May 13 2006
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Opinión

LA ERA DE LA GUERRA CONTINÚA

Aparecida en la revista Piel de Leopardo, integrada a este portal.

George W. Bush ha convertido la Casa Blanca en el cuartel general del cambio de régimen. Eliminó las políticas imperiales más prudentes del Nuevo Orden Mundial de su padre y el impulso ecléctico de Bill Clinton a favor de la globalización. Presidentes anteriores consultaban a los aliados y a la ONU –bueno, casi siempre– y hacían como que respetaban el derecho internacional. Después de todo un nuevo orden, la producción y el márketing globales requieren de reglas internacionales.

Después de la II Guerra Mundial, funcionarios de EEUU establecieron reglas para la economía mundial y forjaron alianzas militares y políticas para promover la “libertad” y la “seguridad”. Sin embargo estas palabras enmascararon el propósito práctico de la política: abrir los mercados para las corporaciones norteamericanas.

Luego, después del 11/9, W. y su equipo neo conservador cambiaron la tradición y mostraron el desnudo puño estadounidense: “Están con nosotros o con los terroristas”, dijo a sus oponentes. La mayor parte de los demócratas lo aceptaron: intimidados, cerraron la boca. Es más, aprobaron la Ley Patriota, accedieron a la invasión de Iraq y ahora no se enfrentan a la inflamada retórica de Bush acerca de bombardear a Irán. Ellos le han permitido a Bush iniciar otra “crisis”. Sí, la proliferación de armas nucleares debiera atemorizar a las personas sensatas, pero la posible adquisición de armas nucleares en el futuro por parte de Irán no constituye causa para otra guerra preventiva.

Afortunadamente el público ha comenzado a emerger de su etapa de shock del 11/9 y no ha ofrecido fuerte apoyo para el lanzamiento de otro golpe militar a fin de abortar el feto nuclear de Irán. Es más, la ausencia de progreso en Afganistán e Iraq y los constantes muertos y heridos entre las tropas de EEUU en su cuarto año de actividades de “limpieza” ha hecho que el público desconfíe de la retórica agresiva de Bush y se sienta asqueado de los escándalos y de los compinches que lo rodean.

Las encuestas de opinión no resonaron de aprobación en 2005, después de que Irán anunciara que había enriquecido una minúscula cantidad de uranio y el ex funcionario de Defensa Richard Perle dijera que un ataque podría “terminar antes de que cualquiera se diera cuenta de que había sucedido”. Se refería a “Big Blu”, una bomba rompe búnker de 30.000 lb. que pronto estará lista para su uso. (Sarah Baxter y William Smith, The Sunday Times, 9 de abril de 2006.)

Tales declaraciones en realidad podrían haber sido dañinas para la tasa de aprobación de Bush. Una encuesta en abril por parte de Noticias Fox mostró que solo 32% aprobaba el desempeño de Bush. Así que Bush contrató a un nuevo inventor de prensa. Tony Snow pudiera ayudar a desviar el debate político de las misiones incumplidas en Iraq y Afganistán a favor de demonizar a Irán como la nueva amenaza terrorista.

Dadas las fanáticas declaraciones del presidente iraní Ahmadinejad en contra de Israel, los neo conservadores proyectaron un Irán nuclear como una amenaza inmediata al suministro mundial de petróleo y por tanto a la producción global. Aunque los expertos insisten que desarrollar una bomba le tomará a Irán varios años, el “grupo de crisis” de Washington ignoró tales hechos tranquilizantes.

Y en vez de que los principales demócratas gritaran en la sede del Congreso sus objeciones al nuevo guerrerismo, las razonadas respuestas a la muscular retórica de Bush llegaron bajo la forma de dos nuevos libros. Éstos implícitamente hacen un llamado al retorno a un dominio imperial más amable y delicado que no enfrente a Estados Unidos con la mayor parte del mundo o llene a todos de temor.
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No se puede ser líder y engendrar
desprecio, odio o temor

Friendly Fire: Losing Friends and Making Enemies in the Anti-American Century (Fuego amigo: Perdiendo amigos y creando enemigos en el siglo anti-norteamericano), de Julia Sweig, y Overthrow: America’s Century of Regime Change from Hawaii to Iraq (Derrocamiento: el siglo del cambio de régimen por parte de Estados Unidos, de Hawai a Iraq), de Steven Kinzer, cuestionan las fanfarronadas de poder y piden una política exterior más razonable.

Sweig argumenta que Estados Unidos no puede liderar un mundo donde la mayoría de la gente desprecia sus agresivas, insensibles y a menudo ilegales políticas militares, políticas y económicas. “El poder sin una influencia constructiva”, argumenta, “no es poder de ninguna manera”.

Al referirse a la creciente brecha entre ricos y pobres y a las crisis medio ambientales, Zweig exhorta a los formuladores de política a que demuestren “que sus intereses coinciden con los del resto del mundo”. No culpa del anti norteamericanismo a Bush o a sus políticas posteriores al 11/9. En su lugar demuestra que el intervencionismo histórico de EEUU ya había establecido un legado negativo.

Aunque los estadounidenses tienden a olvidar, el resto del mundo recuerda los hechos anteriores a la guerra de Iraq. Recuerdan los derrocamientos por la CIA de gobiernos y el apoyo a dictadores del Tercer Mundo. Lo que hicieron las políticas de Bush, dice ella, fue incrementar dramáticamente el sentimiento anti-EEUU y dar marcha atrás a la breve aventura amorosa después del 11/9, cuando el mundo extendió su solidaridad a un estremecido público estadounidense.

El libro de Kinzer también convierte esas intervenciones en lecciones de política. Sus libros anteriores, Todos los hombres del Shah y Fruto amargo –el último con Stephen Schlesinger– describen el derrocamiento del régimen de Mosadegh en Irán por parte de la CIA y el del gobierno de Jacobo Árbenz en Guatemala. Su nuevo libro ataca el síndrome de la “campana de alarma”, por medio del cual los gobiernos desobedientes del Tercer Mundo producen en Wáshington un indetenible impulso por intervenir.

Por ejemplo: en 1953 Mosadegh declaró su intención de nacionalizar el petróleo iraní. Los ejecutivos petroleros se quejaron a la Casa Blanca. El Secretario de Estado John Foster Dulles asumió que los gobiernos que se enfrentaban a los derechos corporativos estadounidenses a explotar sus recursos y mano de obra debían ser represivos, dictatoriales y, por tanto, un instrumento del comunismo.

Después de que la CIA derrocara el gobierno elegido de Irán, la Agencia fortaleció al Sha y su represión durante 25 años. No vieron las consecuencias: “una claque fanática y anti-EEUU de mullahs que comenzaron su régimen tomando como rehenes a diplomáticos de EEUU”.

Kinzer también analiza las intervenciones en Filipinas, Puerto Rico, Chile, Honduras, Viet Nam del Sur y Panamá. “Siempre estamos buscando un individuo a quien culpar. La idea tras esto es que el estado natural de todas las personas en el mundo es tener una democracia al estilo de EEUU y a ser amigos de EEUU. Si… pudiéramos eliminar a este único individuo… la gente de ese país regresaría al estado normal de todos, que es desear tener el sistema estadounidense de gobierno y su política y economía y unirse a Estados Unidos”. (Kinzer en Democracy Now, 21 de abril de 2006).

Aunque los más evidentes aspirantes presidenciales demócratas dijeron poco acerca de la cruzada contra Irán, un antiguo halcón demócrata respondió con palabras tranquilizadoras a la urgente demanda de bombardear las instalaciones nucleares de Irán. El ex Asesor de Seguridad Nacional Zbigniew Brzezinski declaró lo obvio: No existe una amenaza inminente.

“Sin una declaración formal de guerra por parte del Congreso, un ataque sería inconstitucional y justificaría la destitución del presidente”. Escribió Brzezinski. (LA Times, 23 de abril de 2006.) Agregó que “las reacciones iraníes complicarían significativamente las dificultades de EEUU en Iraq y Afganistán y quizás precipitarían nueva violencia, y con toda probabilidad empantanaría a Estados Unidos en la violencia regional”.

Brzezinski mencionó un tema que los demócratas debieron haber arrebatado. “Los precios del petróleo aumentarían en flecha si los iraníes redujeran su producción o trataran de interrumpir el flujo de petróleo desde los cercanos campos petrolíferos saudíes. La economía mundial se vería gravemente afectada y Estados Unidos sería el culpable”.

Él cree que un ataque a Irán provocaría el prematuro fin de la era de la preponderancia norteamericana. EEUU “no tiene el poder ni la inclinación interna para imponer y mantener su voluntad ante una resistencia prolongada, lecciones que han enseñado las experiencias de Viet Nam e Iraq”.

Después de más de cuatro años, algunos demócratas centristas y liberales han usado los medios para responder al enfoque del “cambio de régimen über alles” de los neo conservadores dentro y fuera de la Casa Blanca. Pero los temas subyacentes en los libros de Sweig y de Kinzer sugieren que una política imperial más amable y delicada no sería suficiente como orientación de política. La democracia y el imperio no se mezclan bien como ingredientes de un coctel de liderazgo en el siglo XXI. La continuación del dominio imperial, de cualquier tipo, requiere de la guerra.

En su nuevo libro, Gabriel Koldo ofrece sabiduría a la elite de la política exterior. “Todos los Estados que fueron a la guerra en los siglos anteriores no lograron los objetivos por los cuales sacrificaron tanta sangre, pasión y recursos. Sólo han producido infelicidad infinita y alzamientos de todo tipo”. (La era de la guerra).

Lo que Naomi Klein llamó el uso por Bush de la “likudización” (Guardian, 10 de septiembre de 2004) ha paralizado prácticamente a los principales demócratas. Klein consideró la política exterior de Bush como proveniente de la noción del ex Primer Ministro israelí Sharon de que “toda acción israelí contra los palestinos es un acto de autodefensa, necesario para la supervivencia misma del país”. Cuando Bush aplicó este musculoso e inflexible enfoque al resto del mundo, le permitió catalogar de débiles a los dudosos. Esos cuestionantes ataques letales “al enemigo (que) es en sí el enemigo. Esto es válido para las Naciones Unidas, otros líderes mundiales, periodistas, pacifistas”.

“La Doctrina Bush”, “las guerras preventivas” y los ataques a la “infraestructura terrorista” significaron dos costosas guerras en Iraq y Afganistán, además de corrupción masiva. El caprichoso aspirante presidencial Joe Biden (demócrata por Delaware) pidió un manejo imperial más eficiente, dividir a Iraq en tres y retirar gradualmente a las tropas norteamericanas.

En vez de tales disparates, los demócratas debieran dejar de llamar ineficiente a Bush, como si los demócratas pudieran realizar mejor la guerra en Irak, y usar la visión de Koldo: exigir una reducción seria del presupuesto militar.

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* Académico estadounidense. Integrante del Instituto para Estudios de Política. Artículo aparecido en la revista Progreso Semanal

(www.progresosemanal.com

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