Dic 30 2005
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Opini贸n

LA ENVIDIA, LO NO FELIZ

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

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Calificada como la primera de las pasiones, para el cristianismo es uno de los pecados capitales. M谩s: todas las doctrinas la proscriben, la religi贸n cat贸lica 鈥揷omo podemos apreciar en la Biblia鈥 hace mucha referencia a esta perturbaci贸n en t茅rminos condenatorios.

La envidia parece ser un fen贸meno universal. No importa la etnia, la educaci贸n, o la religi贸n que se practique. En todas las civilizaciones, hasta en la m谩s atestada ciudad industrial, esta presente de alguna manera. No existe sociedad alguna donde la envidia sea desconocida, ni m茅todo que la haya extirpado de ra铆z.

Mas me he sentido agredida por la envidia,
que lo que he podido sentirla.

Cuando investigo lo relacionado con esta pasi贸n, encuentro que ha acompa帽ado al ser humano como su sombra desde la creaci贸n del mundo. Una se remonta a las Sagradas Escrituras y encuentra, en el Antiguo Testamento, que Cain mato a su hermano Abel, por envidia, porque este era agradable a los ojos de Dios.

Otro caso, lo encontramos en el mito de la fundaci贸n de Roma, en el que R贸mulo, impulsado por la ambici贸n y los celos, asesina a su hermano mellizo Remo. En la Am茅rica precolombina, est谩 encarnada en Hu谩scar y Atahualpa, dos hermanos enemigos que se disputaron el trono del imperio incaico en una guerra sin cuartel, en la que Atahualpa hijo bastardo del Inca Huayna C谩pac, hace prisionero a su hermano Hu谩scar, legitimo heredero del trono y lo elimina como su peor enemigo.

Homero encarn贸 en Tersistes al resentido de los tiempos heroicos. Shakespeare traz贸 su silueta en su Yago. A terra e piengi! le dice Otelo a Desd茅mona, convencido de su traici贸n. 隆Pobre v铆ctima de la envidia!

En los tiemposen que el Profeta Natan quiso estimular el arrepentimiento del rey David, le cont贸 la historia del pobre que s贸lo pose铆a una oveja, a la que trataba como un hijo, y del rico que, a pesar de sus numerosos reba帽os, envidiaba al primero y acabo por robarle la oveja.

San Agust铆n la percib铆a como: 鈥渆l pecado diab贸lico por excelencia鈥. Y San Gregorio Magno se帽ala: 芦De la envidia nacen el odio, la maledicencia, la calumnia, la alegr铆a causada por el mal del pr贸jimo y la tristeza causada por su prosperidad禄.

San Juan Crisostomo, manifiesta: 芦驴Quer谩is ver a Dios glorificado por vosotros. Pues bien, alegraos del progreso de vuestro hermano y con ello Dios ser谩 glorificado por vosotros. Dios ser谩 alabado 鈥搒e dir谩- porque su siervo ha sabido vencer la envidia poniendo su alegr铆a en los m茅ritos de otros禄.

La envidia es tambi茅n argumento importante en la literatura tanto cl谩sica como contempor谩nea, en los cuentos de hadas y en las f谩bulas de Esopo, Samaniego, La Fontaine, entre otros, cuyas m谩ximas permiten comprender mejor las causas de este mal y sus consecuencias nefastas.

El envidioso es un ser desdichado, vive de comparaciones y se pasa el tiempo tratando de menospreciar y desacreditar a los que envidia; marcha al calvario cuando observa como otros llegan a la cumbre. Es corriente escuchar, cuando se alaba a una persona esa frase insidiosa: 鈥淪i, pero鈥︹

fotoY ese pero destruye todo lo bueno que se estaba diciendo. Parece dif铆cil advertir el bien que se dice de otro sin tratar de empa帽arlo. La competencia se confunde con la excelencia, siendo ambos un aspecto del mismo fen贸meno. S贸lo que la admiraci贸n nace en el fuerte y la rivalidad en el d茅bil, y es una forma de rendir homenaje a la superioridad. Por eso Tem铆stocles dec铆a, en su juventud, que a煤n no hab铆a realizado ning煤n acto brillante porque todav铆a no ten铆a adversarios.

La animadversi贸n es congojosa, pues hace sentir de continuo la necesidad de aquello que los dem谩s tienen y la importancia de lograrlo, da en el rostro con su propia inferioridad: de que no lo ha obtenido y el otro le aventaja.

…Y el desamor

La hostilidad en el competidor es un sentimiento paralizante que ocupa la atenci贸n de 茅ste en la b煤squeda del objetivo que rivaliza… El ataque del contendiente es sumamente venenoso porque generalmente da en el blanco, ya que parece que tuviera una claridad para descubrir cu谩l es el factor, el elemento, el espacio en el cual puede causarle dolor al envidiado, y por eso es importante que la persona este preparada emocionalmente para reconocer la agresi贸n, y para desenmascararlo.

El desamor nos provoca aborrecimiento, aversi贸n. No obstante el resentimiento es un homenaje de reconocimiento del valor del individuo. Esta percepci贸n se da en todos los niveles y clases sociales.

Generalmente las personas envidiosas son perezosas, blandas, sin imaginaci贸n y se limitan a vivir amargadas porque creen que los que triunfan y se destacan logran sus victorias sin hacer nada. Les cuesta trabajo reconocer los m茅ritos ajenos y el aporte de voluntad con que ellos han contribuido para lograr esas satisfacciones.

Las envidias pueden llegar a producir efectos desastrosos dentro de la familia, de la sociedad, de la religi贸n, de las artes, la pol铆tica, las amistades. El envidioso no para en su af谩n de satisfacer su amargura y su descontento, llegando a cometer actos que afectan gravemente a seres cuyo 煤nico delito es tener 茅xito.

El castigo a los resentidos estar铆a en cubrirlos de favores para hacerlos sentir que su celo es recibido como un homenaje y no un estiletazo. Los entendidos sostienen que la mayor satisfacci贸n del hombre es provocar la envidia, estimul谩ndola por los propios m茅ritos. No ser emulado es una garant铆a inequ铆voca de ser mediocre.

Sobre este particular, una f谩bula relata: 鈥渦n sapo croaba en un pantano cuando vio resplandecer en lo alto a una luci茅rnaga. Pens贸 que ning煤n ser ten铆a derecho a lucir cualidades que 茅l no poseer铆a jam谩s. Mortificado por su propia impotencia, salto sobre ella y la cubri贸 con su vientre helado. La inocente luci茅rnaga le pregunto: 驴por qu茅 me tapas?, y el sapo congestionado por la envidia, solo acert贸 a interrogarla a su vez: 驴por qu茅 brillas?

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* Periodista venezolana.

La ilustraci贸n corresponde al cuadro El tiempo sustrae la verdad a la envidia y la discordia, de Nicol谩s Poussin, pintor franc茅s (s. XVII).

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