Ene 27 2012
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Opini贸nPol铆ticaSociedad

Izquierda social e izquierda pol铆tica

La profundizaci贸n de las diversas crisis y la emergencia de nuevos movimientos est谩n promoviendo un debate sobre el papel de la izquierda en los cambios posibles y deseables. Muchos apuestan a una profunda renovaci贸n o a la unidad como forma de encontrar un norte que permita quebrar la hegemon铆a del sector financiero.

En general, los debates apuntan al papel de la izquierda pol铆tica, o sea los partidos que se proclaman de izquierda. Superar las divisiones hist贸ricas, supuestamente alimentadas por diferencias ideol贸gicas, ser铆a un paso decisivo para ir m谩s all谩 de la situaci贸n actual. La unidad entre las tres grandes corrientes, socialistas o socialdem贸cratas, comunistas y anarquistas o radicales, ser铆a un paso imprescindible para que este sector est茅 en condiciones de jugar un papel decisivo en la superaci贸n de la crisis actual.

La experiencia hist贸rica dice, sin embargo, otra cosa. La primera es que los partidos de izquierda no se unen si no existe un poderoso movimiento desde abajo que les imponga una agenda com煤n. Quiero decir que los partidos de izquierda dependen del estado de 谩nimo y la disposici贸n, para resistir o para acomodarse al sistema, de los trabajadores. Para la gente com煤n los debates ideol贸gicos son cosa de poca importancia.

Las experiencias del Frente Popular en la Espa帽a republicana, de la Unidad Popular en el Chile de Salvador Allende y del Frente Amplio en Uruguay, indican que es el empuje de los diversos abajos lo que termina por derribar los sectarismos e impone, como m铆nimo, la unidad de acci贸n. Fue la potencia del movimiento obrero la que decidi贸 a los anarquistas a apoyar en las urnas a los candidatos del Frente Popular, venciendo sus resistencias a lo electoral.

La segunda es que ese 99 por ciento que se supone que somos, frente al uno por ciento que detenta el poder y la riqueza, tiene intereses diversos y, en esta etapa del capitalismo, contradictorios. A grandes rasgos, hay dos abajos, como dicen los zapatistas. Los de m谩s abajo, o los del s贸tano 鈥搃ndios, afros, inmigrantes, clandestinos e informales鈥, componen el sector m谩s oprimido y explotado del amplio mundo del trabajo. Ese mundo est谩 integrado b谩sicamente por mujeres y j贸venes pobres, en general de piel oscura, que viven en 谩reas rurales y en periferias urbanas. Son los m谩s interesados en cambiar el mundo, porque son los que no tienen nada que perder.

El otro abajo es diferente. En 1929 s贸lo uno por ciento de los estadunidenses ten铆a acciones que cotizaban en la bolsa de Wall Street. En 1965 ya eran 10 por ciento, y en 1980, 14 por ciento. Pero en 2010 50 por ciento de los estadunidenses eran propietarios de acciones. Con la privatizaci贸n del sistema de jubilaciones y la creaci贸n de los fondos de pensiones, todo un sector de la clase trabajadora qued贸 engrapado al capital. General Motors y Chrysler fueron salvadas de la quiebra en 2009 por los aportes de los fondos controlados por los sindicatos.

La segunda minera del mundo, la brasile帽a Vale, rechazada por ambientalistas y sin tierra, es controlada por Previ, fondo de pensiones de los empleados del Banco de Brasil, que tiene junto al BNDES una s贸lida mayor铆a en el consejo de administraci贸n de la multinacional. Los fondos de pensiones de Brasil tienen inversiones que representan casi 20 por ciento del PIB del pa铆s emergente y controlan enormes empresas y grupos econ贸micos. Los fondos son el n煤cleo de la acumulaci贸n de capital y son gestionados por sindicatos, empresas y Estado.

Se trata apenas de dos ejemplos bien distantes para ilustrar el hecho de que la izquierda social, o los movimientos, supuestamente antisist茅micos, tienen intereses contradictorios.

La tercera cuesti贸n es que si reconocemos esta diversidad de intereses es para construir estrategias de cambio que est茅n enraizadas en la realidad y no en declaraciones o ideolog铆as. 驴C贸mo unir obreros manuales que ganan una miseria con empleados de cuello blanco que se sienten m谩s cerca del patr贸n que de sus 芦hermanos de clase禄?

Los obreros que construyen la gigantesca hidroel茅ctrica de Belo Monte en Brasil, que ser谩 la tercera del mundo, se lanzaron a la huelga en diciembre porque ganan 500 d贸lares mensuales por 12 horas diarias de trabajo y la comida que les sirven est谩 podrida. Los representantes sindicales fueron hasta la obra para convencer a los obreros de que volvieran al trabajo. Los fondos de pensiones de tres empresas estatales tienen 25 por ciento de las acciones del consorcio que construye Belo Monte.

Los trabajadores de Petrobras, de la Caja Econ贸mica Federal y del Banco do Brasil est谩n interesados en el 茅xito de Belo Monte ya que sus fondos de pensiones, controlados en gran medida por delegados sindicales, repartir谩n m谩s dinero a costa de la explotaci贸n de los obreros, de la naturaleza y de los ind铆genas que desplaza la hidroel茅ctrica.

La cuarta es que toda estrategia para cambiar el sistema debe instalarse s贸lidamente entre aquellos que m谩s sufren este sistema, los del s贸tano. Pensar en la unidad org谩nica de los de abajo es colocar en el tim贸n de mando a los que hablan y negocian mejor, a los que tienen m谩s medios para estar all铆 donde se toman las decisiones, o sea, el arriba del abajo. Son los que mejor se mueven en las organizaciones formales, las que cuentan con locales amplios y c贸modos, funcionarios y medios de comunicaci贸n y de transporte.

Los del s贸tano se re煤nen donde pueden. A menudo en la calle, el espacio m谩s democr谩tico, como los Occupy Wall Street, los indignados de Grecia y Espa帽a, y los rebeldes de El Cairo. No lo hacen en torno a un programa sino a un plan de acci贸n. Y, claro, son desordenados, hablan a la vez y a borbotones.

Las estrategias para cambiar el mundo deben partir, a mi modo de ver, de la creaci贸n de espacios para que los diferentes abajos, o izquierdas, se conozcan, encuentren formas de comunicarse y de hacer, y establezcan lazos de confianza. Puede parecer poco, pero el primer paso es comprender que ambos sectores, o trayectorias, nos necesitamos, ya que el enemigo concentra m谩s poder que nunca.

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