Dic 6 2006
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Política

Kiliwas de México. – PACTO DE MUERTE

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Elías Espinoza, jefe kiliwa, dio a conocer esa decisión y argumentó que cada día es más difícil su supervivencia, porque carecen de los servicios elementales, como agua, centros de salud, escuelas y energía eléctrica –aunque hay postes para el tendido.

La indígena cucapá Hilda Hurtado, familiar política de Elías, comentó vía telefónica que dicho pacto es una decisión respetable que tomaron los kiliwas ante la desesperación por estar olvidados del gobierno:
“Nosotros (cucapás) siquiera tenemos la pesca, con todos los problemas que existen por la veda de la curvina y las prohibiciones para pescar en un lugar que nos pertenece, pero ellos no tienen nada”, señaló, y se solidarizó con la etnia hermana.

En la actualidad, en territorio bajacaliforniano existen cinco grupos indígenas nativos: los cucapás, que habitan la zona aledaña al delta del río Hardy, en el Mar de Cortés. El resto se localiza en varias comunidades principalmente del municipio de Ensenada, en la parte alta de la península de Baja California: los kumiai residen en San José de la Zorra, los pai pai en Santa Catarina, los cochimís en La Huerta y los kiliwas en el ejido Arroyo de León, en la región serrana de San Pedro Mártir.

En el sur de Ensenada hay otros grupos de indígenas (mixtecos, zapotecos, nahuas, triques y tzotziles) que han emigrado a la entidad y laboran en los campos agrícolas de San Quintín. Se estima que son poco más de mil jornaleros. A diferencia de los nativos, los miembros de esos grupos étnicos cuentan con servicios y programas gubernamentales de desarrollo.

Provenientes de los yumamos, los kiliwas han sufrido desde tiempos inmemoriales el despojo de sus tierras. Los integrantes de la etnia se han convertido en empleados, jornaleros y migrantes; otros se dedican a la venta de artesanías. En 1970 les reconocieron, por decreto presidencial, poco menos de 27 mil hectáreas, que han ido diminuyendo gradualmente ante la ambición de familias poderosas que encontraron en la yuca y el agave productos de exportación.

De acuerdo con el Sistema Nacional de Indicadores sobre la Población Indígena de México, el año 2000 1.350 personas conformaban las cinco etnias nativas de Baja California, de las cuales 80 eran kiliwas (sólo cinco, todos mayores de 70 años de edad, son hablantes de su lengua madre); 400 pai pai, 360 kumiais, 260 cucapás y 240 cochimís.

Elías Espinoza, jefe kiliwa e hijo de la lideresa tradicional Clara Espinosa, pasa temporadas en la zona de El Mayor Indígena, en Mexicali, ya que es esposo de Mónica González, hija de Onésimo, dirigente cucapá. Ante la mirada de su hija Media Luna, se integra a la pesca y a las fricciones que tienen con las autoridades federales, las cuales les prohíben capturar especies marinas para sobrevivir.

Ricardo Rivera López, abogado de las etnias cucapá y kiliwa, explicó que el pacto de muerte de la etnia bajacaliforniana es una decisión para no continuar viviendo en la extrema pobreza, por lo que no descarta la posibilidad de interponer un recurso por etnocidio ante los organismos internacionales correspondientes.

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Para el antropólogo Víctor Clark Alfaro hablar de pacto de muerte es “irresponsable” y “sensancionalista”, aunque reconoció que los kiliwas únicamente lograrán sobrevivir dos generaciones más por su número de integrantes.

El también ex miembro del Consejo Consultivo de la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas explicó que los miembros de dicha etnia, desde hace tiempo, dejaron de reproducirse debido a que los jóvenes emigraron a las zonas urbanas de las principales ciudades de Baja California o a Estados Unidos, donde se han enfermado de tuberculosis o se han hecho adictos a las drogas.

Clark Alfaro subrayó que el gobierno panista de Baja California “ha dejado en el olvido” a las etnias nativas de la entidad, porque no invierte lo suficiente en su desarrollo, mientras el despojo de tierras parece no tener solución, ante la inexistencia de instituciones y personas que los defiendan.

Al término del desfile cívico con motivo del 20 de noviembre, aniversario de la Revolución Mexicana, el gobernador Eugenio Elorduy se sorprendió al enterarse del pacto de muerte de los kiliwas y dijo no tener comentarios al respecto. Cada proceso electoral los organismos comiciales instalan en el ejido Arroyo de León, donde se asientan los kiliwas, una casilla para que puedan sufragar los habitantes de una región prácticamente fantasma, cuyos habitantes han decidido dejar de existir como etnia ante la indiferencia de las autoridades.

Los últimos cinco hablantes del kiliwa, que interactúan entre ellos, son Eusebio Alvarez Espinoza, Leandro Maytorell Espinoza, José Ochurte Espinoza, Leonor Farldow Espinoza e Hipólita Espinoza Higuera (abajo, der.). Según la Coordinación de Educación Intercultural y Bilingüe de la Secretaría de Educación Pública, dos tercios de las lenguas indígenas que se hablan en México están en peligro de extinción; una es el kiliwa.

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* Periodista. En el diario La Jornada (www.jornada.unam.mx).

Addenda
EL EXTERMINIO DE LOS PUEBLOS

Durante su paso por Baja California, el subcomandante Marcos se reúnió con cinco tribus originarias y emigrantes de Oaxaca, Guerrero y Chiapas. En el estado, que hasta hace poco tiempo no reconocía la existencia de los indígenas, la Otra Campaña se encuentra con el exterminio de estos pueblos.

Nancy Flores*
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Valle de Mexicali, B.C. Las mujeres kiliwa jamás volverán a parir un indígena. En silencio y con su dolor de kiliwa han firmado un pacto de muerte para cancelar, en definitiva, el sufrimiento que se hereda a través de la lengua, del color de la piel, del vestido, de la tradición, de la cultura. De este pueblo aún sobreviven 54 personas, la mayoría expulsadas de la tierra donde descansan sus ancestros y a la cual ruegan volver, sin que hasta ahora las autoridades federales se preocupen siquiera por atender la solicitud: única garantía de supervivencia.

Los kiliwas van muriendo en silencio: su desaparición se oculta en la ley que, se supone, los “protege”; en el programa que “garantiza su desarrollo”, y en el proyecto que “beneficia a sus comunidades”.

Y es que el objetivo real del Programa de Certificación de Derechos Ejidales y Titulación de Solares, de la Ley Indígena, del proyecto presidencial Mar de Cortés -antes Escalera Náutica- la conservación del medio ambiente, o como quiera que se nombre el despojo institucionalizado, es el exterminio de todos los pueblos originarios de México y el apropiamiento ilegítimo de su territorio y sus recursos naturales, seguramente ofertados a inversionistas estadunidenses.

Esa sentencia de muerte se hizo acuerdo común de las ocho familias kiliwa, cansadas de malvivir, como de por sí apenas existen los indígenas en este país.

“Sí, es cierto. Hemos tomado decisiones muy fuertes”, confirma Elías Espinosa, padre de la que quizá sea la última niña kiliwa. “Es que uno se cansa de estar luchando aquí y allá, de que nadie nos escuche y a nadie le importemos. Ya no tenemos suficientes recursos (económicos) para luchar por nuestra gente (…)
No tengo palabras para explicar esta desesperación. Las decisiones se toman porque nadie nos escucha y porque, por culpa de los blancos, nos estamos enfrentando entre nosotros mismos”.

La kiliwa es una de las comunidades más antiguas de Baja California, estado gobernado por el panista Eugenio Elorduy, donde hasta hace no mucho tiempo se desconocía a los pueblos indígenas originarios como habitantes de la entidad.

Explica Espinoza: “Hemos tratado de sacar las cosas adelante, de rescatar la lengua y la cultura, pero en la comunidad no existen fuentes de trabajo suficientes y tampoco hay servicios básicos que debemos de tener como seres humanos. Entonces, qué es lo que pasa con nosotros, que yo, como padre de familia, tengo que buscarle escuela a mis hijos para que estudien, y desde ahí empieza todo: en lugar de estar al pendiente de nuestros hijos y de la cultura, de la lengua y las tradiciones, estamos peleando en contra del gobierno para que nos ayude a tener una escuela, un dispensario médico. No es justo para nosotros, somos indígenas y somos seres humanos”, dice.

La comunidad kiliwa se asienta en el valle de la Trinidad, localizado entre las sierras de San Miguel, San Pedro Mártir y el desierto de San Felipe, en el municipio de Ensenada, a 25 kilómetros del poblado más cercano. Se integra por ocho familias, de las cuales la persona más grande supera los 90 años y la única niña, hija de Elías Espinosa, tiene cinco.

Tras conocer esta tragedia humana en una reunión privada con indígenas cucapás y kiliwas, ocurrida en el pueblo de El Mayor, Mexicali, el subcomandante insurgente Marcos –del Ejército Zapatista de Liberación Nacional– resume la problemática: “a menos de una hora de aquí, hay una comunidad indígena que va a ser aniquilada en poco tiempo.

“Son los únicos que quedan en el mundo. De esos 54, cinco hablan kiliwa, los demás ya no. Y según esto, el pacto de muerte es que las mujeres acordaron no parir más kiliwas. Y que el pueblo desaparezca con el último kiliwa que hay ahorita.”

Añade “que tomaron esa decisión porque es su forma de protestar contra los despojos de tierra que está haciendo ese gobernador. […] Nosotros hacemos trabajo en comunidades indígenas zapatistas en la otra esquina. Y yo en lo particular sé que cuando un pueblo indio dice que va a hacer algo, lo va a hacer. Y si el pueblo kiliwa decidió ese pacto de muerte, lo va a hacer”.

El delegado Zero pregunta a los adherentes de la Otra Campaña en Mexicali: “¿Saben desde cuándo viven ahí? Hace nueve mil años”. Pero hace nueve mil años no había capitalismo que los despojara de sus tierras y recursos naturales, de su tradición.

Sin condiciones que mejoren su vida, esta tribu visitará dentro de no mucho tiempo a su deidad principal, Meltí Ipa Jalá o dios coyote -gente luna-, padre de todas las cosas y al mismo tiempo personificación de la muerte: según la cultura kiliwa, Meltí Ipa Jalá habita en “la casa de la muerte”.

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Cucapás, sin permiso para vivir

El exterminio no se reduce a la decisión del pueblo kiliwa; se extiende sobre todas las tribus de México, e incluso alcanza a las de Estados Unidos. Cucapás, kumiais, yoremes, pai-pai, tohono o’odham (pápagos), navajos, cherokees, seris, todas enfrentan el peligro de perecer.

En el Valle de Mexicali, Baja California, al igual que en la nación Comca’ac, Sonora, los indígenas son atacados a través de disposiciones ambientales que buscan “preservar especies endémicas”. Según las autoridades ambientales, el pueblo cucapá –pesquero por tradición y subsistencia– es menos importante que la curvina golfina, a pesar de que esta especie no es considerada como endémica, rara, amenazada o en peligro de extinción.

Y es que el 10 de junio de 1993 la región conocida como Alto Golfo de California y delta del río Colorado, donde pescan los cucapá, fue decretada área natural protegida con el carácter de reserva de la biosfera. Desde entonces, la marina y la armada de México acosan y prohíben pescar a los indígenas.

Inés, cucapá que sobrevive del mar, explica: “la pesca es nuestro modo de vida, nuestra única fuente de trabajo. No tenemos terrenos, porque el gobierno nos dotó 143 mil hectáreas pero de pura piedra, no se puede cultivar”. Detalla que la temporada de pesca comprende los últimos días de febrero, marzo, abril y mayo. “De esta pesca sacamos dinero para pasar todo el resto del año. Pescamos la curvina golfina, que dicen que es una especie endémica, pero no está en peligro porque no está en la carpeta nacional pesquera que determina las especies en peligro de extinción. Además, la curvina se protege sola porque viene nada más por temporadas y se va, y no la volvemos a pescar hasta el siguiente año. Nosotros no pescamos crías”.

Inés señala que los marinos no persiguen ni limitan la pesca de las grandes y poderosas cooperativas, a pesar de que el impacto de su producción es mucho mayor. “En la comunidad cucapá somos 32 permisionarios que legalmente podemos pescar, pero de esas autorizaciones se mantiene toda la comunidad, que es de unas 70 familias: uno tiene el permiso, otro tiene la panguita, otro tiene el motor, otros limpian los pescados. Todos vivimos de eso”,

Si las autoridades cancelaran definitivamente los permisos, como acostumbran amenazar a los cucapás, “nos vamos a tener que ir de aquí, quizá a Estados Unidos. Eso sería la destrucción de la familia. Para nosotros la pesca es nuestra vida, pero al gobierno no le importa”.

En la comunidad El Mayor, el subcomandante Marcos anuncia la instalación de un campamento zapatista durante la próxima temporada de pesca, que buscará resistir el embate de las autoridades. Y es que, dice, los cucapás “son unos criminales porque están haciendo lo que van haciendo desde hace nueve mil años, que es pescar. Y resulta que ellos salen en sus pangas, a pescar, y sólo pueden pescar una especie. Todas las demás especies no. Si les encuentran una especie, compañera, los acorazados de la armada nacional y las lanchas torpederas, los embisten para hundirlos, si no se detienen. Y si se detienen, les quitan la panga y el producto”.

Por esta razón “decidimos mandar un mensaje urgente a los mexicanos y chicanos al norte del río Grande para venir y maximizar el número de personas aquí, crear un espacio seguro, y proteger a las comunidades cucapá y kiliwa durante la temporada de pesca”, puntualiza el delegado Zero.
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* Periodista. El artículo completo en Red Voltaire (aquí).

Sobre la extinción de las lenguas indígenas, en particular la kiliwa, ver el artículo de Arturo Jiménez, publicado en 2005 en La Jornada.

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