Ago 20 2008
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Economía

La expansión de Grobocopatel: De la agricultura a los agronegocios

Diego Ghersi* 
 
La nueva etapa del capitalismo global que explota el monocultivo de transgénicos también genera polos de poder opositores al desarrollo total de la región. 

En los últimos meses, el bombardeo mediático generado en derredor del lock-out agropecuario se convirtió para los argentinos en un curso acelerado de producción rural.

A través de su currícula, se hicieron conocidos personajes y empresas antes desapercibidos. Tal es el caso del grupo Los Grobo Agropecuaria, emprendimiento con sede en Carlos Casares (provincia de Buenos Aires, Argentina), que cultiva la friolera de 160 mil hectáreas y que factura aproximadamente 400 millones de dólares al año.

En muchos sentidos la empresa es una curiosidad. Merced a una particular gestión, el grupo de agro negocios Los Grobo ha proyectado hábilmente sus intereses a Uruguay; Paraguay; Bolivia; Colombia; Venezuela y Brasil, convirtiéndose en una de las pocas multinacionales de un país que no se distingue por poseer abundancia de las mismas.

El mérito de su líder, el ingeniero agrónomo Gustavo Grobocopatel, es haber sintonizado a tiempo las reglas hegemónicas de la economía mundial y haberse plegado a ellas con un modelo de gestión integral y eficaz. Esa metodología le ha permitido pasar –en muy poco tiempo- de una estructura familiar de empresa a un modelo industrial diversificado y moderno, donde su principal producto es el “saber hacer” en la forma de consultoría integrada también considerada como propiedad, en este caso intelectual.

Grobocopatel, que arrienda el 90 por ciento de la tierra que siembra, ha unificado la avidez de los mercados financieros, las ventajas de las nuevas tecnologías (siembra directa; informática y genética) y los centenarios saberes de un país de fuerte tradición agrícola y ganadera.

Sin embargo, la transformación de la agricultura en actividad industrial y la expropiación y separación de los hombres y mujeres de la tierra para su conversión en propiedad privada -y en mercancía- responden a la razón histórica del surgimiento del capitalismo.

Así, las críticas al modelo de agro negocios se fundamentan en la denuncia del sistema transgénico de siembra; a la mínima cantidad de mano de obra que emplea por la tercerización de sus tareas y a que su gestión va de la mano con la especulación financiera por el precio artificial que los alimentos obtienen acorde al humor de la Bolsa de Chicago.

“Soy un sin tierra” se autodefine Gustavo Grobocopatel y eso es técnicamente cierto: no se necesita ser el dueño patrimonial de la tierra para favorecerse con sus riquezas. El mecanismo de arriendos y fideicomisos le asegura ganancias sin más desembolso que los costos de producción y el sistema financiero lo provee de fondos frescos de inversión.

El corazón de los agro negocios es el uso de semillas transgénicas, que junto al sistema complementario de la agricultura industrial (agroquímicos, fertilizantes y tercerizaciòn), constituyen un “paquete” que es caballo de Troya para la reproducción de todo el sistema biotecnológico del capitalismo global.

La discusión acerca del modelo sojero del cuál Grobopatel es insigne abanderado es una cuestión de paradigmas. Por un lado la ecuación soja- pool de siembra- biotecnología- marginalidad- monocultivo- ganancias financiera- concentración. Por otro lado la diversificación de cultivos naturales, planificación, pleno empleo y reforma agraria. En el medio de la disputa, la idea de algunos sectores intelectuales y políticos convencidos de que en esta etapa histórica la supervivencia de los pueblos pasa por “administrar el capitalismo un poco mejor” o “hacer lo que se pueda”.

Resulta evidente que los agronegocios son la versión más avanzada de los mecanismos de expoliación de los recursos naturales en los países periféricos.

El desangramiento incluye grandes emprendimientos de infraestructura que facilitan el sangrado de riquezas, como es el caso del corredor interoceánico amazónico, que permitirá a la soja, a los minerales y a las maderas su rápida llegada a puertos peruanos del Pacífico y brasileños del Atlántico. Proyectos que, como la hidrovía Paraná-Paraguay, que son vendidos a la opinión pública bajo el falso sentido común de la nunca suficientemente agotada bandera del “desarrollo”.

Si se trata de una cuestión de paradigmas enfrentados se concluye que en la oposición agro negocios/agricultura hay un frente de batalla que amenaza seria y directamente a la matriz de pensamiento que es el corazón del proyecto de unión sudamericana.

Es por esta causa que sorprenden las actitudes de los gobiernos implicados en esa matriz frente a la expansión en sus territorios de empresas emblemáticas como Grobocopatel.

Sin embargo, si se analiza caso por caso, se comprenden las dificultades que entraña la creación de focos de resistencia desde los pueblos o la adopción de medidas gubernamentales que frenen el proyecto hegemónico.

Sabido es que uno de los grandes problemas de Sudamérica estriba en la desigualdad originaria en la distribución y explotación de la tierra y la consecuente desnutrición de las poblaciones. Ese problema es un desafío más a ser solucionado por cualquier gobierno progresista que se precie de tal. Una larga historia de latifundios y monocultivo precede a los tiempos que hoy corren y la necesidad de soluciones se hace urgente para los países del área.

En el caso de Venezuela, con tradición petrolera y no agrícola, la búsqueda de soluciones a sus problemas alimentarios y campesinos forzó una inexplicable y efímera alianza con el grupo Los Grobo. Inexplicable porque nadie pide soluciones de quién propugna métodos no acordes a su corriente de pensamiento: el universo entero es demasiado chico como para que quepan en él simultáneamente la idea de Reforma Agraria y el concepto de agro negocios.

El acuerdo firmado entre el presidente Hugo Chávez y Gustavo Grobocopatel pretendía utilizar el paquete de los agros negocios -pooles de siembra transgénica directa, agroquímicos y gestión- para producir maíz, soja y sorgo con maquinarias importadas desde Argentina. De paso también se podría reducir la dependencia venezolana de esos productos de origen estadounidense.

La cuestión empezó mal, cuando el gobierno venezolano eludió expresamente la utilización de transgénicos, un golpe al corazón del sistema agro negocios.

Tampoco ayudó para nada la política de restricciones que desde el inicio del ciclo Chávez ha buscado regular el avance de los capitales financieros originados en Estados Unidos.

La película terminó antes de siquiera empezar. Los Grobo debió abandonar Venezuela acusando de su fracaso a “problemas burocráticos que trababan el cobro de sus honorarios”. La soja, al final, no era tan “bolivariana” como Gustavo Grobocopatel lo había proclamado exultante tras la firma del acuerdo.

Pero, por otro lado, para el gobierno venezolano la idea de “administrar el capitalismo un poco mejor” resultó ser el anunciado fiasco que carga desde su mismísima enunciación.

No resulta extraño que sin solución de continuidad fuera el presidente de Colombia Álvaro Uribe, quién reclamara los servicios de Los Grobo.

Colombia, cuña invaluable para el proyecto hegemónico, resulta el ámbito ideal para la expansión del capitalismo avanzado y los negocios de corte financiero. Allí Los Grobo planean utilizar su potencial para cultivar una extensa e inexplorada área en los Llanos Orientales. Un acuerdo que en forma elíptica pretende venderse como un justificativo más para el 91 por ciento de popularidad que el presidente Uribe detenta desde el caso Betancourt y oponerlo –sin inocencia alguna- a la simultánea caída de popularidad de la presidente argentina, Cristina Fernández luego del conflicto rural. El falso sentido común sería “no se puede salir airoso si se da la espalda a los emprendimientos capitalistas exitosos”, complementario del postulado argentino que reza “no se puede ir contra el campo”.

La realidad es que el crecimiento de los agro negocios tiende a construir polos de poder que desafían las democracias constituidas.

Los Grobo también dice presente en Brasil. En ese país la situación se presenta siempre bajo la bandera de que el presidente Ignacio Lula Da Silva “administra el capitalismo un poco mejor” y de que “son sus decisiones congruentes con la expansión del capitalismo las que han catapultado a su nación a las puertas de ser la gran potencia soñada”.

Nadie recuerda lo milagroso que fue para Lula Da Silva ganar las elecciones con un discurso progresista bajo las presiones ejercidas por la élite financiera e industrial de San Pablo y Río de Janeiro.

También se olvida a los “Sin Tierra”, contracara del latifundio profundo, o a las dificultades que el presidente debe sortear diariamente para paliar los altos índices de sub alimentación y analfabetismo históricos de la población. Esas mismas presiones motivaron que cuando Rio Grande do Sul era ya territorio “libre de transgénicos” se hiciera una excepción a la ley y se permitiera la siembra de soja “mutante” proveniente de Argentina, también conocida como “la soja Maradona”. Antes de eso simplemente se contrabandeaba.

Si Argentina, en este caso, actúa como portaaviones de Monsanto (multinacional líder en genética de semillas y herbicídas) entonces Los Grobo (explotarán 30 mil hectáreas brasileñas durante el próximo año) es el avión naval de caza cuyo objetivo es instalar el capital de los pooles en territorio brasileño.

Los agro negocios brasileños se extienden en la profundidad del Paraguay produciéndole una virtual pérdida del territorio nacional: con cinco años de residencia en el país, un brasileño pro soja puede convertirse en Intendente de un pueblo paraguayo.

Dado que en Paraguay no existen latifundios, la siembra de soja se realiza en zonas de producción tradicionalmente indígenas o campesinas limítrofes bajo un poder oficial “foráneo”. El enfrentamiento con el resto de los productores -Paraguay tiene una explotación agrícola variada- se agiganta por el efecto de las fumigaciones y la intervención del ejército en defensa de los productores de soja. En Paraguay Los Grobo también tienen presencia de varios miles de hectáreas.

Uruguay es el país donde la reproducción del modelo del agro negocio sojero creció en menos tiempo ha desplazado los cultivos tradicionales. El conflicto agrario argentino empujó a los productores a desplazar sus intereses aprovechando el menor valor de la tierra uruguaya y la inexistencia de retenciones en ese país. Actualmente los pooles controlan la mitad de la producción de soja uruguaya consistente en 450 mil hectáreas, de las cuáles Los Grobo explotan 30 mil. La incompatibilidad entre las producciones de los pooles sojeros y las producciones variadas de origen familiar está generando en Uruguay crecientes protestas sociales y las autoridades parecen estar demasiado desconcertadas como para “administrar el capitalismo un poco mejor”.

En Bolivia, la reforma agraria propugnada por el presidente Evo Morales se enfrenta a una virulenta oposición centrada en las provincias separatistas “de la media luna”. La Reforma impediría los beneficios del cultivo y exportación de la soja transgénica, emprendimientos en los que Grobocopatel también está presente.

Como puede verse, los agro negocios sojeros avanzan disfrazados de progreso y son por su esencia contrarios a la libertad de los pueblos y del medio ambiente. Si con el fin de evitar conflictos mayores no queda más remedio que “administrar el capitalismo un poco mejor” habrá que tener muy claro que las soluciones a medias jamás remedian nada. Así la conjunción financiera y agrícola corporizada en multinacionales de agro negocios como Grobocopatel no solo no solucionan nada sino que siembran la desgracia a su paso. En esto hay que ir hasta el fondo porque no habrá piedad en la derrota.

*Publicado en APM

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