Dic 21 2013
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OpiniónPolítica

Italia nunca defrauda

Italia nunca defrauda. Mientras el mundo entero miraba en directo el discurso de Barack Obama, entre Nápoles y Roma se desarrollaba un espectáculo tragicómico imposible en otro lugar. El protagonista se llama Nicola Cosentino, tiene 54 años y sus amigos –también los de la Camorra– lo llaman Nick El Americano.

Ya con 19 años fue concejal de su pueblo, Casal del Príncipe, cuna del poderoso clan de Los Casaleses, y desde entonces su carrera política no hizo más que crecer a la sombra –perdón por la expresión­de Silvio Berlusconi.

El anterior jefe del Gobierno italiano, astuto como pocos, apreció enseguida la habilidad de Cosentino para ganar una elección tras otra y, en mayo de 2008, lo elevó al rango de subsecretario de Estado de Economía y Finanzas, a la vera del entonces ministro, Giulio Tremonti.

No era mal encargo para un tipo al que los jueces ya seguían muy de cerca, no porque fuese cuñado de Giuseppe Russo, alias Peppe O’Padrino, condenado a cadena perpetua por homicidio y asociación mafiosa, ni porque otra cuñada suya fuese hija de un gran capo, ya fallecido, de Los Casaleses, uno de los clanes más sanguinarios de la Camorra, sino porque habían advertido que Cosentino y el crimen organizado eran uña y carne –o uña y mugre, que dicen al otro lado del océano–.

El caso es que, en noviembre de 2009, en la cumbre de su carrera política, el juez de Nápoles Raffaelle Piccirillo pidió a la Cámara de Diputados autorización para enviar a prisión a Cosentino por ser “el referente político” del clan de Los Casaleses. En un informe de 351 folios, el juez demostraba –apoyándose además en la declaración de varios arrepentidos­que el subsecretario de Estado y los jefes del clan llevaban años intercambiando dinero, favores y… votos.

Ese y no otro era el quid de la cuestión. Esa era la virtud que Berlusconi valoraba de Cosentino. Era una máquina de votos. De ahí que el juez Piccirillo se quedara con las ganas de mandar al trullo al sospechoso. Por dos veces, en noviembre de 2009 y en enero de 2012 –ya con Mario Monti al frente del Gobierno–, la Cámara de Diputados negó el permiso a los jueces y evitó al honorable Cosentino el amargo trance de dar con sus huesos en prisión.

Y en esto que nos plantamos en enero de 2013. Exactamente, en las cinco de la tarde del 21 de enero de 2013, el día que Barack Obama jura su cargo por segunda vez y se dirige –sin necesidad de leer el discurso­al imperio. La misma tarde que las formaciones políticas italianas que se presentan a las elecciones generales del 24 y 25 de febrero próximos tienen que presentar sus listas. Y, sorpresa, por primera vez en muchos años, en las del Pueblo de la Libertad (PDL) no aparece el inefable Nicola Cosentino.

La razón no es otra que Silvio Berlusconi, resucitado a la política después de su largo letargo obligado, tiene la imperiosa necesidad de configurar una lista más acorde con los nuevos caminos que quiere transitar la política italiana. Esto es, listas limpias. Y, si no limpias del todo, sí al menos libres de algunos personajes –su amigo del alma Marcello Dell’Utrin, el mismo Cosentino­ a quienes los jueces han investigado o incluso condenado por su relación con la Mafia.it berlusconi y consentino

Los afectados, lógicamente, se resisten, hacen valer sus razones –o sus amenazas–, pero Berlusconi, zorro entre los zorros, va conformándolos a lo largo de la jornada del domingo. De hecho, el todavía senador Dell’Utri parece aceptar deportivamente: “No me presento. Renuncio por el bien del partido. Me lo ha pedido Berlusconi, pero es una decisión mía. Me marcho a Santo Domingo, donde tengo la novia. Leeré buenos libros…”. El que no se conforma, ni por las buenas ni por las malas, es Nick El Americano. Se presenta en la sede del PDL en Roma y pide hablar con el jefe, que a esas horas está en su medio natural –un plató de televisión­contando, entre otras cosas, que le ha pedido a Cosentino “que dé un paso atrás”. Pero el hombre de Los Casaleses en la política es un hueso duro de roer. En ausencia de Berlusconi, se dirige a Angelino Alfano, el secretario general del PDL, y le deja muy clarito el mensaje:

–Sin el escaño, yo termino en la cárcel. ¿Lo entendéis o no? Si no voy en las listas, os arruino. Retiro a mis hombres. Hago caer la junta [el Gobierno regional de Campania] y después hago que perdáis las elecciones…

Una advertencia que trae a la memoria aquella otra de El Padrino: “Cuando uno de mis amigos se crea enemigos, yo los convierto en mis enemigos”. Pero ahí no queda el asunto. Después de lo trágico, viene lo cómico. Nick El Americano desaparece llevándose consigo la lista de candidatos que el PDL tiene que presentar antes de las ocho de la tarde. O yo o ninguno.

El peligro está claro: si la lista con la firma de los candidatos no se deposita a la hora convenida, el partido de Berlusconi no podrá participar en las elecciones en Campania. El misterio se cierne sobre la sede del PDL y la caza guasona del fugitivo se desboca en la red. Mientras allá en Washington Obama sigue hablando –“si los tiempos cambian nosotros también debemos cambiar”–, a este lado hay quienes luchan a la desesperada porque todo siga igual. El eterno Berlusconi y sus viejos amigos de la Mafia

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