Jun 19 2008
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Cultura

Implicancias posibles de la circulación social del concepto resiliencia

Julián Zapatel*

El concepto “resiliencia” ha sido recibido con gran entusiasmo en nuestro medio. La posibilidad de incorporar una nueva herramienta conceptual a nuestro bagaje cognitivo e instrumental, da cuenta al menos en parte, de esta pronta atención. En este trabajo nos proponemos analizar algunos aspectos y facetas de la noción resiliencia, así como también de los posibles efectos sociales de su difusión y circulación más allá de los límites estrictamente académicos y profesionales.

El establecimiento de legitimidad de un discurso social se realiza –según el pensamiento de Bordieu– en un lugar de relaciones de fuerza, como campo de luchas donde hay intereses en juego, donde los distintos agentes e instituciones ocupan diferentes posiciones, según el capital especifico que poseen. Estas relaciones de fuerza elaboran distintas estrategias para defender su capital, capital simbólico, de reconocimiento y consagración, de legitimidad y de autoridad para hablar de la ciencia y en nombre de la ciencia.

En el caso de las disciplinas humanísticas como la psiquiatría, la psicología, la educación y cualquier otra rama del saber con apoyatura en la dimensión social, los especialistas en la producción de bienes simbólicos comparten con todos los agentes que participan en ese mundo social la pretensión de producir una representación legitimada del mismo. En otras palabras, los profesionales de la producción simbólica, no sólo entran en concurrencia entre sí, sino con todos los agentes sociales en su totalidad. Es por esta razón –según Bordieu– que el cientista social no puede obtener tan fácilmente el reconocimiento del monopolio del discurso legítimo sobre su objeto.

En este sentido, resulta esperable que un nuevo concepto como el de resiliencia, entendido como bien simbólico referido a lo social, sufrirá hasta su eventual legitimación una serie de procesos tendientes a ella. Para el campo de las ciencias sociales, los productores pueden con tal propósito referirse a dos principios de jerarquización y de legitimación opuestos; el principio científico y el principio político, que allí se oponen sin llegar a una dominancia absoluta.

En la órbita del principio científico, la fuerza de la argumentación depende en gran medida de la conformidad de las proposiciones, o de los procedimientos a las reglas de coherencia lógica y de compatibilidad con los hechos. Por el contrario, en el campo político, son las proposiciones que Aristóteles llamaba "endóxicas" las que otorgan el carácter persuasivo al discurso. Las proposiciones endóxicas son entonces aquellas a las cuales se está obligado a tener en cuenta porque gente que cuenta quisiera que fueran verdaderas; y también porque, participando del sentido común de la visión ordinaria –que es también la más compartida y la más ampliamente compartida– tienen la mayoría consigo. Por esta razón –dice Bordieu–, incluso cuando son totalmente contrarias a la lógica o la experiencia, estas “ideas–fuerza" pueden imponerse porque tienen para ellas la fuerza de un grupo, y porque no son verdaderas, ni incluso probables, sino plausibles, es decir, adecuadas para recibir la aprobación y el aplauso de la mayoría.

En el proceso de construcción discursivo, el establecimiento de definiciones, migraciones ideicas y resignificaciones, otorgan principios para la caracterización de nuevas clases, constituyendo así la base de las nuevas taxonomías.

En el nuevo enfoque, el concepto de "resiliencia" se constituye en el eje articulador del discurso.
Veamos algunas de sus definiciones:

– “El rol de la resiliencia es desarrollar la capacidad humana de enfrentar, sobreponerse y ser fortalecido o transformado por las experiencias de adversidad”. ( … ) Es un proceso que sin duda excede el simple "rebote" o la capacidad de eludir esas experiencias, ya que permite, por el contrario, ser potenciado y fortalecido por ellas, lo que necesariamente afecta la salud mental".

0 también:

– “Capacidad humana universal para hacer frente a las adversidades de la vida, superarlas o, incluso, ser transformado por ellas. La resiliencia es parte del proceso evolutivo y debe ser promovida desde la niñez.”

Según estas definiciones, el modelo de resiliencia se propone como nuevo “paradigma", que deja de hacer hincapié –como los modelos tradicionales– en los déficit, lo negativo, las desviaciones, las fallas, los problemas, las anomalías, los fracasos y la enfermedades, para orientar su interés en las capacidades, las competencias, las fortalezas y en definitiva, en los aspectos positivos remanentes.

Así, surge la propuesta programática de este modelo, planteado como un cambio no sólo de enfoque, sino como un cambio de paradigma, una suerte de revolución epistemológica autoafirmada, en la que ya no se trata de promover salud mental, con todo lo que esto implica a nivel individual, familiar, social, económico y político; sino promover los factores de resiliencia, entendidos éstos como capacidades inherentes de los individuos y las comunidades, totalmente disociados de otras instancias como las clases sociales, la relación entre países del centro y la periferia, las condiciones sociopolíticas y la historia.

Según este modelo entonces, las disciplinas tradicionales que se ocupaban y se ocupan de la comprensión y del tratamiento del sufrimiento psíquico, no sólo resultan ineficaces, sino contribuyen a crear dolor y padecimiento. Así, por ejemplo, dice Ravazzola: "Los modelos de déficit se han instaurado en el centro de los paradigmas médico–psiquiátrico–ps icológico–sociales y nos inducen a pensar pronósticos reductores y negativos que inhiben a los sujetos de tomar iniciativas para resolver sus dilemas, y de asociarse con pares para ganar y enriquecer sus capacidades. Antes bien, los modelos de déficit que niegan las capacidades de quienes protagonizan sufrimientos los han inducido a buscar la instancia en la cual delegar la solución posible y a transformarse en pasivos receptores de esas soluciones, en lugar de ser quienes activamente propongan lo más adecuado a sus propias necesidades.”

Como se desprende de estas citas, no sólo se argumenta en el sentido de la ineficacia, sino que además y de una manera cuando menos temeraria se sugiere que los modelos tradicionales, identificados ya a esta altura de la argumentación en un todo con los modelos de déficit, estarían induciendo en forma directa o indirecta más déficit. De esta manera, se genera el sentido de que los modelos tradicionales ven déficit y al hacerlo también lo inducen, generando disfunción y también inermidad para la reacción a la salud. Ante los hechos incontestables de que las asistencias con apoyatura en los aspectos más positivos forman parte de las estrategias de tratamiento clásicas de las prácticas tradicionales, el argumento preestablecido es que los actores de dichas prácticas en realidad bogaban por el nuevo modelo sin saberlo.

Para resolver este inconveniente se propone entonces:
"Hacer (…) un esfuerzo especial para la identificación de aquellas experiencias que, aun sin saberlo o tenerlo muy explicitado, están aplicando elementos desde la óptica de la resiliencia.”

Hasta aquí, la critica hacia el planteo de los modelos tradicionales, los aspectos positivos que dejan afuera, y los supuestos efectos nocivos que esto provocaría. Ahora bien, podríamos preguntarnos: si todo modelo resulta un recorte, una abstracción de la realidad, ¿qué es lo que queda fuera de análisis en la propuesta programática del modelo de resiliencia?

Un principio de respuesta nos lo brindan sus propios detentadores cuando dicen: “En el área del desarrollo humano, el énfasis de estas reflexiones está en la importancia de promover el potencial humano en vez de destacar el daño que ya se ha hecho".

Así, el recorte descartado por el modelo, resulta –a nuestro parecer– excesivo, hasta el punto de afirmar que lo que se deja afuera altera radicalmente el sentido de la realidad y el modelo; en lugar de funcionar como un instrumento esclarecedor de aspectos de la realidad, se revela como una instancia ideológica, como un discurso mitificador.

La no mención del déficit, del trauma, de la historia, de la realidad de las víctimas o de los perpetradores de daño de toda índole no alcanza para desaparecer su existencia y sus efectos, de la misma manera que el reconocimiento de estos factores no los inducen.

Desde una perspectiva tradicional, la idea de trauma se encuentra asociada a la idea de eventos potencialmente traumáticos, constituyendo un error el hecho de sugerir que desde la óptica tradicional se piensa que –taxativamente– la persona expuesta a un evento traumático desarrollará trauma.

Hecha la aclaración y tomando como ejemplo la experiencia de victimización, dentro de los efectos posibles se cuenta el desarrollo del estado de estrés post traumático. Este diagnóstico, si bien limitado en el sentido que no discrimina clínicamente los estados post traumáticos debido a eventos naturales de los humanos como la agresión violenta, el secuestro, el hecho de ser tomado como rehén, la tortura, el ataque terrorista, el encarcelamiento como prisionero de guerra o en un campo de concentración, y el combate militar; posee la ventaja frente a las expresiones como adversidad, experiencia de adversidad o sencillamente experiencia, de caracterizar claramente las conductas con intención de daño, como lo que creemos son en realidad actos delictivos y no vivencias experienciales que darían la oportunidad no sólo de sobreponerse, sino hasta de salir fortalecido.

Además de los factores mencionados, podemos agregar como situaciones asociadas a trauma de origen social, la exclusión sistemática, el racismo, la xenofobia y la reproducción de sentidos simbólicos que pretenden definir realidades con inexactitudes y reduccionismos psicologizantes. Siguiendo esta línea de pensamiento, Suárez Ojeda señala cuatro condiciones o características que reducirían la resiliencia comunitaria, refiriéndose a ellas como "antipilares".

El tratamiento que reitera de estos "antipilares" es claramente un acercamiento de tipo escencialista, donde no se objetivan como condiciones social e históricamente determinadas, sino como factores deletéreos plausibles de ser modificados, una vez determinada su existencia, por medio de intervenciones de promoción de resiliencia a nivel de los grupos sociales directamente afectados.

Ahora bien, entre estos factores que “inhiben la capacidad solidaria de reacción frente a la adversidad colectiva", menciona el malinchismo, el fatalismo, el autoritarismo y la corrupción; factores que, obviamente, sólo deberíamos dejar de lado para poder gozar de los beneficios de un funcionamiento comunitario resiliente y convertirnos en una sociedad con autoestima colectiva, identidad cultural, humor social y honestidad estatal. ¿Será esto posible?

Tomando como objeto de investigación, y a modo de ejemplo, el primero de estos antipilares, nos encontramos con la siguiente definición:

"Hernos caracterizado como malinchismo, en alusión al conocido episodio de la historia de México, a esa admiración obsecuente por todo lo extranjero, especialmente por lo que viene de Europa o de los Estados Unidos (nuestras comunidades). Renuncian así a su grupo de pertenencia, con lo que generan una anulación de sus recursos potenciales, ecológicos y culturales y empobrecen su capacidad de respuesta”.
Si bien el concepto es incorporado al discurso del modelo de la resiliencia con esta caracterización que hace Suárez Ojeda, el término es de uso corriente en la sociedad mexicana para referirse a la actitud anteriormente descripta.

El vocablo "malinchismo" denota entonces –en un sentido amplio– la preferencia de lo extranjero frente a lo nacional, un deseo de sentirse extranjero antes que de la nacionalidad propia, y posee connotaciones muy negativas al punto de significar oportunismo y traición a lo propio en favor de lo foráneo.

La historia de Malinalli, La Malinche, Malintzin, Malineli Tenepatl o Doña Marina, entre muchos otros nombres que le fueron impuestos, es la historia de la mujer que dio origen, sin saberlo ni quererlo, a uno de los antipilares.

Esta mujer, de origen azteca y probable estirpe noble, nació alrededor del año 1502. Fue entregada como tributo aún siendo niña a los mayas, vencedores de la comunidad azteca de la cual Malinalli formaba parte. Años después, aproximadamente a los 17 años de edad, el 15 de marzo de 1519 fue regalada a Hernán Cortés como esclava por los caciques de Tabasco junto a otras diecinueve mujeres, algunas piezas de oro y un juego de mantas.

Al tiempo fue bautizada y regalada por Cortés a uno de sus capitanes, lo cual no impidió que Malinalli diera a luz al primogénito ilegítimo de Cortés. Finalmente, Cortés termina casándola con un hidalgo, Juan Jaramillo, con quien tiene una hija, María Jaramillo.

En esta particular condición existencial, donde una mujer es esclavizada tempranamente, criándose en otra cultura, entregada como regalo al gran conquistador y siendo entregada como objeto a su vez por éste, Malinalli resultó un elemento difícilmente clasificable y muy útil para el proyecto de la conquista al dominar varias lenguas locales. Su utilidad como intérprete fue indiscutible, como indiscutible fue su participación en el plan de la conquista.

Ahora bien, el fenómeno de Malinalli, entendido como un proceso de generación social e históricamente determinado nos revela la existencia de una persona violentada tempranamente, con una identidad cultural también violentada por el proceso de apropiación primero maya y español después. García Sancho, propuso un concepto que creemos puede ser ilustrativo del fenómeno Malinche. Él acuñó el término "misogenia" para referirse a la aversión u odio al origen u orígenes como parte de un sindrome cultural, determinado por los avatares de la construcción de la identidad, en donde en el proceso de conquista y colonización de lo que hoy es América, se generaron los sentimientos de inferioridad y descalificación social, que hacen de la misogenia una especie de malestar global de los pueblos conquistados.

Así entendido el término misogenia, se refiere a: “Odio o aversión al origen racial, de nacimiento en cuanto a pertenencia a grupo, tribu, pueblo o nación; en cuanto a familia o a la cultura o a la tradición, a la conducta del padre o de la madre o en cuanto al origen de éstos. Rechazo u odio hacia la pertenencia a la patria forzada o al pasaporte; al entorno en el que se desarrolló la infancia y a la primera educación o formación; al origen social, económico, religioso del tiempo en el cual se nació; a la identidad sexual y, además, a las múltiples combinaciones posibles de las ya expuestas".

Siguiendo a Esser Diaz y Rojas Malpica en sus reflexiones, podemos quizás atisbar el origen probable de las actitudes de Malitzin, en caso de que dejáramos de lado el condicionamiento de la esclavitud.
Dicen los autores:

" El colonizador por lo general procuraba las mejores y más hermosas mujeres para cohabitar con ellas. La mujer aborigen desarrollaba posiblemente una xenofilia o heterofilia por el varón extranjero, mientras que en el varón aborigen, se generaba misoxenia y xenofobia, odio y temor al extranjero ( … ) ”.

La propuesta de incorporar un término de origen popular como malinchismo al ámbito académico, como herramienta para la reflexión teórica de actitudes sociales, sin una exhaustiva revisión social e histórica de su proceso de generación y circulación simbólica, puede a nuestro entender, no solamente distorsionar las lecturas de la realidad social, sino también contribuir precisamente a lo que los detractores de los modelos tradicionales acusan a éstos, es decir, contribuir a la producción de déficit, enfermedad y dolor psíquico.

Cabría preguntarse además, si los que plantean la utilidad de tal incorporación consideran la conducta de Malinche, la esclava, como un acto de libre albedrío, y por otra parte, si consideran la existencia de una herramienta conceptual mejor y más explicativa que el concepto de misogenia para intentar explicar este fenómeno.

Si bien aún no son muy importantes en número, los modelos teóricos en los que acontecimientos nefastos del medio social son reconocidos como factores determinantes en la generación de psicopatología, comienzan a hacerse más conocidos. Estos verdaderos nuevos enfoques, enfoques críticos que sin negar los aspectos positivos de los afectados, sostienen desde su fundamentación teórica la necesidad de reparación de la víctima a través de la ejecución de justicia, la modificación del orden social o el revisionismo histórico.

Como ejemplo de estos desarrollos podemos mencionar además del concepto de misogenia, la conceptualización del Síndrome de Ulises o Síndrome del inmigrante con estrés crónico y múltiple, tipo específico de depresión observado por Achotegui en inmigrantes extracomunitarios, vinculado muy particularmente a migración en malas condiciones sociales; o también la investigación de Lagos y Kersner, en la que se plantea el efecto retraumatizante de la impunidad y la acción patologizante del duelo prolongado sobre la identidad personal.

La circulación de un bien simbólico, como una nueva idea o un nuevo concepto, atraviesa por una serie de instancias a través de la interacción con los distintos agentes que conforman una sociedad. La legitimación de un determinado bien simbólico opera como descriptor pero también como orientador de significado no sólo de lo que una sociedad es, sino también de lo que necesita.

De lo que necesita saber, y también de lo que necesita hacer.

* Médico Psiquiatra.
La biliografía consultada, así como mayor información sobre el autor, puede encontrarse en el periódico de psicología El Otro, de consulta y distribución gratuita en la Argentina:
http://www.psi-elotro.com.ar
 

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