May 10 2004
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Cultura

La batalla por los derechos de autor y espionaje electrónico

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

Lagos Nilsson
El dinero no sólo mueve al mundo, dibuja su entretenimiento y las empresas no desdeñan las migajas que puedan dejarle los contenidos culturales que han tenido olvidados. La lucha, sin embargo, es constante, móvil y dura en los bordes y el corazón de los productos musicales y fílmicos de aceptación masiva. Es la batalla por los derechos de autor en la reproducción digital de obras, denominada Digital Rights Management (gerenciamiento de los derechos -de autor- digitales).

En 2003 la comunidad de internautas -por esencia global- se enteró, conmovida y atemorizada, de la demanda presentada en EEUU por una compañía grabadora contra Megan Dickenson, de 15 años, natural de la ciudad de Seattle, en el noroeste estadounidense; la adolescente había copiado de la red al disco de su computadora algunas canciones que, tras oírlas, envió por correo electrónico a una amiga de su edad. US$ 750 por canción eran los derechos de autor que se le cobraban. El monto total ascendía a US$ 825.000, pero la empresa se conformaba con una suma simbólica -a modo de escarmiento- de US$ 3.500.

Los intereses en juego, como se ve, son cuantiosos y para cautelar su cuota las mundializadas compañías estadounidenses apuestan a los recursos y herramientas denominadas de gestión de derechos digitales (DRM). Éstas no son otra cosa más que sistemas de control para impedir que el comprador o usuario de contenidos, en especial en el ámbito de la multimedia -películas, música- copie, traspase o utilice los archivos en más de una computadora.

La computadora como quintacolumna

El control de los derechos de autor constituye una fuente nada despreciable de ingresos para los gigantes la industria informática orientados a la multimedia: Microsoft, Intertrust, RealNetworks, Apple, Sony, Xerox, Philips, Adobe.

Las herramientas DRM posibilitan que el titular de la propiedad intelectual limite y cobre por el uso de archivos en formato electrónico. En el caso de internet también controlar -es decir: saber- qué máquina descarga una pieza musical o filme; desde dónde lo hace y de qué sitio toma el material. Naturalmente no es el autor de los contenidos quién detenta necesariamente los derechos intelectuales a que se refieren las empresas; son ellas mismas, por sí o asociadas con quienes los posean, habitualmente casas grabadoras o productoras fílmicas, los propietarios de los mismos.

Intelectuales, artistas y asociaciones de derechos ciudadanos y por la libertad de expresión, no sólo en EEUU, llevan a cabo una lucha -no siempre comprendida- para detener muchas de las limitaciones propuestas por la industria. Aseguran que la sociedad globalizada verá cercenado su derecho a la información, el conocimiento y la cultura si se impide, por ejemplo, copiar para resguardo o escuchar o leer un archivo en un dispositivo diferente de aquel en el que se guardó por primera vez.

Para otros el gran peligro reside en la utilización que puedan hacer los gobiernos y las corporaciones de la información que recaben, sin autorización, directamente de los PC, en el ámbito doméstico, escolar o profesional. En la actualidad existe una multitud de software -y no sólo provisto por Microsoft- que al ser conectado el ordenar a la red envía señales a determinados servidores. Los cookies(galletitas, en castellano) se instalan en el computador cuando éste “entra” a una página y le entrega en forma automática una serie de datos de navagación del usuario del aparato; más tosco, pero no menos efectivo, es el método de instalar camaras en cibercafées, locutorios y bibliotecas para grabar a las personas que utilizan los ordenadores.

Se teme, y pocas dudas caben de que, al margen de las batallas comerciales por sus intereses y el dominio de este espacio, pero propiciado por éstas, se instalen -como norma habitual- microprocesadores en los PC de uso doméstico y profesional que, con el pretexto de proteger los derechos de autor cumplan en realidad propósitos de espionaje mayores. De hecho iniciativas de esta naturaleza son la orden del día entre los fabricantes de aparatos con posibilidades de conectarse a la red: por ahora en forma masiva computadoras y teléfonos celulares.

La segunda parte de este negocio, que desde hace unos años mueve millones de dólares -o euros-, es la venta de los reproductores que permiten escuchar y ver los contenidos. Es decir: de la llave que abre la puerta del sueño pasivo de la multimedia. La guerra, nada de virtual, por cierto, está entonces en habituar al mercado a un tipo de aparato y un tipo software para lograrlo.

La industria estadounidense va a la cabeza, muy adelante de la europea, por el dominio de los sistemas DRM, que, por otra parte, copan el horizonte cibernético desde la descarga de archivos, el uso de libros electrónicos, la vigilancia al acceso de documentación en la internet y, desde luego, la protección del uso indebido del software. ¿Sabía usted que si compra un programa y lo instala en dos computadoras, aunque sean suyas, comete un delito? Sólo puede utilizarlo en una -a menos que pague una licencia más cara-.

Las batallas no sólo se dan en la red. El joven noruego Jon Lech Johansen se hizo conocido en el mundo de los fierros -término que paso del automovilismo al de los equipos electrónicos- por ser el autor de un algoritmo que permite descifrar el mecanismo de seguridad de formatos Divx, o sea: los DVD. Naturalmente su fórmula navegó por la internet. En 2003 fue demandado por los propietarios del código. También consiguió vulnerar parcialmente el programa que usa Apple para su exitoso iTunes, software para escuchar y comprar música por Internet.

La UE plantea la necesidad de legislar en toda Europa la gestión de los derechos de autor y la creación de sistemas DRM de Gestión de los Derechos de Autor ‘interoperables y aceptados por parte de todos los actores que intervienen, incluidos los consumidores’, señaló el comisario del Mercado Interior, Fritz Bolkenstein.

Alianzas, asociaciones, expectativas

El camino de los sistemas de control de los intercambios que se producen en la red -y para evitar copias caseras de discos comprados en el comercio legalmente constituido comenzó hacia 1999, acelerándose en la misma medida en que más y más personas se unían a la comunidad virtual, bajaban los precios de los ordenadores y se hacía más barato el acceso a la red, incluso de conexiones de banda ancha.

Microsoft pactó alianzas estratégicas con America Online, Disney, Napster y Motorola para la utilización de su sistema de protección de DRM en los productos de aquellas, y se asoció con Time-Warner para copar Countergard, también desarrolladora de controles; luego consiguió, tras un pago estimado en unos US$ 450 millones y tres años de litigio, hacerse con las patentes de Intertrust, hasta entonces controlada por Sony y Philips.

Otras corporaciones procuran recuperar el terreno que les ganó Bill Gates y desarrollan sus propios estándares DRM. Algunas compañías tecnológicas recaban asesoría y opiniones de los artistas y productores para hacerlo. Un fruto de esta alianza es Música Digital Segura (SDMI, siglas en inglés) para impedir la copia ilegal, esto es: sin pagar, de archivos MP3.

Bajo la siglas EBX los dos gigantes en materia de documentación digital -Adobe y Xerox- buscan estandarizar una norma para la gestión DRM en el mundo de los documentos. Interesante resulta el esfuerzo de Open e-Book Authoring Group para adaptar el formato MP3 al el libro electrónico.

En lo que hace al el control del mercado por la distribución de música en la internet, RealNetworks ofreció a Apple la creación de un frente anti Microsoft debido a las versiones de que el mayor fabricante de software del mundo jugar fuerte con una tienda de música en MSN, su portal en internet.

La propuesta consistió en que Apple ceda a Realnetworks su sistema DRM y convertir al iPod -el reproductor de MP3 de Apple- en obligatorio para sus clientes.

En la ofician de Steve Jobs, en San Cupertino, California (EEUU) confían en el éxito de sus emprendimientos, y toman su tiempo. Lo cierto es que la industria necesita una norma general compartida para los distintos dispositivos. En ese sentido se lee la fexibilización del iPod, que ya permite almacenar música en el formato WMA de Microsoft.

Una dimensión de la importancia que éstas asignan al rubro, la da el intenso lobby de Disney en EEUU para aumentar la vigencia de los derechos de autor de 50 a 70 años , norma que finalmente fue aceptada universalmente hace pocos años.

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Fuentes:
www.cincodias.com>
www.retronet.com.ar
www.aclantis.com
www.error500.net

www.gnu.org
www.diarioti.com

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