Ene 10 2005
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Opinión

La democracia sin ideas

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

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El asunto que comienza a plantearse es el de los efectos da√Īinos del mundo tecno-medi√°tico sobre la democracia. Ahora vamos m√°s all√° del ¬ępoder massmedi√°tico¬Ľ en s√≠, para arribar al planteamiento de una eventual incompatibilidad de los valores democr√°ticos con las normas universales de la comunicaci√≥n.

Si el hombre se convierte en un mero animal simb√≥lico este sistema pol√≠tico habr√° perdido toda racionalidad. Giovanni Sartori lo define como ¬ęla primac√≠a de la imagen, es decir, de lo visible sobre lo intelegible¬Ľ. El hombre que ¬ęmira la pantalla¬Ľ se est√° convirtiendo en alguien que no entiende. Los sistemas de medir la llamada ¬ęopini√≥n p√ļblica¬Ľ est√°n traslad√°ndose a un bot√≥n del telecomando y quien aprieta ese bot√≥n es alguien sin capacidad de pensamiento abstracto.

Ese viejo carcamal llamado partido pol√≠tico depende ahora de fuerzas que escapan al trabajo de captaci√≥n de miembros o a los planteamientos profundos sobre proyectos de gobierno. Las encuestas se hacen cada vez m√°s sofisticadas y, al mismo tiempo, m√°s err√°ticas, pero forman parte del conjunto de destrucci√≥n de algo que hoy es una entelequia y, no obstante, se sigue llamando ¬ęopini√≥n p√ļblica¬Ľ.

Los contendores de la democracia, en términos absolutos, han cambiado. Los viejos enemigos se derruyeron, pero muchos nuevos han surgido, el populismo, las nuevas autocracias constitucionales que se amparan en un Estado de Derecho falsificado y construido a la medida.

Si la democracia es un ejercicio de opini√≥n, o ¬ęgobierno de opini√≥n¬Ľ conforme a la definici√≥n de Albert Dicey, la democracia es un cascar√≥n vac√≠o, pues como bien lo observa Sartori las opiniones son ¬ęideas ligeras¬Ľ que no deben ser probadas. Hemos visto como los llamados ¬ęprogramas de gobierno¬Ľ que antes elaboraban los aspirantes al poder han ca√≠do en total desuso, por la sencilla raz√≥n de que no influyen electoralmente. Basta manejar dos o tres cuestiones machacantes para definir a esa debilidad variable llamada ¬ęopini√≥n p√ļblica¬Ľ.

Ahora bien, en este era tecno-medi√°tica las opiniones no son independientes, no surgen del conglomerado, al contrario, le vienen impuestas por el ejercicio massmedi√°tico. Numerosos analistas han se√Īalado la desaparici√≥n de lo sensible, puesto que la televisi√≥n borra los conceptos y hace del hombre un receptor que ve sin comprender. Ello explica la creciente e indetenible ignorancia de los pol√≠ticos. Hemos llegado a una regla massmedi√°tica: quien aparece conceptual no puede ganar las elecciones.

Cuando hablamos de falta de ideas no nos referimos a los pensadores. Los intelectuales europeos, fundamentalmente, pues fue en Europa donde la democracia presentó los primeros síntomas de fallas, se han dedicado al tema desde la década de los 60, en una tradición que creemos comenzaron el filósofo italiano Norberto Bobbio y el británico Raymond William que se extiende hasta nuestros días con Alain Finkielkraut. Por supuesto que cuando Bobbio comienza sus análisis lo massmediático no había adquirido el desarrollo actual, sin embargo el italiano lo olfatea. Ya veía venir el mundo del instante a que nos ha sometido la pantalla-ojo, una instantaneidad ajena a la conciencia.

Lo que s√≠ est√° en entredicho desde lejanas d√©cadas es el concepto de ¬ęopini√≥n p√ļblica¬Ľ, la falacia que la envuelve al no ser otra cosa que una inducci√≥n, y el desmoronamiento de la representatividad misma. Un t√©rmino se puso de moda para se√Īalar un ideal de avance, la llamada ¬ędemocracia participativa¬Ľ, que parece ser algo as√≠ como una b√ļsqueda aproximativa de democracia directa. A ello se sumaron las crisis obvias del Parlamento, de las elecciones mismas y, a mi entender la m√°s grave de todas las crisis, el ejercicio de la pol√≠tica condicionada por el poder tecno-medi√°tico.

No es, pues, falta de pensadores ocupándose del tema. Donde no hay ideas es en los gobernantes, en los gobernados, en los políticos y en las masas fraccionadas y anarquizadas por el efecto massmediático. La victoria absoluta de la democracia, proclamada a la caída del muro de Berlín, ha devenido en una crisis de alto riesgo donde todos los conceptos están siendo sometidos a revisión y donde las instituciones tradicionales parecen derrumbarse.

En Europa puede sentirse m√°s el efecto de la globalizaci√≥n, a lo interno, pues la experiencia de la unidad externa contin√ļa adelante a pesar de los l√≥gicos tropiezos, siendo, precisamente esa integraci√≥n, el experimento m√°s exitoso iniciado por el hombre en este campo, un asidero que impide la profundizaci√≥n de la crisis. En los pa√≠ses latinoamericanos es la pol√≠tica la que desaparece y sin ella no hay estructura social capaz de generar dirigentes y menos gobierno. La concepci√≥n misma de lo que es, o deber√≠a ser, un gobierno democr√°tico, est√° bajo cuestionamiento y, como nunca, una ola de populismo proclama a las mayor√≠as irredentas con el derecho de gobernar ejerciendo una especie de nueva autocracia de las mayor√≠as.

El problema del ejercicio de la política es también un problema cultural: los sistemas educativos parecen haber fracasado estrepitosamente y los pueblos se muestran cada vez más ignorantes. La pantalla-ojo llena de estereotipos hace de la decisión, o de la simple participación política, un acto sin ideas. Los políticos, cada vez más mediocres y más torpes, se rinden ante el poder massmediático y hacen de la política una banal actuación bochornosa. Todo nos lleva a al concepto de poder y de Estado.

Es obvia la crisis del Estado-naci√≥n, como obvia la certeza de que una nueva forma de poder est√° apareciendo, a√ļn en las nebulosas de la imprecisi√≥n, pero fundamentalmente distinto a lo que hasta ahora hemos entendido por tal. Debemos decir que la era industrial termin√≥, a la que se asocia la idea tradicional de democracia, y que estamos en otra, la massmedi√°tica, cuyas imposiciones, obviamente, est√°n desgarrando a la democracia misma. El insurgir de la defensa de los derechos humanos ha servido para limitar los brotes totalitarios que se muestran como un mal s√≠ntoma, pero la crisis del Estado social ha puesto en evidencia una econom√≠a injusta que ha pasado a ser una f√°brica de pobres en los pa√≠ses dependientes.

A los pensadores de lo político los leemos unos pocos, unos pocos estamos alertas sobre los males que se ciernen sobre la democracia, algunos pueden escribir en los periódicos sobre estos temas, otros no, pero ciertamente el pensamiento de la filosofía política no ha influido en nada en el comportamiento simiesco de los políticos y de todo lo que de ellos depende. Podemos reconocer que el pensamiento es lento, pero también que no tiene el poder de los massmedias que convierte todo en instantáneo, en intrascendente, en banal, incluyendo lo principal, la forma de gobierno. Sobre todo no se parecen a las ideologías que equivalían a piedras inmodificables o sistemas cerrados, más bien se parece a una creciente incultura que se ha apoderado de las sociedades, en gran parte por el efecto de la pantalla embrutecedora.

La escasa influencia del pensamiento sobre la democracia en la democracia misma se debe a la crisis de todo pensamiento trascendente en un mundo de bodrios, de insubstancialidad y a que diagnostica de modo diferente a como se construyeron las ideologías derruidas. No se trata de un plano que se proclame poseedor de la verdad ni pretenda proclamar la solución de los problemas del hombre. Se trata de un conjunto de diagnósticos y de advertencias. Que los políticos no oyen advertencias está claro en Venezuela desde cuando aparentemente se entendió que era necesario reformar el Estado y se creó la COPRE, para luego desoír todas y cada una de las recomendaciones de allí emanadas.

Las clases medias, actores claves en toda acción política, sólo se movilizan cuando creen amenazados sus derechos; son clases bobaliconas y anárquicas que convierten una asamblea de vecinos en una especie de reunión de condominio de su edificio. Son las clases medias el ejemplo de inacción funcional inducida por la pantalla-ojo o el instrumento manipulable para los intereses particulares disfrazados de colectivos.

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* Escritor, codirige el portal Ala de Cuervo (www.aladecuervo.net)

Del mismo autor: Democracia sin política

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