Feb 8 2012
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Ciencia y TecnologíaSociedad

Implantes

En 2010 cerró la firma francesa Poly Implante Prothèse (PIP), productora de implantes de pecho para cirugía plástica. La empresa fue clausurada para que las autoridades investigaran alegatos de que había usado silicona de uso industrial, en lugar de la de uso médico, y que el producto sufría una proporción inusualmente elevada de rupturas, causando derrames tóxicos. Los implantes rotos estaban produciendo cáncer. Desde su fundación, en 2001, la PIP produjo alrededor de 100 mil implantes al año, y era el tercera fabricante a escala mundial.

A fines de diciembre, el Instituto Nacional de Cáncer de Francia llegó por fin a su dictamen. Digo “por fin” porque las autoridades sanitarias de Estados Unidos habían desaprobado el producto desde 2000, y desde 2006 había quejas médicas en Europa, enviadas a revistas especializadas, de casos preocupantes de ruptura. Eso, además de 2 mil demandas judiciales de mujeres acumuladas contra la compañía.

Por otro lado, a inicios de 2011, la Administración de Alimentos y Fármacos de Estados Unidos concluyó, tras un estudio longitudinal de 13 años, que existe un riesgo relativamente elevado de un tipo de cáncer raro, el linfoma anaplástico de células grandes, en mujeres con implantes, ya no de la PIP, cuyos productos no habían sido aprobados para la venta en Estados Unidos, sino de implantes bien hechos, y con sustancias aprobadas.

La investigación judicial francesa confirmó que PIP había utilizado silicona industrial en un número importante de implantes. El Instituto de Cáncer anunció que alrededor de 30 mil francesas deberán operarse para extraer implantes defectuosos. Por otra parte, 80 por ciento del producto de PIP era de exportación. Incluso después de que cerró la fábrica, una empresa holandesa, Rofil Medical, compró remanentes y los siguió vendiendo con otra etiqueta (M-Implant). El diario parisino Liberation calcula que 300 mil mujeres afuera de Francia deberán extraer sus implantes PIP. Hay quien calcula que el número llegará al medio millón. Como sea, seguramente no sabremos nunca el número exacto de mujeres enfermas o muertas por el producto, pero las habrá. Mucha quimioterapia, mucha angustia, bastantes muertas.

El sistema de salud francés pagará por operaciones para remover los implantes de PIP, aunque desde luego no por poner nuevos implantes, salvo en casos de mujeres que se los han puesto por tener mastectomías. Los sistemas de salud de varios otros gobiernos están ofreciendo servicios parecidos.

Y, por fin, hace 15 días, las autoridades franceses arrestaron a Jean-Claude Mas, director de PIP, con cargos criminales.

Sin embargo, no se puede decir que se haya terminado de hacer justicia. Además de actos criminales como los de PIP, el tema de los implantes implica una amplísima red de complicidades, casi todas legales, aunque inmorales. Desde las cadenas de publicidad, que esperan que sus actrices cumplan ciertos estándares estéticos, presionándolas a realizarse intervenciones plásticas, hasta un importante número de médicos sin escrúpulos, o los hombres que ven a las mujeres como el catador inspecciona un vino, midiéndolas y preocupándolas por cada pliegue o protuberancia. Felizmente, México –a diferencia, digamos, de Venezuela, Brasil, o Argentina– no está tan obsesionado con la peregrina idea de tener “las hembras más bellas del mundo” (aunque las tenga), y tal vez los números de cirugías femeninas no hayan llegado aún a los extremos de esas repúblicas del sur. Sin embargo, el problema está, y no es menor.

Incluso la belleza puede ser un importante tema de justicia. La cultura de la belleza tendría que buscar vitalidad y evitar la crueldad. Siempre se agradecerá a quien exalte al mundo con su exuberancia, su hermosura, o su poderoso atractivo. Pero el gesto tendría que ser eso: un agradecimiento, y una exigencia ni una medición o cálculo mezquino. La belleza debería de estar ligada indisolublemente a la salud y la vitalidad, y cualquier receta que atentara contra ese principio no debería ser considerada fórmula legítima en las industrias estéticas, ya sean de publicidad o médicas o de productos.

Los tratamientos de belleza que trituran o destrozan el cuerpo femenino han sido siempre fórmulas de sujeción. En China, hasta ya entrado el siglo XX, se rompían los pies a las niñas para que pudieran calzar unos zapatos minúsculos. En aquella sociedad, un pie sano, en la mujer, se consideraba feo o vulgar. Cuando vemos fotos de los zapatitos que usaban esas pobres mujeres, no podemos menos que sentir indignación. Indignación no hacia ellas, que los padecían, sino con sus familias, con sus pretendientes y sus maridos.

Igual de víctimas son las millones de mujeres que se han puesto implantes de pecho, que se inyectan botox, o se hacen liposucción, o que sufren de anorexia nerviosa por horror a la gordura. El escándalo de los implantes nos dice sobre todo una cosa: debemos querer más a nuestras mujeres.

*Universidad de Columbia.

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