Feb 26 2007
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Cultura

LA COPROLALIA Y EL CASTELLANO

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

A comienzos de los a√Īos ochentas comenc√© a notar entre amigas muy queridas, de vestir y hablar fino y elegante, la tendencia a soltar una que otra palabrota que me causaba una molesta sorpresa. Luego me fui percatando de que este tic se convert√≠a en la forma habitual de comunicaci√≥n entre adolescentes (v.gr; el ¬ę-ta que‚Ķ¬Ľ,1 el ¬ęche su¬Ľ2‚Äô y el ‚Äúya pe ‚Äėon¬Ľ3) y me empec√© a preguntar por qu√© ocurr√≠a este fen√≥meno cuando en los a√Īos sesentas y en los setentas el lenguaje soez s√≥lo lo usaban los hombres cuando estaban s√≥lo entre ellos ‚Äďcomo muestra de su varon√≠a o machismo‚Äď, los hampones y los polic√≠as asociados cotidianamente con ellos por su trabajo.

Conforme se fue agravando la situaci√≥n social, econ√≥mica y cultural en el Per√ļ creo que todos los peruanos nos volvimos gradualmente coprol√°licos. Creo que la coprolalia como desorden siconeur√≥tico, causado por alg√ļn trauma, est√° directamente vinculado con la vergonzante sordidez que caracteriza cada vez m√°s a nuestra sociedad porque es forzada a asumir un papel que no le corresponde pero que le imponen las transnacionales que dirigen hoy el globo y la globalizaci√≥n.

Y si son los j√≥venes los primeros en volverse coprol√°licos es posiblemente porque ellos son precisamente los m√°s afectados. Su futuro es el que se asesina mientras todos presenciamos impasibles este crimen. Despu√©s de todo, los que nacimos antes de 1980 hemos tenido jornadas de trabajo de ocho horas diarias, seguro social, licencias por enfermedad, pago de horas extras, sindicatos que nos defendieran, vacaciones pagadas, estabilidad laboral y consider√°bamos que el trabajo infantil y la esclavitud eran horrores del siglo XIX. En cambio los j√≥venes hoy…

Comentaba con mi colega alem√°n Konrad Borst la desesperanza galopante que hoy percibimos en los peruanos, antes gentes alegres, simp√°ticas, reilonas que hasta cuando alan garc√≠a4 destruy√≥ nuestro pa√≠s, entre apagones y bombas pod√≠an contarse un buen chiste que siempre estaban dispuestas a celebrar y a festejar la vida y la amistad (recuerden si no las fiestas ‚Äėde toque a toque‚Äô durante la dictadura militar) pero que hoy ya perdieron la esperanza de que sus hijos tengan un futuro decente en nuestro pa√≠s y poco a poco remplazan con el rictus del estr√©s y el pesimismo las alegres l√≠neas de la sonrisa y de la carcajada.

Compar√°bamos el fen√≥meno con lo que sucede en otras partes del globo y conclu√≠ en que los latinoamericanos ‚Äďy por mucho tiempo (en gran parte gracias a las ONGs)‚Äď cre√≠mos que hab√≠a esperanza de mejorar y que nuestros hijos tendr√≠an un futuro viable en nuestros pa√≠ses. Despu√©s de todo en alg√ļn sitio le√≠ que ‚Äúhace 500 a√Īos que Am√©rica Latina tiene un gran futuro‚ÄĚ.

Los africanos, más sabios y experimentados que nosotros, ya sufrieron en carne propia la explotación radical: El primer mundo les robó y agotó todos sus recursos, los dejó sin comida, sin educación, con SIDA y sin esperanza. Entonces los africanos se dedicaron a estirar la mano y mendigar mientras su esperanza de vida se reduce a grandes trancos y se les considera oficialmente el continente perdido.

Los habitantes de la India, todavía más sabios que los africanos, comprendieron que el juego de Inglaterra y las otras potencias había consistido en enfrentar a los pobres entre sí mientras los explotaban y los saqueaban a todos por igual; comprendieron que estirar la mano tampoco sirve de nada y optan por la autodestrucción.

El resultado que el primer mundo espera es l√≥gicamente que lo dejen due√Īo de los recursos ecol√≥gicos que tanto exigen que cuidemos para ellos, pero adecuadamente despoblados para evitarles mayores inversiones en matanzas, bombardeos y ¬ęno-guerras¬Ľ.

Al fin de cuentas esta probable guerra nuclear o suicidio masivo a los Indios quizás no les resulte tan atroz, ellos creen en la reencarnación, pero los que no creemos en nada estamos jodidos.

Y como pueden apreciar yo misma compruebo que esta enorme desaz√≥n, esta injusticia social tan agravante e insolente me sume en un pozo de angustia y lo primero que brota de mis labios es esa tremenda lisura. ¬°C√≥mo ser√° la patolog√≠a de grave que ahora casi todas las mujeres incluyen varias lisuras en cada frase que pronuncian, cuando ‚Äďseg√ļn los siquiatras‚Äď la coprolalia es un problema tres o cuatro veces m√°s frecuente en los hombres!

foto
Porque una cosa es decir una buena lisura en el contexto y en el momento precisos y otra muy distinta es usarla en forma compulsiva y casi permanente. El primer caso lo ejemplifica deliciosamente mi entra√Īable Ricardo Palma, que t√≠midamente ocult√≥ por muchos a√Īos sus Tradiciones en Salsa Verde y quien al enviarlas a su amigo Carlos Basadre le dice: ‚Äúle mando mis Tradiciones en Salsa Verde, confiando en que tendr√° usted la discreci√≥n de no consentir que sean le√≠das por gente mojigata, que se escandaliza no con las acciones malas sino con las palabras crudas. La moral no reside en la epidermis.

¬ęMil cordialidades. Su viejo amigo

¬ęEl Tradicionalista

¬ęLima, Febrero de 1904‚ÄĚ.

Y recuerdo que en mi infancia, cuando mis padres salían y me quedaba sola en casa con mi abuelita, los temores de la noche me impedían dormir y mi abuelita Julia con su lamparita de noche prendida y sus risitas apagadas me invitaban cálidamente a refugiarme en su cuarto. Cuando echada entre ella y su libro yo fingía dormir, en verdad lo que hacía era leer estas traviesas tradiciones que por ello tienen para mí un doble valor: literario y sentimental. Y por eso comparto con ustedes esta pícara Tradición.

Un calembour

Fray Francisco del Castillo, m√°s generalmente conocido por el Ciego de la Merced , fue un gran repentista o improvisador; su popularidad era grande en Lima, all√° por los a√Īos de 1740 a 1770.

Cuéntase que habiendo una hembra solicitado divorcio, fundándose en que su marido era poseedor de un bodoque monstruosamente largo …. sucedió que se apartaba de la querella, reconciliándose con su macho. Refirieron el caso al ciego y éste dijo:

No encuentro fenomenal
El que eso haya acontecido
Porque o la cueva ha crecido
O ha menguado el animal.

Llegada la improvisación a oídos del Comendador o Provincial de los mercedarios, éste amonestó al poeta, en presencia de varios frailes, para que se abstuviera de tributar culto a la musa obscena.

Retirado el Superior, quedaron algunos frailes formando corrillo y embromando al ciego por la repasata sufrida.

–¬ŅY qu√© dice ahora de bueno, el hermano Castillo? ‚Äďpregunt√≥ uno de los reverendos.

El hermano Castillo dijo:

El chivato de Cimbal,
Símbolo de los cabrones,
Tiene tan grandes cojones
Como el Padre Provincial.

Rieron todos de la desvergonzada redondilla, pues parece que el Superior, nacido en un pueblo del norte, llamado Cimbal, no era de los que por la castidad conquistan el cielo.

No faltó oficioso que fuera con el chisme a su paternidad reverenda, quien castigó al ciego con una semana de encierro en la celda y de ayuno a pan y agua.

Los conventuales, amigos del lego poeta, le dijeron que podía libertarse de la malquerencia del prelado aviniéndose a dar una satisfacción.

El Padre Castillo ech√≥ cuentas consigo mismo y sac√≥ en claro que, siendo √©l c√°ntaro fr√°gil y el comendador piedra berroque√Īa, lo discreto era no seguir en la lucha del d√©bil contra el fuerte; a esa saz√≥n, paseaba su reverencia por el claustro y, arrodill√°ndose ante √©l, nuestro lego poeta lo satisfizo con el siguiente, muy ingenioso Calembour:

Pues lo dije, ya lo dije;
M√°s digo que dije mal,
Pues lo tiene como dije
Nuestro Padre Provincial.

Calembour: juego de palabras utilizando parónimos.

fotoPasa el tiempo

Otra cosa es la lisura en la obra de Arturo Pérez Reverte, otro de mis autores preferidos. Disfruté de su epopeya histórica y trágico-cómica La Sombra del águila y de sus magistrales novelas La Tabla de Flandes, La Piel del Tambor, el Club Dumas y el Maestro de Esgrima, un poco menos me gustaron Alatriste y sus secuelas, aunque no dejo de reconocer en ellas un acucioso trabajo de investigación histórica y un sentido genuino de la aventura.

Sin embargo cuando empec√© a leer Patente de Corso me sent√≠ culturalmente golpeada por la procacidad de su lenguaje. Leyendo bien sus escritos comprend√≠ que Arturo P√©rez Reverte tambi√©n ha sido afectado por el trauma de la violencia, de la injusticia y la muerte que ha presenciado tantos a√Īos como corresponsal de guerra. Por eso lo disculp√©, poco a poco fui disfrutando sus exabruptos y sus lisuras me ha hecho re√≠r a gritos ‚Äďlo cual le agradezco mucho ‚Äď y por si fuera poco con un texto magistral me ha educado en el uso y comprensi√≥n del terminejo que tambi√©n Palma menciona: los cojones.

Se los presento, como un homenaje a grandes autores, con sensibilidad suficiente para amar y sufrir con sus pueblos. Si el uno rescata sus lisuras para la historia, el otro es genial aunque sea coprol√°lico.

Cuestión de cojones

El siguiente art√≠culo est√° tomado del libro ¬ęPatente de Corso¬Ľ de Arturo P√©rez Reverte.

Hace tiempo que mi madre no me da la bronca por abusar del lenguaje soez en esta p√°gina, y empiezo a preocuparme. O ella envejece y se acostumbra, o estoy perdiendo facultades y volvi√©ndome ling√ľ√≠sticamente correcto. Por fortuna, todav√≠a llegan cartas de alg√ļn lector o lectora inasequibles al desaliento, afe√°ndome mi poca verg√ľenza. E incluso Nacho Iglesias, el baranda de esta barraca, recibe peri√≥dicas sugerencias para que en El Semanal me echen a la calle de una puta vez.

La √ļltima es de un se√Īor de Oviedo, por la letra jubilado y por el membrete notario, que me afea el uso, e incluso el abuso, de la palabra cojones, e incluso sugiere la posibilidad de que yo saque tanto a colaci√≥n el asunto por alg√ļn trauma personal relacionado con mi propia virilidad o, subraya el amable comunicante, mi ausencia de ella. ¬ęA ver si es maric√≥n¬Ľ, concluye, por si no he captado los circunloquios preliminares.

En fin. Al margen de que yo pueda resultar m√°s o menos maric√≥n, la antedicha carta me viene al pelo para traerles a colaci√≥n un impreso an√≥nimo que hace tiempo circula por ah√≠ ‚Äďalg√ļn lector ha tenido el detalle de mand√°rmelo‚Äď, y que, bajo el t√≠tulo Riqueza del castellano, enumera una exhaustiva relaci√≥n de las diversas acepciones que en nuestra lengua, la de Quevedo y Cervantes, tienen los atributos masculinos. Y me van a perdonar el notario de Oviedo y mi madre, pero no me resisto a glosar el asunto y poner los cojones en su sitio.

Por ejemplo: seg√ļn confirma con acierto singular el mencionado folleto, el sentido cojones var√≠a seg√ļn el numeral que le acompa√Īa. La unidad significa algo caro o costoso (eso vale un coj√≥n), dos pueden sugerir arrojo o valent√≠a (con dos cojones), tres significar desprecio (me importa tres cojones), y un n√ļmero elevado suele apuntar dificultad extrema (conseguirlo me cost√≥ veinte pares de cojones).

Del mismo modo, basta un verbo para darle variedad a los significados. Verbigracia: tener puede referirse a valent√≠a (esa t√≠a tiene cojones), pero tambi√©n censura, admiraci√≥n o sorpresa (¬°tiene cojones!); expresi√≥n que, en su variante ¬°manda huevos!, hizo recientemente popular, en sesi√≥n de las Cortes, mi paisano y compa√Īero de maristas Federico Trillo.

Siguiendo con los verbos, acompa√Īado de poner puede significar reto o aplomo (puso los cojones encima de la mesa), y el verbo tocar implica molestia, hast√≠o o indiferencia (me toca los cojones), vagancia (se toca los cojones), e incluso desaf√≠o (anda y t√≥came los cojones). El t√©rmino es tambi√©n acepci√≥n de lentitud (viene arrastrando los cojones). Y en cuanto a amenaza, su uso es frecuente (te voy a volar los cojones) e incluso se recurre a ello para describir agresi√≥n f√≠sica (fue y le pate√≥ los cojones).

Los prefijos y sufijos tambi√©n son importantes de cojones. Por ejemplo, a- significa miedo (acojonado), des- implica regocijo (descojonarse), y -udo implica calidad o perfecci√≥n (cojonudo). Tambi√©n las preposiciones matizan lo suyo: de alude a √©xito (nos fue de cojones) o intensidad (hace un fr√≠o de cojones), hasta define ciertos l√≠mites (hasta los cojones) y por alude a intransigencia (por cojones). Tambi√©n se recurren a ellos como lugar de origen para definir cierto tipo de actitudes intr√≠nsecamente espa√Īolas y como origen de voluntad inapelable (porque me sale de los cojones).

En cuanto al color, textura o el tama√Īo del asunto, los significados son ricos y diversos como la vida misma. Un color violeta define bajas temperaturas (se me quedaron los cojones morados de fr√≠o). Posici√≥n y tama√Īo son decisivos, tanto para precisar pachorra o tranquilidad (se pisa los cojones) como coherencia (lleva los cojones en su sitio). Sin que falten referencias cultas o hist√≥ricas (tiene los cojones como el caballo de Espartero).

As√≠ que ya me dir√° usted, se√Īor notario. A ver cu√°ndo Shakespeare, o Joyce, o la madre que los pari√≥, en esa jerga onomatop√©yica y septentrional que usaban los pastores para llamar a las ovejas, y los piratas para repartirse el bot√≠n contando con los dedos, fueron capaces de utilizar, con todo su Oxford, la palabra equivalente con tanta variedad, y tanta riqueza, y tanta prosapia como la usa hasta el m√°s analfabeto de nuestros paisanos.

Tres mil a√Īos de griego, lat√≠n, √°rabe y castellano respaldan el asunto. Lo que, se mire por donde se mire, es un respaldo ling√ľ√≠stico de cojones.

Despu√©s de Patente de corso no me queda m√°s remedio que leer el provocativo libro Con √°nimo de ofender de este gran autor espa√Īol.

Y ¬Ņqu√© haremos con la coprolalia? Como dice el refr√°n: Muerto el perro se acaba la rabia.

1 puta que.
2 concha de su madre.
3] ya pues, huevón.

4 As√≠, en min√ļsculas, las pestes no merecen may√ļscula alguna (Nota de la autora).

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* Traductora y escritora peruana avecindada en B√©lgica. El texto es de hace varios a√Īos, lo que se desprende de la referencia a Alan Garc√≠a.

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