Sep 7 2019
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Opinión

La duda es un arma cargada de futuro

Economía, política y medios: la temible trilogía del poder. Tres bienaventuranzas huecas y un solo mal verdadero: el orden que trastoca los perímetros que jerarquiza. La doctrina que vuelve espurio lo que toca. Apenas, acaso, aprovecha la capacidad de personas y sociedades para diseccionar con bisturí los peculiares relatos del poder e identificar sin lupa los códigos de cada narrativa política y mediática.

Las ilusiones totalitarias del capitalismo, al final del siglo XX, se convirtieron muy pronto en pesadillas de exterminio, negación, racismo y miseria. La gloria apenas fue gloriosa para unos pocos, y, en cambio, fue una angustia para las extensas y crecientes franjas de población de los países desarrollados, clases medias en declive, clases bajas siempre abajo. Y, claro está, fue un suplicio para los excluidos habitantes de los países periféricos.

En el remate de feria global, los grandes medios de los grandes capitales jugaron un papel central. Ellos impulsaron todos y cada uno de aquellos eventos ambulantes de la plutocracia poseedora y poseída: el filosófico (la posmodernidad), el ideológico (la debacle del comunismo), el histórico (el fin de una historia sin fin), el económico (capitalismo a sus anchas, neoliberalismo lanza en ristre) y el político (el gobierno específico de unos cuantos pillos como la democracia ideal).

Indisociables

Esos medios siguen jugando un papel decisivo en el desespero social consecuente, el del presente, fortalecido con la eclosión digital, internet y las demás tecnologías magníficas y escalofriantes que alientan los odios de unos contra otros, exacerban miedos y prejuicios, o tientan con las salidas de emergencia que dan hacia los regímenes abusivos y dictatoriales de la ultraderecha, de Trump y sus cómplices a Bolsonaro y los suyos, por ejemplo.

Thomas Piketty (2013), el economista franc√©s de moda hace un lustro, incluye a los medios de comunicaci√≥n como uno de los sectores (junto a la educaci√≥n, la salud y la cultura) en que las principales estructuras de organizaci√≥n y propiedad alg√ļn d√≠a no tendr√°n mucho que ver ‚Äúcon los paradigmas polares del capital puramente privado (como el modelo de la sociedad por acciones, totalmente en manos de sus accionistas) o del capital puramente p√ļblico (con una l√≥gica igualmente top down [de arriba hacia abajo] en cuyo caso el gobierno decide soberanamente qu√© inversi√≥n hacer)‚ÄĚ.

Las formas organizativas y de capital que conjugan en distintos grados ambos ‚Äúparadigmas polares‚ÄĚ han sido un ejercicio del neoliberalismo, y son el primer paso para la desregulaci√≥n absoluta o el modelado de empresas que, antes que mixtas, son un mixtifori. Trucos del establecimiento, y de la autocracia corporativa y financiera como cuerpo tangible de la democracia invariablemente en ciernes.

Resultado de imagen para pikettyDe seguro, como sostiene Piketty, emerger√°n despu√©s nuevos tipos de organizaci√≥n y gobernanza. Incluso, acept√©moslo, probablemente irrumpir√°n nuevas formas de intervenci√≥n colectiva y quiz√°s llegue a existir una verdadera transparencia contable y financiera. Pero trabajoso que eso de por s√≠ se traduzca en transparencia econ√≥mica y control democr√°tico del capital, como lo se√Īala hacia el final de El capital en el siglo XXI.

No, mientras las pol√≠ticas estatales y la orientaci√≥n de esos sectores mencionados contin√ļen a cargo de quienes defienden a capa y espada (es decir, a sueldo jugoso) los intereses del capitalismo que deber√≠an controlar. Las puertas giratorias en la c√ļspide. Cuando el problema es consustancial, ni las transformaciones m√°s significativas dejan de ser accesorias.

Jamás, en tanto que los grandes medios, las extendidas redes y las tecnologías en permanente progreso no construyan las otras historias necesarias (a las que se refiere Chimamanda Ngozi Adichie), sino las realidades paralelas que equivocan el rumbo de las sociedades. Sobre todo, cuando éstas se las creen a fe ciega y las habitan de por vida.

Lo constatable es que las élites en Occidente, desde la Antigua Grecia, hace dos milenios y medio, mantienen a la democracia representativa en cintura, así como a sus derivaciones y armonizaciones fatídicas, gracias al control de los cargos gubernamentales y a los puntales mafiosos del chantaje, la dependencia, la cohesión arriba y la escisión de pueblos y ciudadanos abajo.

Es claro que las evoluciones econ√≥mica y pol√≠tica son indisociables. Fue as√≠ en los siglos precedentes, lo ser√° hasta qui√©n sabe cu√°ndo. Y, desde hace algunos a√Īos y con un √≠mpetu en ascenso, otro componente aparece coligado: el medi√°tico. El tr√≠pode del poder donde los elementos son ya indisolubles y act√ļan al un√≠sono en la configuraci√≥n del mundo desequilibrado que ocupamos, y que no tiene nada de ficticio.

Inventores

Los opresores han inventado el conjunto de los mecanismos de dominaci√≥n y los imperios. La Historia indica que lo han hecho relativamente bien, pero, tambi√©n, es concluyente al mostrar que todos, con sus mandos, ej√©rcitos, riquezas, colonizaciones, atrocidades, en fin, cuentan con t√©rmino fijo, y que a mayor convencimiento de la perpetuidad imperial m√°s raudo se arrima el declive. El imperio de mil a√Īos de los nazis dur√≥ doce.

Las guerras, el clima, las pestes, las deudas acumuladas, los excesos fiscales, por supuesto, son factores que contribuyen al ocaso, pero ninguna calamidad tan definitiva como la tranquilidad. La Roma Eterna no se vino abajo con los alaridos ni el saqueo del b√°rbaro visigodo Alarico porque ya llevaba buen tiempo en tierra. El hundimiento acompa√Ī√≥ las triunfales celebraciones de guerras que no se ganaban, las hondas desigualdades sociales que nadie atend√≠a, y las agudas y continuas depresiones financieras parecidas a las especulaciones de bolsa recientes.

Los opresores fraguan los artilugios con los cuales proyectan el poder, y ni unos ni otros son ciertos. El cham√°n se hizo gu√≠a imprescindible ingeni√°ndoselas para hacerle creer a la tribu que dome√Īaba las fuerzas de la naturaleza; el √Āyax griego ech√≥ mano de dioses ol√≠mpicos y h√©roes legendarios para convencer a los esquivos s√ļbditos reales de su reinado sobre reyes; el liberal inund√≥ la democracia con instituciones y discursos pol√≠ticos, y as√≠ le dio cuerpo al vocablo y pudo prescindir de la significaci√≥n. Un ‚Äúlenguaje sin sentido‚ÄĚ, sentenci√≥ rotundo el ingl√©s Thomas Hobbes(1651) en su Leviat√°n.

Los poderes de nuestro tiempo, ¬Ņc√≥mo no iban a convencernos de que el pacto a hurtadillas entre unos pocos cretinos de tres o cuatro pa√≠ses desarrollados es el consenso internacional v√°lido y pleno? O ¬Ņc√≥mo no van a hacernos creer que la arquitectura financiera global no es su se√Īor√≠o y que casi la totalidad (menos el uno por ciento, obviamente, que son ellos) de los habitantes insulares y de tierra firme no somos los esclavos de su plantaci√≥n monetaria?

Guión de hierro

Desfilamos por la cuerda floja de la incertidumbre, interpuestos entre la particular ‚Äúpasi√≥n por lo real‚ÄĚ de Badiou (1999) y el inexorable ‚Äúdesierto de lo real‚ÄĚ de ŇĹiŇĺek (2002). Nos debatimos entre la intimidad anodina del cuarto aislado y la socialidad insustancial de los entornos virtuales. Negamos la pertenencia a la calle ruidosa, y en la impertinencia no hay reafirmaci√≥n. Somos libertades figuradas en los universos inform√°ticos, que tantas veces no son sino mundos reflejo de la particular calle ruidosa que nos circunda.

Del colectivo global a la colectividad local, la libertad deambula premeditada; la inteligencia es excesivamente correcta; la imaginaci√≥n como otra imaginer√≠a del sentido com√ļn. En la convergencia de inquietudes uniformes va lij√°ndose la realidad y logra el acabado lustroso, que deslumbra y, simult√°neamente, nos desorienta.

Los contenidos disfrazan la intensa persuasión. Las argumentaciones rebosan de cifras inexactas y datos tendenciosos, citas erróneas, alusiones incorrectas, descréditos adrede.Una vez hubo espacios con identidad propia y géneros definidos: el noticiario contenía noticias; el debate fue la controversia; la telenovela era el melodrama.

De los Lumière, Flaherty o Dziga Vértov a Chris Marker, Agnès Varda o Santiago Alvarez, el documental gravitaba con cierta entereza en torno a lo que veía el ojo de la cámara, al menos, más que sobre lo inexistente. Ya ni los formalismos son requeridos.

El entretenimiento suscita apegos, con sus cánones de cajón nos atrae. Las primicias de folletín activan la sugestión social que les parece. Abundan los juicios de valor sin ton ni son. La verosimilitud del discurso se ajusta y raciona para una audiencia predispuesta a admitirlo sin chistar desde la guardería.

No acogerlo implicar√≠a esa provocante forma del coraje que es el pensamiento cr√≠tico. ‚ÄúIncluso una opini√≥n es una especie de acci√≥n‚ÄĚ (Greene, 1955), reflexiona el personaje narrador de El americano impasible, periodista por lo dem√°s. Manifestarse, que es resistir y rebatir, o sea, actuar, que es enfrentar. Y duele la ca√≠da desde el delirio pensado como el Para√≠so: la comodidad del desentendido puesta en apuros por el revuelo de conocer, es decir, de preguntar, y, en el perfil violento, de dudar.

Algo que no se aviene con la estética residual de farándula en que vivimos; los héroes, malvados, y sólo el antihéroe tal vez nos redimirá. Todos como parte de una puesta en escena que no acaba, en la que el guión de los hechos por ocurrir es de hierro.

Otras voces, otros √°mbitos

Por eso es debido y valioso el surgimiento de otras posibilidades, distintas miradas desde nuevos miradores; contrastar la vista monocroma, contrarrestar la visi√≥n vuelta divisi√≥n. Porque no se trata √ļnicamente del falso sentido o de la exposici√≥n sin contexto, la imagen alterada o la voz que alguien distorsion√≥, sino de la misma cotidianidad descompuesta, que se asume, en lo superficial, como aut√©ntica, y, en lo esencial y m√°s peligroso, como incuestionable.

Hablamos de una subsistencia mediocre, mezquina, a√ļn m√°s grave, asumida a gusto, o con resignaci√≥n o indiferencia, por las sociedades lesionadas y por los propios individuos que habr√°n de ser inmolados. Cuando eso pasa, y pasa m√°s de lo que creemos, la historia contada por los vencedores no se revisa, las tesis carecen de ant√≠tesis. los criminales prominentes se ajustan a la ley. La especulaci√≥n es concluyente; la evidencia, circunstancial.Resultado de imagen para otras voces

Olvidémonos de la independencia de los medios independientes. No pueden serlo si le apuntan de manera sensata a la confrontación del discurso hegemónico. Son dependientes de postulados atípicos, pero elementales, que se llaman equidad, justicia, honestidad. Nunca de sus entornos simulados.

Descreamos de la objetividad, ese mito urbano flemáticamente anglosajón que el periodismo estadounidense volvió obsesión matemática; las universidades, una tontería, y los medios criollos otra hipocresía. Y que ahora sólo es una más de las piezas de la trampa.

Dejemos de lado la idea de que los medios alternativos son alternativos. Difieren los medios dominantes, que, además, son burdos e irrelevantes. La comunicación sustancialmente poderosa yace tumbada al sol en las barriadas, las comunidades, los pueblos, con sus jergas, potencias y atrevimientos. Por eso se la teme tanto; por lo mismo es negada, fragmentada: incomunicada.

Los medios al servicio de las supremacías de élite, aunque apuntalados por avanzadas tecnologías e innegables capacidades de penetración, advierten la fragilidad, y en el principal pertrecho radica a la vez su mayor carencia: la falacia.

Los grandes medios mienten porque lo requieren. No son los instrumentos de comunicaci√≥n que dicen ser ni detentan el fin social que seg√ļn las ilusas jurisprudencias deber√≠an tener. Demandan la mentira porque son el flanco de intereses influyentes. La desmesura encierra un anuncio; una serenidad intensifica la propaganda.

Están comprometidos con tejemanejes financieros, monetarios, comerciales, estratégicos y geoestratégicos, políticos y geopolíticos, y se hayan supeditados a lógicas subyacentes de control y manipulación. Son un compartimiento más del armazón carcomido del sistema.

Del Sur

Resultado de imagen para economia y mediosLa seriedad pretendida no se encara con lo que se le parezca ni el cuento de la objetividad con terceros enga√Īos; tampoco se contrarresta la imparcialidad del impostor con la pr√©dica fervorosa ni los alegatos. Ante ninguna de las tretas sirve de algo la verdad, que, como cualquier afirmaci√≥n, lleva impl√≠cita su negativa.

Apenas, acaso, aprovecha la capacidad de personas y sociedades para diseccionar con bisturí los peculiares relatos del poder e identificar sin lupa los códigos de cada narrativa política y mediática. Hay que interpretar lo que sobreviene y los trasfondos: el carácter, los puntales y ataduras del suceso. Luego, despuntará la disposición (las actitudes) para transformarlo. No pueden echarse las advertencias de Marx a un lado.

Economía, política y medios: la temible trilogía del poder. Tres bienaventuranzas huecas y un solo mal verdadero: el orden que trastoca los perímetros que jerarquiza. La doctrina que vuelve espurio lo que toca.

Entre la ecuanimidad remedada y la coherencia en remiendos se tornan imprescindibles las palabras exentas de gallardetes corporativos, la comunicación sin banderines de enganche: una expresión colectiva y popular, contraria y contendiente, avezada para desconfiar de la certeza que se reitera, pero dispuesta a darle la cara a la esperanza sin mistificaciones.

Un mundo raro en el que no encantan las hadas, sino las dudas, sobre lo que se oye y ve, se profesa y aprende. Otra regi√≥n transparente, no tan definida como el alto valle metaf√≠sico de An√°huac por el cual preguntaba don Alfonso Reyes (1953). Pero, al fin y al cabo, lo respondi√≥ Carlos Fuentes (1958), su compatriota y pros√©lito: ‚ÄúAqu√≠ nos toc√≥. Qu√© le vamos a hacer. En la regi√≥n m√°s transparente del aire‚ÄĚ.

Otra m√°s en medio de las insuficientes que se resisten a las ambiciones imperiales, las cargas coloniales, la depredaci√≥n estadounidense, donde no dejar√°n de ser factibles las aldeas ‚Äúcon casas de paredes de espejo‚ÄĚ so√Īadas una vez por Jos√© Arcadio Buend√≠a (Garc√≠a M√°rquez, 1967), y que ya hoy habitamos en la ‚Äúresonancia sobrenatural‚ÄĚ del Sur.

 

*Periodista, escritor y director de televisi√≥n colombiano. Analista en medios internacionales. Colaborador del Centro Latinoamericano de An√°lisis Estrat√©gico (CLAE).¬†Fue consultor ONU en medios. Productor en Se√Īal Colombia, Telesur, RT e Hispantv.

 

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