Ene 18 2016
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Sociedad

La intervención (¿contra qué exactamente?) de Australia

La palabra «intervención» derive del latín tardano y significa literalmente «interponerse» o «interrupción». Durante los siglos diecinueve y veinte fue un lugar común de relaciones internacionales y, hoy en día, denota a menudo la intrusión interpersonal para corregir una vida errónea.

La Australia oficial perpetúa el sentido de interponerse con su celebración el 26 de enero del «Día de Australia», el aniversario de la llegada de la primera flota de barcos británicos en Port Jackson, Nueva Gales del Sur en al año 1788. Los habitantes originales del país entienden que la acción de plantar la bandera británica en Terra Australis Ignota fue una intervención en toda regla, la que se interpuso entre ellos y su tierra, una intrusión masiva en el nombre de corregir su cultura. Los aborígenes lo llaman el Día de la Invasión o el Día de Sobrevivencia porque era mucho más que sólo una invasión sino una intervención de más de 200 años de desposesión sistemática de casi todo. “Tan completa fue la primera intervención que los mismos nombres fueron sepultados,” dice Arnold Zable (p. 220). Para el Primer Pueblo de Australia, el Día de la Sobrevivencia conmemora una enorme pérdida de sus derechos soberanos, de miembros de sus familias, de la tierra, del lenguaje y del derecho de vivir en su cultura.

La política reciente llamada «Intervención del Territorio del Norte» y que costó $587 millones es, por lo tanto, una intervención dentro de una intervención. En su forma jurídica y con el sentido de una intrusión civilizada para corregir una vida errónea, se transformó en la Ley de le Respuesta de Emergencia en el Territorio del Norte. Esta legislación vino después de la presentación del informe “Los niños son sagrados” que reconoció que “… hay un problema grave en las comunidades del Territorio del Norte en relación con el abuso sexual de los niños” y detalló casi cien recomendaciones de medidas sociales básicas para abordar la situación. Pero, por sus propias razones, la Ley no habla de los niños y totalmente ignora las recomendaciones del informe y el deseo de muchos miembros de las comunidades afectadas de colaborar con las autoridades.

Lo cierto es que muchos de los abusadores de los niños aborígenes no son aborígenes, hecho que también se desestima (p. 67). Además, en el nivel nacional, uno de cada cuatro niñas y uno de cada siete niños han sido víctimas de un tipo u otro de abuso sexual (p. 120). Pero ningún ejército acudió a las iglesias, a las casas de los suburbios, a las instituciones estatales, y a los campos de refugiados para proteger a los niños, presas de pedofilias sacerdotales y de clase mediana o alta. Se señalaron sólo a los varones aborígenes, tachándoles de abusadores de menores, borrachos empedernidos, y maltratadores de mujeres, un proyecto de deshonra orquestado en los más altos niveles de gobierno para lastimar y humillar aún más.

En un país que encarcela a los refugiados, incluso niños, en campamentos brutales donde la locura, las violaciones, el abuso de menores y el suicidio son la realidad diaria, no importa que la Intervención fuera “considerada ilegítima” en palabras del Relator Especial de la ONU para los Derechos Humanos y libertades de los Pueblos Indígenas, por no mencionar el hecho de que contravenga la Ley sobre la discriminación racial. “Las provisiones de la Intervención eran tan descaradamente discriminatorios que la zona íntegramente blanca de aquel entonces que era el parlamento nacional simplemente se desatendió de esta ley tan importante que pretende prevenir el racismo” (p. 122). Ya que no había ninguna consulta con las comunidades afectadas ni consentimiento previo, el gobierno también infringió sus obligaciones internacionales de respetar los derechos del pueblo indígena. En cambio, continuó aplicando la política colonial de desautorizarles y apresarles en un sistema de dependencia institucional completamente humillante. Como dice Djiniyini Gondarra, un líder Milingimbi (p. 78), “Las denominaciones «Intervención» y «Respuesta de Emergencia» tienen que desaparecer de cualquiera iniciativa del futuro. (…) El menosprecio y discriminación racial encarnados en la Intervención… han causado un dolor emocional y una vergüenza terribles en el pueblo aborigen.”

Cuando hay tantas razones éticas y jurídicas de condenar la Intervención en un país poco dispuesto a reconocer el racismo ubicuo que le permite celebrar felizmente su “Día de Australia” (pero ¿de qué Australia?) es triste pero previsible que ninguna editorial quiso publicar este libro tan inspirador y esencial (para quienes quieren de verdad entender Australia) en el cual unos de los mejores pensadores y escritores del país han analizado el significado real de la Intervención. El quid de la cuestión es que el libro desvela el tema muy espinoso de la identidad nacional. Ergo, las dos editoras tuvieron que apostar por el crowdfunding.

En un artículo declarando su intención de publicar The Intervention, las editoras citaron la activista Olga Havnen, descendiente del pueblo Arrernte occidental, que describe las secuelas de la invasión por la policía y militares de las comunidades aborígenes y el desmantelamiento de sus organizaciones sociales y políticas. “En la lucha entre las culturas dominantes y minoritarias en la sociedad, la represión generalizada de las prácticas culturales minoritarias causa un trastorno grave que hace que nuestras comunidades se vuelvan muy susceptibles al trauma, a la vulnerabilidad colectiva y a intentos de adaptación nefastos.” Así que cuando, con el siguiente gobierno laborista, la Intervención se transformó en la legislación con el nombre eufemístico de “Futuros más fuertes” los resultados fueron tristemente previsibles: tasas de suicidio elevadas, agravamiento de los problemas de salud infantil y aún más desempleo. Deni Langman, propietario tradicional de Uluru, lamenta unas de las consecuencias más dañosas: “Estoy tan entristecido… me duele el corazón sólo con pensar en todas las personas que nunca han conocido la libertad y en los niños muertos que, viendo sólo un futuro sin esperanza, acabaron con sus propias vidas con una soga u otra forma de suicidio…” (p. 212).

La forma de la Intervención y sus resultados plantean la pregunta de ¿contra qué exactamente intervino el gobierno? En este libro, la respuesta del Primer Pueblo no tiene nada que ver con el victimismo sino con su miedo de perder una cultura de la cual tienen todas las razones de estar orgulloso y de la cual el resto del mundo podría aprender mucho. No es como si fuera difícil de descubrir esta cosmovisión. Cualquiera que siga la cuenta de twitter @IndigenousXLtd encontrará una Australia mucho más bella, profunda y vibrante que el país consumista que habita la mayoría de la población blanca, o la nación del comercio de la gran aventura antipodal donde los turistas corren de Uluru a la Gran Barrera de Coral sin la más mínima idea de la tierra que visitan ni del pueblo al que realmente pertenece.

Bruce Pascoe, un hombre Yuin, señala (p. 148): “Tenemos la capacidad intelectual y moral de adquirir conocimientos mejores, no para venerar servilmente al buen salvaje, sino a través del estudio cuidadoso de los primeros documentos europeos.” Y ¿qué demuestran estos documentos? Pues, para comenzar, cosas que no se explican nunca a los niños blancos en las escuelas. Los aborígenes hacían pan hace 30.000 años, 13.000 años antes de que lo hicieran en Medio Oriente (p. 144). Los primeros exploradores (blancos) encontraron casas, pueblos, hornos, sistemas de conservación de alimentos, silos que podían almacenar hasta una tonelada de cereales, ropa, pasteles y arte maravilloso. En Brewarrina, Nueva Gales del Sur, escribieron sobre unas sofisticadas trampas para peces tan enormes que se pueden ver desde del espacio. Los científicos piensan que puede ser la construcción humana más antigua del mundo. En el Río Hutt de Australia occidental informaron que el pueblo indígena tenía cultivos de ñame que se extendían más allá de donde alcanzaba la vista. Concluye Pascoe: “La Intervención fue implementada con una suposición basada en la idea de que los intervenidos fueran mendicantes débiles, y prevalece esta conjetura porque Australia no conoce la historia del país.” La «Australia» a la que se refiere es una entidad política con una muy corta historia.aus the intervention

No son solamente las hazañas de ingeniería sino también la “gobernanza espiritual” que procura ignorar esta «Australia». En 2015, una de los autores del libro, Melissa Lucashenko, de linajes europeo y Murri, escribió un artículo afirmando que la democracia no se inventó por los griegos sino que su cuna es la tierra que ahora se llama Australia. No tiene pelos en la lengua. “Los pueblos de Australia tuvieron muchos milenios para perfeccionar sistemas de compartir el poder antes de que entrara en el escenario Clístenes de Atenas. Ya es hora, lector, de respirar hondo. Los aborígenes inventamos la democracia.” En las sociedades de la Australia antigua había un gobierno de los ancianos varones y también sistemas matriarcales de autoridad. Estos pueblos eran “mucho más democráticos (especialmente respecto a los aborígenes) que cualquier gobierno reciente de Australia.” Lo que describieron los primeros antropólogos como un sistema gubernamental estable, se fundamentaba en la ética, la homeostasis, la autonomía, la armonía, la compasión, respecto del ambiente y una identidad inseparable de la tierra. ¿Alguien ha dicho «tierra»? Ay, ahí está la pega.

Muchos de los autores de este libro consideran que la ingeniería social de la Intervención es la tapadera de una desposesión de tierra puro y duro. El primer paso era infundir miedo. “Nos dijeron que tenían que reunirnos… y, de repente, nos vimos rodeados por funcionarios, la policía… y el ejército también. Algunos llevaron armas [o] porras… El susto fue tan grande que estuvimos con el corazón en la boca… y no sabíamos si iban a matarnos a tiros y llevarnos a la perrera o ¿yo qué sé? Y las órdenes eran como una lluvia de balas y nos dijeron que iban a manejar de otra manera los asuntos indígenas” (p. 19). Luego, se añadió la vergüenza al miedo. Había acusaciones de pedofilia y de una cosa que llamaron pornografía que “no es una práctica que conocían en las comunidades de la región de Utopia” (p. 20). La defensora de la salud indígena Pat Anderson, del pueblo Alywarre, una de los dos autores del informe: “Los niños son sagrados”, dice. “Creemos que el gobierno está manipulando el abuso sexual de niños como un caballo de Troya para conseguir el control total de nuestra tierra.” Y la abogada Larissa Behrendt, una mujer del pueblo Eualeyai/Kamillaroi, hace una pregunta contundente: “¿Por qué se relacionaron el problema del abuso sexual de niños al control de la tierra?” La anciana de Utopia Rosalie Kunoth-Monks le contesta: “Quieren utilizar este susto relacionado con nuestros niños para destruirnos como seres humanos, para echarnos de nuestra tierra por medio de la inanición, para movernos en manada hasta las ciudades… El gobierno rechaza nuestros esfuerzos de vivir de manera sostenible. Quieren controlar nuestra tierra, pero no entienden que es la tierra que nos sostiene” (p. 116).

La Intervención forma sólo una parte de una larga historia del racismo, pobreza, abandono, injusticia, abusos de derechos humanos y el socavamiento de la dignidad humana en el Territorio del Norte y en Australia en general. Este es el contexto necesario a la hora de explicar porqué algunos niños aborígenes han sido abandonados y objeto de abusos. Hay más estadísticas que chocan. Por ejemplo, los aborígenes representan sólo un 2,3% de la población total y un 25% de la población reclusa y, en el Territorio del Norte, un 85%. Y entre 1980 y 2007, un 18% de las muertes bajo «custodia» (es decir, por violencia policial) eran aborígenes.
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Hay tanto que se puede decir respecto a la Intervención y del racismo que tiene tanto respaldo oficial en Australia. Ignorantes y arrogantes, los gobiernos liberalaboristas (la misma cosa, claro) seguramente creían que pudieran salirse con la suya haciendo un terrorífico asalto estilo militar en las comunidades remotas, evocando de manera muy deliberada los terribles tiempos no tan lejanos cuando las autoridades robaron sus niños bajo el pretexto de protegerles. Pero no entienden absolutamente nada de la fortaleza de la identidad del pueblo indígena. Nada de nada. Ni de los valores reales. Como Patrick Dodson, un hombre Yawuru, recordó al Ministro de Asuntos Indígenas, el ex militar Mal Brough, autor intelectual de la crueldad de la Intervención: “Señor ministro, en el fondo no es un tema de política sino de cómo usted valora a las personas aborígenes como seres humanos” (p. 117).

En diciembre de 1938, poco después de Kristallnacht, la Noche de Cristales Rotos, un anciano Yorta Yorta, William Cooper, lideró a un grupo de gente que, llegado al consulado alemán de Melbourne, condenó la persecución del pueblo judío, la única protesta de este tipo en todo el mundo. Un hombre al que se le denegó la ciudadanía en su propia tierra levantó la voz para ayudar a lejanos seres humanos porque creyó en el bien común. Por eso, en un mundo destruido por el «bien» privado, se decretó que fue necesaria una intervención contra el Primer Pueblo. Por eso, este libro excelente de Rosie Scott, Anita Heiss y más de treinta autores elocuentes, todos imbuidos con el espíritu de William Cooper, no encontró una editorial comercial con agallas para publicarlo.

* Autora del Manifiesto de derechos humanos (Barataria, 2011) y miembro del Consejo Editorial de SinPermiso. Publicado originalmenbte en Counterpunch

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