, es lamentable. Verlos en continua guerrilla que no tiene otro objetivo que repartirse el poder, es repulsivo. De allí viene el hastío, que hay que superar porque un país y su gente son mucho más importantes que algunos irresponsables.

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* Periodista
wtapiav.vtr.net.

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