Sep 15 2013
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OpiniónPolítica

La guerra de Mambrú

Si diariamente no sufriese o muriese tanta gente, las dificultades que encuentran los proyectos bélicos de Barack Obama y de su faldero François Hollande contra Siria recordarían la canción satírica dedicada hace cuatro siglos por los soldados franceses al belicoso sir John Churchill, conde de Marlborough (nombre que, con su don para las lenguas extranjeras, los galos pronunciaban Mambrú).

La amenaza del matón de la Casa Blanca y de su valet del Eliseo de intervenir en Siria no tiene otro sostén que el cinismo y la prepotencia, porque su afirmación de que el gobierno sirio bombardeó con armas químicas los barrios suburbanos de Damasco habitados por sus simpatizantes y donde combatían en ese momento sus mismos soldados de infantería carece de cualquier prueba y de toda lógica. La aceptación por el gobierno de Bashar Assad de la misión de control de la ONU (cuyo trabajo facilitó), después, de la propuesta rusa de control por las Naciones Unidas de sus arsenales químicos y, por último, la firma del tratado sobre la prohibición de las armas químicas, quitan argumentos a los Mambrú de los dos lados del Atlántico y los dejan aislados.mambru

Sobre esa base Vladimir Putin, ex agente de la KGB soviética y autócrata representante del capitalismo mafioso ruso, saca a Hollande y a Obama del callejón sin salida en que se habían metido al pretender meter a sus respectivos países en una gravísima aventura sin contar ni siquiera con el apoyo de la mayoría de los franceses y de los estadunidenses ni de la aplastante mayoría de los países. Rusia logra un triunfo diplomático y aparece así como garante de la dictadura de Assad y del régimen iraní de los ayatolas y, con China, mantiene con ellos un comercio importante para ambas partes que, de paso, le da fuerte influencia en Damasco y Teherán.

La guerra de Obama-Hollande tenía como objetivo debilitar fuertemente al ejército sirio, que está venciendo en el campo de batalla al sector de la oposición siria formado por salafistas de diversos países, suníes extremistas financiados desde hace tiempo por Qatar y Arabia Saudita, franceses manipulados por los servicios parisinos (Francia gobernó Siria como potencia colonial y tiene siempre sus agentes en el país) y grupos de Al Qaeda. Este sector, al asesinar a cristianos, kurdos de izquierda o alauitas simpatizantes de Assad o neutrales frente a éste y al ajusticiar a los soldados gubernamentales prisioneros, se aísla crecientemente y depende sobre todo del exterior para tratar de compensar la superioridad militar del gobierno, y es muy probable que el fracaso de sus esperanzas en los bombardeos imperialistas lo desmoralice y desaliente. Cualquier nueva victoria importante del ejército sirio podría agravar mucho esta crisis.

Por su parte, el gobierno está intentando convencer al sector democrático de la oposición que salió a la calle sin armas estimulado por la caída del egipcio Mubarak de que aún es posible una salida política negociada. Este sector democrático, reprimido por los salafistas y en buena parte obligado a sumarse a los exiliados en Líbano o Turquía, se opone también a la consecuencia inevitable de una agresión imperialista: o sea, a una guerra que involucraría a Turquía, Irán, Líbano, Irak, Israel, le daría ocasión a este país para exterminar a los palestinos y se convertiría, además, en los países islámicos, en un conflicto fratricida entre suníes y chiítas.

En el hipotético caso de una victoria imperialista, toda la región volvería a ser una colonia controlada por Turquía –la potencia colonial hasta 1918– y por Israel como capataces de Estados Unidos, lo cual implicaría inevitablemente levantamientos permanentes en los países árabes, nuevas guerras entre éstos e Israel y un posterior conflicto bélico mayor con Rusia y China. En cambio, si el régimen de Assad derrotase con armas rusas a los rebeldes salafistas sostenidos por Estados Unidos, tanto Tel Aviv como Ankara se debilitarían, lo cual favorecería a los kurdos de Siria, Irak y Turquía, a los pueblos árabes y a las minorías religiosas en la región, además de evitar una nueva guerra civil en Líbano. Por eso es necesario oponerse a toda aventura bélica imperialista en Siria a pesar e independientemente de la dictadura de Assad. No se trata de defender a un gobierno indefendible sino a la nación siria, cuyo derecho a la autodeterminación está siendo pisoteado. No se trata tampoco de elegir entre dos males y de apoyar al aparentemente menos peor.

La izquierda socialista en el mundo árabe repudia la dictadura del clan Assad, que empezó en los años 70, hace 40 años, pero no cae en la trampa de pedir a los imperialistas que, junto a Israel, otorguen la democracia a los sirios ni tampoco en la idealización del autócrata ruso Putin, quien simplemente mantiene la vieja política de la ex Unión Soviética de apoyo a las dictaduras árabes a cambio de posiciones militares. La conquista de la democracia exige mantener y defender la independencia nacional y la lucha por el socialismo es inseparable de ambas pues un país destruido no podrá iniciar jamás el camino a un régimen no capitalista sino con la más amplia participación popular y la más amplia democracia.

Putin, en realidad, no defiende a Siria sino el statu quo entre las potencias mundiales y busca dar a Obama una vía de retirada menos costosa que un bombardeo limitado que podría tener consecuencias incontrolables para Washington. Putin defiende su régimen capitalista-mafioso. Es hoy un aliado necesario y útil para evitar lo peor, pero sigue siendo un aliado artero e interesado, no un paladín de la paz mundial.

El rechazo a la guerra imperialista de los pueblos del mundo, y de los franceses, estadunidenses y británicos en particular, acaba de obtener una victoria parcial. Pero Washington buscará nuevos pretextos para agredir y sigue armando a sus agentes en Siria. Hay que impedirle que siga amenazando al mundo.

 

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