Ago 18 2005
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Opinión

Iraq: los niños, esos “asesinatos colaterales”

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

fotoLas ruinas provocadas por un coche bomba que mató a siete estadunidenses están en la esquina de una calle cercana. Cerca de ahí se encuentra el negocio cerrado de un proveedor de teléfonos, que adorna con fotografías de Saddam montando un burro. Le dispararon hace tres días, lo mismo que a otros dos hombres que cometieron el mismo pecado.

En el barrio de Al Jamia, un Humvee –el vehículo que reemplazó al jeep– de Estados Unidos venía por el camino, por lo que nos retiramos rápidamente para caminar por la lateral. En esta parte de Bagdad uno evita tanto a los insurgentes como a los estadunidenses, si es que uno tiene suerte. Yassin Sammerai no la tuvo.

El 14 de julio, el niño de segundo grado invitó a pasar la noche a dos de sus compañeros de escuela –en una ciudad sin electricidad y en el mes más caluroso del año–. Los niños decidieron dormir en el jardín, en el frente de la casa. Dejaré que su destrozado padre, Selim, de 65 años, continúe la historia, pues aún no puede creer que su hijo esté muerto ni lo que los efectivos estadunidenses le dijeron posteriormente.

“Eran las tres y media de la mañana y ellos dormían. Yassin y sus amigos Fahed y Walid Khaled. Había una patrulla estadunidense afuera, y de pronto un blindado
Bradley embistió la reja y la pared, y le pasó encima a Yassin. Usted sabe lo pesadas que son esas cosas”.

Murió instantáneamente. Pero los soldados no sabían lo que habían hecho. Estuvo ahí, aplastado debajo del vehículo, durante 17 minutos. Um Khaled, madre de un amigo, les gritaba en árabe: “¡Hay un niño debajo del vehículo!”

Según Selim Sammerai, la primera reacción de los militares fue esposar a los otros dos niños. Una intérprete libanesa, que iba con los soldados –fue reconocida por su acento, y es interesante anotar que árabes extranjeros están remplazando a iraquíes que eran intérpretes, hasta que la insurgencia los empezó a atacar tachándolos de colaboracionistas–, llegó y explicó a la familia que hubo una equivocación. “No tenemos nada en contra suya”, señaló.

LA “TARJETA DE RECLAMACIONES”

Los estadunidenses les dieron un papel en inglés y árabe, enmicado, titulado “Tarjeta de reclamaciones iraquíes”. Asqueada, la familia Sammerai me lo enseñó. Era una solicitud para demandar compensación. La unidad estadunidense, cuyo Bradley pasó encima a Yassin, aparece como la “256 BCT A/156AR. En el “Tipo de incidente” escribió: “puertas y rejas destruidas en una redada”.

Las rejas y las puertas fueron pulverizadas, pero a nadie de la familia se le dijo que se trató de una redada. Y en ningún lugar de la solicitud se sugiere que la “redada” segó la vida al amante del futbol Yassin Sammerai.

Afuera de la casa del niño colgaba una bandera negra, recordando su muerte tan a destiempo. Se quedará ahí hasta que hayan pasado 40 días de luto. El viejo me
mira y dice: “También le gustaba nadar. Quería ser ingeniero”. Un ex administrador técnico del colegio de artes de la Universidad de Bagdad, Selim, no es hoy más que una sombra. Está encorvado en su asiento, con el rostro pálido y las mejillas hundidas. Es un hogar sunita en una zona sunita. Para los estadunidenses esta es “tierra insurgente”, y por eso irrumpen en estas calles por las noches.

Hace unos días un informante alertó sobre la localización de un grupo guerrillero sunita, y las tropas rodearon una casa. Hubo un tiroteo que se
prolongó dos horas, hasta que un helicóptero Apache arrojó una bomba sobre el edificio, matando a todos los que estaban dentro. Cuando el informante dio otra
localización a los militares, éstos encontraron una casa vacía, así que decidieron hacerla estallar con explosivos.

En la casa de los Sammerai oigo a mucha gente murmurar sobre los estadunidenses, lo cual aprovecho para decirles lo agradecido que estoy de que permitan a un occidental entrar a su hogar después de lo que pasó. Selim me estrecha la mano. “Usted es bienvenido aquí”, dice. “Por favor, dígale a la gente lo que nos pasó”.

Le prometo hacerlo. Afuera, mi chofer observa la ciudad. Es la historia de siempre. Cualquier auto con tres hombres, un hombre con teléfono celular,
significa “larguémonos”. Es viernes. “Estos tipos se toman el viernes libre”, afirma el chofer, tratando de tranquilizarme.

Los estadunidenses vinieron con un oficial dos días después, continúa. “Nos ofrecieron una compensación. La rechacé. Perdí a mi hijo. Cuando alguien ha muerto, el dinero no lo revive, eso es lo que dije al estadunidense”. Se hace un silencio en la habitación.

Selim, lloroso, insiste en seguir: “Le dije al oficial: ‘ustedes mataron a un inocente, y esas cosas llevarán al pueblo a destruirlos a ustedes. Va a haber una revolución en su contra. Dijeron que venían a liberarnos del anterior régimen, pero destruyen nuestros muros y puertas'”.

De pronto me doy cuenta que Selim Sammerai se ha puesto de pie, y su voz incrementa el volumen. “¿Sabe lo que me respondió el estadunidense? Me dijo: ‘fue el destino’. Lo miré, y le espeté: ‘creo en los designios de Dios, no en el destino que usted me habla'”.

Un hermano de Yassin dice que con su teléfono celular tomó fotografías al niño muerto. Imprimió una para enseñársela a los estadunidenses cuando regresaran, y les pidió que la vieran. “Me preguntaron por qué la tomé, y les dije que para que la gente pudiera ver lo que los estadunidenses hicieron. Me dijeron que la querían prestada, que me la devolverían, no lo hicieron. Pero aún tengo la foto y la volví a imprimir”, expresa.

De pronto se encuentra en mis manos la obscena y horrible fotografía de la cabeza aplastada de Yassin, aplanada como si un elefante se hubiera parado en ella, con sangre brotando de lo que fue su cerebro. “Ahora la está viendo usted”, dice el hermano, “la gente todavía podrá ver lo que los estadunidenseshicieron”.

foto
Más tarde fuimos a Al Jamia, el lugar donde insurgentes y estadunidenses hacen duelo y toman venganza. “Cuando el auto estalló ahí”, dice mi chofer, “los
Humvees estadunidenses se quemaron durante tres horas y los cuerpos aún estaban dentro. A los soldados les tomó tres horas sacarlos. La gente se reunió alrededor para mirar”.

Observé el auto carbonizado que aún está en el camino, y me di cuenta que se ha convertido en ícono de resistencia. Me pregunto cómo van a ganar los estadunidenses.

En la ciudad iraquí de Al Nasaf, un pequeño que resultó lesionado en la cabeza durante un ataque a una mezquita es atendido en un hospital (arriba, izq.).

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* Periodista británico. Crónica publicada originalmente en el diario ingés The Independent.

Traducción de Gabriela Fonseca para La Jornada de México.

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