May 24 2015
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Cultura

Isabel Allende: “Sigo siendo irrespetuosa y feminista”

Isabel Allende, sentidora. Esa podría ser su carta de presentación, tomada de la que usó durante mucho tiempo su tío Marcos, sentidor. Al cabo, alega,  ella eligió concentrarse  en los asuntos del corazón y del alma; que manden los sentimientos por sobre las ideas, porque son ellos, los sentimientos, los que echaron raíces profundas. Y a su edad —anda por los 72— aduce que va echando cosas por la borda.

“Si mis días están contados, ¿cómo quiero vivirlos?”, pregunta. La respuesta viene sola. Quiere pasarlos escribiendo y leyendo novelas, durmiendo con sus perras, disfrutando del queso, el chocolate y un buen vino. Rodeada de esa pequeña tribu artificial —así la llama— que creó en Estados Unidos, donde vive desde hace 30 años. Sí, este es el momento de  “ir recogiendo las fuerzas e ir metiéndose para adentro”, evitando –si fuera posible– a la gente que anda por la vida con “su nube negra”. Dicho esto con su elegante ironía.  “¡Pero no he llegado a tirar el maquillaje ni a las perras! —bromea quitando gravedad—. Al menos, no todavía. Muchas otras cosas, sí”.

Isabel Allende, la sentidora que escribe conjurando el mundo fantástico que suele atrapar de relatos que escucha, o una historia que la asalta en una charla informal por las calles de Nueva York. Esa fue la inspiración para  su última novela, El amante japonés, una trama de amor que atraviesa tiempos  históricos, relatada por una mujer de 81 años. Pero es más que eso. También es la mirada de la escritora chilena posada sobre la gente mayor con la que ella tiene contacto, como sus padres, de 95 y 99 años. Y de quienes, confiesa, está despidiéndose emocionalmente.   “Vengo acá y mi mamá me dice: ‘Escoja lo que quiera de la casa y se lo lleva’. Pero si me estoy deshaciendo de las cosas de mi propia casa, ¿para qué quiero llevarme otras?”. No, no es tiempo de llevar. Es momento para dejar ir.CH Isabel Allende esc

Acá es Santiago de Chile, donde Viva la acompañó durante los días en que le entregaron el Doctorado Honoris Causa de la Universidad local; la primera mujer en recibirlo en la centenaria historia de la casa de estudios. Dato que no dejó pasar de largo a la hora de agradecer. “Sigo teniendo energía y pasión, sigo siendo irrespetuosa y feminista y sigo enamorada de Antonio Banderas”, dijo divertida.  Y agregó que se burla del espejo por las mañanas porque lo enfrenta sin anteojos. El paso del tiempo. El aprendizaje de que, con la edad, uno se despide de la  juventud, la energía, los amigos, los padres y que a muchos, también, les toca despedirse de los hijos.

Mira fijo a los ojos con su mirada redonda. Observa entre distante y  amable en las formas. Ríe con soltura cuando algo le causa gracia.  Y abraza con calidez al despedirse.  Es una narradora oral que atrapa con relatos  que sazona con su singular percepción.  Y aunque vivió casi toda su vida fuera de Chile, el tono, los giros, su decir no dan cuenta de esa lejanía. Santiago le demuestra cariño. La gente se le acerca. Los taxistas esquivan cobrarle el viaje. Si va a comer a algún lugar, termina en la cocina saludando a los empleados. Recibe mimos y el reconocimiento que le escatimaron los intelectuales chilenos por muchos años, lo que ella subraya.  ¿Acaso por aquello de que lo masivo es contrario a la calidad?  “Claro. Y  eso  es una gran subestimación al lector. Es partir de la base que el lector es tonto”.

Sin embargo, le inquieta más que su tribu artificial, la norteamericana, se esté dispersando porque los nietos ya se fueron de casa. Y no le responden al teléfono: “Tengo que mandarles mensajes de texto o a través de twitter, no sé”.  Los viajes a Chile se hicieron más seguidos para estar al lado de sus padres. “A los 99 años te puedes imaginar cómo está mi padrastro. Siento la pena de perderlo porque lo adoro y se me va a ir…”, corre la mirada,  como si una imagen o alguna representación la distrajera. “Tengo la suerte, a mi edad, de tenerlos vivos. Y una madre lúcida que usa la tecnología, que me escribe todos los días un e-mail en un castellano perfecto, con perfecta gramática, como si escribiera a mano. Entonces, he tenido mucha suerte, pué”, recompone.

Y ronda la leyenda —que ella acepta y ratifica— de que al nacer, su abuela clarividente le descubrió en una mancha en forma de estrella en la espalda: “Esa niña estaba signada por la suerte”, dijo. Le gusta contarlo.  Tanto como relatar lo sucedido el día en que comió papaya del plato del Dalai Lama, para quitarse el malestar con el que llegó a un encuentro de líderes religiosos, donde era la invitada especial. Aterrizó en medio de las montañas austríacas  descompuesta y así fue al encuentro de esos hombres que tenían que reflexionar sobre su legado y escribir un obituario para la fecha imaginaria de su muerte. A ella le pareció que el legado era un concepto fálico. “Las mujeres no pensamos en esos términos. Somos más realistas”. Sí, también suele tener palabras filosas.  Aquí, podríamos agregarle a su tarjeta de presentación: sentidora y feminista.

“Nunca pensé que iban a pasar cincuenta años y yo iba a estar en la misma lucha. Hay un problema de educación. Las revistas femeninas, además, prolongan la visión machista de la mujer,  la objetivizan, la frivolizan, la hacen dependiente del hombre”. Y parece no convencerse demasiado si se le mencionan liderazgos políticos fuertes de mujeres en la región, como Michelle Bachelet, Dilma Rousseff y Cristina Kirchner. Hace un gesto: “La mujer ha alcanzado poder político pero no tiene poder donde realmente importa, que es en la economía y lo militar. Eso está en manos de hombres”. Y afila: “Lo mismo sucede en las empresas donde las mujeres hacen todo el trabajo y, además, le sirven el café a los tipos. Es vergonzoso. Las jóvenes tienen oportunidades de ir avanzando profesionalmente pero no ven el techo de vidrio al cual van a llegar. No se dan cuenta de cuántas más oportunidades tienen los hombres. Eso, sumado al freno de la maternidad. Y digo freno porque si pasas dos años criando un bebé, son dos años menos en esta carrera despiadada”.

Vivimos en una cultura capitalista.

Sí, donde todos somos objetos de consumo, hombres y mujeres. Vivimos en una sociedad donde lo que importa es el consumo. ¿Pero tú puedes creer que haya una cultura que piensa que el consumo y el crecimiento económico es ilimitado? El planeta es limitado. Los recursos son limitados. Entonces es como una burbuja que crece como un globo y en algún momento va a estallar. Además, crece a costa de una tremenda desigualdad que no es solo en lo individual de una sociedad sino mundial. Hay partes del mundo que se quedaron en la Edad Media para que otros progresen. Y eso no es sostenible.

Hurgar la historia. Toma un sorbo de agua. Se acomoda en el sillón donde se sienta  erguida. Viste con sencillez y bromea sobre ella como la matriarca bajita de una familia de personas altas y atléticas. Acumula distinciones, premios y doctorados otorgados por distintas universidades de todo el mundo. Es la escritora viva más leída en lengua española: su obra supera los 65 millones de libros vendidos. Pero recién cuando obtuvo el Premio Nacional de Literatura de Chile, en 2010, la crítica de su país le dio su reconocimiento.  “Me basurearon por treinta años —dice—. El premio me dio una categoría de respeto entre los intelectuales. Cuesta mucho hacerse respetar en tu propia tierra, especialmente si eres mujer en un país machista”. Para entonces ya había escrito muchos de sus 21 libros, todos best sellers, obras de teatro, una ópera, una trilogía juvenil que se enseña en  escuelas. Descartó cuantiosos contratos de cine porque perdía los derechos por tiempo indefinido, no sólo de la obra sino también de los personajes. Aceptó que Inés del alma mía, una novela histórica, se reciclara como serie en la tevé chilena: “Me parece fantástico llegar a través de la pantalla a un público que quizás nunca leería mis libros”.

-¿Le gusta más  el  género histórico?
-Sí. A pesar de lo fuerte y de lo largo que puede llegar a ser una investigación. Uno tiende a pensar que el pasado era más sencillo, más simple, porque no teníamos tecnología ni los avances de la ciencia. Sin embargo, el ser humano, con sus sentimientos, con sus complejidades y contradicciones, no ha cambiado nada, sigue siendo la misma gente.

Me sorprendió en  El amante japonés,  el momento en que ubicó la historia de los protagonistas.  Y el contexto social y político netamente norteamericano.
-Es cierto, es una historia totalmente americana. Y también de inmigrantes, porque eso es los que es Estados Unidos y lo que ha sido siempre. La verdad es que caminaba por Nueva York con una amiga y me empezó a contar la historia de su madre, que había tenido  un jardinero japonés, con el cual mantuvo una amistad de más de cuarenta años. Pensé: “Tendrían que haber sido amantes”, a pesar de que eso no se dijo ni estaba admitido. Esa fue la semilla de la historia. Me puse a investigar. Y se fue revelando el tema de los campos de concentración en Estados Unidos donde fueron llevados los japoneses que vivían en el país durante la guerra y perdieron todo lo que tenían. Se los llamó “campos de internamiento”.  Poca  gente sabe de esa historia.

-Por qué en Estados Unidos  se prohíben sus libros?
-Eso sucede en algunos lugares del sur del país. Está prohibido enseñarlos en los colleges. Son regiones fundamentalistas religiosas y cualquier referencia a la sexualidad o cualquier talla contra la religión puede haberles molestado. Creo que también habrá algún factor político. No es por lo que dice el libro sino por lo que piensa el lector.

Cuando no escribe, lee novelas en su iPad, mientras viaja. Autores americanos, en general. Pero también  pasó por el español Jaume Cabré, una trilogía de Dolores Redondo,  y una obra del argentino Marcelo Luján, según compartió en su página de Facebook, a sus 1,2 millones de seguidores.  Por esto días, eligió  otro registro: Being mortal, de Atul Gawande, un best seller que trata de la vejez, la muerte y cuestiona algunos límites de la medicina por sostener la vida a cualquier costo.

-¿Le preocupa la muerte?
-Mucho, pero no la mía. Me preocupa el negocio y el abandono de la muerte; que haya tanta gente vieja abandonada y que morirá tristemente. Me parece muy cruel. Y que hay gente que se suicida  y tendría que tener derecho a hacerlo. Una persona que está con un cáncer terminal, que es vieja y sabe que no va a mejorar, ¿por qué no tiene el derecho a terminar su vida dignamente?

-¿Cómo se imagina ese momento?
-Creo que hay una parte que trasciende y se reintegra a la espiritualdiad que existe en el universo. Creo que cada cosa en la naturaleza, el universo entero y las infinitas formas de vida que pueden haber en él, tienen su razón de ser. Pero no creo para nada que yo me vaya a encontrar con mi hija Paula al final de un túnel iluminado y que me va a estar esperando con alas de ángeles. Tampoco creo que porque yo la  invoque, vendrá a ayudarme. Lo que invoco es su memoria.

-¿Lo hace seguido?
-Cuando tengo una duda sobre algo. Hago lo mismo que hacía cuando ella vívía y la llamaba por teléfono: “Oye Pauli, mirá lo que está pasando”. Y su respuesta siempre era: “Mamá, ¿qué es lo más generoso que se puede hacer en este caso?”. Siempre lo más generoso que se puede hacer es la mejor solución. Muchas veces se me olvida, pué, porque estoy en la vida.

-A propósito, se cumplieron 20 años de la primera edición de Paula.
-¿Ya? Es mucho tiempo. Es el libro que más respuestas generó en los lectores. La gente no me escribe por una novela histórica. Una carta sentida  siempre es por Paula. Tengo sus fotos por todos lados y  recuerdo el ser espiritual que era. Una niña que nació sabia; no era apegada a nada, no quería nada material. Tal vez, sabía que iba a morir joven.  Siempre buscando a Dios y no lo encontraba por ninguna parte. Tuvo una vida de servicio,  sin ambiciones,  ni quería ser más que nadie. Esa lección de los 28 años de su vida. La  recuerdo a cada rato porque yo soy lo más vanidosa del mundo.

-¿De verdad se reconoce vanidosa?
-Soy atroz de vanidosa y me distraigo con todo. Ando siempre apurada y meto las patas, y atropello porque no me doy ni cuenta. La presencia de ella, su memoria, me ayuda a ser un poco más considerada y  generosa.

-En sus relatos siempre hay una referencia a  lo mágico, a la astrología, a cierta forma de sabiduría. ¿Le interesa en su vida?
-Me interesa porque le da una una dimensión mágica, misteriosa y divertida a la vida y a la literatura. Algunas veces he consultado a un astrólogo que tiene unos aciertos increíbles. “Usted va a recibir una carta”. Y, sí recibo cartas –ríe–. No vivo pendiente de eso, pero me interesa porque hay tanto que no conocemos, que negamos, que no tiene una explicación racional. Mi hijo Nicolás es sumamente racional. Una amiga me cuenta que le suena la alarma de su casa a las 3 de la mañana. A esa misma hora, sucede una  desgracia con una persona que ella quiere. Y sostiene que la alarma le avisó.  Se lo cuento a mi hijo y  él dice: “Mamá, las alarmas se disparan. Seguramente no fue a la misma hora sino que ella en su mente lo unió”. Me arruina la historia, ¡no tengo nada para contar!

Su día empieza con una meditación. Lo primero que le viene a la mente hoy  es que su padrastro morirá: “Y es una piedra negra aquí dentro —señala el pecho—. Pero a medida que voy entrando, que la voy sintiendo, se va abriendo…  —hace una pausa— Y deja de ser tan dura y tan negra, se transforma en otra cosa. Y eso  me da calma”.

Aunque cada vez que suena el teléfono, la piedra negra dice presente. Al cabo, son los sentimientos los que echaron raíces profundas. Y ella es sentidora.

*Publicado en Viva

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