Ene 8 2009
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Sociedad

La integración latinoamericana

Juan Diego García*

El proceso de integración de Latinoamérica y el Caribe resulta más vital de lo previsto a juzgar por los éxitos de la reciente cumbre realizada en Brasil. En realidad este tipo de iniciativas no son nuevas en la región y por sus escasos frutos no falta quien manifieste un marcado pesimismo sobre las posibilidades reales de conformar un bloque económico sólido y, más aún, de dar nacimiento a entes políticos que den a la región un mayor protagonismo en el complejo entramado internacional. Esta vez, sin embargo, se pueden mostrar logros significativos.

Son importantes, por ejemplo, los avances en el diseño de una nueva arquitectura financiera, urgente entre otros motivos por la actual crisis mundial. Anteriormente Brasil, Argentina, Venezuela y Ecuador han revisado sus relaciones con las llamadas “entidades financieras internacionales” (FMI y BM, en particular) recuperando soberanía en la definición de sus políticas económicas, liberándose de las imposiciones de unas instituciones controladas por los países ricos y los grandes conglomerados bancarios.

El retiro de fondos de los bancos metropolitanos y su depósito en el nuevo Banco del Sur, el creciente paso del dólar al euro o la propuesta de alcanzar una moneda única para la región son, sin duda, pasos destacables. El ejemplo de Argentina renegociando su deuda externa o el más reciente de Ecuador desconociendo deudas claramente ilegales pueden llevar a la formación de un frente común de gran impacto si se alcanza la unidad regional frente a los acreedores internacionales.

También se registran avances en los proyectos de infraestructura que hagan viable el acceso a los mercados y den salidas a ambos océanos. La integración física es obviamente una gran prioridad. Los esfuerzos por crear sistemas de comunicación alternativos (Telesur, por ejemplo) son todavía incipientes y enfrentan no solo el poder de los grandes monopolios sino la dura corteza de una cultura de la superficialidad, el sometimiento y la alienación promovida por décadas.

El Consejo de Seguridad Regional reemplaza al Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), inoperante desde el apoyo estadounidense al Reino Unido en la guerra de Las Malvinas. Tanto este Consejo como el mismo Grupo de Río –ambos sin la presencia gringa– marcan distancias con Wáshington. Ya no intimida la IV Flota estadounidense, ese garrote disuasivo contra los “desvíos nacionalistas” de lo que antes se consideraba “el patio trasero” del imperio.

Lo mismo puede afirmarse de MERCOSUR y UNASUR, que en medio de las dificultades normales de este tipo de iniciativas avanzan razonablemente bien. El ingreso pleno de Cuba a esta comunidad debilita enormemente el aislamiento cruel e ilegal al cual Wáshington la ha sometido desde los comienzos mismos de la revolución.

Obstáculos, dificultades

El proceso de integración tiene por supuesto sus obstáculos particulares que impiden logros mayores, hacen lentos algunos avances y que, si no se superan, pueden inclusive llevarlo al fracaso.

Una primera dificultad nace del diferente grado de desarrollo económico y social de estos países, afectando notoriamente los intercambios comerciales y reproduciendo los mecanismos de injusticia y desequilibrio del mercado mundial. Lo normal es que la economía débil se eterniza como productora de materias primas y mano de obra barata mientras la economía fuerte entrega mercancías elaboradas y conquista el mercado ajeno arruinando a los productores locales, menos aptos para la competencia.

O sea: de no mediar políticas de desarrollo regional muy ambiciosas, la desigualdad que se intenta superar mediante la integración simplemente se reproduce y la relación de explotación que tipifica el actual mercado mundial, permanece.

Habría que considerar igualmente que para que este proyecto tenga futuro es necesario que la integración se produzca entre mercados dinámicos en los cuales participe realmente toda la población, superando la situación actual caracterizada por mercados estrechos, mayorías excluidas y elites prósperas como únicas beneficiarias del crecimiento.

No se trata entonces de unir mercados de pobres que solo benefician a minorías ni menos aún buscar los mercados metropolitanos manteniendo la paradoja de hacer simultánea el hambre local con la creciente exportación de alimentos. El caso es grave en algunos países pero podría afirmarse que es general en la región.

Pero, ¿Cómo crear ese mercado interno dinámico sin una reforma agraria que eleve la capacidad de compra de las masas rurales? ¿Cómo hacerlo sin aumentar radicalmente el ingreso de las clases asalariadas del campo y la ciudad?. En otras palabras, un proceso de integración con entidad y solidez no puede desvincularse de las grandes reformas sociales y económicas que la región tiene pendientes.

La estrategia de propiciar el desarrollo mediante las exportaciones y el consumo reducido de las capas sociales altas y medias ha sido hasta ahora un completo fracaso. Para un verdadero proceso de integración regional no son entonces irrelevantes las políticas de reformas estructurales en cada país. De la misma forma, fortalecer la economía nacionalizando empresas estatales claves y sobre todo controlando los recursos naturales no es compatible con las privatizaciones, tan comunes en las últimas décadas.

Unos Estados raquíticos no son precisamente sujetos adecuados ni para la integración ni para el desarrollo. Tampoco es imaginable un proceso de fortalecimiento regional mediante la integración si las políticas nacionales apuntan a la apertura incondicional de los mercados a las grandes multinacionales, a favorecer el librecambio moderno o facilitar la inversión extranjera sin considerar ante todo los intereses nacionales.

No es posible ni el desarrollo ni la integración promoviendo tratados de libre comercio con los países ricos. Más bien habría que proceder como ellos, es decir, practicar primero un adecuado y sólido proteccionismo antes de abrir las economías a la competencia con los demás. Por otra parte es muy dudoso que algún país rico practique realmente el librecambio renunciando a un proteccionismo tenaz. La región tendría que presentarse unida haciendo simultánea la integración entre sus componentes con una cerrada actitud de defensa común frente a terceros. ¿No es acaso la practica habitual, por ejemplo, de la Unión Europea?.

En este sentido, vale la pena indicar el peligro que para un proyecto de integración representan las grandes transnacionales ya incrustadas firmemente en la economía de estos países, jugando el papel de “caballos de Troya”. La inversión extranjera será beneficiosa en algunos casos y solo si está sometida a reglas de juego muy claras. Por eso constituye un suicidio asumir que toda facilidad que se de a las multinacionales es poca y que toda generosidad será necesariamente buena.

Solo intereses espurios esconde la estrategia que considera urgente y positivo “crear una atmósfera propicia y segura para la inversión extranjera” aunque para ello haya que pagar salarios de miseria, eliminar controles medioambientales y hasta garantizar esa “atmósfera propicia” mediante el uso de la violencia pura y dura de mercenarios y autoridades locales contra obreros, sindicalistas y comunidades afectadas. (El caso de Colombia no es el único aunque si el más llamativo).

Sin duda, no todo es color de rosa en el proceso de integración. Pero algo habrá de positivo si pone tan nerviosos a Washington y sus aliados europeos.

 

* Sociólogo, educador.
Un despacho de www.argenpress.info

 

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