Mar 21 2011
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Opinión

La fórmula suprema: burocracia + escándalos

Alberto Maldonado S.

No lo han dicho pero lo insinúan: desde que en Ecuador se está ensayando la atención gratuita en dispensarios y hospitales del sector público, casi que está prohibido morirse. Y si alguien se muere (más si es un recién nacido) el gran  culpable es el Presidente de la República que se ha metido a ofrecer un servicio público sin tener ni la infraestructura para ello, ni los remedios a la mano, ni los especialistas.

Desde luego, siempre será impactante que se muera en un hospital público (o una clínica privada) un pariente cercano (papá, mamá, tías o tíos, abuelos, hijos) y, de acuerdo a nuestra idiosincrasia, siempre buscaremos al gran culpable: por eso es muy frecuente oír que, si un ser querido se salva de alguna grave enfermedad, no es el médico que lo trató el autor de la recuperación, sino “diosito", o "el santo tal o la santa cual”.

Pero si se muere, entonces, el gran culpable es el “imbécil del médico” que no sabía ni dónde estaba parado.

Para una madre, para un padre (más si es el primer hijo (a) que llegaron con las justas a parir (dar a luz) en el hospital público, siempre será un crimen que el crío muera a los pocos días o semanas de nacido. Y, como nadie nos instruyó sobre qué hacer y cómo proceder cuando se está en el preparto, peor seguir las instrucciones de un médico en sitios en donde no hay uno solo en kilómetros a la redonda, pues ocurre con frecuencia que el recién nacido apenas si puede sobrevivir, con muchas dificultades.

Si a ello agregamos una burocracia indolente e inepta que hace nada o muy poco para utilizar los pocos elementos a su alcance (en especial, la limpieza) pues, como se dice, “la mesa está servida”.

Hay unas estadísticas mundiales sobre “nacidos vivos que siguen viviendo” o que se mueren, por cada mil habitantes. Y Ecuador, un país del tercer mundo (yo sostengo que debe haber un casillero adicional para  el cuarto mundo) ocupa “lugar destacado” en esta estadística.

Solo Cuba, un país en donde la salud pública es gratuita y oportuna, ha logrado reducir este índice aún por debajo de naciones del primer mundo, en donde también siguen muriéndose niños neonatos. Hay una provincia cubana en la cual la estadística es de 0.0 por cada mil habitantes; pero, como eso “no es noticia” para los medios sipianos (de la SIP-CIA), en especial si el dato viene de un país socialista,  entonces, la ignoran. Pero el registro existe, ha sido ratificado por la OMS, para vergüenza del primero y segundo mundos.

Según un médico de entera confianza (de esos médicos que le dicen que uno está enfermo del corazón y uno se muere del corazón) en el  mundo real, a más de los adelantos técnico-científicos y de la medicación adecuada, hay otros elementos que conspiran o no para que un paciente se salve o se muera. Uno –y muy fundamental- es el propio paciente y su fuerza por seguir o no viviendo; y otro, el servicio que se puede ofrecerle. Por ello, dicen los médicos que en verdad no existen enfermedades sino enfermos; y agregan: “lo que le hace bien a un enfermo puede hacerle mal a otro, con los mismos síntomas”

El problema es distinto con los niños, no digamos con los neonatos. A pesar de los adelantos de la medicina moderna, el médico, de acuerdo a los síntomas, a la experiencia y a los exámenes de laboratorio, tiene que “adivinar” lo que le está pasando a un recién nacido; y acometer contra el mal, con lo que tiene a la mano. Y, si hay carencias y deficiencias que el propio médico tiene que pasar por alto, el crío termina por morirse.  Y pasa a ser un número más de las frías estadísticas.

Para el padre y la madre, para los abuelitos y para la prensa llorona, pasa a ser un caso más de “mala práctica médica”: el médico chapucero o aprendiz que, en vez de darle un tónico de vida le recetó un tónico de muerte. Y esto ha pasado en nuestra historia médica no solo con neonatos sino con personas mayores; solo que a la víctima no hay cómo preguntarle después si fue una equivocación del médico o alguna irresponsabilidad de los “actores” del drama hospitalario.

¿Por qué traigo a colación este asunto? Porque los medios sipianos de la comunicación (antes del terremoto y tsunami japoneses) encontraron, en el fallecimiento de neonatos, una nueva fuente de denuncia y crítica contra el gobierno Correa y su Ministerio de Salud.

El caso comenzó con el fallecimiento de nueve niños recién nacidos, en un hospital público infantil de la ciudad de Guayaquil. Un acontecimiento totalmente inesperado, inclusive para las frías estadísticas. Saltaron las alarmas ya que era evidente que algo extraño estaba ocurriendo en esa casa asistencial. Si a ello agregamos el clamor maternal y el tratamiento escandaloso y supuestamente informativo, pues ahí tenemos cómo, de un suceso que debió haber preocupado a todos (médicos, enfermeras, administradores, madres y padres) hemos pasado a un nuevo escándalo antigubernamental.

Y los únicos que hasta la fecha están calladitos, sin hacer olas, son precisamente los verdaderos culpables iniciales del problema ya que direcciones de salud, hospitales y clínicas, médicos y enfermeras, siempre han existido y siempre han estado al frente de esas casas de salud.

Me explico: en estos episodios han quedado en evidencia dos situaciones distintas. Por el un lado, la improvisación, el burocratismo y la falta de una planificación  adecuada y rápida para atender debidamente, oportunamente, eficazmente, la demanda de atención inmediata de una población que, de pronto, tenía derecho a asistencia médica gratuita.

Simple y llanamente se abrieron las puertas de hospitales y  dispensarios, para todo el mundo; y todo el mundo creyó de su derecho recurrir a los viejos y desprestigiados hospitales públicos para hacerse atender desde un simple dolor de cabeza o de una angina de pecho galopante. Y el sector, ni se preparó adecuadamente ni redobló sus obligaciones ni estableció prioridades. Los servidores del sector salud creyeron que con lo que tenían, podían enfrentar la arremetida. Y ese sector todavía existente (identificado como mandos medios) todavía vivo en el la burocracia pública, creyó que las viejas disculpas eran suficientes para salir del atolladero: que si, que yo si informé a los superiores sobre ciertas deficiencias, que nunca obtuve resultados, que nunca me llamaron para darme instrucciones, etc.

Quizá lo ocurrido en un hospital público en la ciudad de Santo Domingo de lo Tsáchilas, es muy significativo: ni el director provincial,  ni el o la directora del hospital, peor el sector limpieza, se habían dado cuenta que en el sector de neonatología hacía falta una buena limpieza para preservar la vida de los recién nacidos. Los médicos y las enfermeras siguieron atendiendo en medio de la podredumbre y la septicemia. Resultado: se murieron neonatos al por mayor; y, desde luego, otro tipo de paciente, también.

Ha quedado de mostrado que, en materia de salud (y otras muy importantes para la vida humana) no es cuestión solo de buena voluntad. Hay que prever inclusive lo imprevisible; y, sobre todo, que no solamente es cuestión de adquirir lo último en tecnología, sino que debe haber un equipo debidamente preparado para su manejo; otro, muy especializado, para que pueda atender los distintos casos; y un tercero, igual de importante, que sepa que hacer, cómo administrar, lo poco o mucho que se tenga.

Eso solo es posible cuando hay una política de salud en marcha, no se improvisan las tareas a pesar de las ansias por servir a los ciudadanos, especialmente pobres, y no se deja en manos de la incuria llamada mandos medios que siguen conspirando (desde ministerios, gerencias, administraciones) para que las tareas pendientes o no se hagan o se hagan mal.

Solo entonces, la gran prensa sipiana no encontrará un nuevo escándalo sino que se verá obligada a informar correctamente sobre un problema o a hacer, lo que desde hace décadas hace: mentir.

* Periodista.

 

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