Dic 8 2012
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CulturaDespacito por las piedras

La guerra online

En el imaginario popular del último siglo, Edison y Tesla quedaron inmortalizados como los héroes de la tecnología, por lo menos en su versión más romántica. Al igual que esos “inventores” geniales que abundaban en las novelas de Julio Verne, parecía que ellos eran capaces de resolver cualquier problema que se les planteara, desde la transmisión de la energía hasta la comunicación con el más allá.

En esa epopeya, Edison era quien encarnaba la voluntad y el poder del capital. Por su parte Tesla, un hombre cuya leyenda crecería hasta perderse en las seudociencias, interpretaba el papel del genio incomprendido y a veces engañado por los poderosos.

Entre los vaticinios que cada tanto formulaban los dos ante la prensa, Edison solía prometer el Arma Final, que sería tan terrible como para impedir cualquier guerra futura; por supuesto, estaría en las mejores manos, las de los Estados Unidos.

A Tesla le gustaba presentarse como pacifista, pero no dejaba de tener sus armas secretas. Cuando lo entrevistó la revista Science & Invention para su número de febrero 1922, pronosticó que la guerra futura sería “una competencia entre máquinas”, una suerte de espectáculo donde no habría bajas humanas. Entre otras cosas, Tesla había incursionado en la robótica, diseñando máquinas y hasta submarinos telecomandados, y eso era lo que recomendaba desarrollar. Frank Paul, el gran dibujante de las revistas de Gernsback, se había encargado de ilustrar la nota con una escena de combate entre máquinas terrestres y aéreas, que por supuesto obtenían energía de una torre de Tesla.

El tiempo ha visto cómo se realizaban algunas de las fantasías de Edison y de Tesla. En cuanto a la automatización, hemos llegado a superar todo lo que ellos podían imaginar con los recursos de su tiempo. Pero si bien las máquinas de matar o espiar de hoy pueden ser tan inteligentes como implacables, no las hemos visto luchar entre sí, a la manera deportiva. Se las sigue usando contra los seres humanos, tan frágiles y baratos como siempre. Y, sin embargo, hasta esas máquinas pueden ser muy frágiles en este mundo informatizado donde el silicio puede más que el acero.

Aeromodelismo militar
Las potencias de hoy cuentan con toda una gama de armas automatizadas y hasta autónomas que parece haber excedido todas las previsiones de los escritores de ciencia ficción, incluyendo las exageraciones de los que pretendían ser satíricos. Cuando los generales salen de compras, las armas que los seducen son las que todavía no estén al alcance de cualquiera. Las estrellas del mercado son esos aviones sin piloto que se conocen como drones (“zánganos”). Se distinguen de los misiles de crucero, que cuentan con los mismos recursos robóticos, porque éstos se destruyen cuando alcanzan el blanco, y los drones pueden ser recuperados para otras misiones.

Muchos de estos aviones son dirigidos por control remoto. Pero también los hay autónomos, que son capaces de despegar, ir a su objetivo, volver y aterrizar contando sólo con sus programas.

Históricamente, los primeros drones fueron modelos a escala con control remoto, similares a los que arman los aeromodelistas. Fueron usados durante la Segunda Guerra Mundial, para entrenar a los soldados que operaban las baterías antiaéreas.

Los drones renacieron para la Guerra del Golfo, contando ahora con una tecnología de otro orden. Se multiplicaron durante los conflictos balcánicos, y fueron ampliamente usados por Estados Unidos en todas sus guerras (declaradas o no) en Irak, Afganistán y Pakistán. Son aviones remotos para guerras remotas, que espían y matan por control remoto. En el Golfo Pérsico también se han empleado drones submarinos, como los que imaginó Tesla.

Considerados desde un punto de vista puramente técnico, los drones tienen gran utilidad para las tareas de observación y para aquellas otras sucias, tediosas o peligrosas, especialmente cuando se trata de sobrevolar ambientes contaminados, tóxicos o radiactivos. Nadie objetará que se los utilice para combatir al narcotráfico, pero las cosas comienzan a ponerse menos claras cuando se habla de contrainsurgencia o terrorismo. Mucho más cuando nos enteramos de que se los emplea para combatir a pobres desarmados en busca de trabajo, por ejemplo para esa vigilancia costera que intenta rechazar a los inmigrantes africanos de Europa. En Estados Unidos, las operaciones con drones Reaper permitieron detener unos doscientos narcos en los últimos años, pero también apresar a nada menos que cinco mil indocumentados.

Pasen y vean

Si hay algo que aún frena la expansión de los drones es su elevado costo. Pero eso, como suele ocurrir con la tecnología, es algo que puede llegar a bajar. Un helicóptero artillado de los convencionales sale menos de dos millones de dólares, pero un drone Firescout alcanza los cincuenta. Ocurre que un solo piloto humano es más barato que ese combo que incluye el avión, la estación de control, el enlace satelital y el equipo de operadores.

El modelo iraní

Entre los más grandes y más caros se cuentan el Predator, con alas de ocho metros, y el Reaper, que tiene una envergadura de once y está equipado con misiles Hellfire. El mayor de todos es el Global Hawk. Sus alas miden 35 m., pero no tiene ninguna ventanilla, porque a bordo no viaja nadie. A todos ellos les han puesto nombres fanfarrones, como Depredador, Segador, Aguila Global, Fuego del Infierno, lo cual nos da una idea de sus intenciones.

En el otro extremo están las miniaturas, que parecen juguetes, pero están atiborradas de material electrónico. Son ideales para el espionaje, y por lo general tienen nombres más inocuos que sus hermanos mayores: el Butterfly (mariposa) que producen los israelíes tiene un peso de 20 gramos, el Hummingbird (colibrí) pesa 18 y el Wasp (avispa) sólo medio kilo. Quizás haya que combatirlos con aerosoles insecticidas o cazarlos con palmetas y papel matamoscas.

El setenta por ciento de la flota mundial de drones pertenece a los Estados Unidos. Como no necesitan bases muy conspicuas, los aviones robots son operados desde puestos de control muy discretos ubicados en lugares como Etiopía o las islas Seychelles.

Irán ya ha copiado algunos aparatos norteamericanos que logró capturar, Hezbolá ya cuenta con ellos y Chávez anunció la producción de un prototipo venezolano. Los Estados Unidos ya no son los únicos: Polonia se dispone a comprar doscientos drones, treinta de ellos armados, para reemplazar a los viejos cazas de fabricación soviética que desplegaba para su defensa.

El paso más grande se está comenzando a dar con la difusión de estos vehículos en la actividad privada. Para el año próximo se estima que ya habrá quien los use para fines comerciales inocuos, como supervisar una plantación, y no tan inocuos, como hacer espionaje industrial. Aún falta saber qué ocurrirá cuando su uso se generalice y abarate. Los drones permitirán ofrecer servicios que van desde el seguimiento de parejas infieles hasta el espionaje de deudores morosos, filmaciones extorsivas y grabación de conversaciones secretas.

Colaterales y perversos

Uno de los principales temores que inspiran los drones es que la inteligencia artificial de la cual están dotados puede llegar a decidir cuáles son los mejores objetivos y ponerse a atacarlos por su propia cuenta. De hecho, los marines que están desplegados en zonas de combate de Afganistán temen que algún día los drones se descontrolen y empiecen a tirarles a ellos.

Sin llegar a pensar en algo tan al estilo Frankenstein, las situaciones que se dan pueden ser bastante extrañas. Ocurre que los drones transmiten información a un satélite militar, para lo cual se manejan mediante un enlace satelital, que puede ser hackeado. Quizá la Internet pueda ser el nuevo campo de batalla, como quedó probado cuando un grupo de insurgentes de Hezbolá logró apoderarse de la señal con la cual se manejaban los Predators y los puso fuera de combate, porque descubrió que por un rato se habían olvidado de encriptar los mensajes. Lo más ridículo fue que pudieron hacerlo gracias a un programa de origen ruso que se llama SkyGrabber. Sólo vale veintiséis dólares, puede bajarse de la red y hasta se lo piratea.

Más absurdo aún fue el ataque de virus que sufrió una base de la Fuerza Aérea en Nevada y llegó a inmovilizar a toda una flotilla de Predators en 2011. En este caso, no hubo ataque enemigo sino apenas contagio, algo bastante difícil, porque se supone que las armas secretas no están conectadas a la Internet pública. Casi seguramente el contagio fue provocado por el uso de discos y otros soportes que cargaba el personal por su cuenta.

El joystick y el gatillo

Por lo general, el equipo que opera los drones se compone de un “piloto”, que dirige su vuelo, un operador de cámaras y sensores que también puede ser artillero, y un tercero que hace de enlace con la fuerza que requiere el servicio.

Uno de los represores argentinos que declararon en el Juicio a las Juntas dijo que se había limitado a disparar contra el blanco que le había asignado la superioridad: se había programado para no ver más que eso. Los operadores de drones están en una situación quizá peor, porque ni siquiera están cerca de sus víctimas. Están seguros, se encuentran a miles de kilómetros del blanco y para ellos todo es un videojuego. El distanciamiento es total; no hay peligro, sangre, miedo, ni dolor: todo consiste en acertarle a una manchita que se mueve y gritar ¡bingo! cuando cae un ser humano. Lo que todavía causa asombro, y nos da cuenta de que aún tienen alguna sensibilidad ética, es que sufren estrés postraumático, igual que los combatientes, según atestiguan los psicólogos, capellanes y médicos que los atienden.

Desde que a Obama le adelantaron el Premio Nobel por las hipotéticas contribuciones que iba a hacer a la paz mundial, docenas de vehículos aéreos no tripulados estuvieron realizando centenares de operaciones en Pakistán. Según un informe del Washington Post mataron a más de dos mil civiles “sospechosos”.

En Afganistán, donde el conflicto es más agudo, los sicarios voladores identificados vienen matando diez civiles por cada combatiente, la mayoría por el pecado de ser solidarios. El distanciamiento hace la guerra tan impersonal que un operador puede estar espiando desde el aire a la aldea donde sabe que se oculta un terrorista. Durante horas puede estar observándolo ir y venir, comer con su familia y jugar con sus hijos. Cuando le dispara y ve cómo acuden en su auxilio los rescatistas, los vecinos y familiares, suele tentarse de barrerlos con una ráfaga desde el aire, violando todas las reglas que penosamente se fueron estableciendo desde la creación de la Cruz Roja.

Para anestesiar la conciencia moral de los soldados, en la Gran Guerra los emborrachaban antes de mandarlos a una carga de bayoneta calada. En Vietnam los drogaban. Ahora se los ciega moralmente borrándoles los límites entre el mundo real y el virtual. Cualquiera puede tener el mouse o el joystick fácil si se trata de matar a alguien que sólo parece ser un personaje de un juego. Las torturas de la cárcel de Abu Ghraib, durante la invasión a Irán, tenían el mismo aire de irrealidad perversa. Quienes las infligían muy probablemente se habían formado viendo pornografía sadomasoquista, donde se finge el dolor para goce de mentes enfermas, pero no estaban en condiciones de darse cuenta. Jugaban con sus víctimas un siniestro juego de humillaciones con una amoralidad pocas veces vista, que quizá facilitaría una buena ración de drogas.

Por cierto, ninguna guerra es buena, pero quizás haya que lamentar que las guerras de robots hayan quedado relegadas a las películas o a las ferias de ciencias del colegio. Estos robots reales no son como los de ficción; no sólo son capaces de destruir vidas sin mancharse de sangre, sino también de anestesiar las conciencias.

*Publicado en Página 12, Argentina

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